CAPÍTULO QUINTO #5
El crepúsculo del amanecer pintaba el cielo de malva y arrojaba un lienzo de luz desdibujada sobre los tejados y terrazas de la ciudad.
Las calles se hallaban inusualmente desiertas, salvo por los asnos cargados con productos frescos de la tierra que los arrieros conducían hasta el mercado, y las mujeres que regresaban de las fuentes llevando cántaros de agua sobre la cabeza.
Esther se arropaba con el manto para protegerse de la cortante brisa que todavía imperaba a esa hora de la mañana.
Por desgracia, aquella misma madrugada ella y su marido habían sufrido un nuevo revés.
Caleb había desaparecido durante la noche, llevándose consigo sus escasas pertenencias y una abundante provisión de víveres que había tomado de la despensa sin permiso.
Se había marchado sin despedirse, ni dejar una nota siquiera.
Solo había permanecido en su casa hasta asegurarse de que se calmaba la situación.
El guardia acostumbrado abrió la puerta de la celda y, tras colocar una tea en el anclaje de la pared, se retiró para dejarlos a solas.
Nada más ver a su madre, Samir se abrazó a ella anegado en lágrimas amargas.
No podía evitarlo, siempre reaccionaba de la misma manera.
Esther lo dejó desahogarse y le consoló frotándole cariñosamente la espalda.
Ella hacía un enorme esfuerzo por mantenerse lo más entera posible.
Si se desmoronase delante de su hijo, este perdería cualquier atisbo de esperanza.
—¿Hoy, mamá? —preguntó Samir entre sollozos—. ¿Será hoy cuando me saquen de aquí?
—Hoy tampoco, hijo. Lo siento.
—¿Cuándo entonces?
—No lo sé, pero seguro que pronto.
Ni Esther ni Elías se atrevían a decirle la verdad, para evitar que se viniese definitivamente abajo. Aún quedaba la posibilidad de que el centurión romano pudiese salvarlo, por remota que esta fuese.
—Los guardias me dicen que pronto van a… —Samir tuvo que hacer una pausa, interrumpido por una tos seca y profunda que lo asedió durante cerca de un minuto—, … van a ejecutarme.
—No los escuches, cariño. Ellos tienen la culpa de que estés encerrado.
—Pero dicen que me lo merezco —farfulló Samir, verdaderamente asustado—. Y que están deseando participar en mi lapidación.
—Son malas personas, no te creas nada de lo que digan.
Esther se separó unos centímetros de su hijo y lo contempló bajo el resplandor palpitante que arrojaba la antorcha.
De sus inconfundibles cachetes sonrosados ya no quedaba ni rastro.
En diez días, el tiempo que llevaba entre rejas, había perdido tanto peso que estaba irreconocible.
De la comida que Esther le traía, la cantidad que llegaba a su hijo era irrisoria.
La mayor parte se la repartían entre los alguaciles.
—¿Y Caleb? ¿Por qué no ha venido todavía a verme?
Esther y Elías le habían contado que su hermano había regresado, pero sin desvelar los motivos de su inesperada visita.
—Ya te hemos dicho que no le es posible.
—¿Y por qué no? —preguntó Samir, volviendo a toser bruscamente.
Esther no lo mencionó en voz alta, pero aquella tos tan persistente no le gustaba nada.
—Porque si viniese, seguramente también lo detendrían como hicieron contigo.
—¿Es que a él también lo han acusado de un crimen que no ha cometido?
—En su caso… la situación es algo distinta… De todas maneras, ya no importa demasiado. Caleb ha vuelto a irse y no creo que vaya a volver pronto.
Esther advirtió que el muñeco de trapo favorito de Samir estaba lleno de mugre.
—¿Quieres que me lleve a Sansón para lavarlo y mañana te lo traigo de vuelta? —ofreció.
Samir se negó y lo apretó aún más fuerte contra su pecho, por lo que Esther, que comprendía muy bien lo que aquel juguete significaba para él, prefirió no insistir.
En ese momento, el guardia aporreó la puerta a modo de advertencia. El tiempo de la visita había llegado a su fin.
***
Después de ver a Samir, Esther regresó al hogar para preparar el habitual encuentro dominical donde los seguidores de Jesús se reunían para celebrar su credo. Pese a las adversidades, ni Elías ni ella habían renunciado a su responsabilidad como líderes de la comunidad cristiana de Cafarnaúm.
En aquella ocasión contaban con la presencia de nuevos fieles que habían llegado recientemente al pueblo.
Se trataba de un puñado de habitantes que procedían de Gerasa —ciudad de la Decápolis [9] situada al este del Jordán— y que ante la falta de trabajo se habían trasladado a Galilea, región que debido a sus fértiles tierras solía recibir bastante inmigración.
En calidad de jornaleros podían ganar un denario al día, aparte de la comida, y en época de cosechas, tenían la faena asegurada.
El cabecilla del grupo, llamado Néstor, era un hombre robusto y de manos encallecidas que, nada más llegar a Cafarnaúm, había preguntado por la comunidad cristiana allí presente hasta dar con Elías.
El productor de aceite se reunió con ellos y, tras una amigable charla, los invitó al siguiente encuentro dominical, abriéndoles así de par en par las puertas de la congregación.
Los fieles habituales recibieron a los forasteros con una mezcla de afecto y curiosidad, y se ofrecieron a ayudarles en todo lo que necesitasen.
Para los recién llegados, contar con semejante red de soporte en un lugar donde no conocían a nadie suponía un privilegio.
Y todo por compartir la misma fe en la figura y enseñanzas de Jesucristo.
Esther iba de aquí para allá saludando a unos y otros en su papel de anfitriona, hasta que Betsabé la abordó junto a los parterres rebosantes de lirios.
—¿Cómo está Samir?
—Lo he visto esta misma mañana —contestó—. Lo está pasando mal, pero es más fuerte de lo que parece.
En ese mismo instante Jacob se unió a la conversación, interesándose también por la situación del muchacho. El mendigo jamás se perdía un encuentro, salvo que un problema de salud se lo impidiese.
—En la entrada de la sinagoga escucho todo tipo de rumores —explicó—. Y no todo el mundo comparte el veredicto del rabí.
—¿Y qué dicen exactamente? —inquirió Esther.
—Algunos tienen dudas acerca de la confesión de Samir. Y otros, incluso, defienden su inocencia.
—Ojalá esa gente alzase la voz —intervino Betsabé.
—No lo harán. Son pocos, y jamás se arriesgarían a ser señalados —opinó el mendigo—. En cualquier caso, yo aún confío en que todo se aclare. Y mis oraciones están con su hijo.
—Gracias, Jacob —repuso Esther.
—¿Y se sabe algo acerca de su ejecución? —inquirió la viuda, que nunca se desprendía del velo marrón con que se cubría la cabeza.
—Nada, salvo que la autorización del gobernador para llevarla a cabo todavía no ha llegado.
Betsabé tomó cariñosamente las manos de Esther y le regaló una sonrisa melancólica.
Dadas las circunstancias, unas palabras de consuelo de poco o nada habrían servido.
Ella, en parte, también sabía lo que significaba perder a un hijo.
Y no es que Zadik hubiese muerto, de eso no podía estar segura, pero desde su repentina desaparición era lo que parecía.
Y de aquello hacía ya cuatro largos años.
—Vaya, parece que tus manos están mejor, ¿no? —comentó Esther.
—Sí, muchas gracias. Al menos hasta que sufra un nuevo rebrote.
—¿Y cómo sigue tu suegro?
—Silas tiene la mente prácticamente ida. Hoy he podido venir porque una vecina me está haciendo el favor de vigilarlo.
Mientras ellas hablaban, Elías se había ocupado de traer más taburetes al patio, y estaba echando un vistazo alrededor para comprobar que no faltase nada.
En una atmósfera distendida, los asistentes habían comenzado a preparar los alimentos que cada cual había traído de sus casas, de cara al banquete de confraternización que precedía a la tradicional asamblea litúrgica: unos se habían metido en la cocina, mientras otros hacían uso de los fogones dispuestos en el patio a cielo abierto.
Algunas mujeres ya habían acometido el horneado del pan.
Un fiel se acercó a Elías con cara de gran regocijo. Se llamaba Tobías y era un esclavo judío que, tras mostrar un gran interés en el mensaje del Señor, llevaba acudiendo tres semanas seguidas al encuentro dominical.
—Hola, Tobías. Me alego de volver a verte.
—Estoy preparado —dijo el esclavo sin rodeos—. Quiero recibir el bautismo.
—¿Estás seguro? Se trata de un paso muy importante —advirtió Elías.
—Completamente, y cuanto antes mejor.
Cada vez más esclavos se estaban uniendo al movimiento cristiano, motivados por el testimonio favorable de los que ya se habían convertido.
—En ese caso, lo organizaré todo para la semana que viene —dijo poniéndole una mano en el hombro.
Tobías le dio las gracias y retomó los preparativos del banquete.
El encuentro transcurría con normalidad cuando, de repente, unas voces subidas de tono quebraron la paz que reinaba en el ambiente.
—¡Esto es inaceptable!
Elías reconoció la voz de Saúl y, extrañado, acudió al lugar del incidente. El carácter afable de su amigo no casaba en absoluto con el tono iracundo de sus quejas.
—¿Qué ocurre? —preguntó al llegar.
—Míralo tú mismo —repuso el pescador.
Saúl señaló una parrilla en la que se doraban varios ejemplares de siluros y anguilas que Néstor había traído.
Elías comprendió de inmediato lo que había provocado la indignación de su amigo.
Los judíos se atenían a un complejo conjunto de preceptos dietéticos que debían cumplir al pie de la letra.
En cuanto a la carne, sólo podían comer los cuadrúpedos que rumiaban y que tenían la pezuña hendida —de ahí que el cerdo, por ejemplo, estuviese vedado por completo—.
Además, la Torá prohibía explícitamente el consumo de sangre, de modo que la carne de animal debía desangrarse totalmente antes de consumirse.
En cuanto al pescado, se excluían todos los que careciesen de escamas y aletas, incluido el marisco.
Por tanto, siluros y anguilas eran considerados peces impuros, lo que suponía una grave infracción de la Ley mosaica.