CAPÍTULO SÉPTIMO #2
Aquella mañana, Lucio había decidido visitar a Yadiel, el prometido de Miriam. Si lo que Efraím le había contado era cierto, no podía descartar que hubiese podido tener algo que ver con el crimen. Y para salir de dudas, no le quedaba otra que interrogarlo.
El viaje hasta Séforis le llevaría poco más de una hora.
Parte de la travesía discurría por caminos estrechos y pedregosos, que los burreros estaban acostumbrados a transitar como parte de su trabajo.
Asnos y onagros constituían el medio de transporte más conveniente para aquel tipo de vías en tan mal estado.
Mientras cabalgaba, la mente de Lucio volvió de nuevo a la conversación que había mantenido con Elías sobre la revolucionaria fe que este profesaba, que priorizaba el amor, la caridad y el perdón por encima de todo.
Algo diametralmente opuesto a la religión romana, más orientada hacia el cumplimiento de rituales para aplacar a los dioses y asegurarse su favor y protección.
Las diferencias entre uno y otro credo eran, por tanto, más que notables.
Lucio, intrigado, había hablado con Servio al respecto. Su suboficial era un hombre instruido, cuyo criterio le ofrecía una gran confianza.
—Incluso en Roma, los cristianos ya cuentan con una comunidad sólidamente establecida —le había dicho este.
El centurión se quedó estupefacto. ¿Cómo un culto de origen tan humilde había logrado extenderse tan deprisa sin apoyo alguno de las autoridades?
Sus pensamientos giraron en torno al mismo tema hasta que, cuando su caballo ya suspiraba por un descanso, Lucio divisó por fin la ciudad asentada en la cima de una colina que dominaba la llanura circundante.
Séforis era una población mediana, cuya economía se hallaba muy diversificada, sobresaliendo la producción de lino como su principal actividad.
Se caracterizaba por su fuerte presencia judía, en coexistencia con comunidades de gentiles y paganos.
La localidad contaba con un acueducto y un palacio que los gobernadores romanos utilizaban como centro administrativo y fiscal.
Lo único que Lucio sabía de Yadiel era que se estaba formando como escriba. Así pues, se dirigió hacia la única escuela rabínica que había para tratar de localizarlo.
Nada más llegar al edificio, un individuo que hacía las veces de portero se interesó por lo que había ido a hacer allí. La presencia del oficial romano no pasaba precisamente desapercibida.
—Busco a Yadiel. Tengo entendido que está realizando sus estudios en este lugar —explicó el centurión.
—Sí, está aquí.
—Me gustaría verle.
—Lo lamento, pero durante su instrucción no se le puede molestar.
—Insisto, es importante. Prometo no entretenerle demasiado.
El portero se encogió de hombros y accedió a buscar al joven. Antes, sin embargo, Lucio le pidió que le hablase de él.
—Su familia es especialmente religiosa y afín a los fariseos.
—¿Acaso su padre es sacerdote o escriba?
—No, posee un rentable negocio de fabricación de toneles. Forma parte de la clase alta de la sociedad local.
—Entiendo.
—La cosa es que Yadiel comenzó a dar muestras de una gran inteligencia desde una edad muy temprana.
En la escuela primaria ya aprendió a leer y a escribir en hebreo, lo que le llevó a continuar sus estudios en la escuela secundaria.
Allí aprendió a analizar y discutir la Ley judía y sus interpretaciones, lo que le abrió las puertas de la escuela rabínica, reservada exclusivamente a los alumnos más sobresalientes.
Ahora, bajo la tutela de un maestro, se prepara para convertirse en un futuro escriba.
Lucio le agradeció la información y observó al hombre perderse en el interior del edificio.
Al cabo de unos minutos, salió un joven enclenque, de tez muy blanca y nariz ganchuda que, en conjunto, le conferían un aspecto muy poco agraciado. Su expresión denotaba desconfianza e irritación a partes iguales.
—Buenos días. Me llamo Lucio Valerio Escauro, el oficial responsable de la guarnición romana destacada en Cafarnaúm. Desearía hablar contigo en relación al asesinato de Miriam, de cuya investigación me estoy ocupando.
—¿De qué habla? Por lo que sé, hace tiempo que atraparon al asesino.
—Fue un error que ahora estamos tratando de subsanar.
—¡¿Y yo qué tengo que ver con eso?! —protestó Yadiel—. Mi maestro está muy molesto por la interrupción. Y yo también.
Durante la formación, se establecía una estrecha relación entre discípulo y maestro, que a veces superaba la que aquel tenía con sus propios padres.
Dicha vinculación se consideraba casi sagrada, pues se presuponía que los conocimientos transmitidos procedían directamente del Altísimo.
A la instrucción académica propiamente dicha, que se realizaba de forma exclusivamente oral, se le añadía también la enseñanza de ciertos valores éticos.
—Tan solo me gustaría hacerte algunas preguntas.
—Yo no sé nada de ese tema. Me vuelvo dentro ahora mismo, lamento que haya venido hasta aquí para nada.
—Deberías saber que formas parte de mi lista de sospechosos.
Yadiel se giró con los ojos muy abiertos.
—¡Eso es un disparate!
—¿Por qué no respondes a mis preguntas? Si no tienes nada que ocultar…
El joven pareció reflexionar y finalmente aceptó concederle a Lucio unos minutos. El oficial sugirió mantener el encuentro en un lugar más discreto, pero Yadiel se negó. Hablarían allí mismo, bajo el pórtico de entrada de la escuela rabínica.
—¿Qué te parecía que Miriam fuera a convertirse en tu esposa?
—Mi padre y su primo hermano, Gamaliel, pactaron nuestros esponsales. Y yo me alegré. Me pareció un acuerdo muy acertado.
La decisión del archisinagogo era coherente con la tradición, pues habitualmente se elegía al novio entre los parientes para que el patrimonio se quedase dentro de la familia.
—¿Por qué te pareció una buena decisión? —inquirió Lucio.
—Porque se trata de una de las familias más respetadas de Cafarnaúm.
—Y supongo que también porque Miriam era una joven muy hermosa…
—Eso me dijeron… —Yadiel rehuía la mirada al centurión, cosa que a este no le pasó inadvertida.
—¿Es que no la conocías?
—Solo la vi dos o tres veces cuando éramos niños.
Yadiel había caído en la pregunta trampa que le había tendido. Efraím aseguraba lo contrario.
—Más te vale ser sincero —le advirtió Lucio—. Sé que os visteis a solas hace tan solo unos meses.
Tras oír aquello, el joven tragó saliva y el semblante se le demudó. Aun así, negó que fuese cierto.
—¿A qué juegas, Yadiel? ¿Me tomas por idiota? Sé incluso que os reunisteis en el «claro de los manantiales». ¿Sabías que fue allí donde la mataron?
Tras darse cuenta de que el romano sabía mucho más de lo que imaginaba, su actitud cambió por completo.
—Está bien, lo admito. No quiero que se haga una idea equivocada. Es cierto que la vi, pero fue ella la que lo organizó todo.
—¿Cómo ocurrió?
—Miriam me hizo llegar una nota, en la que me emplazaba a mantener un encuentro. Decía que se trataba de un asunto extraordinariamente importante. —Yadiel entornó los ojos—. No debí acudir, pero al final me pudo la curiosidad.
Lucio imaginó que, de paso, también querría comprobar si la muchacha era tan guapa como había oído.
—¿Y de qué hablasteis?
—Miriam fue muy directa. No quería casarse conmigo. Incluso tuvo el valor de insinuar que, de consumarse, sería un matrimonio desgraciado para ambos. En resumen, me pidió que cancelase los esponsales.
—¿Y lo consideraste?
—Ni por un segundo. Tras la boda, Miriam tendría que haberse trasladado a la casa de mi familia y ocuparse de sus deberes como esposa: atender las labores del hogar y amamantar a los niños cuando los tuviese.
La Ley es muy clara al respecto. La mujer ha de obedecer a su marido como a su dueño. Constituye un deber religioso.
—Entiendo.
Yadiel parecía tenerlo todo bajo control. Lucio pensó que había llegado el momento de intentar ponerlo nervioso.
—¿Sabes? Yo tengo una hipótesis que no va a gustarte.
Quizás Miriam insistió en cancelar los esponsales en un segundo encuentro que tuvo lugar el día de los hechos.
Su nuevo rechazo te gustó aún menos, hasta el punto de que te lo acabaste tomando como una ofensa personal.
Así que la violaste para darle una lección; a fin de cuentas, prácticamente ya era tu esposa…
—Yadiel negaba con la cabeza conforme escuchaba el relato del centurión—.
Por desgracia, Miriam opuso más resistencia de la que esperabas y el asunto se te fue de las manos…
—¡Nada de eso es verdad! ¡Solo la vi una vez! ¡Lo juro!
—Y no es la única hipótesis que se me ocurre —perseveró el romano, volviendo de nuevo a la carga—.
Para forzarte a romper los esponsales, Miriam te confesó que había mantenido relaciones con otro hombre, Caleb.
—Lucio escudriñó la expresión del estudiante para comprobar si aquella revelación le impactaba de algún modo, pero no sacó nada en claro.
Yadiel no mantenía el contacto visual más allá de dos o tres segundos seguidos—.
Saber que no era virgen te enfureció. Y la acabaste golpeando con una piedra, ¿no es cierto?
—¡No y mil veces no! ¡Cuántas veces tengo que repetirlo!
—Está bien. Solo una pregunta más —señaló—. ¿Dónde estabas la tarde del asesinato?
—¡Ni siquiera sé qué día fue!
—El lunes de hace tres semanas.
—¡Entonces estaba aquí! Permanezco en la escuela rabínica de lunes a viernes, desde la mañana hasta el ocaso. Mi maestro podrá corroborárselo.
Lucio no se molestó. Fuese verdad o no, el maestro de Yadiel habría confirmado la versión de su discípulo para protegerlo.
—Está bien. Eso es todo… por ahora.
***
Después de interrogar a Yadiel, Lucio decidió comer en Séforis antes de emprender el regreso. Eligió la taberna de mejor fama de la ciudad, donde disfrutó de un plato de huevos cocidos y una ensalada de granadas y barbo encebollado.