Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO SEXTO #7
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CAPÍTULO SEXTO #7

Elías sintió ganas de llorar de emoción.

El relato de Esaú se correspondía con lo que su hijo siempre había sostenido.

Solo tras la implacable presión de los alguaciles y sus sucias artimañas, Samir había ofrecido una versión diferente.

El testimonio del pastor , sin embargo, desbarataba por completo la “confesión” obtenida.

La historia que había servido para obtener una sentencia condenatoria afirmaba que Samir, poco antes de llegar al pueblo, habría vuelto sobre sus pasos para seguir a Miriam, violarla y asesinarla, y después regresar junto a Aarón como si nada hubiese ocurrido.

Pero aquella historia era una burda invención, una mentira que Issur y Bartimeo habían querido creerse porque les resultaba conveniente.

—Creo que lo que viste podría salvar a mi hijo —dijo Elías, posando sus manos en los hombros del pastor—. ¿Atestiguarías ante Eleazar?

—Claro, no tengo ningún inconveniente en contar la verdad.

—Gracias, Esaú. Creo que por fin Dios ha escuchado mis ruegos.

***

De vuelta, las nubes blancas rasgaban el azul del cielo y el sol, en retirada, pintaba de naranja la trenzada maraña de tejados y fachadas de Cafarnaúm.

Antes de buscar al escriba para comunicarle lo que había descubierto, Elías decidió hacer un alto en su casa para cambiarse de túnica y hablar con Esther.

No podía esperar más para compartir con ella la espléndida noticia.

Para sorpresa de Elías, a escasos metros de su vivienda divisó a Eleazar yendo en su dirección.

La providencia, definitivamente, se había puesto de su lado.

El escriba vestía el característico manto adornado con largas franjas moradas que identificaba a los de su clase.

Quienes se cruzaban con él, se ponían en pie o inclinaban la cabeza a su paso.

El productor de aceite no desaprovechó la oportunidad y lo abordó en plena calle, ansioso por contarle lo que había averiguado.

—¡Rabí! ¡Qué casualidad! En este instante me disponía a buscarle para decirle algo importante.

—Me temo que no se trata de ninguna casualidad —contestó Eleazar—. De hecho, venía a comunicarte que ya he recibido la autorización del gobernador para proceder con la ejecución de la sentencia. Quería decírtelo yo mismo para que no te enterases por boca de terceros.

Elías sintió que un géiser de sangre ascendía desde su vientre.

De repente, el peso del mundo entero lo aplastó como a una hormiga.

Aunque sabía que la autorización podía llegar en cualquier momento, no por ello el golpe resultó menos duro.

Nada habría podido prepararlo para una noticia como aquella.

—¿Cuándo tendrá lugar la ejecución? —preguntó con un hilo de voz.

—Entiendo que mañana sería demasiado precipitado. Y pasado es sábado. Así que el domingo. Lo siento, Elías. Al menos tendrás unos días por delante para despedirte.

—¡No, no, no! Dispongo de nueva información que demostraría la inocencia de mi hijo. ¡Lo juro!

—Entiendo que como su padre lo veas de esa manera, pero yo no albergo dudas acerca de la culpabilidad de Samir.

Elías respiró hondo y ordenó sus ideas para exponerlas con propiedad.

—Por favor, solo le pido que escuche lo que tengo que decir. Quizá ya sepa que, a petición mía, Lucio, el centurión, está llevando a cabo su propia investigación del asesinato de Miriam.

—Estoy al corriente y lo considero un insulto por su parte. El romano sabe que no tiene derecho a inmiscuirse en un asunto que ya ha sido juzgado conforme al derecho judío.

—Comprendo su postura, rabí. Sin embargo, lo cierto es que Lucio ha descubierto una prueba extraordinariamente importante en el escenario del crimen. Me refiero a…

—Lo sé —lo interrumpió Eleazar en tono cortante—. Issur y Bartimeo ya me pusieron al corriente acerca del ostracón y su misterioso mensaje. Resulta algo desconcertante, lo admito, pero en lo esencial no cambia las cosas.

— Puede que no, pero al menos plantea nuevos interrogantes que deberían ser investigados. —Elías carraspeó—. En todo caso, aún no le he mencionado lo más importante. Un descubrimiento que lo cambia todo por completo.

—¿De qué estás hablando?

—Hasta ahora pensábamos que no había ningún testigo relevante, más allá del predicador itinerante que se halla ilocalizable.

Sin embargo, Esaú, el pastor, vio tanto a Samir como a Miriam en la distancia mientras guiaba a su rebaño.

Y puede atestiguar con total certeza que mi hijo no se dio la vuelta para seguir a la muchacha.

Ya le dije que la “confesión” que usted escuchó carecía de valor, que fue producto de las presiones de Issur y Bartimeo.

Elías advirtió en la mirada del escriba una sombra de duda. Y, por primera vez, Eleazar contempló muy seriamente la posibilidad de haberse equivocado. La confianza que siempre había tenido en su veredicto se había desvanecido. El escriba, nervioso, comenzó a retorcerse la barba con la mano.

—Esaú está dispuesto a testificar —insistió Elías—. Si lo escucha, aún está a tiempo de revocar la sentencia y enmendar el error.

Eleazar adoptó una pose pensativa, sin poder ocultar ciertos gestos que denotaban su intranquilidad.

—No lo haré —concluyó finalmente—. Esaú está incapacitado para prestar testimonio. Su palabra carece de credibilidad ante la ley.

—¿Cómo? ¿Por qué?

—Entre los oficios considerados “sospechosos” o de “mala reputación” se encuentra expresamente el de Esaú. Así lo establece la tradición judía.

Del mismo modo que había una lista que enumeraba los trabajos calificados como “despreciables” o “deshonrosos”, principalmente aquellos que involucraban la manipulación de objetos considerados impuros, como cadáveres, sangre o excrementos —como era el caso de los curtidores—, también había otra que se refería a los que podían despertar cierta desconfianza por parte de la sociedad.

Por ejemplo, los relacionados con el transporte, como los camelleros o los conductores de carros, pues dichos trabajos se asociaban a menudo con actividades ilegales como el robo o el contrabando.

Y una sospecha parecida recaía sobre los pastores, que no gozaban de buena reputación, pues se les tenía por tramposos y ladrones, que conducían sus rebaños a propiedades ajenas y robaban parte de los mismos o sus productos.

—¡Eso es injusto!

Eleazar, como fariseo, se había valido de su profundo conocimiento de la tradición oral para recurrir a un argumento tan rebuscado.

—Mi decisión es inamovible —confirmó—. No aceptaré el testimonio de un pastor.

Pese a la contundencia de sus palabras, Elías advirtió que el escriba no era capaz de sostenerle la mirada.

Fue entonces cuando lo vio todo meridianamente claro: Eleazar, pese a ser muy consciente del error que había cometido con Samir, no estaba dispuesto a rectificar con tal de mantener intacta su buena reputación.

El temor a perder el respeto de la opinión pública pesaba mucho más que hacer lo correcto.

Issur y Bartimeo habían adoptado desde el principio la misma actitud, sin importarles lo más mínimo que el verdadero asesino se saliese con la suya.

—Su decisión es tan injusta como arbitraria.

Tras aquella aseveración, al enjuto rostro del escriba asomó la expresión altiva que tanto le caracterizaba.

—Aquí soy yo quien decide.

En ese momento, Elías recordó su encuentro con Yoseph, el escriba al que le unía una larga amistad, y lo que este le había dicho acerca de la posibilidad de apelar cuando le había pedido consejo: solo si el juez hubiese recurrido a una ley poco clara o controvertida habría optado a interponer un recurso ante el Alto tribunal de Jerusalén.

—Apelaré su decisión ante el sanedrín.

Lo había soltado a modo de farol. En realidad, Elías ignoraba si tenía o no base jurídica para presentar el recurso.

—No te servirá de nada —espetó Eleazar.

Pese a la rotundidad de su afirmación, su reacción no parecía estar en consonancia. Se había puesto rojo, no paraba de tironearse de la barba y dejaba caer su peso sobre uno y otro pie de forma alternativa. Elías se dio cuenta de que su intuición no se había equivocado.

—Hablaré con Yoseph para que redacte urgentemente un escrito y yo mismo me desplazaré personalmente a Jerusalén para defender mi postura.

—Te arrepentirás de esto.

—Ya lo veremos. Ya le advertí que haría lo que fuese para demostrar la inocencia de mi hijo.