Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO SEXTO
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CAPÍTULO SEXTO

« Muchos han emprendido la tarea de escribir la historia de los hechos sucedidos entre nosotros, tal y como nos los enseñaron quienes, habiendo sido testigos presenciales desde el principio, recibieron el encargo de anunciar el mensaje.

Yo también, excelentísimo Teófilo, lo he investigado todo con cuidado desde sus comienzos, y me ha parecido oportuno escribirte estas cosas ordenadamente para que compruebes la verdad de cuanto te han enseñado ».

Lucio Valerio Escauro se desperezó al percibir los primeros rayos de sol filtrarse por la ventana.

Tendida sobre el colchón de plumas de ganso, a su lado, dormía la prostituta con la que había pasado la noche anterior.

La veía con frecuencia y se había establecido una relación de confianza entre ambos, así que no la despertó.

Se deleitó unos instantes contemplando su desnudez y, tras refrenar sus deseos de poseerla de nuevo, se levantó de la cama.

Mientras se vestía, se recreó la vista con los frescos que cubrían las paredes de su habitación.

Lucio vivía en una domus romana que se había hecho construir su antecesor en el cargo y por la que pagaba un alquiler razonable.

Situada a escasa distancia del cuartel, contaba con todas las comodidades y ornamentos necesarios.

El centurión se aseó en la jofaina y contempló su rostro en un espejo de mano.

El reflejo le devolvió la imagen de un hombre dolido que aún no había superado el castigo que le habían impuesto a raíz del fracaso militar que su legión había cosechado en tierras armenias.

Pero dolido no significaba lo mismo que derrotado.

Lucio aún conservaba la ambición que le había hecho llegar tan lejos en su carrera.

Aún le quedaba tiempo para cumplir los veinticinco años de servicio, momento a partir del cual podría retirarse.

El Imperio romano recompensaba a los veteranos con una pensión anual y una generosa parcela de tierra.

En el atrio, un esclavo africano aguardaba las instrucciones de su amo.

—Mi invitada aún está durmiendo. Cuando se levante, acompáñala a la salida.

—¿Y qué desea para desayunar?

—Tortas de trigo con mantequilla y requesón. Y un poco de leche caliente.

Lucio pasó junto a la fuente de mármol ubicada en el centro del patio porticado.

Algunos pájaros jugueteaban en el estanque que recogía el agua de lluvia que se colaba a través de la gran abertura rectangular abierta en el techo, por la que entraba la luz solar de la que se beneficiaban todas las estancias.

En un rincón del atrio se hallaba el larario de la casa.

Lucio se dirigió al pequeño altar dedicado a los dioses guardianes del hogar, así como a la divinidad tutelar específica de cada familia, que constituía un lugar sagrado donde hallar consuelo y fortaleza.

Incluso cuando navegaban, los romanos necesitaban sentir la protección de sus lares [10] y dichos altares tampoco faltaban en los barcos.

Con gran sentimiento, el centurión encendió una lucerna y vertió un poco de vino en la hornacina destinada a las ofrendas.

Apolo era la divinidad tutelar que protegía a su familia desde hacía generaciones.

Una inscripción en su honor presidía el larario, para dejar constancia de que Apolo había cumplido con la petición expresa que, algunos años atrás, Lucio le había formulado.

A veces, los fieles solicitaban a sus deidades particulares un favor divino, a cambio de una determinada ofrenda si la petición se satisfacía.

Se trataba, en definitiva, de un contrato sagrado que solo llegaba a buen término si ambas partes acataban lo estipulado.

Lucio pidió en su día regresar sano y salvo de la guerra contra los partos, y su deseo se vio complacido…

Aunque, desde luego, no de la forma que esperaba.

De cualquier manera, no dudó en donar al templo de Apolo la nada desdeñable cifra de mil sestercios a la que se había comprometido, pues de no haber cumplido con su promesa, la ira de los dioses habría caído sobre él.

Delante del altar, Lucio se acordaba especialmente de sus hijas, a las que echaba muchísimo de menos.

Como consecuencia de sus responsabilidades, había pasado mucho menos tiempo con ellas del que hubiese deseado.

Pero, siempre que tenía la oportunidad, procuraba inculcarles los valores del culto tradicional romano, tal y como le correspondía como pater familias .

También se reservaba unas plegarias para Claudia, su esposa.

Se habían casado a instancias de sus respectivas familias, siendo uno y otro poco más que adolescentes.

Lucio consideraba que había tenido suerte.

Claudia era una mujer fuerte, una romana ejemplar, y una gran madre para sus hijas.

Durante sus prolongadas ausencias, ella asumía el rol de Lucio y dirigía con idéntica dedicación la religiosidad de la casa, para que las niñas cultivasen desde muy jóvenes una relación personal y directa con los dioses.

Los inicios de la pareja fueron apasionados… luego el fuego se aquietó, con el paso de los años. En todo caso, y pese a los constantes viajes de Lucio al servicio de Roma, conformaban un matrimonio sólido y bien avenido.

Antes de abandonar el larario, el centurión le recordó a su divinidad tutelar su petición más reciente: recuperar los galones de los que había sido despojado y poder volver rehabilitado a la capital del Imperio.

A cambio, él se había comprometido a realizar un viaje de peregrinación a pie desde Judea hasta el templo de Apolo, el cual se alzaba sobre una de las siete colinas de Roma.

Lucio desayunó en el peristilo de la casa, un pequeño espacio abierto colmado de plantas que constituía su refugio favorito. En aquel oasis verde podía ordenar sus pensamientos, y disfrutar al mismo tiempo del intenso aroma a hierba fresca y a flores recién cortadas allí presente.

Finalmente, terminó de uniformarse. Se embutió en la coraza, se ajustó las carrilleras de bronce por debajo de la barbilla para sujetar el casco, y se ciñó la espada al costado. Su esclavo ya había ensillado al caballo, por lo que Lucio se subió a la grupa y enfiló al trote la calzada.

El cuartel poseía altos muros de piedra que rodeaban toda la instalación.

En el centro de la fachada se abría un portón de hierro que se cerraba siempre con la puesta de sol.

Varios centinelas lo custodiaban con gesto circunspecto y las piernas ligeramente separadas.

Mantenían sus largas picas en alto, mientras sus escudos ovalados reposaban contra la pared.

Al ver al jefe de la guarnición, se estiraron aún más sin dejar de mirar al frente.

Al paso, Lucio franqueó la entrada y dejó atrás el puesto de guardia que había junto al parapeto.

Frente a él se abría una extensa plaza de tierra batida donde transcurría la mayor parte de la vida del cuartel.

Algunos infantes practicaban maniobras militares, bañados en sudor pese a lo temprano de la hora, mientras otros se ocupaban de mantener en buen estado sus armas y equipamiento.

El centurión llegó hasta los establos, donde los caballerizos se hicieron cargo de su montura. A cierta distancia se levantaba el edificio de la prisión, destinada a los rebeldes que supusiesen una amenaza para Roma.

A grandes zancadas, cruzó la plaza en torno a la que se levantaban los barracones de la milicia. En el centro se erguían varias palmeras datileras, que le daban una nota de color a las grises instalaciones.

Lucio se sentía orgulloso del trabajo que había realizado.

A su llegada, la tropa carecía de suficiente disciplina después de que el oficial anterior se hubiese relajado al final de su mandato allí.

Para restablecerla, impuso mano dura y toda infracción comenzó a ser severamente castigada.

Un descuido durante las tareas de vigilancia implicaba una multa pecuniaria, y el abandono del puesto conllevaba una pena de flagelación con la vara.

Lucio adquirió fama de duro, pero nadie podía acusarle de injusto, por lo que muy pronto se ganó el respeto de sus subordinados.

De repente, el suboficial al mando de la guardia lo abordó de forma inesperada.

Servio era un joven soldado muy entregado al cuerpo, al que Lucio le auguraba un gran futuro por delante.

Estaba en buena forma, era inteligente y también poseía la chispa de ambición necesaria.

En la práctica, se encargaba de las funciones administrativas y le asistía como ayudante.

—Señor, tengo noticias importantes.

—¿De qué se trata? —inquirió Lucio.

—Ayer, a última hora de la tarde, fue atacada una patrulla del puesto de vigilancia situado a las afueras de Tiberíades.

—La expresión de Servio se endureció—. Fueron sorprendidos en un camino rodeado de vegetación, donde los rebeldes pudieron tenderles fácilmente una emboscada.

Los nuestros se hallaban en inferioridad numérica y tres soldados sucumbieron bajo sus espadas.

—¿Quiénes fueron?

—Zelotes, señor. Al parecer, la banda del «Revolucionario».

Lucio se mordió el labio inferior en un gesto de rabia. El asunto era extremadamente grave. Un ataque directo sobre una patrulla romana significaba que los malditos zelotes se estaban envalentonando… Y, desde luego, que constituían una amenaza cada vez mayor.

—Deberíamos tomar medidas preventivas —dijo Servio—. Los rebeldes se mueven libremente por toda la región y nuestro puesto podría constituir su siguiente objetivo.

En última instancia, Lucio respondía ante el gobernador Albino. Así que más le valía estar a la altura de aquel desafío. Interesado, le preguntó:

—¿Qué sugieres?

—Revisar las rutas de las patrullas para detectar los puntos menos seguros y aumentar el número de cada unidad.

—Está bien. Vayamos a la sala de archivos y estudiemos el tema con detenimiento.

***