CAPÍTULO SÉPTIMO #5
De repente, el público que estaba en el costado derecho de la calle comenzó a murmurar y se abrió como las aguas del mar Rojo por orden de Moisés. ¿A quiénes dejaban paso y por qué? El misterio se resolvió al cabo de un instante.
Saúl, seguido por una veintena de pescadores, bloqueó la vía para impedir el avance de la procesión, que ya se acercaba al promontorio donde tenían lugar las ejecuciones.
No todos los que le acompañaban eran seguidores de Cristo, entre ellos también había algunos judíos que le eran leales por su carisma.
Esther, que tras la reciente división de la comunidad cristiana no se lo esperaba, se conmovió ante el solidario gesto de Saúl. El viejo amigo de Elías había aparcado las diferencias que mantenían para defender a Samir, al que apreciaba como a un sobrino.
Issur y Bartimeo intercambiaron una mirada cargada de inquietud. Esta vez no se enfrentaban a mujeres y tullidos, sino a hombres jóvenes y robustos que se habían curtido manejando sin descanso las redes de pesca, y que además venían armados con palos y estacas.
Saúl se plantó en mitad del empedrado y, cruzándose de brazos, anunció con determinación:
—Hoy no se va a ejecutar a nadie en Cafarnaúm.
—¡Esto no es de tu incumbencia, Saúl! —replicó Issur—. Más vale que tú y los tuyos os larguéis por donde habéis venido. De lo contrario, os vais a meter en un lío.
—¿Nosotros? ¡Sois vosotros los que estáis incumpliendo la ley!
—respondió señalándoles con un dedo acusador, y continuó hablando en voz alta, para que todos escuchasen lo que tenía que decir—.
¡Aunque el pastor Esaú puede demostrar la inocencia de Samir, el rabí se ha negado a admitir su testimonio!
En consecuencia, Elías ha interpuesto una apelación, que implica la suspensión de la ejecución hasta que el sanedrín se pronuncie.
¡Cosa que aún no ha ocurrido! —Y planteó para concluir—: Así pues, ¿quién está realmente actuando al margen de las leyes?
El gentío, tras oír los argumentos expuestos por Saúl, que casi todos ignoraban, comenzó a mostrar sus recelos acerca de la legitimidad del proceso.
Issur sopesó la situación. Naturalmente contaban con la posibilidad de solicitar refuerzos.
Si acudía el resto del cuerpo de alguaciles, podrían hacer frente a los pescadores…
Aquello, no obstante, habría desembocado en una batalla campal que tampoco deseaban.
Y si la población se ponía de parte de los pescadores…
eso los dejaría en una posición muy delicada.
Issur se acercó a Gamaliel, con quien mantuvo una discreta charla entre susurros que se extendió durante un par de minutos. El público aguardaba expectante el desenlace de los hechos.
Finalmente, el archisinagogo, aunque a regañadientes, dio su brazo a torcer. La situación se había vuelto insostenible y seguir adelante con la ejecución podría acarrearle graves problemas.
—¡Está bien! ¡Llevad al prisionero de vuelta a los calabozos! ¡Se suspende su ejecución hasta que el sanedrín dicte su veredicto!
Un clamor se elevó entre la multitud, y Esther lloró aliviada y no se separó de su hijo hasta que lo devolvieron a la celda, donde nuevamente se angustió al oír el golpe de la puerta al cerrarse. La lucha por salvarlo aún no había terminado.
25
A escasa distancia de su destino, Elías contempló la Ciudad Santa erigida sobre una colina con vistas al valle del Cedrón y al Monte de los Olivos.
El lugar había sido estratégicamente elegido, pues desde aquella posición elevada resultaba fácilmente defendible.
Las gruesas murallas, plagadas de almenas y torres de vigilancia, se extendían alrededor de Jerusalén como símbolo de su grandeza.
El sol se reflejaba en los petos de los soldados romanos que hacían guardia en lo alto, lanzando destellos plateados que se reflejaban sobre las palmeras y cipreses que se alzaban al amparo de los muros.
El majestuoso Templo sagrado destacaba sobre los palacios, cúpulas y torreones que salpicaban la ciudad, construida en terrazas, de las que asomaban una maraña de casas y callejuelas grises.
El viaje les había llevado poco más de un día.
Barack se había ganado hasta el último denario del precio acordado.
Durante su paso por Samaria había evitado hacer ningún alto, salvo los mínimos necesarios para dar descanso al caballo, y excepto por algunas miradas desdeñosas no sufrieron ninguna contrariedad.
Dejaron atrás la región de sus vecinos casi al final de la jornada y, ya en territorio judío, pasaron la noche en una tranquila fonda de Arimatea.
Accedieron a la ciudad por la puerta de Jaffa, momento en que el conductor del carro anunció el final de la travesía. Elías le pagó por sus servicios y le dio las gracias por el esfuerzo que había hecho para llegar cuanto antes.
—¿Cuándo tiene pensado regresar? —preguntó Barack, que estaba dispuesto a esperarlo si no era demasiado.
—Ojalá lo supiera.
—Está bien. Le deseo buena suerte en todo caso —dijo, y arreó el caballo, iniciando el camino de vuelta.
Elías había visitado Jerusalén numerosas veces antes, por lo que se conocía bien el trazado de sus calles.
La ciudad poseía una especie de doble identidad.
Por un lado, constituía el centro espiritual de todo el judaísmo —incluidos los hebreos de la diáspora—, y al mismo tiempo, se trataba de una urbe tremendamente cosmopolita, en la que convivían gentes de todos los credos y razas y donde se hablaban un sinfín de lenguas y dialectos distintos.
Partidarios de las diferentes sectas judías, sacerdotes y escribas, se relacionaban con ricos comerciantes, poderosos banqueros y los oficiales romanos allí desplazados.
Elías, sin embargo, atravesaba en esos momentos la ciudad vieja, mucho más modesta que la conocida como ciudad alta, ambas separadas por una escarpada depresión.
Las callejuelas eran estrechas, carecían de empedrado y desprendían un olor desagradable producto de la suciedad y los orines de las bestias.
Las viviendas de una sola planta compartían el limitado espacio con las chabolas de adobe de los más desfavorecidos.
Elías recorrió una larga avenida donde zapateros, sastres, barberos y orfebres, entre muchos otros artesanos, regentaban sus negocios.
Los bazares brotaban por todas partes. Los gritos de los tenderos anunciando las bondades de su mercancía se mezclaban con las risas de los niños que jugaban sin supervisión.
El productor de aceite no se entretuvo y prosiguió a través de mercados, jardines y fuentes.
En las plazas, los predicadores aprovechaban las escalinatas de los edificios públicos para dar sus discursos.
Entrando en la ciudad alta, lo asedió una horda de mendigos de la que se escabulló como pudo.
Los días previos a una fiesta [14] destacada, la población se multiplicaba por diez y los mendigos lo hacían en idéntica proporción.
En contraste con la ciudad vieja, aquella parte se caracterizaba por sus calles limpias y adoquinadas, flanqueadas por magníficas villas de dos plantas construidas en piedra.
Elías encaminó sus pasos directamente hacia la imponente estructura que constituía la sede del sanedrín, situada muy cerca del Templo sagrado. Antes debía registrar formalmente su apelación, para que el tribunal pudiese dirimir la cuestión en la siguiente sesión que hubiese disponible.
Pero cuando llegó, enseguida se dio cuenta de que había cometido un error imperdonable: debido al estrés de la situación, se había olvidado de que era sábado. El edificio estaba cerrado y no había ningún funcionario en su puesto de trabajo.
Frustrado, decidió buscar hospedaje —aunque tenía familia en Jerusalén, prefería no tener que dar explicaciones acerca de por qué estaba en la ciudad— y de entre los cientos de posadas que allí abundaban, se alojó en la más apartada. Hasta el día siguiente se dedicaría únicamente a descansar.
Elías se tumbó en el camastro y exhaló un largo suspiro, ignorando por completo que en ese momento, en Cafarnaúm, habían estado a punto de lapidar a Samir.
***
Tan pronto como se levantó a la mañana siguiente, Elías acudió al sanedrín para llevar a cabo el trámite del registro.
El edificio, construido con grandes bloques de piedra, se dividía en dos partes separadas.
La sala principal era donde los miembros del sanedrín se reunían en asamblea y debatían los asuntos de naturaleza política y religiosa que correspondiesen.
La cámara de los juzgados, en cambio, se hallaba en un ala diferente, junto a los despachos de funcionarios y jueces.
El funcionario de turno recogió el escrito que Yoseph le había preparado y dio el visto bueno a la solicitud de apelación presentada por Elías.
—El tribunal se reúne los martes —dijo—. La agenda para esta semana ya está completa, pero quizá pueda incluir su caso para la próxima.
Elías no podía esperar tanto. Temía que la salud de Samir no aguantase si su encarcelamiento se alargaba demasiado, de modo que, sin vacilar un segundo, sacó su bolsa de dinero y la depositó sobre el mostrador.
El funcionario, lejos de sentirse ofendido, dejó entrever una avariciosa sonrisa y regateó un soborno aceptable.
La vista de apelación quedó fijada para dos días después.
Satisfecho, Elías aprovechó el resto de la mañana para visitar el Templo sagrado.
De planta rectangular, se hallaba en el monte Moriá, en el mismo lugar —según se creía— donde se había erigido el Templo original construido por el rey Salomón en el siglo x a.
C. Muy cerca, al noroeste del recinto, se elevaba la fortaleza Antonia, el acuartelamiento militar de la guarnición romana, construida por Herodes el Grande, y que debía su nombre al emperador Marco Antonio.