Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO OCTAVO #2
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CAPÍTULO OCTAVO #2

—No, no tengo ni idea —respondió el vendedor sin apenas echarle un vistazo. Evidentemente, no tenía la menor intención de colaborar con el romano.

—Por favor —intervino Elías—. Es importante.

La súplica del productor de aceite tampoco sirvió de nada.

—¿Seguro que no puede ayudarnos? —insistió mientras le mostraba cinco denarios de plata.

Aquel ofrecimiento obró el milagro para hacerle cambiar de actitud.

El tendero examinó los fragmentos de cerámica mientras los palpaba detenidamente. Su respuesta no tardó en acudir a sus labios.

—Yo diría que proceden de un jarrón importado del valle del Po —repuso—. Aquí tengo algunos ejemplares —añadió señalando un rincón de su amplio puesto.

Lucio los ojeó con interés.

—¿Y se caracterizan por algo en particular? —preguntó.

—Son muy valiosos. No están al alcance de cualquiera.

—Gracias.

El centurión reanudó la marcha, seguido por Elías.

—Es un dato interesante, pero dudo que nos sea de utilidad —comentó el almazarero.

—Quienquiera que escribiese los mensajes anónimos utilizó un jarrón de ese tipo, y ya lo has oído. No todo el mundo puede permitirse una cerámica tan exclusiva.

—Aun así, tampoco son tan raros. Si no recuerdo mal, en mi propia casa yo tengo más de uno.

29

A media mañana del viernes, la cola para pagar los correspondientes aranceles en la aduana se había reducido de forma considerable.

La fila estaba compuesta sobre todo por campesinos, quienes traían una amplia variedad de frutos de la tierra —cebollas, higos, alcachofas o garbanzos recién cosechados— que los jumentos cargaban dócilmente.

También aguardaban su turno algunos caravaneros, cuya exótica mercancía era tan valiosa como apreciada.

En particular, unos comerciantes árabes transportaban mirra, incienso e índigo, así como bálsamo y finas maderas, todo ello acarreado por una reata de camellos.

Los aduaneros revisaban los productos, anotaban las cantidades y procedían al cobro de los impuestos con bastante eficacia, logrando así evitar excesivas demoras en la circulación.

Por el contrario, la actitud de los soldados romanos allí apostados en tareas de vigilancia dejaba mucho que desear —lo cual, tratándose de tropas auxiliares sirias, no suponía ninguna sorpresa—.

Cuatro se dedicaban a jugar a los dados bajo la sombra que proyectaba el edificio de la aduana, mientras los demás charlaban de forma relajada sin prestar demasiada atención a cuanto sucedía alrededor.

En la fila, entre comerciantes y campesinos, se habían intercalado un par de jóvenes que no eran ni lo uno ni lo otro. Uno de ellos era Caleb, que tras abandonar su casa en plena noche sin despedirse, había regresado con los rebeldes.

El primogénito de Elías lucía una barba de varios días y llevaba el rostro embozado en un fino manto, dejando tan solo a la vista su llamativa nariz griega y sus grandes ojos de color miel.

El acompañante de Caleb, que tenía una copiosa barba que le cubría casi toda la cara, se caracterizaba por tener un ojo de cada color: uno verde oliva y otro marrón pardo.

Además, se había enrollado alrededor de la cabeza un turbante de hilo que ocultaba su cabello.

Ambos vestían largas túnicas blancas con las mangas recogidas por encima de los codos, típica de los beduinos.

La pareja de zelotes conducía un burro que transportaba gavillas de lino en dos grandes cestos situados a cada lado de la grupa.

—¿Crees que todo saldrá bien? —preguntó Caleb en voz baja.

—Por supuesto que sí, he hecho esto decenas de veces —replicó el del turbante—. Cálmate y actúa con naturalidad.

Efraím, que llevaba toda la mañana trabajando en el interior de la aduana, salió para estirar las piernas y tomarse un descanso.

Aquel día el cielo estaba parcialmente nublado y hacía menos calor de lo acostumbrado.

Aun así, el publicano se había cubierto la cabeza con un pañuelo para protegerse la calva del sol.

Al pasar junto a los soldados, la escasa profesionalidad de que hacían gala le indignó profundamente.

De todos los centinelas asignados por el cuartel romano, que rotaban cada cierto tiempo, nunca había conocido un grupo tan negligente como aquel.

Efraím estaba considerando denunciar la dejadez con que desempeñaban su trabajo, pero de momento, hasta que Lucio no hubiese concluido su dichosa investigación del asesinato, prefería ser prudente, para no tener que hablar con él.

El publicano se acercó hasta la posición que ocupaban sus empleados y los observó trabajar en silencio durante algunos minutos.

A veces los apremiaba para agilizar la marcha, les corregía si no hacían algo del modo en que les había enseñado, o les daba instrucciones específicas dependiendo de las circunstancias.

Sin embargo, aquella mañana no hizo falta decirles nada.

Estaba a punto de retornar a sus tareas, cuando Efraím captó algo que llamó su atención.

Había dos jóvenes en la cola que parecían totalmente fuera de lugar.

Saltaba a la vista que ni eran campesinos, ni mercaderes de profesión…

y estaba seguro de que tampoco eran beduinos, pese al atuendo que llevaban.

Además, la mercancía que transportaban era escasa tanto en cantidad como en valor, lo que también resultaba bastante inusual.

El instinto del publicano y su larga experiencia al frente de la aduana lo alertaron acerca de lo sospechoso de la situación y, cuando les llegó el turno, se situó un paso por detrás de sus empleados para supervisar la operación.

—¿Qué llevan? —preguntó uno de los aduaneros siguiendo el procedimiento habitual.

—Como puede ver, solo dos gavillas de lino —contestó el del turbante de forma relajada. Mientras, Caleb guardaba silencio y mantenía la mirada clavada en el suelo.

—Únicamente dos cestos, ¿verdad?

—Exacto.

El aduanero tomó nota y solicitó un cuarto de as como peaje, lo que suponía un importe casi insignificante.

—Espera —intervino Efraím antes de que se completara la transacción—. Inspecciona el contenido de la carga —ordenó a su empleado.

Gruesas gotas de sudor perlaron la frente de Caleb, que notó cómo todos los músculos se le tensaban. Raudo, el del turbante alegó:

—Tenemos mucha prisa.

—Pues nosotros ninguna —replicó el publicano con rotundidad dando un paso al frente.

—¡A ninguno de los viajeros que iban delante de nosotros les habéis inspeccionado la mercancía! —protestó de nuevo el compañero de Caleb—. ¡Esto es humillante, no lo vamos a tolerar! Nos damos la vuelta ahora mismo —sentenció golpeando al burro en el costado para indicarle que se moviera.

Pero antes de que la bestia reaccionase, el aduanero metió la mano en uno de los cestos obedeciendo la orden directa de su jefe…

… Y entonces todo se precipitó.

En un instante, el del turbante sacó una daga y le infligió un corte en el brazo al atónito funcionario.

El alarido que emitió fue más producto de la sorpresa que del dolor, así como del miedo ante la visión de la sangre que brotaba de la herida.

Efraím dio la voz de alarma y, por fin, los soldados apostados en la aduana se movilizaron para entrar en acción.

Espantado, Caleb fue consciente enseguida de lo mucho que se les había complicado la situación.

El del turbante se olvidó del burro y, valiéndose de la daga, amedrantó a los mercaderes árabes situados tras él para hacerse con uno de los camellos.

—¡Vamos! —urgió a su compañero.

El plan era simple: huir a lomos de la bestia. Aunque los soldados estaban a punto de alcanzarlos, Caleb se dio cuenta de que podían conseguirlo.

—¡Ayúdame a subir! ¡Deprisa!

En circunstancias normales el camello se sentaba sobre sus cuatro patas para que el jinete se montase, pero ellos no tenían tiempo que perder, así que Caleb juntó sus manos a modo de estribo y su compañero se encaramó al animal.

—¡Que no se escapen! —se escuchó gritar a Efraím.

El del turbante desenganchó las canastas dispuestas a cada lado de las jorobas para soltar lastre y le tendió la mano a Caleb para ayudarlo a subir. Sin embargo, al ver que uno de los soldados se les estaba echando encima, azuzó al camello para emprender la huida a la vez que gritaba:

—¡No hay tiempo! ¡Corre detrás de mí!

Caleb comprendió que tendría que subirse a la bestia en movimiento, cosa que se lo pondría aún más difícil. De cualquier forma, no le quedaba otra alternativa. Así que echó a correr hasta situarse a la altura del camello, que de momento iba al trote.

—¡Agárrate! ¡Vamos!

Caleb estiró la mano para asir la que le estaba tendiendo el del turbante y… solo pudieron rozarse la yema de los dedos .

El camello aumentó la velocidad siguiendo las órdenes de su jinete. Caleb también aceleró, aunque apenas podía mantener el ritmo. Tan solo tendría ocasión de hacer un segundo intento.

—¡Venga! ¡Puedes hacerlo!

Caleb alargó su mano y, en un esfuerzo sobrehumano, consiguió aferrarse a la de su compañero.

—¡Tira! —gritó.

Justo en ese momento, sintió un fuerte impacto en la pierna derecha: una lanza le había alcanzado en el gemelo, frenando en seco su carrera.

El del turbante tiró de las riendas para detenerse y observó a Caleb caer de rodillas en el suelo.

—¡Ayúdame, por favor!

Caleb pensó que el otro descendería para enfrentarse al soldado que estaba a punto de atraparlo, y que luego lo ayudaría a subirse al camello para reemprender juntos la huida…

Rápidamente se dio cuenta de su error. Su compañero se limitó a mirarlo un instante con sus peculiares ojos dispares, y reanudó la marcha sin volverse.

Tras comprobar que lo dejaba atrás, Caleb no pudo evitar sentirse defraudado, si bien tampoco se creía en posición de juzgarlo. Considerando las circunstancias, seguramente él hubiese actuado de la misma manera.

Segundos después, un soldado caía sobre Caleb y lo inmovilizaba, poniendo así fin a su carrera criminal como zelote.