Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO QUINTO #4
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CAPÍTULO QUINTO #4

Tras la mesa, la rolliza figura del publicano asomaba como una estatua, pues permanecía muy quieto salvo por la mano que usaba para escribir.

Efraím, que ya había entrado en los cincuenta, era un hombre de ojos saltones, carrillos prominentes y completamente calvo.

Estornudaba con cierta frecuencia, lo que podía indicar una reacción alérgica al polen de alguna planta o a los ácaros que flotaban en el aire.

—¡Lucio! ¡Qué sorpresa! —exclamó Efraím cuando por fin alzó la mirada—. ¿Qué te trae por aquí?

—Quería hablar contigo, pero prometo no robarte mucho tiempo.

A decir verdad, Efraím no estaba acostumbrado a las visitas de cortesía.

Los publicanos gozaban de la peor consideración posible entre los suyos, pues siendo también judíos, no tenían ningún reparo en traicionar a su propio pueblo recaudando los impuestos que servían para enriquecer a los invasores.

Asimismo, también se los juzgaba en permanente estado de impureza, debido a su continuo trato con los romanos, de sobra conocidos por su manifiesta idolatría.

Por último, tenían fama de ladrones y tramposos, reputación más que merecida porque solían aprovecharse de las prerrogativas de su cargo para lucrarse ilícitamente y amasar ingentes cantidades de dinero sucio.

—Por supuesto. Toma asiento, por favor. Para ti dispongo de todo el tiempo del mundo.

En los más de veinte años que llevaba al frente de la aduana, Efraím había tenido que compartir con el oficial romano de turno los ingresos irregulares que obtenía en el ejercicio de su cargo.

Lucio, en cambio, había sido el primero en no exigirle un porcentaje a cambio de hacer la vista gorda.

De ahí que lo tuviese en tan alta estima y lo tratase con tanta deferencia.

—¿Qué opinas de los centinelas encargados de la seguridad de la aduana? —preguntó Lucio, evitando así abordar de forma inmediata el asunto que lo había llevado hasta allí—. Y puedes ser sincero. Al llegar, los he sorprendido más distendidos de la cuenta.

—Es cierto, a veces se relajan demasiado. Sobre todo, los sirios. Con mucho, prefiero a los germánicos… O si no, con los tracios también me conformo.

—Bueno, de momento no puedo hacer mucho. Las tropas auxiliares de las que dispongo actualmente son de mayoría siria.

—No pasa nada —repuso Efraím agitando una mano en el aire—. Por suerte, la presencia de los soldados basta para disuadir a los posibles criminales. Y si surge un conflicto con algún comerciante, enseguida intervienen, tan pronto como se lo requerimos.

—Bien, bien. Me alegra saberlo.

Efraím se inclinó hacia delante y apoyó los codos sobre la mesa.

—¿Y qué hay de los bandidos? Entre los mercaderes hay cada vez más nerviosismo. Y los zelotes… esos son los que más nos preocupan. Son numerosos y están bien organizados.

—Hemos peinado las montañas colindantes en busca del «Revolucionario» y su banda, sin éxito. Saben esconderse muy bien —explicó Lucio—. Además, la población tampoco colabora demasiado.

—Eso es verdad —admitió el publicano—. Algunos callan por miedo, pero también hay quienes los toman por héroes de la patria.

Después de aquel primer intercambio de impresiones, Lucio decidió orientar con cierto tacto la conversación hacia el tema que le interesaba.

—¿Y tú cómo estás? —preguntó—. Ya ha pasado un año desde la muerte de tu esposa, ¿no?

—Sí. Su pérdida me dolió más de lo que puedas imaginarte, pero así es la vida. Te golpea cuando menos te lo esperas.

La mujer de Efraím había fallecido de forma repentina, tras contraer una grave enfermedad.

El publicano no había vuelto a casarse, ni parecía tener intención de hacerlo.

En realidad, estaba acostumbrado a la soledad debido al odio que siempre le habían profesado sus vecinos.

Un odio que, en todo caso, tampoco le había importado mucho.

Efraím había amasado una fortuna gracias a la cual podía permitirse todo tipo de lujos: presumía de vestir los mejores tejidos, de comer los platos más exquisitos…

Y, desde luego, tampoco reparaba en gastos cuando acudía a algún prostíbulo.

Como jefe de la aduana, se trataba de uno de los personajes más poderosos de Cafarnaúm.

—Para golpes de la vida, el que ha recibido Gamaliel. Te has enterado de lo de su hija, ¿verdad?

Lucio advirtió una sutil variación en la expresión del publicano tras la sola mención al asunto.

—Sí, claro. Una muchacha tan joven… y morir de esa manera… Gamaliel parecía bastante entero cuando le presenté mis condolencias, pero por dentro debe de sentirse destrozado.

—Ah, claro. Se me olvidaba que tu relación con Gamaliel es bastante buena, pese a que la mayor parte de la población te considere un apestado.

—Así es —confirmó Efraím—. Mis frecuentes donaciones a la sinagoga le hacen ser mucho más tolerante conmigo y mi condición de publicano.

—Entonces, seguramente conocías a Miriam…

Tras la expresa mención a la joven, el párpado derecho de Efraím tembló de manera casi imperceptible.

—Bueno, sí… recuerdo haberla visto un par de veces en su casa.

—¿Solo eso? Pensé que la conocías mucho mejor.

—No, no, para nada.

—No es eso lo que tengo entendido.

—¿De qué estás hablando?

—¡Basta ya, Efraím! —espetó Lucio endureciendo el semblante—. ¡Sé lo de las joyas que le regalabas!

El publicano se pasó la mano por la calva y varias gotas de sudor comenzaron a rodarle por las sienes.

—Está bien, lo de las joyas es cierto. Pero Miriam está muerta, así que ya nada de eso importa. ¿No podríamos enterrar ese tema?

—Sí que importa. Estoy intentando averiguar quién la mató.

—Pero ¡¿qué dices?! ¡Ya han atrapado al asesino!

—La policía judía no ha hecho bien su trabajo. El verdadero culpable sigue suelto, y yo me he propuesto encontrarlo.

Efraím miró al romano boquiabierto. Su respiración se aceleró y estornudó varias veces seguidas.

—¿Y crees que yo tuve algo que ver?

—Si quieres que te sea sincero, en este momento eres mi principal sospechoso.

—¡No, no, no! Tú me conoces, Lucio. Puedo ser un ladrón, pero matar a alguien… es otra cosa muy distinta.

—Pues más vale que me expliques lo de las joyas.

El recaudador de impuestos hizo una larga pausa antes de contestar, como si buscase las palabras menos comprometedoras.

—Es más sencillo de lo que piensas. Fue un intento de acercarme a ella, que no dio el resultado que esperaba… Miriam era extraordinariamente guapa, inalcanzable para mí. Yo la veía como un… un amor platónico.

—¡¿De verdad pretendes que me crea esa historia?!

Lucio dio un fuerte puñetazo en la mesa para hacer valer su autoridad. Saltaba a la vista que Efraím se estaba desmoronando, y que si aumentaba la presión podría lograr que acabase contándoselo todo.

Fue entonces cuando el centurión sintió una aguda punzada en el vientre, seguida del estremecimiento de su intestino. Sin previo aviso, la urgente necesidad de evacuar lo había vuelto a asaltar como le pasaba últimamente.

—Efraím… —anunció Lucio poniéndose en pie, al tiempo que maldecía en su interior la inconveniencia del momento—. Necesito ir al excusado.

Efraín le indicó el camino y el centurión se internó por un pasillo que se perdía en la parte posterior del inmueble.

En la mayor parte de las viviendas, el retrete se hallaba en el exterior y no era más que una diminuta covacha de madera con un agujero abierto en el suelo.

En cambio, el publicano se había hecho construir una amplia estancia recubierta con planchas de mármol, que incluía una bañera y una alacena en la que reposaban peines de hueso, espejos de metal pulido y frascos con aceites y perfumes.

Lucio se desvistió a toda prisa y se inclinó sobre un pocillo, de donde no se movió hasta haberse vaciado por completo.

El proceso le llevó un tiempo, no exento de un dolor agudo e intenso.

Al terminar, se limpió con una de las muchas esponjas que se amontonaban en una cesta, tras empaparla previamente en agua.

Mientras tanto, sus deposiciones se perdían por el rudimentario sumidero, dejando un rastro de olor pestilente.

Cuando se hubo aliviado, Lucio regresó a la oficina del publicano para retomar el interrogatorio en el punto donde lo había dejado. Efraím, que permanecía sentado detrás de su escritorio, respiraba ahora de forma mucho más serena.

—Y ahora, ¿me vas decir la verdad de una vez?

—¡Ya te la he dicho! No puedo negar que le regalé algunas fruslerías, pero te aseguro que apenas conocía a Miriam.

Lucio advirtió enseguida que la atmósfera opresiva que había logrado imponer hacía un momento, se había desvanecido por completo debido a la inoportuna interrupción.

Neutralizado el factor sorpresa, Efraím había tenido tiempo para recomponerse y desprenderse de los nervios que habían estado a punto de traicionarlo.

—Sé que me ocultas algo. Y tarde o temprano lo averiguaré.

—Yo no la maté. Esa idea es un disparate.

—¿Dónde estabas aquella tarde? —inquirió Lucio.

—¿De qué día?

—El lunes de la semana pasada.

Efraím movió los ojos a uno y otro lado, tratando de recordar.

—Debía de estar en mi casa —repuso—. Mis sirvientes pueden corroborarlo.

Lucio resopló. Aquello no le servía de nada: los sirvientes atestiguarían cualquier cosa que les dijese su señor.

—Me marcho —anunció tras ser consciente de que ya no obtendría ninguna otra información de valor.

Pero antes de alcanzar la puerta, Efraím añadió una cosa más:

—No sé por qué te has metido en este asunto, pero te aconsejo que lo olvides. Podría traerte problemas.

—¿Me estás amenazando?

—No, en absoluto —aseguró el publicano extendiendo sus manos con las palmas abiertas—. Todo lo contrario. Siempre he tenido una relación excelente contigo. Por eso no quiero que te pase nada malo.

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Era domingo y Esther se dirigía a los calabozos para visitar a su hijo muy temprano por la mañana.