CAPÍTULO SEXTO #5
El publicano meditó unos instantes. Una vez libre de sospechas, podía permitirse el lujo de hablar de forma mucho más abierta. Además, le convenía contentar al centurión para que no se inmiscuyese en su forma de llevar la aduana.
—Está bien —accedió—. Pregúntame lo que quieras.
—Las joyas. ¿Por qué se las regalabas?
—En eso no te mentí. Fue la estrategia que empleé para acercarme a Miriam. Su belleza me tenía deslumbrado.
—¿Funcionó? —inquirió Lucio.
—Solo a medias. Miriam jamás accedió a mantener relaciones íntimas conmigo. En cambio, sí que acabamos siendo buenos… amigos, a falta de una palabra mejor para describirlo.
—Perdona que te diga, pero me cuesta creerlo.
—Yo tampoco lo esperaba —reconoció Efraím—. Por raro que parezca, Miriam se sintió atraída por mi particular forma de ver la vida, tan distinta a la de su padre. Gamaliel es un judío muy rígido y austero. Yo, por el contrario, soy un hedonista con mucho dinero disponible.
—Entonces, ¿solo hablabais?
—Eso es —confirmó el publicano—. Miriam me admiraba, a su manera. Dada mi experiencia, me tomaba por una especie de sabio. Hablábamos acerca de cualquier asunto sin cortapisas de ningún tipo, y ella valoraba la franqueza de mis palabras.
—¿Y eso te bastaba?
—Lo acepté. Yo estaba… enamorado. Y estar cerca de ella ya me parecía un privilegio incomparable.
Miriam, para mi desgracia, me veía más bien como a una figura paterna.
Quizás como al padre que le hubiese gustado tener.
—Efraím adoptó un tono más grave—. Su muerte me afectó profundamente.
Pero, al mismo tiempo, temía que si se descubría que me veía con ella en secreto, alguien sacase las conclusiones equivocadas.
En opinión de Lucio, que observaba con atención cada gesto del publicano, sus explicaciones sonaban sinceras.
—¿Y dónde os veíais?
—Siempre en mi casa, a escondidas. Miriam entraba por la puerta del servicio, con la complicidad de uno de mis esclavos. Nadie debía saber lo de nuestros encuentros.
—Por lo que me has dicho, Miriam tenía mucha confianza contigo. ¿Sabes algo que pudiese ayudarme con la investigación?
—Creo que no. Sí que puedo decirte que estaba muy preocupada por la boda que su padre había pactado para ella. La habían prometido con un joven aprendiz de escriba, un doctor de la Ley, del que no quería saber nada. Alguien que acabaría siendo tan estricto como su padre, si no lo era ya.
—Sí, Yadiel de Séforis.
—Veo que estás bien informado —repuso Efraím—. La cuestión es que desde que se acordaron los esponsales, sabía que su destino estaba prácticamente sellado. Aun así, estaba haciendo todo lo posible por evitarlo.
—¿Evitarlo? ¿Cómo?
—Miriam era muy audaz. Tanto, que llegó incluso a reunirse con Yadiel para decirle lo que pensaba.
Lucio abrió la boca hasta formar una circunferencia casi perfecta. Según sus informaciones, Miriam solo había visto a su prometido de niños, en dos o tres ocasiones.
—¿Cuándo tuvo lugar ese encuentro?
—Hace dos o tres meses. Miriam le envió una nota para citarse en secreto con él. Se vieron a las afueras de Cafarnaúm, en un lugar especial que Miriam conocía bien…
—… el «claro de los manantiales» —apuntó el centurión.
—Exacto.
—¿Y tú? ¿Conoces ese lugar?
Efraím negó con la cabeza.
—Nunca he estado allí.
—¿Y qué pasó cuando se vieron?
—Miriam no se anduvo con rodeos. Le dijo que no quería casarse con él, le dejó ver que, si la unión se consumaba, no sería un matrimonio feliz para ninguno de los dos. Quería ahuyentar a Yadiel, para que fuese él quien solicitase la anulación del compromiso.
—Pero no le salió bien, ¿verdad?
—No. Miriam esperó para comprobar si su plan daba resultado, pero después de varias semanas sin tener noticias de una posible cancelación, comprendió que la boda continuaba adelante.
—El publicano se dio un respiro para ordenar sus ideas—.
Pese a todo, no estaba dispuesta a darse por vencida.
Fue entonces cuando se le ocurrió un plan alternativo.
—¿Otro plan? ¿En qué había pensado?
—Me dijo que se convertiría al cristianismo. Sin duda, eso provocaría la indignación de la familia de Yadiel, que presumiblemente desharía los esponsales de inmediato.
—Perdona mi ignorancia —confesó Lucio—, pero…
—El cristianismo es una rama de la religión judía de reciente aparición, basada en las enseñanzas de un predicador al que crucificaron hace más de treinta años.
Pero, sin entrar en disquisiciones teológicas, lo importante es que los judíos fariseos, como Gamaliel y sus parientes, no le otorgan validez.
¿Te imaginas la discordia que tal decisión habría generado en el seno de la familia?
Aunque Lucio no comprendía del todo la idiosincrasia del judaísmo, podía hacerse una idea.
—Pero… ¿llegó a dar el paso? ¿Se lo dijo a su padre?
—Eso ya no lo sé. Fue por esas fechas cuando la mataron.
Se hizo un espeso silencio, tan solo interrumpido por un estornudo del publicano y el trinar de un pájaro cantor que revoloteaba en el peristilo.
—Gracias, Efraím —dijo al fin el centurión—. Lo que me has contado me será de gran ayuda.
—Entonces, ¿estás convencido de que el muchacho al que han condenado no es el autor del crimen?
—Samir es inocente. Le manipularon para arrancarle una falsa confesión.
—Pues más vale que te des prisa si quieres salvarle. La ejecución tendrá lugar cualquiera de estos días.
—Lo sé —contestó Lucio, al tiempo que le devolvía los papiros con la contabilidad de la aduana—. Y Efraím, antes de que te vayas, permíteme que te dé un consejo. Creo que deberías moderar un poco tus beneficios. Como se suele decir: la avaricia rompe el saco.
21
Lucio acudió al día siguiente a la vivienda del almazarero para ponerle al corriente de los avances conseguidos.
Elías se sintió aliviado tras ver de nuevo al romano, del que llevaba unos días sin tener noticias.
La confianza que se tenían ya era tanta, que incluso se tuteaban.
Una corriente de afecto había surgido entre ambos.
A mediodía, el sol refulgía en toda su plenitud, acompañado por un viento obstinado procedente del Mediterráneo y que solía soplar siempre a las mismas horas.
Para protegerse del calor, la pareja se sentó bajo la refrescante sombra del sicomoro que había en el centro del patio.
Sofocado, Lucio se había desprendido del casco y también de la coraza.
Esther sirvió una jarra de agua y, conmovida, le agradeció personalmente al romano todo lo que estaba haciendo por su hijo.
Después se retiró a sus aposentos y dejó que su marido se ocupase de todo.
—¿Y cómo está Samir? —preguntó el centurión.
—Soportando como puede las miserables condiciones de su encierro.
—Entiendo.
—Su salud comienza a resentirse. Y lo que es peor aún, cada vez es más consciente de que no van a soltarle.
A continuación, Lucio se centró en los avances del caso, y le mostró a Elías el nuevo fragmento de cerámica que había encontrado en el escenario del crimen, cuyo descubrimiento le había ocultado hasta ese momento.
—No sabemos si su autor pretendía de verdad confesarle su amor a Miriam, o si se trató de un ardid para atraerla hasta el «claro de los manantiales».
En cualquier caso, tratándose de la misma persona que envió el mensaje anónimo que incriminaba a tu hijo, es casi seguro que lo ha escrito el asesino.
—¿Y esta prueba no podría servir para exculpar a Samir? —preguntó Elías.
—No, a juicio de los alguaciles. Para convencer a Issur y Bartimeo, vamos a necesitar pruebas mucho más contundentes.
—Al menos ahora sabemos un detalle importante: el presunto asesino sabe escribir.
Una habilidad al alcance de muy pocos. —Tan pronto como terminó de pronunciar la frase, la conclusión más evidente acudió a la mente de Elías—.
¡Efraím! ¡Tiene que ser él! Encaja perfectamente y ya era tu principal sospechoso.
—Eso mismo pensé yo. Sin embargo, tras un segundo encuentro con el publicano, ya no lo veo así. Su letra no coincide con la de los ostracones.
—Efraím es listo, pudo haberla modificado para evitar que alguien la reconociese. Yo no lo descartaría tan a la ligera.
El centurión comprendía la desconfianza de Elías, que, por otra parte, estaba más que justificada.
—Sí, por supuesto. Pero esta vez su actitud fue diferente. Accedió sin reservas a responder a todas mis preguntas y su testimonio me pareció bastante sincero.
—¿De verdad te fías de él? Son bien conocidas sus argucias y malas artes en el cobro de los aranceles para enriquecerse.
—Me proporcionó información increíblemente valiosa. Hace unos meses, Miriam mantuvo un encuentro secreto con su prometido en el «claro de los manantiales» para tratar de deshacer los esponsales.
—Pensaba que no lo conocía.
—Eso es lo que todos creen. Incluida Yaira, su mejor amiga.
—¿Y qué has averiguado de él? —inquirió Elías.
—Muy poco, pero planeo visitarlo en cuanto pueda. —Lucio se inclinó hacia delante y entrecerró ligeramente los párpados—. Pero eso no es todo. También me dijo que Miriam pensaba convertirse al cristianismo. ¿Sabías tú algo al respecto?
—No, es la primera noticia que tengo. Y en tales casos, yo debería ser el primero en saberlo.
—Quizás la matasen antes de dar el paso —aventuró el centurión—. Aunque, en realidad, solo lo hacía para provocar la ruptura del compromiso pactado por su padre.
—Ya veo.
—En tu opinión, si Miriam hubiese podido llevar a cabo su plan, ¿habría logrado su objetivo? ¿Tan grave habría sido? Lo siento, prácticamente no sé nada acerca del culto cristiano. Si pudieses ayudarme a entenderlo, te lo agradecería.
Antes de llegar a Cafarnaúm, tampoco era mucho lo que Lucio sabía acerca del judaísmo.
Fiel al credo romano y su rico panteón de divinidades, jamás había mostrado el menor interés por el resto de los cultos que proliferaban en torno al Mediterráneo.
No obstante, después de llevar los dos últimos años tratando con los principales líderes religiosos locales, había logrado formarse una idea más o menos clara.