Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO SÉPTIMO #3
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CAPÍTULO SÉPTIMO #3

Aunque la actitud del joven le provocaba cierta desconfianza, la verdad era que no tenía nada tangible contra él.

Así pues, de momento lo dejaría de lado mientras no descubriese una nueva pista que sugiriese lo contrario…

Lo cual no significaba en absoluto que lo hubiese excluido de su lista de sospechosos.

Durante el camino de vuelta, Lucio cabalgó al paso contemplando el paisaje.

Incontables cuadrillas de campesinos trabajaban los cultivos a ambos lados de la vía.

Diseminadas por el campo, asomaban viejas chozas de paja que servían de refugio y almacén de los aperos de labranza.

Las plantaciones de lino crecían saludablemente, gracias al drenaje natural del suelo y su riqueza en nutrientes.

La cosecha se llevaría a cabo en un par de meses.

El tráfico de burreros había disminuido a esa hora del día, cuando el calor apretaba con más fuerza.

A medio camino, la vía atravesaba un espeso robledal, cuyas copas filtraban los rayos del sol y refrescaban significativamente el ambiente.

Una ligera brisa transportaba el intenso perfume que plantas y flores desprendían.

Lucio llevaba varios minutos sin cruzarse con nadie, cuando de repente distinguió a una persona arrodillada en mitad de la vía.

Al acercarse, pudo comprobar que se trataba de una mujer. Se cubría la cabeza con un pañuelo y gemía de forma repetida. Tenía la túnica manchada de sangre y no levantaba la vista del suelo.

Al llegar a su altura, Lucio se interesó por el estado de la extraña.

—¿Se encuentra bien?

—¡Ayuda, por favor! —gimió—. ¡Estoy herida!

Lucio se bajó del caballo para averiguar lo que pasaba. La mujer, sin embargo, se alejó del romano en cuanto este plantó los pies en tierra.

A partir de ahí, los acontecimientos se precipitaron con extraordinaria rapidez. Al tiempo que la mujer huía, dos hombres surgían de la maleza armados con puñales, y un tercero apareció por el extremo opuesto del camino, para sorprenderle por la espalda.

Lucio lo vio entonces todo muy claro: había caído en una emboscada.

El primero en alcanzarlo le lanzó una puñalada directa al estómago, que el centurión esquivó por escasos centímetros.

El segundo bandido entró en liza y alzó el brazo para asestarle una estocada de arriba abajo, pero a Lucio ya le había dado tiempo a desenfundar su espada, con la que le segó limpiamente la mano para acto seguido abrirle un tajo en la garganta.

El tercer asaltante se frenó en seco tras presenciar la rápida reacción del romano.

En cambio, el primero volvió a la carga sin ser todavía consciente de a quién se enfrentaba.

Para repeler su acometida, Lucio lo desarmó con una simple llave, lo derribó y le colocó el pie sobre el pecho para inmovilizarlo.

—¡No! ¡No me mate, por favor! —suplicó al borde del llanto.

El que ni siquiera había llegado a intervenir se giró y, empujado por su instinto de supervivencia, se perdió de nuevo entre la maleza corriendo como una liebre asustada.

Lucio observó al pobre desgraciado que imploraba por su vida.

Su aspecto era sucio y desaliñado, en consonancia con los harapos que vestía.

Aquellos tipos, lejos de ser bandidos profesionales, no eran más que vulgares proscritos que malvivían en los bosques para evitar ser capturados.

En tal caso, ¿en qué momento pensaron que sería una buena idea asaltar a un oficial romano, incluso si viajaba en solitario?

Lucio sabía que no se trataba de una casualidad.

—¡¿Por qué me habéis atacado?!

—¡Iba solo, ha sido una cuestión de suerte! ¡Lo juro!

—¿Me tomas por tonto? Es evidente que me estabais esperando.

—¡Yo no sé nada! El que has matado era quien tomaba las decisiones.

Lucio apretó la punta de la espada contra el cuello del proscrito.

—Te lo advierto. No te conviene hacerme enfadar.

—Está bien, está bien. Prometieron recompensarnos generosamente si nos ocupábamos de ti.

—¡¿Quién?! ¿Quién os lo propuso?

—¡No lo sé! ¡Tiene que creerme! ¡Le estoy diciendo la verdad!

—No te creo —repuso el centurión fríamente, al tiempo que aumentaba la presión de la afilada hoja.

—Fueron unos tipos de Cafarnaúm —confesó con los ojos desorbitados—. Pero le juro que no sé sus nombres. Uno de ellos era muy grande y tenía una cicatriz en la frente.

Aquello le bastó para confirmar quiénes estaban detrás de aquel burdo ataque: Issur y Bartimeo.

En cuanto supieron de su improvisada visita a la ciudad vecina, los alguaciles quisieron aprovechar la oportunidad para quitárselo de en medio, aunque no les dio tiempo a organizar algo mejor.

De lo contrario, no habrían recurrido a unos miserables proscritos para llevar a cabo un encargo de semejante calibre.

En todo caso, quedaba muy claro lo mucho que les molestaba su investigación. Y Lucio creía conocer los motivos.

—¡No me mate, por favor! —farfulló el proscrito, aterrorizado—. ¡Ya le he dicho todo lo que sabía!

El centurión le lanzó una última mirada antes de degollarlo. Aquella escoria había intentado matarlo y, desde luego, era lo que se merecía. El mundo estaría mejor sin semejante miserable.

—¡Por piedad!

De repente, los principios cristianos a los que Elías se había referido acudieron a la mente de Lucio.

¿Qué habría hecho el productor de aceite en su lugar?

Sin saber muy bien por qué, apartó la espada del proscrito y la envainó de nuevo en su funda.

Más que una decisión racional, había actuado siguiendo un impulso inexplicable.

—¡Gracias, gracias, gracias!

—Ahora, llévate el cadáver de tu compañero. Dadle al menos un entierro digno.

Lucio se encaramó al caballo y, sin añadir nada más, reanudó la marcha sin tener aún claro si había hecho o no lo correcto .

24

Era mediodía. Esther hacía compañía a su madre, sentada al borde de la cama.

Judit aún se aferraba a la vida, pese a que su salud tan solo daba señales de deterioro.

La mujer sostenía en su regazo la denominada «lágrima de Cristo», cuyo tacto le proporcionaba una extraordinaria serenidad.

Cuando la tenía en sus manos, su memoria retornaba una y otra vez al momento en que había conocido al Hijo de Dios.

La paz del momento se vio repentinamente interrumpida por la visita de Jacob, de cuya llegada le avisó una sirvienta .

Esther acudió a la entrada de la casa, donde halló al mendigo nervioso y agitado. Respiraba con dificultad, como si hubiese venido a la carrera.

—Jacob, ¿estás bien? ¿Qué ocurre?

—¡Es Samir! ¡Van a lapidarlo ahora mismo!

Esther observó al mendigo como si hubiese perdido la cabeza.

Tal cosa no podía ser posible. La ejecución de la sentencia se había suspendido hasta que el sanedrín se pronunciase sobre el recurso.

Lo cual, desde luego, no podía haber sucedido aún.

Elías había partido hacia Jerusalén aquella misma mañana.

—¿De qué estás hablando?

—¡Acabo de verlo! ¡Lo llevan camino de la puerta norte, están haciendo el habitual recorrido por las calles de la ciudad!

Esther no se lo pensó dos veces y decidió averiguar lo que estaba pasando. Ni siquiera se cambió de túnica, salió con la que solía llevar en casa.

Con el corazón acelerado, siguió a Jacob hasta comprobar con sus propios ojos la escena descrita.

El mendigo no se había equivocado: Samir iba al frente de una larga comitiva, escoltado por los dos alguaciles, Issur y Bartimeo.

Su hijo lloraba y tenía el rostro desencajado por el miedo, mientras la multitud, situada a ambos lados de la vía, lo escupía e insultaba, llamándolo «asesino» y cosas aún peores.

Iba esposado y sostenía a Sansón entre las manos con todas sus fuerzas.

Detrás de él venía la comitiva formada por una gruesa fila de judíos deseosos de participar en la inminente ejecución.

Cada cual portaba una piedra, que debía ser lo suficientemente grande como para causar cierto daño, pero no tanto como para acabar de inmediato con la vida del condenado, al que se enterraba hasta la cintura en un agujero abierto en el suelo.

La muerte por lapidación constituía una forma de castigo particularmente dura, que podía durar horas o incluso días, dependiendo de la resistencia del sujeto.

Esther se puso de puntillas y buscó a Eleazar con la mirada, pero no lo vio por ninguna parte.

La ejecución no podía llevarse a cabo sin que el escriba lo hubiese autorizado.

¿Estaba Eleazar al corriente de los hechos o los alguaciles habían tomado la iniciativa por su cuenta?

Con o sin su autorización, no tenían ningún derecho a hacer aquello.

La mujer se abrió paso entre la gente hasta alcanzar la cabecera de la comitiva e interrumpir su avance para abrazar a Samir.

—¡Mamá! ¡¿Qué van a hacerme?!

Esther lo consoló como pudo, aunque ella misma se sentía morir.

—¿Qué significa todo esto? —exigió encarándose con la pareja de guardias.

—Nosotros solo cumplimos con nuestro trabajo —se limitó a responder Issur.

A muy escasa distancia, Esther distinguió a Gamaliel integrado en el grupo de hombres que desfilaba tras los alguaciles.

El archisinagogo, sin duda, gozaba de la suficiente autoridad como para poner fin a aquella locura, pero también para iniciarla, y en cuanto vio su expresión, Esther supo enseguida que eso era justo lo que había pasado.

Gamaliel, muy rojo, hacía rechinar sus dientes y apretaba con fuerza la piedra que llevaba.

La tradición judía otorgaba el derecho de realizar el primer lanzamiento al principal perjudicado del delito, y saltaba a la vista que el padre de Miriam estaba ansioso por cobrarse su deuda.

Hablar con él, por tanto, habría sido una pérdida de tiempo.

Además, Gamaliel sabía muy bien lo que se hacía, pues había aprovechado las oportunas ausencias tanto de Lucio como de Elías para elegir ese momento.