CAPÍTULO SEXTO #3
Ante él se hallaba un hombre delgado, extraordinariamente alto. Vestía una túnica de lino color marfil, un ceñidor trenzado con cuerdas egipcias del que colgaba una bolsita de cuero, y un manto de seda tendido sobre los hombros. Era rubio y de cabello abundante, nariz aguileña y ojos almendrados.
—Busco a Elías ben Joel, responsable de la comunidad cristiana de Cafarnaúm.
Elías se sintió traspasado por aquella mirada, tan intensa como dulce y hospitalaria. Hablaba en tono suave, con un ligero acento foráneo.
—Yo soy Elías…
—¡Ah, por fin!
El desconocido se adelantó y se tomó la libertad de abrazar al productor de aceite, visiblemente desconcertado.
—Soy Lucas de Antioquía —aclaró el recién llegado—. ¿No te habían advertido de mi llegada?
Aarón, en efecto, sí que lo había hecho. Sin embargo, habían pasado tantas cosas desde la visita del predicador itinerante que ya lo había olvidado.
—¡Sí, desde luego! Te esperábamos con ganas.
—¡Gracias! Yo también estaba deseando conocer esta ciudad que tanto significó para Jesús de Nazaret.
—Entra, por favor.
—Mis pertenencias están en el carro —advirtió Lucas.
—No te preocupes, uno de mis sirvientes se encargará de traerlas.
La presencia en su casa de una figura tan ilustre del naciente movimiento cristiano hizo reaccionar a Elías, sacándolo de su parálisis y devolviéndole parte de su brío acostumbrado.
Lucas se sintió bienvenido y lo siguió con una sonrisa al interior de la vivienda.
Enseguida, Esther participó de la buena acogida e hizo pasar al invitado a una sala de estar donde poder hablar a gusto.
En ese caso, el patio a cielo abierto no parecía lo más acertado, pues todo indicaba que comenzaría a llover de un momento a otro.
Elías y Lucas se sentaron sobre sendas esteras, mientras Esther prendía varias lucernas alojadas en hornacinas practicadas en los muros.
A continuación, un sirviente trajo una jarra que contenía una bebida tradicional preparada a base de dátiles triturados y sémola tostada.
Cuando los hombres estuvieron cómodos, Esther se encaminó hacia la puerta con intención de retirarse.
—Quédate, por favor —pidió Elías.
La mujer miró a Lucas, que inmediatamente le concedió su beneplácito asintiendo con la cabeza.
—¿Has hecho un viaje muy largo? —preguntó Esther tras sentarse junto a su esposo.
—De hecho, vengo de Roma. Pablo de Tarso continúa allí retenido por las autoridades, pero está bien.
Convertido al cristianismo de la mano de Pablo, Lucas lo había acompañado durante varios de sus viajes misioneros. La relación entre ambos, por tanto, era muy estrecha.
—Es una buena noticia. Se rumoreaba incluso que podía haber muerto.
—Su salud no le acompaña desde hace tiempo, eso no puedo negarlo… Pero no hablemos de eso ahora. Mejor habladme de vuestra labor en Cafarnaúm. Tengo entendido que estáis al frente de una próspera comunidad cristiana.
Elías y Esther intercambiaron una sombría mirada que al invitado no le pasó inadvertida.
—¿Ocurre algo? —inquirió Lucas.
Elías tomó la palabra y narró con todo detalle el conflicto que recientemente se había desencadenado.
—Tomamos la decisión que nos pareció más acertada —añadió Esther—. Pero en ningún caso nos esperábamos una reacción tan adversa.
—Lo que ha pasado no es culpa vuestra —los tranquilizó Lucas—.
Este problema viene de lejos y se discutió en el seno de la Iglesia cristiana de Jerusalén, cuando Santiago [11] aún la lideraba antes de su fallecimiento.
Pablo de Tarso defendía la vía más aperturista, frente a Santiago, que adoptó la postura más conservadora.
Pedro respaldó una posición intermedia para intentar lograr un acuerdo.
—Aarón nos mencionó algo al respecto, pero su estancia fue tan breve que no llegó a entrar en detalles —comentó Elías—.
Al final, opté por no obligar a los gentiles a observar la Ley judía como requisito previo para formar parte de la comunidad.
Según el predicador itinerante, esa es la vía que defiende Pablo.
—Así es, aunque con matices. De cualquier manera, tomaste la decisión correcta.
Sin ir más lejos, el propio Lucas era un gentil de origen griego nacido en Antioquía. Había estudiado medicina en una prestigiosa academia de Alejandría, donde había adquirido importantes conocimientos de anatomía, cirugía y farmacia, convirtiéndose en un excelente galeno.
—Tu figura es muy respetada —terció Esther—. ¿Podrías hablar con el bando que se ha separado del grupo? A ti te escucharían y, seguramente, serías capaz de hacerles entrar en razón.
—Lo haré, desde luego. Y para ello convocaremos a todos los cristianos de Cafarnaúm.
—Te lo agradecemos mucho —señaló Esther sonriente.
—Pero, teniendo en cuenta lo reciente del enfrentamiento, no sería buena idea hacerlo tan pronto. Antes deberíamos dejar pasar un tiempo para que se calmen los ánimos.
De repente, el inconfundible repiqueteo de la lluvia golpeando contra el techo se hizo presente en la sala. El cielo había comenzado a descargar sus reservas de agua.
—¿Y qué podemos hacer nosotros por ti? —preguntó Elías—. Aarón nos habló de que se te había encomendado una misión tan especial, que ni siquiera él mismo sabía de qué se trataba.
El médico griego asintió con solemnidad.
—Como sabéis, Jesús de Nazaret no dejó por escrito nada de lo que predicó.
Hasta ahora, sus enseñanzas se han transmitido de forma oral por sus discípulos.
Este método, sin embargo, está expuesto a errores y malentendidos.
Una cita del Señor puede ser enunciada de maneras distintas, e incluso contradictorias entre sí.
La ausencia de una fuente fidedigna que recopile su mensaje podría dar lugar a toda suerte de conflictos.
La reciente experiencia que vosotros mismos habéis vivido es ejemplo de ello.
—Entiendo… —murmuró Elías.
—La vida y enseñanzas de Jesús deben recogerse por escrito.
Lo cual, además, facilitará que se expandan y puedan ser leídas por gentes de todo el mundo —prosiguió explicando Lucas—.
Y ha de hacerse ahora, mientras las personas que lo conocieron y que fueron testigos de las cosas que dijo e hizo sigan con vida.
Un breve silencio se adueñó de la estancia, interrumpido tan solo por la respiración de los presentes y el incesante tamborileo de la lluvia. Lucas dio un trago a su taza antes de continuar.
—Por todo ello, Pablo de Tarso me ha encomendado la tarea de escribir el evangelio [12] —anunció—. Lo cual supone una inmensa responsabilidad, a la vez que un extraordinario privilegio.
Elías y Esther fueron inmediatamente conscientes de la relevancia del encargo.
—Deduzco entonces que conoces la importancia que para Jesús tuvo Cafarnaúm. ¿Te quedarás con nosotros algún tiempo?
—Eso es lo que había pensado. Quiero hablar con los seguidores que asistieron a sus discursos, con los que presenciaron sus prodigios, y también con los afortunados que protagonizaron sus curaciones milagrosas.
—Conocemos a algunas personas a las que podrías entrevistar —terció Esther con entusiasmo—. Estoy segura de que escucharás historias muy valiosas.
—Y desde luego, podrás alojarte aquí el tiempo que necesites —apuntó Elías.
Lucas respondió al matrimonio con una cálida sonrisa.
—No seré una carga —prometió—. Durante mi estancia, ejerceré la medicina. Será mi forma de agradecer a la comunidad toda la ayuda que pueda prestarme para la tarea que se me ha encomendado.
A continuación, condujeron a Lucas hasta sus aposentos, donde Esther le llevó un objeto que deseaba mostrarle desde su llegada.
—Esta horquilla de mi madre fue bendecida por el mismísimo Jesús —afirmó.
—¿De verdad?
La visión del objeto provocó en el invitado un enorme impacto.
—Nosotros nos referimos a ella como la «lágrima de Cristo».
***
Lucas de Antioquía comenzó su ronda de entrevistas con el fin de recopilar toda la información posible acerca de Jesús.
Los primeros testimonios no resultaron especialmente útiles para su propósito, aunque sí le sirvieron para hacerse una idea de la dimensión del personaje y de la profunda huella que había dejado en aquellas gentes.
Mientras tanto, Esther se ocupaba de localizar a los testigos más relevantes: aquellos que le habían escuchado predicar, o habían sido testigos de algún milagro.
Al mismo tiempo, y como había prometido, Lucas se dedicó también a ofrecer sus servicios como médico de forma desinteresada.
Elías acondicionó para ello la estancia de su casa reservada a los oficios religiosos, transformándola en una consulta improvisada.
Lucas no viajaba sin la caja en la que guardaba lo necesario para el ejercicio de su labor, que incluía multitud de remedios en frascos de vidrio, así como toda clase de instrumentos quirúrgicos, que iban desde escalpelos de metal hasta afilados cuchillos de piedra y tijeras de cirujano.
Al principio, Lucas apenas recibió visitas porque a los médicos gentiles, por lo general, no se los veía con buenos ojos.
Aunque, a decir verdad, la opinión que se tenía del gremio en general tampoco era demasiado buena, pues tenían fama de asistir preferentemente a la población adinerada en detrimento de las clases bajas, que pagaban mucho peor.
Los primeros en solicitar sus servicios fueron pacientes cristianos, que tenían mayores razones para confiar en el visitante.
Sin embargo, en cuanto se corrió la voz del buen hacer del médico griego, que además no cobraba por su trabajo, los judíos no cristianos también comenzaron a acudir a su consulta.