CAPÍTULO SEXTO #2
A primera hora de la tarde, Lucio abandonó el cuartel tras haber cumplido con sus obligaciones. También se le había ocurrido algo: no había inspeccionado la escena del crimen.
Ciertamente, ya habían transcurrido dos semanas desde el asesinato de Miriam, y los alguaciles locales se habrían encargado de ello en su momento, así que no esperaba encontrar nada relevante allí. Aun así, le pareció importante visitar el sitio para sacar sus propias conclusiones.
Issur y Bartimeo delegaron en un tercer compañero la tarea de conducirlo hasta el lugar de los hechos. La pareja seguramente continuaba molesta por la intromisión del romano en un asunto que no le concernía, si bien no les quedaba más remedio que obedecer sus requerimientos.
Salieron de Cafarnaúm por el camino del sur y, tras recorrer unos cientos de metros, se desviaron por un sendero apenas marcado en el suelo que se abría hacia el este.
Los dos hombres se internaron en un bosque de álamos y abundante maleza que se fue espesando poco a poco, envueltos por el trinar de los pájaros y el zumbido de los insectos.
La senda, lejos de trazar una línea recta, se retorcía como una hoja de otoño.
Unos minutos después, se toparon con una barrera de mimbres de más de tres metros de altura, punto donde se abría una trocha claramente visible por las marcas de las plantas aplastadas en el suelo.
Teniendo en cuenta lo intrincado del camino, Lucio dedujo que Miriam debía saber muy bien hacia dónde se dirigía.
Y que debía tratarse de un lugar que frecuentaba a menudo.
Por fin —Lucio no sabría decir cuánto tiempo había pasado— dejaron atrás la cortina de vegetación y dieron con un claro cubierto por una tímida alfombra de hierba.
Más allá, se extendía una llanura conformada por un mosaico de lagunas poco profundas, cuya espléndida vista recompensaba el esfuerzo realizado para llegar hasta allí.
El alguacil que había hecho de guía señaló un semicírculo de piedras y dijo:
—Allí fue donde encontraron el cadáver de la muchacha. Puesto que no había signos de que la hubiesen movido, estamos bastante seguros de que la mataron allí mismo.
El centurión contempló el paraje con detenimiento.
Las rocas brindaban un lugar donde sentarse, en aquel acogedor oasis que garantizaba la intimidad de sus visitantes.
En realidad, las lagunas eran fecundos manantiales cuyas aguas quedaban remansadas en cuencas naturales rodeadas de adelfas y juncos.
Algunas garzas chapoteaban en las pozas de agua dulce, mientras que grandes mariposas aleteaban entre tulipanes y nenúfares.
Una brisa suave transportaba en su seno la fragancia resinosa del bosque aledaño.
El alguacil miró a Lucio con gesto impaciente, pero este aún no había terminado.
Distraído, inició la inspección del sitio sin buscar nada en concreto.
Se tomó su tiempo, pese a la exasperación del judío.
Fue entonces cuando, mientras examinaba el extremo norte del claro, distinguió algo entre la maraña de juncos que limitaba con la laguna más cercana. ¿Qué podía ser aquello?
El centurión apartó los tallos con la mano hasta dejar un objeto a la vista.
Se trataba de un fragmento de cerámica, y no uno cualquiera.
Aquel ostracón era muy similar al que los alguaciles judíos habían recibido con el mensaje incriminatorio.
Y, al girarlo, descubrió que este también contenía una misiva.
«Miriam, tengo que confesarte mi amor. Si quieres saber quién soy, acude esta tarde al claro de los manantiales».
Lucio no llevaba encima el ostracón que Issur le había dado, pero recordaba bien sus características.
El material, el color, la tinta empleada para escribir el texto, la letra…
eran idénticos en todo. Por supuesto, después lo comprobaría para cerciorarse.
Pero si estaba en lo cierto, eso solo podía significar una cosa: ambos mensajes tenían que haber sido escritos por la misma persona.
Aquel hallazgo le daba al caso un giro trascendental: ahora ya sabían qué hacía Miriam a las afueras de Cafarnaúm, tan alejada de su casa.
Alguien la había citado aquella tarde en el llamado «claro de los manantiales».
Ambos, víctima y asesino, conocían sobradamente el lugar.
Y Miriam debía intuir quién podía ser el misterioso enamorado, o de lo contrario no habría acudido sola al encuentro.
—Volvamos —espetó Lucio—. Quiero ver a Issur y Bartimeo ahora mismo.
Un par de horas más tarde, el centurión se plantaba en la sala principal de las dependencias carcelarias para encontrarse cara a cara con la pareja de alguaciles judíos.
Les mostró el ostracón que había rescatado del escenario del crimen, pero no les reprochó que en su día hubiesen pasado por alto una prueba tan importante, pues entraba dentro de lo posible que no lo hubiesen visto durante la inspección ocular.
Cuando Issur examinó el fragmento y leyó el texto escrito, el asombro en su rostro se hizo evidente, al igual que su compañero. Aquella inesperada pista los había cogido completamente desprevenidos.
—Está claro que Samir no tuvo nada que ver con el mensaje que Miriam recibió aquel día —aseveró Lucio—.
Quienquiera que la citó allí, debería ser ahora vuestro principal sospechoso.
Primero la mató, y luego os envió un mensaje anónimo para desviar la atención hacia otra persona.
Eso, al menos, es lo que se deduce de las pruebas.
—Eso no cambia nada —arguyó Issur tras sobreponerse a la sorpresa inicial—. Siempre hemos dicho que Samir se topó con Miriam por casualidad, y que decidió seguirla de forma improvisada. Lo que hacía Miriam allí es lo de menos.
Lucio advirtió enseguida que Issur ya no se expresaba con tanta seguridad. Lo cual, sin embargo, no le impidió seguir defendiendo su versión de los hechos.
—¿Entonces no pensáis hacer nada al respecto? —insistió el romano .
—El juez ya ha dictado sentencia…
—Ese muchacho pagará las consecuencias de vuestra ineptitud.
—¡Samir confesó y punto! —exclamó Bartimeo—. ¿Por qué no se olvida de este asunto de una vez?
Tanto si aún creían genuinamente en la culpabilidad de Samir como si no, el centurión comprendió que los alguaciles jamás admitirían haberse equivocado.
—Pues yo no pienso dejar las cosas así.
Lucio, aunque frustrado, también respiraba cierto optimismo. Aun así, decidió no contar a Elías lo del fragmento de cerámica que había descubierto; prefería mantener su hallazgo en secreto por el momento. Su siguiente paso estaba bien claro.
19
Elías se encontraba en su momento anímico más bajo.
Desde hacía dos semanas, se le acumulaban las adversidades.
La primera, por supuesto, la condena de Samir.
En un reciente encuentro en la taberna, Lucio le había puesto al día acerca de sus progresos.
Efraím se había convertido en su principal sospechoso, aunque de momento carecía de pruebas concluyentes en su contra.
También le habló de los esponsales de Miriam, a la que habían prometido con un tal Yadiel, al que apenas conocía.
Quizás no fuesen grandes avances, pero al menos constituían nuevas líneas de investigación que contribuían a mantener viva la llama de la esperanza.
El mayor miedo de Elías residía en que la investigación se estancara, o que las obligaciones de Lucio como centurión lo mantuviesen apartado del caso.
De cualquier modo, tan solo tenía palabras de agradecimiento para el romano.
La tragedia de Samir había coincidido con la inesperada reaparición de su hermano, envuelta en las peores circunstancias imaginables.
Caleb formaba parte de una violenta organización con aspiraciones nacionalistas, capaz de robar y matar para alcanzar sus objetivos.
Los zelotes lo habían captado y adoctrinado hasta el punto de que ya no le reconocía.
L a noticia de que había mantenido una relación secreta con Miriam tampoco le había gustado.
No solo había constituido una irresponsabilidad, sino también el origen de todos sus problemas posteriores.
De no haber existido, Caleb jamás se habría acabado uniendo a los zelotes.
Además, tampoco había podido hacerle entrar en razón durante los días que había estado en casa, hasta acabar marchándose sin avisar en mitad de la noche.
Y, por si todo aquello no fuese bastante, había perdido el control sobre la comunidad cristiana que lideraba, que se hallaba dividida y amenazaba con desmoronarse.
Con Saúl no había vuelto a cruzar palabra, y temía que su amistad también se hubiese deteriorado a raíz del conflicto.
Aunque el pescador era un hombre íntegro, también era muy testarudo y un firme defensor de sus convicciones religiosas.
Elías, incluso, había aparcado el trabajo porque no podía concentrarse. Por suerte, su capataz había asumido las riendas del negocio y la dirección de las almazaras. Estaba plenamente capacitado y era de su total confianza.
En su caída al abismo, su esposa había sido el pilar que lo había sostenido durante aquellas últimas jornadas. Sin el apoyo de Esther, se habría hundido como un barco sin timonel en aguas aún más profundas.
Ensimismado en sus pensamientos, Elías llevaba casi toda la tarde en la terraza de su vivienda, sin apercibirse siquiera de que el ambiente había refrescado. Un cúmulo de nubes negras que amenazaban tormenta se acercaba desde el lago, tras sobrevolar los acantilados del monte Arbel.
En ese instante, observó que un carro se detenía frente al portalón principal de la calle.
Un hombre bajó del vehículo y, tras mirar en derredor, decidió llamar a la puerta.
Elías no esperó a que le avisaran. Descendió por la escalera de piedra que comunicaba con el patio interior, atravesó el vestíbulo y recibió personalmente al desconocido, cuyo aspecto lo dejó impresionado.