CAPÍTULO SEXTO #6
Lo que le resultaba más insólito era el carácter monoteísta de la religión judía, lo que constituía toda una rareza para la época.
Pero más sorprendente aún le parecía la relación que el pueblo mantenía con su dios, al que, más que venerar, le tenían tal pavor que ni siquiera se atrevían a pronunciar su nombre en voz alta.
Yahvé era un dios sangriento, vengativo y siempre vigilante.
Los sacerdotes del templo de Jerusalén le ofrecían sacrificios a diario, y los textos sagrados contenían un sinfín de prohibiciones que condicionaban la vida diaria de la gente.
Roma, en cualquier caso, había reconocido al judaísmo un estatus especial debido a su antigüedad. Y para Lucio eso era más que suficiente.
—Los cristianos creemos en un dios único, Yahvé, como creador del universo y soberano del mundo —comenzó explicando Elías.
—Un momento, ¿te refieres al mismo dios de los judíos?
—Claro, los cristianos somos judíos. La diferencia radica en que nosotros creemos que Jesús de Nazaret fue el Mesías anunciado en las Escrituras, pues en él se cumplen muchas de sus profecías.
—Pero, ¿acaso el Mesías no debería ser un poderoso líder político y militar llamado a liberar al pueblo judío de la opresión extranjera y establecer un gobierno justo y pacífico? Al menos, eso era lo que tenía entendido.
—Sin duda, esa visión se corresponde con la interpretación más tradicional.
Sin embargo, nuestra visión del mesianismo es mucho más amplia y profunda.
En sus enseñanzas, Jesús habló sobre el Reino de Dios, un reino espiritual que trasciende las fronteras terrenales y las expectativas políticas.
Por tanto, la verdadera liberación y salvación radicaría en la redención espiritual, y en vivir según su doctrina de amor, justicia y misericordia.
Elías siguió hablándole sobre la muerte de Jesucristo, la creencia en su divinidad y su inminente regreso para establecer su reino eterno en la Tierra.
—¿Me estás diciendo que ese tal Jesús de Nazaret, al que consideráis como el Hijo de Dios, fue crucificado por los romanos hace algo más de treinta años? —Para Lucio, todo aquello sonaba tan disparatado como carente de sentido.
—Así es —confirmó Elías—. Pero al tercer día resucitó de entre los muertos. Y, durante su vida de predicación, realizó incontables milagros que respaldan su naturaleza divina.
Aunque el escepticismo se hizo evidente en el gesto de Lucio, optó por no expresarlo en voz alta.
—¿Puedes ahondar un poco más en la doctrina que predicaba? —inquirió.
—Su mensaje, precisamente, fue lo más revolucionario.
Jesús de Nazaret proclamó que todos los seres humanos somos iguales ante el Altísimo.
También enseñó que los hombres debemos amarnos los unos a los otros, y que debemos practicar el perdón y la caridad.
Además, prometió la salvación eterna en el reino celestial para quienes vivan según sus enseñanzas.
—¿Todos los hombres deben amarse los unos a los otros? ¿Incluso los judíos a los romanos?
—Incluso los judíos a los romanos. Y viceversa… —corroboró Elías—. Jesús enseñó que el amor debe extenderse a todos, sin distinción de raza, nacionalidad, estatus social o creencias religiosas.
Lucio, en su fuero interno, admitió el poderoso mensaje que aquel postulado encerraba. Aun así, se preguntaba si los cristianos vivían de verdad conforme a sus enseñanzas, o si en realidad no eran más que palabras vacías de contenido.
—¿Me estás diciendo que tu amor también incluye a los alguaciles que interrogaron y culparon a Samir?
—Al principio los odié, no puedo negarlo. Pero también entendí que Dios nos pone a prueba de vez en cuando. Por eso, con el tiempo los he perdonado.
—¿En serio?
—Como parte central de su mensaje, Jesús predicó la importancia de perdonar incluso a quienes más daño nos hayan causado. ¿Qué clase de cristiano sería entonces si no siguiese su ejemplo?
Lucio lo miró entre admirado y perplejo, y se centró a continuación en la cuestión fundamental que había suscitado aquella charla.
—Entonces, ¿qué habría ocurrido si Miriam se hubiese convertido al cristianismo ?
—Creo que habría logrado que se anulara el compromiso.
Aunque muchos judíos nos ven como una rama insignificante dentro del judaísmo, inclinada a la caridad y dotada de un mensaje piadoso, otros, en cambio, nos desprecian por considerar que adoramos a un falso Mesías.
En mi opinión, Gamaliel jamás la habría dejado llegar tan lejos.
Teniendo en cuenta la dimensión de su cargo, tal cosa habría supuesto un enorme escándalo que lo habría dejado en evidencia.
—Comprendo…
Dicho esto, el centurión se levantó para retornar a sus obligaciones. Elías lo acompañó hasta la salida y, tras agradecerle su ayuda por enésima vez, añadió:
—Sé que estás haciendo todo lo que puedes, pero el tiempo se nos agota…
***
Aquella misma tarde, Elías recibió otra visita inesperada.
Extrañado, acudió al portalón exterior porque allí aguardaba Gofel, su capataz.
De origen árabe y piel aceitunada, Gofel era un gran experto en la materia.
Conocía las más de treinta especies de olivos que se cultivaban en la región, y dominaba perfectamente el proceso de elaboración mediante el cual se obtenía un extraordinario aceite denso y dorado.
Elías advirtió en su rostro una mueca de urgencia, y se temió lo peor.
—¿Qué ha pasado? —preguntó preocupado.
—Mientras regresaba, me he tropezado con Esaú, el pastor —contestó Gofel de forma atropellada.
—Pero entonces —le interrumpió Elías—, ¿no ha pasado nada malo en la almazara?
—No, no. No tiene nada que ver con eso. Verás, Esaú y yo nos detuvimos a charlar un rato, y en cierto momento salió por casualidad el tema del crimen de Miriam.
Aquella última frase captó de inmediato la atención de Elías.
—Continúa, por favor.
—Esaú sabía de lo ocurrido. Sin embargo, se sorprendió mucho al conocer que habían condenado a Samir como autor del asesinato.
El pastor ya era un hombre de cierta edad, que vivía en la parte alta del valle con la única compañía de su ganado y, como bajaba muy poco a la ciudad, no solía estar al día de las últimas noticias.
—¿Cómo que se sorprendió? ¿En qué sentido?
—Esa es la cuestión. Hace aproximadamente un par de semanas, Esaú recuerda haber visto a Miriam, y también a Samir. Y estoy seguro de que se refiere a la tarde del asesinato —explicó Gofel—. Pues bien, él piensa que tu hijo no puede tener nada que ver con el crimen.
—¿Por qué? ¿Qué más te dijo?
—Lo mejor es que se lo preguntes tú mismo. A esta hora, ya estará en su casa. ¿Sabes dónde queda?
—Sí, sí. Aunque hace mucho que no voy por allí, recuerdo cómo llegar.
Elías no se lo pensó dos veces y se puso en marcha en ese mismo instante, sin avisar siquiera de su repentina escapada.
Para la primera parte del trayecto, hasta su almazara, haría uso de su caballo; el resto lo completaría a pie, pues la residencia de Esaú se hallaba en un lugar muy poco accesible.
Tras rebasar los campos de olivares que colonizaban toda aquella zona, se deshizo de su montura y se desvió por un sendero que trepaba por la estribación oriental del valle, y que advertía de la presencia de proximidad humana. La vivienda del pastor se alzaba a media altura de la ladera.
La última parte del recorrido resultaba especialmente abrupta.
Elías serpenteó por una trocha salpicada de roquedales y zarzas, envuelta en un cortinaje impenetrable de retama y monte bajo.
Al cabo de media hora, llegó a su destino con el rostro sofocado y los bajos de su túnica deshilachados de rozarse con los matorrales.
Una choza de paja y adobe daba cobijo al modesto pastor.
Esaú salió a su encuentro y alzó el brazo a modo de saludo. Vestía un tosco manto de lana desgastada y se tocaba la cabeza con un sombrero de hoja de palma. Los surcos de su rostro denotaban el paso de los años, así como la veteranía que atesoraba.
—¿Cómo estás, Elías?
—Bien, gracias. Tú tampoco tienes mal aspecto.
—Después de lo que me contó Gofel, me figuré que querrías hablar conmigo.
—Así es, creo que podrías ayudar a demostrar la inocencia de mi hijo. Cuéntame con detalle todo lo que viste aquel día, por favor.
—Primero vi a la muchacha, a la que reconocí sin dificultad. La hija del archisinagogo frecuentaba esa zona y puedo imaginarme hacia dónde se dirigía.
—Te refieres al «claro de los manantiales», ¿verdad?
—Exacto. A los jóvenes enamorados les encanta ese sitio.
Se trata de un lugar idóneo donde mantener sus encuentros furtivos…
—El pastor hizo una pausa para pensar—. En fin, la cuestión es que también vi a Samir en el camino.
Pero tu hijo no iba solo, lo acompañaba un hombre a quien no conocía, que portaba un pellejo de agua y un hatillo.
Un escalofrío recorrió la espalda del productor de aceite. Aquel dato era clave, pues determinaba que Esaú se estaba refiriendo sin duda alguna al día de los hechos.
—Ese hombre se llama Aarón y es un predicador itinerante. Continúa, por favor.
—Mi rebaño de ovejas comenzó a atravesar el camino, mientras yo me ocupaba de las más rezagadas.
Aunque me encontraba a cierta distancia, en el bosque, vi que Samir jugaba unos minutos con el cordero más pequeño del rebaño.
Y, casi de forma simultánea, fue cuando distinguí a la muchacha internarse por la senda que lleva al «claro de los manantiales». Antes, saludó a tu hijo con la mano.
—¿Y luego?
—Poco más. Samir y su acompañante reanudaron el camino hasta llegar a la ciudad.
—Entonces, los viste entrar en Cafarnaúm, ¿verdad?
—Eso fue lo que pasó.