Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO OCTAVO
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CAPÍTULO OCTAVO

« Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados ».

Cuando la jornada se dirigía hacia la puesta de sol, Eleazar se presentó en el cuartel romano tras haber solicitado previamente permiso para reunirse con Lucio.

Los centinelas le franquearon el paso y, en el puesto de guardia, Servio lo recibió con gesto serio pero talante diplomático.

Eleazar siguió al suboficial a través de la plaza, donde algunos soldados, parapetados tras sus escudos, realizaban maniobras militares.

Las palmeras datileras situadas en el centro de la explanada seguían siendo testigos mudos de cuanto sucedía en el fortín.

Servio condujo al escriba hasta la sala de archivos, una pequeña construcción situada en el lado oeste de la fortificación, donde el impacto directo del sol era menor y el ambiente se mantenía bastante más fresco.

Conformado por dos amplias estancias, el edificio servía como archivo y oficina administrativa, así como lugar de reunión para los oficiales del cuartel.

—Aguarde aquí un minuto, Lucio lo recibirá enseguida —señaló Servio.

Cuando el suboficial se hubo marchado, Eleazar contempló la sala con detenimiento.

El centro lo ocupaba una larga mesa de mármol, rodeada de sillas donde el personal administrativo solía realizar su trabajo.

En las paredes destacaban algunas placas que recogían las principales máximas del derecho romano, así como la relación de los eventos más importantes de la historia del cuartel.

A esa hora del día ya no quedaba nadie en el interior.

Mientras esperaba, el escriba paseó por el recinto hasta llegar a la estancia contigua, a la que echó un vistazo desde el umbral de la puerta.

El lugar estaba repleto de estantes y armarios de madera, perfectamente organizados por secciones, donde se guardaban los registros militares y civiles, los inventarios, las órdenes, las cartas y otros documentos de valor.

En un rincón de la sala resaltaba la presencia de un larario, muy común no solo en los hogares, sino también en la mayor parte de los edificios públicos romanos.

Eleazar le dedicó al altar una mueca de rechazo, pues suponía el ejemplo más paradigmático de la idolatría de los invasores.

Cuando por fin apareció Lucio diez minutos más tarde, no lo hizo solo. Para disgusto del escriba, Elías estaba con él.

El productor de aceite había llegado aquel mismo día, tras su viaje de regreso desde Jerusalén. Primero había puesto a su mujer al corriente de las malas noticias, y después había visitado a su hijo. El aspecto de Samir había empeorado bastante en tan solo unos días, y su tos se había recrudecido.

—¡Cómo pudo permitir que intentasen lapidar a Samir, sabiendo que el tribunal del sanedrín debía pronunciarse aún acerca de la apelación! —Elías fue directo a por el escriba, al saber por boca de Esther lo que había ocurrido durante su ausencia.

—¡Todo fue cosa de Gamaliel! —se defendió Eleazar visiblemente acalorado—. Aunque intentó convencerme para que refrendase su decisión, yo me negué a autorizar semejante insensatez.

—¡Pero tampoco hizo nada por impedirlo!

—Gamaliel, como archisinagogo y presidente del Consejo local, posee en la práctica el control total sobre el cuerpo de alguaciles. Ellos obedecen sus instrucciones al pie de la letra. ¿Qué podía hacer yo?

—¡Pudo haberse enfrentado públicamente a Gamaliel! ¡O haber intervenido ante la opinión pública para advertir del atropello que se proponía llevar a cabo! —continuó atacándolo Elías—. Sin embargo, no hizo absolutamente nada. ¡Ni siquiera se dignó a aparecer!

—¡Esa no era mi responsabilidad!

El centurión dio un paso al frente y se interpuso entre ambos hombres para poner algo de paz.

—¡Calma, por favor! Gritando no vamos a conseguir nada.

Tras la amonestación de Lucio, que sirvió para calmar ligeramente los ánimos, el escriba retomó de nuevo la palabra para justificarse.

—Gamaliel asumió la responsabilidad de sus actos, aun sabiendo que la decisión del sanedrín podría desembocar en la eventual revocación de la condena de Samir. En cuyo caso, habría tenido un grave problema. Yo, en cambio, actué conforme a derecho y me negué a firmar la ejecución.

—¿Y qué llevó al archisinagogo a actuar de forma tan irresponsable? —terció Lucio.

—A Gamaliel le horrorizaba la idea de que el asesino de su hija fuese liberado como consecuencia de la intervención del Alto tribunal —explicó Eleazar.

—Algo que, por cierto, podía haber ocurrido si tu colega no hubiese jugado sucio apelando en su alegato final a mi condición de cristiano —espetó Elías a modo de reproche.

—Yo me limité a enviarle toda la información de que disponía. La estrategia judicial que empleó Baraquías fue solo cosa suya.

Elías pudo haberle replicado, pero entendió que no merecía la pena enredarse más en aquel asunto.

—Si Gamaliel está convencido de la culpabilidad de mi hijo, es porque los alguaciles le metieron esa idea en la cabeza. Y, por supuesto, usted también con su veredicto.

—Te recuerdo que Samir confesó el crimen con todo detalle. Y nadie le obligó a hacerlo.

—¿Sabe una cosa, rabí? Lo más triste de todo es que usted sabe que mi hijo es inocente. El testimonio de Esaú no admite la menor duda al respecto. Por desgracia, jamás estará dispuesto a reconocer que se ha equivocado.

—Lamento que pienses así, Elías, pero estás alimentando una fantasía que no se sostiene —dijo Eleazar—. Y usted también —añadió señalando al centurión—. Pues, si no fue Samir, ¿quién lo hizo entonces? Vamos, sea sincero. ¿Acaso le ha servido de algo la investigación que está llevando a cabo?

Lucio apretó los labios. Aunque barajaba varios sospechosos, carecía de pruebas suficientes para acusar a ninguno de ellos.

—No sé quién mató a Miriam —admitió—. Pero estoy completamente seguro de que Samir es inocente.

—Ya, bueno. Me temo que sus palabras no son suficientes.

—Eleazar tomó unos documentos que llevaba consigo y se los mostró al centurión.

Eran la autorización del gobernador Albino para proceder con la pena de muerte, más una copia del veredicto del sanedrín que rechazaba la apelación presentada por Elías—.

Ahora sí, voy a ordenar el cumplimiento de la sentencia.

Pero esta vez quiero asegurarme de que no se produzcan incidentes como los del otro día, que incluso desembocaron en la muerte de una mujer.

Por eso, solicito una escolta romana que garantice de principio a fin la buena marcha del proceso.

—¿Cuándo tendrá lugar la ejecución?

—Mañana —contestó el escriba con rotundidad.

Desafortunadamente, se trataba de una solicitud bastante corriente, a la que Lucio no podía oponerse. Lo que sí que estaba en su mano era retrasarla lo máximo posible, para tratar así de ganar algo de tiempo.

—Mañana viernes no podrá ser. Quizás a principios de la semana que viene, como muy pronto.

—¿Y se puede saber por qué? —protestó Eleazar—. No quisiera pensar que está tomando su decisión en base a las razones equivocadas.

—¿Acaso no está al corriente de las últimas noticias? He movilizado a todos mis hombres para combatir la amenaza de los rebeldes zelotes. Desde hace semanas, la banda del «Revolucionario» ha intensificado los ataques en la región.

Ante la contundencia del argumento expuesto por el romano, Eleazar no cuestionó su decisión.

—Está bien. La semana que viene entonces. Unos días antes o después no supondrán ninguna diferencia. —Y dicho esto, abandonó la estancia y encaminó sus pasos hacia la salida del cuartel.

***

Poco después, Elías y Lucio se internaron en las calles de Cafarnaúm camino de la taberna favorita del romano.

Lucio no había tomado ninguna medida relativa al reciente ataque del que había sido víctima pues, aunque sabía que Issur y Bartimeo estaban detrás, no tenía modo de probarlo.

Los proscritos que le habían atacado carecían de la menor credibilidad y, de cualquier modo, tampoco habían llegado a mencionar ningún nombre en concreto.

Además, acusar a los alguaciles habría supuesto iniciar una complicada guerra contra las autoridades judías en un momento en el que ya tenía demasiados frentes abiertos.

En todo caso, le había quedado claro que debía andarse con ojo.

A Elías, por su parte, no le importaba lo más mínimo que lo viesen confraternizar con el oficial romano en público, pese al reproche que advertía en la mirada de sus vecinos.

Lucio había demostrado ser un hombre decente y comprometido que lo estaba ayudando sin pedir nada a cambio, y que se había tomado como un desafío personal demostrar la inocencia de su hijo.

Desde que comenzara la investigación habían mantenido un trato tan cercano, que lo consideraba incluso su amigo.

Mientras conversaban, alcanzaron el bazar más grande de la ciudad, donde se ofrecía género de todo tipo, desde telas, cestería y muebles hasta artículos de cosmética y recipientes de vidrio.

—Ese muchacho no me gustó —dijo Lucio refiriéndose a Yadiel, acerca de cuyo encuentro estaba poniendo a Elías al corriente.

—¿Lo crees capaz de haber violado y matado a Miriam?

—Es un tipo enclenque, pero eso no quiere decir nada.

De repente, el centurión se interrumpió al pasar junto a un puesto de alfarería en el que se exponían una infinidad de artículos procedentes de todos los rincones del Imperio: platos de loza blanca de la región de Creta, vasos y tazas de cerámica vidriada importados de Lombardía, copas de terracota del Ática decoradas con escenas mitólogas, y jarrones de cerámica roja de estilo egipcio cubiertos de jeroglíficos.

También ofrecían ánforas, urnas y braseros de barro, entre muchos otros productos.

—¿Cómo no se me había ocurrido antes? —murmuró Lucio, prácticamente para sí. Entonces sacó los ostracones relacionados con el caso, que llevaba siempre encima desde que los descubriese, y mostrándoselos al tendero del bazar, inquirió—: ¿Puede identificar a qué tipo de artículo se corresponden?