Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO SÉPTIMO #4
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CAPÍTULO SÉPTIMO #4

Bartimeo apartó a Esther de en medio, y la comitiva reanudó la marcha en la dirección prevista.

En las inmediaciones de la puerta norte se alzaba un promontorio donde las lapidaciones solían llevarse a cabo.

Se preferían lugares elevados para que la vista del cuerpo apedreado sirviese de advertencia para otros.

Esther se giró hacia Jacob, que no se había separado de ella en ningún momento, y le dijo casi al borde del desmayo:

—No creo que tenga el valor suficiente como para estar presente durante el linchamiento de mi hijo.

—Tiene que ser fuerte, señora —replicó el mendigo sosteniéndola para evitar que se cayese.

De pronto, advirtieron que alguien agitaba los brazos desde el otro extremo de la calle. Era Betsabé, tratando de llamar la atención de ambos.

—¡Ven hasta aquí! —le gritó Jacob.

Sin pensárselo dos veces, la viuda atravesó la comitiva para reunirse con ellos.

—¡¿Pueden hacer esto?! —inquirió horrorizada cuando llegó a la altura de Esther.

—No, no pueden —contestó ella en un susurro—, pero lo están haciendo igualmente.

Fue en ese momento cuando Jacob hizo algo completamente inesperado. Ante la atónita mirada de todos los presentes, se adentró en la calzada y se plantó delante de la comitiva para cortarles el paso.

Esther lo observó estupefacta. Su gesto denotaba una gran valentía por el riesgo que entrañaba. Aunque, por desgracia, no creía que fuese a servir de nada.

Entonces, Betsabé imitó a Jacob y se colocó a su lado con los brazos cruzados.

Esther, aún sorprendida por la iniciativa, por fin reaccionó y ella misma se unió a la barrera humana improvisada.

Su protesta estaba condenada al fracaso, pero no se rendiría sin haber luchado antes.

El público agolpado bajo los soportales observaba el incidente como hipnotizado.

La comitiva detuvo su marcha como consecuencia del imprevisto.

No obstante, los alguaciles no parecían preocupados.

Bartimeo, incluso, sonrió con arrogancia.

Para apartar a dos mujeres y un tullido del camino le bastaba con empujarlos.

Samir, mientras tanto, se limitaba a apretar a Sansón contra su pecho, abrumado por el miedo y la confusión.

La situación, sin embargo, no quedó ahí.

Un instante después, otra persona se abrió paso entre la muchedumbre y se unió al espontáneo acto de resistencia.

Se trataba de Jonás, el curtidor.

El siguiente en aparecer fue Tobías, que ocupó su lugar junto al resto. El esclavo pendiente de ser bautizado no daba muestras de sentir temor alguno.

Luego se les unió la esposa de Néstor, del grupo de gentiles procedentes de Gerasa.

Esther no daba crédito a la lo que veía. Jacob, Betsabé, Jonás, Tobías y la mujer de Néstor habían tenido el valor de dar la cara en defensa de Samir, aun a riesgo de poner en peligro su propia integridad física.

Pero no fueron los únicos.

Nuevos hermanos en la fe se fueron abriendo paso entre la multitud, colocándose unos detrás de otros de forma escalonada.

Entre los cristianos se había corrido la voz de lo que estaba pasando y quienes podían se acercaban a toda prisa para tratar de impedirlo.

Peones del campo, albañiles, artesanos, comerciantes…

y por supuesto, también mendigos y viudas de cierta edad.

En tan solo unos minutos, se había formado un grupo de unas treinta personas dispuestas a lo que fuese para detener la ejecución.

Esther, incapaz de contener la emoción, dejó que las lágrimas corriesen libremente por su rostro.

Entre el gentío, ya fuesen judíos o gentiles, los rumores comenzaron a extenderse rápidamente.

«Son los seguidores de Jesús de Nazaret».

«¿Quién?». «Sí, el predicador que crucificaron en Jerusalén hace más de treinta años».

«Pero ¿qué pretenden? ¿Acaso se han vuelto locos?

». «El condenado es uno de los suyos; por eso lo defienden».

A pesar de que la pareja de alguaciles no se esperaba semejante acto de rebeldía, continuaba manteniendo la calma.

Los protagonistas de la protesta eran sobre todo mujeres mayores y vulgares indigentes, y algunos hombres más bien débiles carentes de formación en el combate.

Ellos, en cambio, estaban entrenados y disponían de armas extremadamente contundentes para hacer su trabajo.

—¡Despejad la calzada ahora mismo! —ordenó Issur—. De lo contrario, nosotros mismos os quitaremos de en medio.

Por toda respuesta, miradas cargadas de determinación y un significativo silencio. Nadie se movió, haciendo caso omiso a la severa amenaza.

Bartimeo echó mano de la porra claveteada que llevaba consigo y giró la cabeza hacia el archisinagogo, que asintió de manera imperceptible.

El gigantón alzó la porra y la agitó en el aire a modo de advertencia, pero no sirvió de nada.

Sin embargo, en vez de sentirse decepcionado, se alegró.

Le apetecía darle una buena lección a esa panda de imbéciles.

Frente a él se hallaba Jacob, el entrometido mendigo de la sinagoga. El candidato perfecto para darle un escarmiento que sirviese de ejemplo para el resto.

Bartimeo no perdió más el tiempo y, sin mediar palabra, le asestó un brutal golpe en la cabeza que nadie vio venir.

Jacob cayó al suelo desplomado.

La muchedumbre ahogó una exclamación. Todos se quedaron petrificados, en particular los cristianos. Ni siquiera Esther o Betsabé supieron cómo reaccionar. Nadie se esperaba un acto de violencia tan salvaje a las primeras de cambio.

Pasados unos segundos, Jacob empezó a moverse ante la atónita mirada de todos los presentes, y poco a poco comenzó a levantarse, pese al fuerte golpe que había recibido y a que el brazo que le faltaba y su pie zambo tampoco se lo ponían fácil.

Con todo, consiguió enderezarse hasta ponerse en pie. Del cráneo le manaban regueros de sangre que le caían por la cara como una cascada: los clavos de la porra le habían provocado una infinidad de heridas pequeñas pero profundas.

El mendigo, lejos de acobardarse, volvió a situarse frente a Bartimeo, desafiándolo con la mirada.

El tiempo parecía haberse congelado. El silencio era prácticamente total, pese a la multitud allí congregada. Nadie era capaz de apartar la mirada, ni siquiera de pestañear.

Bartimeo, sin embargo, no albergaba ninguna duda sobre el siguiente paso a seguir.

Tras recibir nuevamente la aprobación de Gamaliel, alzó el garrote en el aire.

La primera vez no había empleado todas sus fuerzas —de lo contrario, Jacob no habría sobrevivido—.

En esta ocasión, no se contendría. Ese insignificante mendigo lamentaría haberle desafiado en público.

Jacob se mantuvo erguido, mientras la sangre le corría por el rostro.

Los segundos transcurrieron con extraordinaria lentitud. Los centenares de personas presentes parecían contener simultáneamente la respiración.

Y entonces sucedió.

Cuando Bartimeo echó la porra hacia atrás para asestar el golpe definitivo, Betsabé se puso delante en el último instante para proteger a Jacob.

—¡No! —gritó Esther.

Pero fue demasiado tarde. El garrote impactó en la cabeza de la viuda con una fuerza descomunal.

Los segundos inmediatos al golpe fueron de total confusión, hasta que Jacob y Esther se inclinaron sobre ella para socorrerla. Por desgracia, ya no se podía hacer nada por ella. Tendida en el suelo, con el cráneo partido en dos, la mujer había dejado de respirar.

Bartimeo fue el primer sorprendido por el resultado de su propia acción. Aun así, no le importó. Ella misma se lo había buscado.

Issur, por su parte, aprovechó el estremecimiento general para intimidar a los que trataban de impedir la lapidación y, esgrimiendo su propia porra claveteada, amenazó al grupo de insurgentes. Cualquiera podría ser el siguiente en caer, pues todos seguían a pie firme.

Fue la propia Esther, con todo el dolor de su corazón, la que pidió a sus hermanos en la fe que desistiesen de su postura. Puesto que no podrían salvar a su hijo, al menos se evitarían más muertes innecesarias. La pérdida de Betsabé ya había sido suficiente.

Aunque Esther tuvo que insistir, los cristianos acabaron apartándose. Unos cuantos se llevaron el cuerpo sin vida de la viuda, mientras otros se ocuparon de Jacob y de comprobar el alcance de sus heridas.

Finalmente, tras volver a tener el paso despejado y ante la satisfacción de la concurrencia, la comitiva reanudó la marcha. Samir, sin embargo, no podía moverse; como si los músculos se le hubiesen agarrotado producto del pánico.

—¡Vamos, camina de una vez! —bramó Issur—. ¡Eres más tonto que una mula!

El muchacho avanzaba con tanta lentitud, que Bartimeo perdió la paciencia y le dio un empujón. Samir salió trastabillando y, encadenado de manos, perdió el equilibrio y cayó de bruces al suelo.

La muchedumbre lo celebró con vítores y aplausos.

Bartimeo lo levantó como a un saco de patatas y lo obligó a seguir caminando. Samir se había magullado las rodillas y los antebrazos, y se había hecho también algunos rasguños en la cara; pero lo peor de todo fue que durante la caída Sansón se le había desprendido de las manos.

—¡¿Dónde está Sansón?! ¡Por favor, lo necesito! —comenzó a gritar, clamando desesperadamente por su muñeco de trapo, ante la indiferencia de los alguaciles.

Esther, en cambio, trató de recuperarlo tan pronto como fue consciente del problema.

Desafortunadamente, no hubo manera de localizarlo.

El muñeco debió de ser pisoteado y pateado por la columna de hombres que conformaban la comitiva.

Y tampoco podía entretenerse en buscarlo porque tenía que volver a la cabecera de la marcha para permanecer cerca de su hijo.

Faltaba muy poco para abandonar el perímetro de la ciudad, y Esther aún no sabía si sería capaz de presenciar el ajusticiamiento. Por un lado, sentía que no debía dejar solo a Samir en el momento de su muerte. Por otro, no deseaba que el terrible castigo fuese el último recuerdo que tuviese de él.