CAPÍTULO QUINTO #6
—Perdón. ¡No nos dimos cuenta! —argumentó Néstor a modo de excusa.
Elías se sintió mal por el grupo de recién llegados, para quienes contribuir al banquete con aquel pescado había supuesto un esfuerzo importante.
—Entonces no sois judíos… —los acusó Saúl, sabedor de que un judío jamás cometería un error tan burdo.
—No —confirmó Néstor en nombre de todo el grupo.
El dato no resultaba sorprendente. Gerasa era una ciudad eminentemente pagana que contaba con una comunidad judía bastante reducida.
—¡Ya me parecía a mí! —exclamó el pescador—. ¿Lo ves, Elías? Unos gentiles no deberían compartir mesa con nosotros.
—¿Por qué? Aunque no seamos judíos, somos cristianos —arguyó Néstor.
Saúl se carcajeó en tono de mofa.
—¡Qué estupidez! ¡No se puede ser cristiano sin ser antes judío!
El criterio del pescador estaba del todo justificado.
En su experiencia, todos los que aceptaban el cristianismo eran originariamente judíos, ya fuese por nacimiento o por conversión.
Conforme la creencia general, el advenimiento de Jesús había constituido el punto culminante del cumplimiento de la Ley mosaica, que los cristianos debían adoptar como fundamento de su fe.
Las voces llamaron la atención de los demás asistentes, que comenzaron a formar un corrillo en torno a sus protagonistas.
—Cálmate, Saúl, y escúchame un momento, por favor —intervino Elías con cariz apaciguador—. Aarón, el predicador, ya me advirtió acerca de esta polémica. Nos contó que más allá de nuestras fronteras a los gentiles se les bautiza y se les acepta con total normalidad en el seno de nuestra Iglesia.
—¡Eso no tiene sentido! Y, de cualquier forma, ¡esto es Judea!
Una vez más, la reacción de Saúl resultaba comprensible.
Los judíos se sentían orgullosos de ser el pueblo elegido y de contar con el favor de Yahvé, incluso en las épocas de mayor sufrimiento.
Por eso les hería en lo más profundo que se les prometiese a los gentiles los mismos privilegios que a ellos.
En consecuencia, el rechazo hacia los recién llegados estaba más que justificado.
—Sé razonable, Saúl —rogó Elías.
—¡Lo estoy siendo! Solo digo que no podemos permitir que cualquiera entre sin más a formar parte de la comunidad cristiana. De lo contrario, nos expondríamos al progresivo deterioro moral del movimiento.
—¿Es que pretendes excluirlos? —preguntó Elías.
—No, en absoluto. Pero como requisito previo deberían circuncidarse y acatar el cumplimiento de la Ley mosaica. Así nos aseguraríamos de que son personas rectas.
—¡De ninguna manera! —protestó Néstor—. Mis compañeros y yo estamos bautizados y somos tan cristianos como vosotros.
En ese punto, Elías ya era plenamente consciente del grave problema al que se enfrentaba. Debía actuar con mucho tacto.
Sin embargo, antes de que le diese tiempo a decir nada, Jonás dio un paso al frente y pidió la palabra. Aunque el curtidor no solía acudir a todos los encuentros, aquel era el segundo domingo que lo hacía de forma consecutiva.
—En mi opinión, deberíamos aceptar al grupo de Néstor sin poner condiciones —afirmó convencido.
La intervención de Jonás provocó que muchos otros diesen su opinión, y muy pronto todos los presentes comenzaron a tomar partido por uno u otro bando.
Por supuesto, los pescadores se alinearon con la postura de su colega, así como la mayor parte de los artesanos y comerciantes.
El sector de los cristianos menos favorecidos —viudas, mendigos y los trabajadores menos cualificados— se pusieron del lado de Néstor y sus compañeros venidos de Gerasa.
El debate no podía estar más igualado. Ambos grupos contaban con un número similar de defensores, y fue cuestión de tiempo que todos se volviesen hacia el anfitrión para que dirimiese el asunto.
Elías sintió todas las miradas clavadas en él.
Nunca se había sentido tan presionado como en ese momento.
Hasta la fecha, no había sido verdaderamente consciente de la responsabilidad que conllevaba su cargo.
Contentar a los dos bandos resultaba imposible, tenía que decantarse por una de las dos posturas.
Conociendo a Saúl, sabía que no lograría hacerle cambiar de parecer.
Además, la idea de enfrentarse a su mejor amigo tampoco le gustaba.
Por contra, creía ser capaz de convencer más fácilmente al sector «débil» para que acatase su dictamen.
Justo entonces percibió la presencia de Esther, que se había acercado discretamente hasta situarse a su lado.
«Tú sabes cuál es la decisión correcta», escuchó que le susurraba al oído.
Elías se estremeció. Su esposa estaba en lo cierto.
No se trataba de tomar la decisión más fácil, sino la más justa.
De lo contrario, estaría traicionando sus principios.
—Néstor y los suyos son bienvenidos —proclamó en voz alta a modo de veredicto—. Judíos o no, aquí todos somos cristianos.
Una mueca de incredulidad se dibujó en el rostro de Saúl.
—Esto es un error, Elías. Un terrible error.
—No te precipites, Saúl. Hablemos, por favor. Este asunto requiere de una profunda reflexión.
—No es verdad. Has traspasado una línea infranqueable. Y no vamos a tolerarlo.
El pescador dio por concluida la conversación y, haciendo un gesto con el brazo al bando que representaba, cruzó el patio a grandes zancadas y se encaminó hacia la salida de la casa. Y tras él, todo su grupo.
Los integrantes del bando opuesto se miraron unos a otros, sumidos en la confusión y la duda.
Elías, hundido, agachó la cabeza.
La comunidad se había partido en dos, abriéndose un cisma de consecuencias imprevisibles para la supervivencia del movimiento cristiano en Cafarnaúm.