CAPÍTULO SÉPTIMO #6
El almazarero paseó distraídamente por el atrio, un gran espacio abierto rodeado por una serie de pórticos y columnas accesible a los gentiles, repleto de tenderetes donde se ofrecían los productos necesarios para los ritos del sacrificio.
A los patios interiores, considerados sagrados, solo los judíos tenían permitida la entrada.
El Templo de Jerusalén se consideraba el lugar más sagrado del judaísmo, y constituía el centro de la vida religiosa y cultural del pueblo judío.
Asimismo, constituía el único sitio donde Yahvé podía ser adorado de forma legítima pues, aunque las sinagogas eran centros de oración, la adoración estricta, conforme a la Ley, solo podía producirse en la sede del Templo.
De ahí que judíos de todo el Mediterráneo peregrinasen para visitarlo y hacer entrega de sus ofrendas, sobre todo en las fiestas más señaladas.
Cuando Elías abandonó el recinto, contempló la columna de humo que brotaba del Templo, producto de los sacrificios diarios que los sacerdotes realizaban de corderos y cabras, y torció el gesto en una mueca de desagrado.
Según la tradición, Jesús había cuestionado aquella ancestral costumbre del culto judío.
El verdadero camino hacia la salvación no se hallaba en el rito y la observancia de la Ley, sino en el amor a Dios y al prójimo.
26
Lucas de Antioquía seguía ejerciendo la medicina de forma gratuita, con la consiguiente satisfacción de los vecinos de Cafarnaúm.
A su consulta ya no solo acudían judíos —fuesen seguidores de Cristo o no—, sino también algunos gentiles.
El buen hacer del médico había disipado cualquier tipo de recelo, y sus pacientes se mostraban muy agradecidos.
A Jacob lo había tratado de urgencia, tras la agresión que había sufrido cuando intentaba impedir la lapidación de Samir.
Para frenar la hemorragia, Lucas usó gasas empapadas en agua fría, y zumo de limón a modo de coagulante.
Luego extendió aceite de linaza sobre la herida, se la vendó con firmeza y, por último, le limpió la sangre que se le había adherido al rostro y el cuello, y le suministró un bebedizo a base de melisa y manzanilla para calmar el dolor.
El mendigo necesitaría un tiempo para recuperarse, pero su vida no corría peligro.
En otro orden de cosas, Lucas no había perdido de vista la misión que lo había llevado hasta allí, y poco a poco estaba logrando recabar testimonios cada vez más valiosos acerca de la vida de Jesús.
Recientemente, por ejemplo, había hablado con varios testigos que habían presenciado un gran prodigio.
Ocurrió estando el Señor predicando en la sinagoga.
Un hombre poseído por un espíritu inmundo lo interrumpió, y Jesús le ordenó que saliese del cuerpo.
Entonces se produjo una violenta sacudida y el demonio obedeció sin que el hombre sufriese ningún daño [15] .
Otra cosa muy distinta eran las enseñanzas de Jesús.
Aquellos que habían asistido a sus discursos podían señalar algunas nociones sueltas o las ideas fundamentales de su doctrina, pero aquello no bastaba para plasmar con fidelidad las palabras exactas que había dicho.
En ese sentido, la ayuda de los apóstoles, asistidos por la inspiración del Espíritu Santo, resultaría primordial para cubrir aquel vacío.
Aun así, Lucas tampoco lo consideraba suficiente.
Al día siguiente del intento de lapidación frustrado, Lucas se desplazó al barrio de las villas para entrevistar al testigo de un importante milagro del que hasta entonces tan solo había oído rumores. Aquel testigo, sin embargo, aseguraba poseer información de primera mano acerca del suceso.
Lucas se encontró con un siervo de origen fenicio que, habiendo llegado a la vejez, continuaba viviendo en la casa donde había servido, mantenido por su amo que le proporcionaba vestimenta y alimento.
El hombre, llamado Melkar, recordaba un episodio protagonizado por un buen amigo suyo, al que aparentemente Jesús de Nazaret había librado de la muerte.
—¿Qué ocurrió? —preguntó el médico.
—Mi amigo era otro siervo de una villa vecina, habitada por aquel entonces por un centurión.
Nos veíamos a menudo, hasta que un día se puso muy enfermo y se quedó paralizado.
Afortunadamente, su amo le tenía en gran estima y, al oír que Jesús estaba cerca y saber de las curaciones milagrosas que se le atribuían, envió a unos ancianos judíos para pedirle ayuda.
—¿Y por qué iban unos judíos a interceder en favor de un romano? —objetó Lucas.
—El centurión sentía un gran respeto por la religión judía y había pagado la construcción de la sinagoga.
—Entiendo. Continúa, por favor.
—Jesús accedió a ir a verlo. Sin embargo, antes de llegar, el centurión lo abordó en la calle y le manifestó que no era digno de que entrase en su casa.
—¿Eso le dijo?
Melkar asintió con contundencia.
—Y añadió que una palabra suya bastaría para sanar a su siervo. Jesús se sintió tan maravillado por la fe del romano, que le concedió su deseo [16] . Y cuando regresó a la villa, su siervo (mi amigo), se había restablecido.
Lucas advirtió de inmediato la importancia de aquella historia, en la que el Señor no había tenido inconveniente en ayudar a un gentil.
—¿Presenciaste tú personalmente ese diálogo entre Jesús y el centurión?
—No, pero el romano se lo contó muchas veces a su siervo. Y este, después, solía contármelo a mí.
***
Aquel domingo fue muy atípico para la comunidad cristiana de Cafarnaúm.
A la ausencia de Elías, que se hallaba en Jerusalén, se sumaba el conflicto que había estallado la semana anterior, por lo que no acudieron ni Saúl ni todos los que pensaban como él.
En todo caso, la reunión se celebró en el lugar acostumbrado, y Esther no dudó en asumir en solitario su papel de líder de la congregación. La presencia de Lucas de Antioquía entre ellos, al menos, dotaba al encuentro de un brillo especial.
Aquel día, además de los ritos acostumbrados, se había fijado la celebración del bautismo de Tobías, que se había conmovido al saber que sería el propio Lucas quien oficiaría la ceremonia.
Tobías había perdido la libertad tras solicitar un préstamo que luego no había devuelto.
Y, en su condición de esclavo, ejercía como cocinero para su amo.
Como Tobías era judío, la Ley lo favorecía.
El tiempo de esclavitud de un judío se limitaba a un máximo de seis años, durante los cuales el dueño debía procurarle alimento, techo y vestimenta.
Incluso si obtenía el suficiente dinero, podía pagar para abreviar la duración de su servicio.
Los esclavos paganos, en cambio, constituían una mera propiedad de la que sus amos podían disponer durante toda la vida.
Aunque entre los seguidores de Jesús de Nazaret los esclavos eran considerados como iguales, el cristianismo primitivo nunca cuestionó la esclavitud, pues se trataba de una institución plenamente instaurada en la época.
Los líderes cristianos se limitaron a conminar a los esclavos a obedecer, y a los amos a procurarles un trato justo y humano.
Los asistentes, congregados en el patio a cielo abierto de la vivienda de Elías, habían formado un círculo, cogidos de las manos.
En el centro, Lucas y Tobías se hallaban junto a una tina llena de agua.
Para recibir el bautismo, tan solo se requería aceptar el mensaje de Cristo y expresar el firme deseo de convertirse.
Limitado a los adultos, se recomendaba contar con una mínima instrucción, aunque tampoco constituía un requisito imprescindible.
Lucas rezó el padrenuestro, cuyo uso se remontaba a la tradición cristiana más temprana.
Dicha oración fue transmitida oralmente por sus discípulos, pasando a formar parte de la vida personal y ceremonial de los cristianos primitivos.
Luego, el griego impuso las manos sobre Tobías, y a continuación le sumergió la cabeza en el barreño durante varios segundos.
De la misma manera que ocurría con otros ritos, para el bautismo tampoco existía una liturgia establecida.
El bautismo por inmersión era lo más común, pudiendo realizarse tanto en un espacio cerrado como en plena naturaleza, a orillas de un río.
—Por tu fe en Cristo, tus pecados te han sido perdonados —anunció Lucas—. Y el Espíritu Santo se encuentra ahora dentro de ti.
Tobías sintió una emoción tan grande, que se puso a reír y a llorar a la vez. Esther se acercó hasta él y lo felicitó. Y, uno a uno, todos los demás lo fueron abrazando. El esclavo había demostrado sobradamente su grado de compromiso, más aún después de su valiente intervención en defensa de Samir.
Por la tarde, Lucas de Antioquía se desplazó hasta el hogar de una familia donde una niña de diez años llevaba varias semanas sin moverse de la cama, aquejada de problemas respiratorios.
Los padres agradecieron efusivamente la visita del médico griego, al que condujeron sin perder tiempo ante la presencia de su hija. La niña no tenía buen aspecto: estaba pálida y hablaba con apenas un hilo de voz.
Tras dedicar algunas palabras a su paciente, Lucas procedió a realizarle un examen completo. Comprobó su pulso, escuchó los latidos de su corazón y observó el movimiento irregular de su pecho. También le tocó la frente, examinó el color de sus mejillas y escudriñó el fondo de sus ojos.
—¿Sientes dolor cuando toses? —preguntó.
—Un poco…
—¿Y la tos te despierta en mitad de la noche?
—A veces.
No cabía duda de que se trataba de una infección pulmonar. Lucas se llevó a los padres aparte para comunicarles el diagnóstico.
—Es grave, no voy a engañarles. Sin embargo, creo que vuestra hija puede responder bien al tratamiento.
—¿Qué debemos hacer?
—Frótenle el pecho con un ungüento perfumado con aceites esenciales de hisopo, y apliquen cataplasmas de tomillo para abrir las vías respiratorias. Para la fiebre, usen cocciones de salvia.
—Así lo haremos, muchas gracias por todo —dijo la madre.