Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO SÉPTIMO #7
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CAPÍTULO SÉPTIMO #7

El padre se ausentó un momento y regresó con una bolsita cargada de monedas.

—Esto es todo cuanto podemos pagarle —comentó con cierto apuro—. Espero que sea suficiente.

Lucas levantó las manos en señal de rechazo.

—No, empleen mejor ese dinero en los remedios que la niña necesita. Ah, y asegúrense de que beba mucha agua.

Cuando estaba a punto de marcharse, el médico griego advirtió que lo llamaban de un habitáculo que se abría cerca de la puerta de entrada.

La estancia carecía de puerta y estaba iluminada por varias lámparas de aceite.

Lucas asomó la cabeza y distinguió a un hombre mayor lijando un tablón sobre un banco de madera.

De una de las paredes colgaban sierras, gubias, cinceles y clavos, entre otras herramientas.

Sin duda, se trataba de un modesto taller de carpintería integrado en la vivienda.

—Pase, por favor. Soy el abuelo de la pequeña.

—Su nieta se pondrá bien. Ya lo verá.

—Estoy seguro de ello. Pero me gustaría hablarle de otro tema.

—Hoy voy con mucha prisa, lo lamento de veras —se excusó Lucas cortésmente.

Ya se encaminaba en dirección a la salida cuando el hombre dijo algo que le hizo detenerse en seco.

—Tenía entendido que estaba recabando toda la información posible acerca de Jesús de Nazaret.

El médico se giró.

—¿Lo conoció? —preguntó intrigado.

—Ya lo creo que sí. Fui uno de sus discípulos durante unos cuantos meses.

Lucas sintió que por fin le acompañaba la suerte. Además de los apóstoles, centenares de seguidores habían seguido a Cristo durante sus viajes de predicación. Y, según parecía, acababa de toparse con uno de ellos.

—¿Es usted cristiano?

—No, no puedo decir que lo sea. Pero durante mucho tiempo creí que Jesús estaba llamado a ser el líder que liberaría al pueblo de Israel.

—¿Y qué piensa ahora?

—Su final no fue el que esperaba. Y con ello no quiero restarle ningún mérito. Jesús de Nazaret fue un profeta verdaderamente único. Por desgracia, no creo que fuese el Mesías esperado por el pueblo.

Lucas tomó asiento en un taburete cercano.

—Entiendo —repuso—. De cualquier manera, lo que aprendió de él podría resultarme muy valioso. Si le siguió durante tanto tiempo, seguramente recuerde sus enseñanzas más destacadas.

—Sí, desde luego, la esencia de su mensaje no la he olvidado. Podría, incluso, referirle alguna de las parábolas que empleaba. Sin embargo…

—¿Qué ocurre? ¿Hay algún problema?

—Es solo que ya han pasado muchísimos años, y, aunque mi memoria sigue siendo buena, encuentro demasiado atrevido expresar con mis propias palabras su mensaje.

Cualquier cosa que dijese no sería más que una aproximación a su auténtica doctrina.

Y lo último que querría sería tergiversar sus palabras, aunque fuese de forma involuntaria.

¿Comprende la responsabilidad de lo que me pide?

Por supuesto, Lucas entendía las reticencias del anciano.

—No debe preocuparse, mi objetivo consiste en recopilar tanta información como me sea posible.

El viejo carpintero permaneció pensativo durante unos instantes.

—Había otro discípulo que… —Se interrumpió y observó al médico con el ceño fruncido—. ¿Usted no sabe nada?

—¿Saber qué? ¿A qué se refiere?

—Pues que, en particular, había un discípulo que…

Lucas, sin darse cuenta, había contenido la respiración.

—… que transcribía sobre la marcha los discursos de Jesús.

—Un momento, ¿qué quiere decir exactamente?

—Pues eso mismo, que ese discípulo portaba siempre una tablilla de cera donde tomaba nota de las enseñanzas del maestro.

—Pero… ¿le siguió durante mucho tiempo?

—Ya lo creo. Y puedo asegurarle que estuvo presente en muchos de los momentos más importantes: en el sermón de la montaña, donde Jesús enumeró las bienaventuranzas…

en el discurso en la sinagoga de Nazaret, donde anunció que en él se cumplían las profecías recogidas en la Biblia sobre el Mesías…

y en muchos otros lugares en los que narró sus parábolas, como la del hijo pródigo, la del sembrador, la del buen samaritano…

¿Un discípulo escribiente? El médico sintió que se le erizaban los vellos de la nuca. Si tales textos de verdad existían, constituirían sin duda la fuente más fidedigna de las palabras de Cristo. Ningún testimonio podría compararse nunca con un registro escrito por un contemporáneo de Jesús.

—¿Y cómo se llamaba ese discípulo?

—No recuerdo su nombre. Jesús tenía muchos seguidores que iban y venían, y muchos no nos conocíamos entre nosotros. Además, ese en particular no era especialmente comunicativo.

—¿Sabe al menos de dónde era?

—De Galilea, casi con toda probabilidad. Aunque tampoco estoy seguro.

—Galilea es una región muy grande.

—Lo siento, solo sé que no era de Cafarnaúm; de lo contrario, lo sabría.

—¿Y no hay nada más que pueda decirme?

—Lamento no poder serle de más ayuda. Se trataba de un hombre corriente, de unos treinta años… Por desgracia, no tenía ningún rasgo destacado.

Pese a no haber logrado sacar nada en claro, aquel descubrimiento sirvió para renovar el optimismo de Lucas.

—Si conoce a cualquier otro discípulo de aquel tiempo, hágamelo saber. ¿De acuerdo? Tengo que encontrar como sea a ese hombre que ponía por escrito las palabras de Cristo.

27

El gran momento había llegado. Elías aguardaba su turno para ser llamado ante la presencia del tribunal. Aunque se sentía tenso, sabía que estaba preparado. No dispondría de mejor oportunidad para salvar a su hijo.

Al fin se abrió la puerta y un funcionario lo condujo al interior de la cámara de los juzgados.

La sala era amplia, de techos altos sostenidos por sobrias columnas.

Grandes ventanas situadas en la parte superior de las paredes garantizaban la iluminación natural de la estancia.

Los asientos de los magistrados estaban dispuestos en forma de media luna, dejando el centro para las partes en litigio.

El presidente del tribunal ocupaba una plataforma más elevada, ataviada con suntuosas cortinas de tela.

La sala carecía de elementos decorativos, salvo por algunos objetos religiosos que servían para recordar a los jueces su responsabilidad de aplicar la Ley de acuerdo con la voluntad de Yahvé.

Principalmente, la menorá —el candelabro de siete brazos propio de la cultura hebrea—, el shofar —un cuerno de carnero utilizado para anunciar el comienzo y el final del día— y los rollos de la Torá, que simbolizaban la presencia de Dios entre su pueblo.

Un intenso aroma a incienso parecía envolverlo todo.

La asamblea del sanedrín estaba compuesta por setenta y un miembros, pero el tribunal lo conformaban solo veintitrés.

Los saduceos, con sus pulcras barbas debidamente perfumadas, lucían túnicas ceremoniosas, que adornaban con espléndidas joyas y la imprescindible mitra con que se tocaban la cabeza.

Los fariseos, en cambio, vestían túnicas negras, que combinaban con un sombrero de pico confeccionado en terciopelo.

Se dejaban el pelo largo y se hacían tirabuzones que colgaban a cada lado de la cabeza, en armonía con sus pobladas barbas.

Elías permanecía de pie en el centro de la media luna, aguardando instrucciones.

A su lado, un escriba al que no conocía consultaba unas hojas de papiro.

El individuo, que respondía al nombre de Baraquías, era de baja estatura y tenía unas manos velludas, y según le dijo al entrar, representaría a Eleazar en el presente recurso.

Elías meditó durante unos segundos. Eleazar no había querido desplazarse personalmente a Jerusalén para defender su postura, sino que había preferido que lo representase un colega suyo.

¿Por qué lo haría? O bien estaba muy seguro de que ganaría la apelación, o todo lo contrario.

Temía perder y quería evitarse la humillación ante el sanedrín.

A continuación, un funcionario que hacía las veces de secretario intervino para explicar el caso sobre el que el tribunal se pronunciaría.

Normalmente, los jueces estudiaban los litigios antes de cada sesión.

Sin embargo, aquel en particular había entrado a última hora y no todos estaban al tanto.

Primero explicó todo lo relativo a la condena de asesinato, y después lo referente a la apelación objeto del contencioso, acerca de la admisión o no del testimonio de Esaú, el pastor.

Cuando concluyó, le cedió a Elías la palabra.

El productor de aceite, apabullado por la solemnidad del momento, hubiese dado cualquier cosa por saber lo que pasaba por las cabezas de los miembros del tribunal.

Elías se aclaró la garganta y comenzó matizando algunos detalles de la exposición que el secretario había realizado.

En esencia, la información era correcta, pero convenía que ciertos datos también fuesen conocidos por el tribunal.

Así pues, Elías hizo mención al ligero retardo de su hijo, a las sucias artimañas de que se valieron los alguaciles para arrancarle una confesión, y al dudoso motivo que los llevó a sospechar de Samir en primer lugar.

—¡Nada de eso tiene que ver con lo que se está dirimiendo hoy aquí! —protestó enérgicamente Baraquías—. Todas esas eventualidades ya fueron valoradas por el juez de Cafarnaúm a la hora de emitir su veredicto.

—Cierto —admitió—. Tan solo pretendía contextualizar algo mejor las circunstancias del caso.

A partir de ahora, me ceñiré exclusivamente a la causa de la apelación.

—Elías carraspeó antes de continuar—. La cuestión radica en que, con posterioridad a la sentencia, apareció un testigo nuevo; un pastor local, cuyo testimonio demostraría la inocencia de mi hijo.

Eleazar, sin embargo, se niega a admitir su testimonio, amparándose en un conjunto de leyes antiguas, arbitrarias y oscuras, que en la práctica carecen de uso.

—¡¿Leyes arbitrarias y oscuras?! —rebatió rápidamente su rival—. Muchos considerarían un insulto esa manera de referirse a una tradición oral transmitida a lo largo de cientos de años por sabios muy respetados.