Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO SÉPTIMO
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CAPÍTULO SÉPTIMO

« El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni presumido ni orgulloso.

No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor.

El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad.

Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta ».

A la mañana siguiente, Elías lo tenía todo dispuesto para partir hacia Jerusalén. Esther le había preparado algunas vituallas para el camino y también un hato con varias mudas, que le dio cuando se despedían delante del portalón de su casa.

—He incluido también tu mejor túnica para que la lleves durante la comparecencia ante el sanedrín.

—Gracias.

Elías se había reunido con Yoseph la tarde anterior, inmediatamente después de su encuentro con Eleazar.

Su amigo había escuchado sus argumentos y, en efecto, le había confirmado que tenía suficiente base como para presentar una apelación.

Sin embargo, al mismo tiempo le había dejado muy claro que el sanedrín no entraría a valorar el fondo del asunto: no juzgaría, por tanto, la inocencia o culpabilidad de Samir.

Tan solo dictaminaría acerca de la admisión o no del testimonio de Esaú.

En todo caso, la ejecución quedaría en suspenso hasta que se conociese el veredicto.

Durante la noche, Yoseph había redactado un escrito con los alegatos jurídicos que Elías podía esgrimir en el juicio, y muy temprano en la mañana, un mensajero le había hecho llegar un rollo de papiro en la puerta de su casa.

En realidad, fueron dos rollos: el suyo, y otro para el Alto tribunal, que contenía los fundamentos del recurso que se presentaba.

Eleazar no se había quedado atrás, y también se había puesto manos a la obra para preparar su respuesta. El escriba fariseo no se desplazaría personalmente a Jerusalén, sino que enviaría un escrito con sus argumentos a un buen colega suyo para que lo representase en el juicio.

—Deberías viajar con una caravana —dijo Esther.

Ciertamente, no convenía realizar sin compañía un trayecto de varios días a través de rutas que en ocasiones podían resultar peligrosas; y menos aún viajando como él con una bolsa de dinero bien repleta para sufragar los gastos del camino y de su estancia en Jerusalén.

Por eso, muchos peregrinos se desplazaban al amparo de las caravanas para beneficiarse de su protección.

—Lo siento, cariño, pero tengo que resolver este tema cuanto antes, no puedo permitirme el lujo de esperar a que salga la siguiente caravana. Pero no te preocupes, contrataré los servicios de un conductor de carros.

Esther asintió en señal de aprobación. Sin ser la solución perfecta, no se trataba de una mala alternativa.

—Por favor, ocúpate de que Samir no se desmorone durante mi ausencia —repuso Elías sujetando cariñosamente a su esposa por los brazos.

—Descuida, lo visitaré todos los días.

—Y de su salud. No deja de empeorar poco a poco.

—Lo sé, a mí esa tos cada vez me gusta menos —comentó Esther conteniendo un sollozo. Elías intentó consolarla.

—No todo está perdido, ahora tenemos motivos para sentirnos esperanzados. El sanedrín podría darme la razón. Y, si no saliese bien, aún contamos con el romano. La investigación de Lucio podría dar sus frutos en el momento menos pensado.

—Samir te echará de menos —dijo con un suspiro.

—Que sepa que no lo he abandonado. Al contrario, explícale que si no puedo ir a verle es porque estoy haciendo todo lo posible para sacarlo de la cárcel. —Elías cerró los ojos un instante abrumado por el peso de la responsabilidad—. Ah, y ocúpate también de nuestro invitado.

—Lo sé. Seguiré ayudando a Lucas en todo lo que pueda.

—Siento mucho cargarte con tanta responsabilidad, pero no me cabe duda de que sabrás hacerlo bien.

Ambos se dieron un largo abrazo de despedida. Elías se giró, se cargó al hombro la bolsa de viaje y echó a caminar calle abajo. Esther lo observó alejarse conteniendo las lágrimas, hasta que lo perdió de vista entre los transeúntes.

Elías se dirigió hacia la puerta sur de la ciudad, donde sabía que hallaría a varios conductores de carros ofreciendo sus servicios.

Constituía la forma más cómoda y rápida de desplazarse por toda la región por un precio razonable que incluía, además de la protección por parte del dueño del vehículo, la comida y el alojamiento.

El productor de aceite se decantó por un carro de dos ruedas, menos espacioso, pero más que suficiente para un solo pasajero. El conductor era un individuo de aspecto joven y fuerte, que ya manifestaba ciertas señales de una calvicie prematura. Se llamaba Barack y era un judío moderado.

—Necesito viajar a Jerusalén —anunció Elías.

Antes de contestar, Barack examinó de arriba abajo a su potencial cliente.

—Puedo llevarle por veinte denarios —contestó mientras mordisqueaba una brizna de hierba apoyado en el lateral de su carro.

Elías podía haber regateado, consciente de que habría obtenido un trato más justo, pero ni siquiera se molestó.

—De acuerdo. ¿Y cuánto tiempo nos llevaría el viaje? Me urge llegar cuanto antes.

—Por el camino del valle del Jordán, un día y medio aproximadamente. Puede que dos.

Se trataba de la ruta más corta. La senda corría paralela a la ribera izquierda del río, a través del territorio de la Perea.

Otra alternativa era la vía de la costa, pero era más larga y no se tomaba a menudo, salvo que se tuviese una razón expresa para hacerlo.

Elías, sin embargo, tenía otra idea en mente.

—Quiero ir por el camino de Samaria —manifestó.

Barack escupió la brizna de hierba y se enderezó de repente, como si no hubiese oído bien.

—De ninguna manera —replicó.

Aunque aquella era, de hecho, la ruta más directa, los judíos solían evitarla por el riesgo que entrañaba transitar por las tierras de sus odiados vecinos.

El origen del conflicto entre judíos y samaritanos se remontaba cientos de años atrás, cuando los primeros regresaron de su exilio babilónico.

En su propósito de restaurar su religión, los samaritanos quisieron unirse a los judíos, quienes los rechazaron.

En respuesta, estos construyeron su propio templo en el monte Gerizim, en el que también ofrecían sacrificios conforme al rito mosaico.

En realidad, su religión no difería tanto de la judía —los samaritanos, aunque no aceptaban gran parte de la Biblia, sí que reconocían la autoridad del Pentateuco—.

Aun así, los judíos los tildaban de idólatras por llevar a cabo el culto en su propio santuario.

—Te pagaré veinticinco denarios y me haré cargo de todos los gastos. —Elías no tenía miedo. Además, la tradición sostenía que Jesús había predicado en Samaria.

El conductor del carro sostuvo la mirada de Elías mientras se lo pensaba. En territorio samaritano quizá se negasen a venderles provisiones o a darles cobijo en sus posadas, pero más allá de eso no esperaba encontrarse excesiva hostilidad.

—Que sean treinta y tenemos un trato .

Barack sabía que estaba en posición de sacar una buena tajada por aquel servicio.

—Veintisiete —replicó Elías, que estimó oportuno establecer ciertos límites.

—Hecho —convino Barack—. ¿Está preparado para partir?

—Ahora mismo.

—Pues suba.

El almazarero depositó sus petates en la parte trasera y se acomodó en el pescante. Barack fustigó la grupa del caballo y el vehículo se puso en marcha levantando una fina nube de polvo.

Durante el trayecto, Elías agradeció el silencio del conductor del carro y aprovechó para repasar mentalmente las claves que Yoseph le había dado acerca del escenario que constituiría su campo de batalla.

Básicamente, el sanedrín se hallaba dividido en dos grandes grupos: el saduceo y el fariseo.

La facción de los saduceos estaba conformada por la clase judía alta, los nobles y terratenientes, que residían principalmente en la ciudad de Jerusalén.

Muy influenciados por la cultura griega, eran amantes de la buena vida y colaboraban con el Imperio romano para conservar sus privilegios y su posición económica y social.

Esta sumisión al poder les permitía poseer los cargos públicos más relevantes, como el de sumo sacerdote, y dominar también el sanedrín.

A nivel teológico, los saduceos no creían en la resurrección de los cuerpos en el día del Juicio, ni tampoco en la inmortalidad del alma, ni en los ángeles y demonios.

Se les consideraba liberales y materialistas, pues sostenían que Dios recompensaba las buenas obras en el mundo terrenal.

Por su parte, los fariseos gozaban de una gran influencia en la sociedad judía de la época debido a su conocimiento de la Ley y su rigurosa observancia.

Presumían de ser el grupo más piadoso, lo cual hacía que se sintiesen superiores al resto.

Por contra, se les criticaba por su obsesión con la pureza ritual y su tendencia a priorizar su propia reputación social por encima de la justicia y la bondad.

Los fariseos creían en la resurrección de las almas: los buenos serían recompensados y recibirían un cuerpo para toda la eternidad; los malos, por el contrario, irían al infierno.

También creían en la llegada del Mesías, figura acerca de la cual los saduceos albergaban sus dudas.

Había, no obstante, una diferencia fundamental entre ambos rivales políticos y religiosos.

Los saduceos solo reconocían como única autoridad la Torá escrita, es decir, lo que Dios le había revelado a Moisés en el monte Sinaí.

En cambio, los fariseos estimaban que aquello no era suficiente y ampliaron el texto escrito con las tradiciones que se fueron transmitiendo de generación en generación, en lo que vino a llamarse la Torá ora l [13] , que incluí a interpretaciones sobre los rituales, el culto, códigos de conducta, relaciones interpersonales, normas dietéticas, relaciones conyugales y un largo etcétera.

Y Elías pensaba cimentar su caso ante el sanedrín en base a dicha discrepancia, confiado de poder ganar así la apelación.

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