Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO OCTAVO #3
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CAPÍTULO OCTAVO #3

Pasado el incidente, la aduana fue poco a poco recuperando la normalidad. Los viajeros fueron ocupando de nuevo su lugar en la fila, mientras el funcionario víctima del ataque era atendido del corte, que no revestía de gravedad.

Efraím se acercó al burro cuya carga había provocado la disputa y rebuscó en los cestos hasta descubrir el secreto que escondían.

Debajo de las gavillas de lino se ocultaban armas de toda índole: espadas, dagas, hondas, mazas…

Su instinto no se había equivocado. Aquellos dos jóvenes eran rebeldes zelotes que pretendían introducir armas en la ciudad, quién sabe si para organizar una revuelta o perpetrar un atentado.

El publicano maldijo entre dientes. A uno lo habían capturado, pero gracias a la indolencia de aquellos militares romanos, el otro había conseguido escapar.

30

Aquel domingo se celebró el funeral de Betsabé. Acudió una gran multitud, pues no solo asistió la comunidad cristiana sino también numerosos judíos.

En la sociedad de la época, la población concedía una gran importancia a los ritos relacionados con la muerte.

Sin ir más lejos, la sepultura en tumba propia se consideraba un deber sagrado para los judíos.

Por desgracia, a las personas con escasos recursos —la mayoría— se las enterraba en fosas comunes.

Para evitar que tal cosa ocurriese, las comunidades cristianas se hicieron cargo de los gastos propios del sepelio, para garantizar así que todos sus miembros tuviesen un entierro digno. Aquella medida fue muy bien recibida y favoreció la captación de nuevos fieles.

El cuerpo de Betsabé fue debidamente lavado y perfumado, envuelto en una mortaja limpia y depositado en un ataúd de madera antes de ser trasladado al cementerio de Cafarnaúm.

Lucas de Antioquía ofició una ceremonia sencilla, recitando ciertos salmos y ofreciendo algunas oraciones por el alma de la fallecida.

Fueron muchas las lágrimas que se vertieron por la viuda, en parte, por lo querida que había sido, pero también por el terrible final que había tenido, tan injusto como prematuro.

A su verdugo, Bartimeo, ni siquiera lo amonestaron verbalmente por lo que hizo.

Como era costumbre, el cementerio estaba enclavado fuera de la ciudad.

Según las creencias judías, los muertos contaminaban a los vivos, por lo que ambos mundos debían mantenerse separados.

Las tumbas carecían de lápidas o adornos, únicamente se marcaban con pequeñas piedras para honrar la memoria del difunto.

Tras el fallecimiento de Betsabé, no quedaba nadie para ocuparse de su suegro. Consciente de la situación, Esther decidió hacerse cargo de él y llevárselo a su casa. El deterioro cognitivo de Silas estaba tan avanzado, que ni siquiera fue consciente de la trágica muerte de su nuera.

Elías había llegado al entierro con algo de retraso porque había visitado a Samir aquella mañana.

Con casi toda seguridad, la ejecución de su hijo tendría lugar durante los primeros días de la semana que entraba.

Aunque el centurión romano había logrado ganar algo de tiempo, no había servido de nada.

La investigación se hallaba en punto muerto y las perspectivas no eran halagüeñas.

Después del intento frustrado de lapidación, Samir ya sabía el destino que le esperaba, por mucho que sus padres se empeñasen en negarlo.

El muchacho estaba aterrorizado, había perdido cualquier atisbo de esperanza, y para colmo su salud no dejaba de empeorar por culpa de las miserables condiciones de su encierro.

Puesto que al funeral acudiría prácticamente toda la comunidad cristiana, Lucas decidió convocar aquel mismo día una asamblea para abordar la controversia que la había partido en dos. Había pasado cierto tiempo desde que estalló la disputa y los ánimos estaban algo más templados .

Habían escogido como punto de encuentro las orillas del lago, un emplazamiento situado al aire libre para evitar problemas de espacio.

Lucas se situó junto a una gran roca que servía de amarradero para algunas barcas fondeadas en las proximidades mientras, gradualmente, iban llegando todos los asistentes al acto.

Algunos se sentaron sobre la propia playa de guijarros, otros buscaron la comodidad de algunas lanchas allí varadas de las que colgaban viejas redes de pesca.

A los niños que habían venido con sus padres les dieron permiso para jugar, chapotear en la orilla o incluso bañarse si así lo deseaban, siempre que no molestasen.

En el horizonte, algunas embarcaciones faenaban sobre la superficie de las aguas bajo la atenta mirada de gaviotas y garzas.

Más de doscientas personas se acabaron dando cita aquella mañana.

La mayoría, temerosas de que el conflicto desembocase en un cisma insalvable que hiciese peligrar la supervivencia del naciente culto cristiano.

Ansiosos, muchos se hacían la misma pregunta: ¿qué rumbo tomaría la nueva fe que profesaban?

Lucas se subió a la roca de medio metro de altura, desde donde su melena rubia ondeaba al compás de la brisa.

El griego contaba con el respeto y la admiración de todos los presentes.

A su fama, se le sumaba el agradecimiento de los vecinos por su desinteresada labor como médico.

Además, ya todos sabían que había asumido la importante tarea de escribir el evangelio.

—En primer lugar, me gustaría daros las gracias por haber acudido a mi llamada —dijo Lucas a modo de bienvenida—. Como ya conocéis, recientemente tuvo lugar un incidente cuando un grupo de gentiles procedentes de Gerasa manifestaron su deseo de formar parte de la congregación.

—¡Se niegan a circuncidarse y a someterse a la Ley mosaica! —exclamó Saúl—. ¿Cómo pueden llamarse cristianos sin haberse convertido antes al judaísmo? ¡Es absurdo!

El pescador, particularmente combativo, estaba dispuesto a defender su postura hasta las últimas consecuencias.

—Calma, por favor —rogó el griego—. Todo el que desee hablar, podrá hacerlo más adelante, pero antes oíd lo que tengo que decir.

Detrás de Saúl se habían colocado los que respaldaban su punto de vista, del mismo modo que Elías se había convertido en el representante de quienes pensaban lo contrario.

Pese a encabezar la protesta que había dividido a la comunidad, el productor de aceite no sentía hacia Saúl la menor animadversión, y menos aún después de enterarse de que, de no haber sido por su providencial intervención, a Samir ya lo habrían lapidado.

Elías echó un vistazo a su alrededor. Por supuesto, su leal esposa asistía en primera fila al devenir de los hechos con extraordinario interés.

Esther se posicionaba categóricamente a favor de admitir a todo aquel que sintiese la llamada del Señor, ya fuese judío o no, y sin requerirle otra cosa que no fuese el compromiso de su fe.

Junto a ella se hallaba el bueno de Jacob, que lucía un aparatoso vendaje en la cabeza.

El mendigo, que aún se estaba recuperando del golpe recibido, había sido uno de los que más había sentido la pérdida de Betsabé.

Por supuesto, también habían acudido Néstor y los suyos, protagonistas indirectos de la polémica surgida, y un sinfín de caras conocidas, como la de Jonás, el curtidor, o la de Tobías, el esclavo judío recientemente bautizado.

De repente, Elías advirtió la presencia de un individuo situado a cierta distancia que observaba la escena al abrigo de unas rocas.

Su actitud —se veía que trataba de pasar inadvertido— le pareció ligeramente sospechosa.

Se cubría la cabeza con un turbante y una espesa barba le tapaba buena parte de la cara; y si lo hubiese tenido cerca, se habría fijado en que tenía los ojos de diferente color.

—Lo primero que debéis saber es que los apóstoles y ancianos ya discutieron acerca de este asunto.

Dejadme pues, que os cuente la historia desde el principio —dijo Lucas para dar inicio a su discurso—.

Cuando los apóstoles comenzaron a predicar la doctrina cristiana más allá de las fronteras palestinas, a lo largo de las diferentes naciones del Mediterráneo, fundamentalmente se dirigieron a los judíos de la diáspora.

Estos, sin embargo, la rechazaron de forma mayoritaria.

En cambio, muchos gentiles abrazaron las enseñanzas de Cristo con gran entusiasmo. Algo que muy pocos se esperaban.

»Inevitablemente, tal hecho suscitó una encendida controversia en el seno de la Iglesia en Jerusalén.

Algunas voces afirmaban que aquellos que no acatasen la Ley mosaica en su totalidad, incluida la circuncisión, no podrían salvarse.

¿Cómo iban los gentiles a profesar el culto cristiano sin haberse convertido antes al judaísmo?

La cuestión revestía tal complejidad, que las principales cabezas del cristianismo se reunieron para discutirlo.

»La postura de Saúl es perfectamente comprensible —señaló Lucas mirando al pescador—.

No en vano, fue la que defendió Santiago el Justo en la asamblea.

La admisión de fieles que no se rigiesen por las rigurosas normas judaicas, a quienes atribuía una moral laxa, podía conducir al deterioro espiritual de la institución.

Pero aquel no era su único temor. También le preocupaba la reacción de sus compatriotas judíos, que podían volverse contra el cristianismo por admitir a gentiles en su seno.

Por todo ello, Santiago y sus seguidores apostaron por exigir a los nuevos adeptos paganos el estricto cumplimiento de la Torá

»Pablo de Tarso, sin embargo, defendía lo contrario.

La salvación, sostenía, se alcanza por la fe en Jesucristo y su obra redentora.

En su opinión, la gracia de Dios constituye el fundamento de la salvación, y se trata de un regalo divino ofrecido universalmente, tanto a judíos como a gentiles.

Por lo tanto, estos últimos no deberían estar sujetos ni a la circuncisión ni al resto de obligaciones impuestas por la Ley mosaica, como la observación del sabbat o el cumplimiento de las normas dietéticas.