Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO SÉPTIMO #8
24%

CAPÍTULO SÉPTIMO #8

Desde la bancada de los fariseos brotó un murmullo de aprobación a la protesta de Baraquías.

Aunque Elías sabía lo mucho que se arriesgaba adoptando una postura tan agresiva, formaba parte de la estrategia que había preparado.

Los saduceos, entre los que se incluía el presidente del tribunal, eran mayoría…

y esos eran los votos que Elías necesitaba conquistar para ganar el recurso.

—Me explicaré con mayor claridad para evitar malentendidos.

Me refiero a esas listas que enumeran los oficios considerados como “sospechosos” o de “mala reputación”, y que constituyen la base fundamental del caso.

Pues bien, dichas listas nunca han sido inmutables, ni tampoco universales.

En general, han reflejado las creencias y valores de nuestra sociedad en un momento determinado, influenciadas por multitud de factores políticos y religiosos.

—Sea como fuere, lo cierto es que el oficio de pastor figura en la lista. ¿No es así? —intervino Baraquías—. Y, como bien sabe, tal cosa lo incapacita para prestar testimonio, entre otros derechos cívicos de los que también podría ser privado.

—Actualmente, casi nadie invoca el cumplimiento estricto de semejante tradición.

—Pues Eleazar lo hizo. Y las leyes lo amparan.

Aunque Baraquías era un escriba extremadamente competente, Elías había sido bien asesorado por Yoseph.

—Insisto —arguyó—. Esas listas han ido cambiando con el paso del tiempo.

Había oficios que estaban incluidos y luego se eliminaron, y al contrario también.

Por ejemplo, los tenderos formaron parte de esas listas en el pasado, porque se entendía que podían cobrar precios excesivos por los bienes de primera necesidad.

—Su argumento no invalida en absoluto la decisión de Eleazar.

—En el fondo, lo que quiero decir es que la tradición oral no puede esgrimirse para decidir sobre un caso penal de semejante envergadura, en el que está en juego la vida de una persona.

—En este punto, Elías hizo una pausa dramática y clavó su mirada en la bancada de los saduceos—.

La tradición oral tiene su valor, pero la realidad es que no forma parte de la Ley mosaica.

Los saduceos reaccionaron de inmediato y asintieron con firmeza mientras cuchicheaban entre sí.

Ellos solo aceptaban la Torá escrita como única autoridad, y rechazaban todos los añadidos compilados por la tradición oral y la costumbre en los siglos posteriores al exilio.

Aquella era la reacción que Elías esperaba y su gran baza para ganar la apelación.

Entre los fariseos, en cambio, se alzaron murmullos de protesta, y rápidamente los miembros de uno y otro grupo se enzarzaron en una agria disputa.

El debate se prolongó durante varios minutos, hasta que el presidente del tribunal pidió silencio en la sala y llamó a realizar la correspondiente votación para emitir un veredicto. En ese punto, Elías sabía que tenía la victoria asegurada. No cabía duda de que los saduceos votarían a su favor.

Pero unos segundos antes de que diese comienzo, Baraquías solicitó con urgencia permiso para intervenir.

—Debo realizar a la otra parte una pregunta decisiva.

Elías frunció el ceño con evidente desconfianza. ¿Qué se proponía el sagaz escriba con aquella estratagema de última hora?

—Adelante —concedió el presidente.

Baraquías se giró hacia el almazarero y, en voz muy alta y con gran teatralidad, preguntó:

—¿Es verdad que usted y su familia son seguidores de Jesús de Nazaret, el predicador que fue condenado por blasfemo hace unos treinta años?

Un silencio sepulcral se hizo de pronto en la sala. Elías, al que la pregunta le había cogido completamente desprevenido, titubeó unos segundos antes de contestar.

—Sí, lo soy. Pero ¿qué tiene que ver eso con lo que se está dirimiendo hoy aquí?

Baraquías lo ignoró. Aún tenía algo más que decir.

—De hecho… ¿Acaso no es cierto que es usted el líder de la comunidad cristiana de Cafarnaúm?

Los miembros del tribunal no movieron un solo músculo de la cara mientras aguardaban la pertinente respuesta.

—Sí, lo soy. No es ningún secreto —admitió. Se trataba de la verdad; no tenía ningún sentido negarlo.

Un clamor estalló en la sala sin distinción entre ambos grupos.

Baraquías sabía del odio que los sanedritas sentían hacia el cristianismo, al que llevaban décadas oponiéndose sin éxito.

Durante los primeros años que siguieron a la muerte de Jesús, la comunidad cristiana de Jerusalén continuó realizando el culto diario en el Templo, que incluso solían usar como lugar de reunión.

Y, pese a que atribuían una autoridad mayor a Jesucristo que a los mandatarios religiosos de Israel, tampoco rechazaban la autoridad del sanedrín.

Sin embargo, con el transcurso del tiempo las relaciones entre unos y otros se fueron deteriorando hasta que surgieron los primeros conflictos.

Entre los saduceos, sobre todo, no se veía con buenos ojos la consolidación del movimiento cristiano, cuya expansión podía hacer que se tambalease el statu quo .

Si su popularidad crecía en exceso, podría producirse una revuelta que obligaría a intervenir a Roma, con el riesgo que tal cosa podía conllevar para sus intereses.

De hecho, el principal motivo por el que los saduceos —con el apoyo de los fariseos— condenaron a Jesús de Nazaret, fue para evitar el peligro que el supuesto Mesías suponía para la estabilidad del poder establecido.

Así pues, finalmente decidieron que convenía sofocar el movimiento cristiano cuando aún estaba en ciernes, antes que esperar a que se convirtiese en una amenaza mayor y más difícil de controlar.

Esteban [17] , uno de los primeros diáconos elegidos por los apóstoles, fue acusado de blasfemia y, tras llevar a cabo una firme defensa de las enseñanzas de Jesús ante el sanedrín, fue lapidado hasta la muerte como castigo.

En torno a las mismas fechas —los años 30 del siglo i —, los líderes religiosos judíos ordenaron las primeras persecuciones contra los cristianos, en las que el propio Pablo de Tarso también participó antes de convertirse.

—¡Mi fe o la de mi familia resulta irrelevante en relación al hecho que se juzga! —protestó Elías.

—Tan solo pretendía contextualizar un poco mejor las circunstancias del caso… —replicó Baraquías ladinamente.

Las protestas de Elías no sirvieron de mucho en mitad del revuelo generado.

Baraquías dejó escapar una fugaz sonrisa, satisfecho con el resultado de su intervención.

Por un lado, había unido a saduceos y fariseos contra un enemigo común, y por otro, había sabido prender la mecha para crear confusión y desviar la atención sobre el verdadero fondo de la cuestión.

El presidente, cansado ya de dedicarle tanto tiempo a un asunto tan insignificante, dio por concluido el juicio y dio paso a la votación correspondiente.

Pese a la polémica final, muchos saduceos no cayeron en la trampa y fallaron en favor de Elías.

Por desgracia, los votos de los pocos que cambiaron de opinión fueron suficiente para desequilibrar la balanza, al sumarse a los del bando fariseo.

El tribunal, definitivamente, avalaba la decisión de Eleazar y denegaba la petición del padre del condenado.

Aunque el productor de aceite abandonó la sala consternado, enseguida se obligó a sobreponerse. En cuanto el secretario redactase el veredicto, Baraquías le enviaría una copia a Eleazar, que por fin tendría vía libre para ejecutar a su hijo. Elías tenía que regresar cuanto antes a Cafarnaúm.

Al menos, quería acompañar a Samir durante las horas previas a su muerte .