Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO SEXTO #4
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CAPÍTULO SEXTO #4

Por las manos de Lucas comenzaron a pasar gentes de todas las edades, aquejados de las más variadas dolencias y enfermedades: jaquecas, úlceras bucales, inflamaciones de garganta, trastornos estomacales, dolores de muelas…

El médico griego tenía siempre un remedio al alcance, y si no, se hacía con los ingredientes necesarios para prepararlo sobre la marcha.

Los pacientes agradecían su entrega y la calidez con que los trataba, y los que podían se lo recompensaban con cierta cantidad de dinero, aunque fuese simbólica.

El tercer día, un médico y sacerdote judío se presentó en la vivienda de Elías hecho una furia.

—¡Esto es inaceptable! —exclamó al llegar al patio interior.

El almazarero salió al paso del visitante alertado por sus gritos.

—¿Se puede saber qué te pasa, Nicodemo?

—¿Es verdad eso que he oído acerca de un tal Lucas de Antioquía, que ejerce como galeno en tu casa?

—Así es. Es mi invitado y no veo que haya nada de malo en lo que hace.

—Elías, esta vez has llevado las cosas demasiado lejos —espetó Nicodemo—.

Eres un buen judío que observas escrupulosamente el sabbat y las demás leyes mosaicas.

Y pese a que también sigues las extrañas doctrinas de ese tal Jesús de Nazaret, siempre has contado con el respeto de la comunidad.

Sin embargo, que estés permitiendo a ese maldito griego ejercer la medicina en nuestra tierra es demasiado.

Elías comprendió al fin lo que pasaba. Tomando como base la tradición oral, los judíos más rigoristas desaprobaban a los médicos extranjeros, para los que pedían la persecución y el destierro.

Con todo, Elías sospechaba que la verdadera razón del enfado de Nicodemo era otra muy distinta.

En concreto, una de tipo pecuniario. Tratándose él mismo de un médico, la presencia de Lucas en Cafarnaúm perjudicaba seriamente sus intereses.

—Lucas es un excelente médico. Si no me crees, habla con sus pacientes.

—¡Quiero verlo ahora mismo! —exigió Nicodemo.

Elías asintió y lo condujo hasta la sala que servía de consulta. En ese momento, Lucas examinaba a un niño al que su madre había traído porque le habían salido unas ronchas en la espalda.

—¿Ocurre algo? —inquirió ante la inesperada interrupción.

—Nicodemo es un médico local que desea hablar contigo —explicó Elías.

—Entiendo —repuso Lucas.

Nicodemo se vio obligado a estirar el cuello para mirar al griego a los ojos.

—¡¿Con qué derecho se cree usted que puede venir aquí a ejercer la medicina?! —le increpó.

Lucas le sostuvo la mirada, sin dar la menor muestra de sentirse intimidado.

—No veo el inconveniente. Me formé en las mejores escuelas griegas y cuento con una vasta experiencia en el oficio.

—¡Pero usted viene de tierras lejanas! ¡Lo ignora todo acerca de este país y sus características! Me refiero al clima, a su fauna, su flora… o a las enfermedades más comunes que padecen sus gentes.

—He viajado mucho y mis tratamientos son igual de eficaces allá donde me encuentre —replicó Lucas—. Y aquí tampoco parece ser diferente. Los pacientes mejoran y se sienten muy satisfechos.

La indignación del médico y sacerdote judío alcanzó su punto álgido.

—¡Usted no cura a nadie! —exclamó—. Nosotros no somos más que simples instrumentos de Yahvé, que es el único que puede sanar a los enfermos. ¡La salud depende exclusivamente de la voluntad del Altísimo!

—Me temo que nuestra concepción de la salud no puede ser más opuesta.

—¡La enfermedad es el resultado del pecado! —precisó Nicodemo—. El castigo divino que Yahvé impone a los que incumplen sus leyes.

Por influencia babilónica, la tradición judía había adoptado la idea de que la enfermedad era consecuencia de la cólera de los dioses. Y, del mismo modo, que los afectados por trastornos mentales eran personas poseídas por los demonios.

—¿Y qué pecado podría haber cometido este niño por el mal que padece? —inquirió Lucas señalando al crío al que atendía.

—En ese caso, habría que preguntar por las faltas de sus padres —argumentó Nicodemo.

Lucas negó con la cabeza, apenado. Sus ideas chocaban frontalmente con la visión del judío.

Desde la perspectiva de la medicina griega, la enfermedad tenía su origen en un desequilibrio natural del organismo; y en cuanto a los trastornos mentales, la explicación se hallaba en un desajuste entre el alma y el cuerpo.

—No es momento de discutir. Si no se le ofrece nada más, me gustaría seguir atendiendo a mi paciente.

—Ya lo has oído —intervino Elías, posando su mano en el hombro del médico judío—. Te acompañaré hasta la salida.

Nicodemo entendió que, dadas las circunstancias, no tenía sentido prolongar por más tiempo su disputa con el dichoso griego. Aun así, no quiso marcharse sin antes lanzarle a Elías una pregunta cargada de veneno:

—¿Y ese Lucas al que has acogido en tu casa es también un seguidor de las enseñanzas del crucificado?

20

Lucio había concertado una reunión con Efraím en su domus romana.

Lo aguardaba en el tablinum , la estancia que hacía las veces de despacho y de recepción del dueño de la casa.

El suelo era de mármol liso con dibujos en forma de mosaicos que representaban escenas mitológicas.

De las paredes colgaban ricos tapices y un par de estanterías contenían rollos de pergamino y algunos libros de filosofía.

Un escritorio de madera de ciprés tallado con incrustaciones de marfil ocupaba un lugar prominente en la sala.

Sillas tapizadas y banquillos con asientos de piel completaban el mobiliario.

Lucio desvió la mirada hacia una de las esquinas de la mesa, donde se amontonaban las cartas de Claudia.

Su esposa le escribía prácticamente cada semana, manteniéndole al día de las últimas noticias y, sobre todo, del estado de sus hijas.

El centurión las releía a menudo, con un sentimiento de nostalgia y una melancólica sonrisa dibujada en la cara.

Efraím llegó puntual a la cita. El esclavo africano de Lucio condujo al invitado hasta el tablinum , separado del atrio por un rico cortinaje.

—Me siento honrado por tu invitación —dijo Efraím en tono adulador nada más cruzar el umbral.

El acaudalado publicano lucía una túnica teñida en púrpura y un manto de seda azul.

Su redondeada calva quedaba a la vista sin que le importase demasiado.

Portaba bajo el brazo varios rollos de papiro que contenían la contabilidad de los tres últimos meses de la aduana, y que Lucio le había pedido expresamente que trajese al encuentro.

—Toma asiento, por favor.

—Esta casa sigue tan espléndida como recuerdo.

Efraím conocía bien la domus , pues solía visitarla con frecuencia cuando en ella residía Quinto Sulpicio, el oficial al frente de la guarnición romana que había precedido a Lucio en el cargo.

—Todo estaba a mi gusto, así que decidí no cambiar nada —repuso el centurión. Y, señalando el conjunto de papiros que Efraím sostenía en las manos, preguntó—: ¿Está ahí la información que te solicité?

El publicano clavó sus ojos saltones en Lucio y adoptó la expresión de un ave de rapiña.

—No hace falta ni que los examines —manifestó—. Entiendo tu postura y no te juzgo en absoluto. Te ofrezco un diez por ciento y podemos dejar este asunto resuelto ahora mismo.

El centurión, confuso, no dijo nada y le devolvió la mirada frunciendo ligeramente el ceño.

—Dejémoslo en un quince por ciento —insistió Efraím, tras interpretar el silencio de Lucio como una ofensa a su primera oferta.

—Déjame ver los papiros de una vez —exigió Lucio.

—¡Un veinte por ciento! Esa es la mordida que se embolsaba Quinto Sulpicio. Te lo juro. No puedo ofrecerte más.

Por fin, Lucio entendió lo que pasaba. Efraím había asumido que, si lo había invitado a su casa para mantener una conversación privada, habiéndole pedido específicamente que trajese la contabilidad de la aduana, era porque pensaba requerirle un porcentaje de los ingresos que obtenía mediante sus ardides ilegales.

Para asegurarse el silencio de los oficiales romanos, se trataba de la práctica más habitual.

—Si me conocieses bien, sabrías que no acepto sobornos. Y lo que hagas en el ejercicio de tu actividad no me interesa. Te he convocado para hablar del asesinato de Miriam.

Por un lado, Efraím sintió un cierto alivio. Aunque, por otro… el publicano se removió incómodo en su asiento.

—¿Todavía estás con eso? ¿Y qué tiene que ver la contabilidad de mi negocio con ese tema?

—Dame los papiros y te lo explicaré.

El publicano le entregó los rollos a Lucio por encima de la mesa.

El centurión desplegó uno de ellos y examinó detenidamente la caligrafía, comparándola con la de los fragmentos de cerámica.

El resultado del análisis no fue el que esperaba.

La letra de Efraím no se parecía en nada a la de los mensajes anónimos.

Lo cual le descartaba como responsable del crimen…

Al menos en principio. El publicano podía haber cambiado su letra intencionadamente para evitar que alguien la reconociese, o incluso podía haberle encargado a otra persona que escribiese esos mensajes.

Sin embargo, ambas posibilidades se le antojaban muy poco probables.

Ateniéndose a las pruebas, a Lucio no le quedó más remedio que tacharlo provisionalmente de su lista de sospechosos.

—¿Me vas a explicar de una vez de qué va todo esto? —inquirió Efraím cada vez más inquieto.

El centurión decidió cambiar de estrategia sobre la marcha. Incluso siendo inocente, sabía que Efraím no le había contado toda la verdad. Así que, para ganarse su confianza, le desveló lo que había descubierto acerca del crimen, y en particular lo relativo a los ostracones.

—Te dije que yo sería incapaz de matar a nadie, y menos aún a Miriam.

—Tenías razón, pero mi deber era comprobarlo —replicó Lucio—. No obstante, sé que la primera vez que hablamos no fuiste del todo sincero conmigo. Ahora te pido que lo seas. Por favor, ayúdame a encontrar a su verdadero asesino.