CAPÍTULO QUINTO #3
—El asalto a una caravana en el que perdió la vida un destacado comerciante egipcio.
—Elías fulminó a su hijo con la mirada—.
Hecho que ocurrió el mismo día que apareciste aquí buscando refugio con la túnica ensangrentada.
¡¿Se puede saber en qué te has convertido?
! ¡¿Acaso ahora eres también un asesino? !
Caleb se levantó como un resorte del taburete y se encaró a su padre apretando los dientes. Al advertir que aún sostenía la espada que afilaba, se apresuró a soltarla sobre la cama.
—¡No fui yo! ¡Lo juro! Me manché la túnica de sangre porque intenté auxiliar al caravanero.
—¡Perteneces a una banda de asesinos!
—¡No! Aquello no debió haber pasado. Nuestro objetivo son los invasores romanos, no los mercaderes. A ellos solo les robamos, no les hacemos daño. Sin embargo, el asalto se torció y el jefe actuó de forma precipitada.
—¿Te refieres a ese fanático al que llaman el «Revolucionario»? —inquirió Elías.
—¡Ese fanático es un auténtico líder que llevará a los zelotes a lograr grandes hazañas! Ya lo verás.
Elías negó con la cabeza. Él no pensaba que su nación necesitase ser liberada del yugo de Roma.
Y no era el único. Algunos judíos aceptaban el orden impuesto por los invasores.
Con los romanos, el bandidaje había disminuido, la seguridad en los caminos había mejorado y el comercio había aumentado de forma notable.
La denominada pax romana también tenía sus ventajas.
—¡Qué pena me da escucharte hablar de esa manera!
Me avergüenzas. Así no fue como tu madre y yo te educamos.
—Elías se sentó en la cama—. En todo caso, la cuestión es que vuestros actos subversivos están provocando que Lucio apenas disponga de tiempo libre para investigar el asesinato de Miriam y demostrar la inocencia de tu hermano.
—Caleb apretó la mandíbula al oír aquello—.
Y no solo eso. Al mismo tiempo que el centurión está intentando salvar a Samir, también pretende capturarte, sin saber que eres mi otro hijo.
Y yo, para colmo, estoy colaborando en tu ocultación.
¿Te das cuenta de la paradoja? ¿Acaso eres consciente de la posición en la que me has puesto?
Caleb guardó silencio, pues ante aquel argumento no había nada que rebatir.
—Pero no estoy enfadado solo por eso —prosiguió Elías—. Lucio me ha puesto al día de sus progresos con la investigación, y me ha desvelado algo que jamás podría haberme imaginado. ¡Tú y Miriam mantuvisteis una relación íntima en secreto a lo largo de varios meses!
Caleb dio un paso atrás y desvió la cabeza a un lado, incapaz de sostener la furibunda mirada de su padre.
La esquiva reacción de su hijo equivalía a admitir su culpabilidad, por lo que Elías concluyó:
—Ahora entiendo por qué te impactó tanto la noticia de la muerte de Miriam. Me pareció que te afectaba casi más que saber lo de tu hermano.
Caleb no encajó bien aquel golpe y se defendió de inmediato.
—¡Yo la amaba! —estalló dando un paso al frente.
Elías asintió varias veces con un movimiento pausado de cabeza.
—Por eso ninguna de las muchachas que te propuse para casarte te parecía suficiente…
—La sola idea de casarme con una mujer que no fuese Miriam me parecía inconcebible.
—Pero ¿te das cuenta de lo irresponsable que fuiste? —exclamó Elías—. ¡¿Precisamente con la hija del archisinagogo?! ¿Cómo se te ocurrió?
—Surgió de forma natural —repuso Caleb—. Miriam me amaba a mí tanto como yo a ella. Estábamos hechos el uno para el otro. Sin embargo, ambos sabíamos que Gamaliel jamás me habría aceptado como esposo para su hija.
—En eso no te equivocabas. Lo que no entiendo es… Si tan enamorado estabas de Miriam, ¿por qué abandonaste Cafarnaúm para unirte a los zelotes?
Caleb suspiró y buscó con cuidado las palabras más adecuadas para explicarse. Llegados a ese punto, ya no tenía sentido ocultar por más tiempo ciertos episodios de su reciente pasado.
—Eso fue después… Antes, Miriam puso fin a nuestra relación cuando su padre pactó su matrimonio con otro hombre y se formalizaron los esponsales. Y yo tuve que aceptarlo. De habernos seguido viendo, habría puesto su vida en peligro.
Según el derecho judío, desde que se firmaba el compromiso ya podía considerarse a los novios como «esposos», pese a que la boda aún no se hubiese celebrado. Por tanto, la mujer que fuese sorprendida en adulterio durante los esponsales podía ser repudiada y castigada con la lapidación.
Con toda aquella información, por fin Elías comprendió el cambio tan radical que Caleb experimentó, cuando pasó de la felicidad más absoluta a la desolación más profunda, de la noche a la mañana.
Su ruptura con Miriam fue lo que provocó el inicio de aquella etapa tan oscura para la que no encontraban ninguna explicación.
La pasión del primer amor, en combinación con el ímpetu de un sentimiento joven e idealista, puede ser como un torrente de agua que todo lo arrasa y que brinda a sus protagonistas una fuerza inconmensurable.
Pero, por la misma razón, toda esa energía puede canalizarse en sentido contrario, y despertar el lado más destructivo del ser humano si el destino se desvía del rumbo deseado.
Después de romper con Miriam, Caleb se desmoronó, convirtiéndose en un blanco fácilmente manipulable para los zelotes, que se aprovecharon de su estado de vulnerabilidad para atraerlo hacia su causa.
Por eso, sumido en la desesperanza como estaba, el joven halló en los ideales nacionalistas la válvula de escape que necesitaba para olvidarse de su amada.
—Si nos lo hubieses contado… —murmuró Elías—, pero en vez de eso te alejaste de nosotros…
—Quizás debí hacerlo —admitió Caleb—. En cualquier caso, eso poco importa ya. Lo que sí que puedo asegurarte es que mataría al asesino de Miriam con mis propias manos si lo tuviese delante.
—¡Basta! No me gusta que hables en esos términos.
¿Sabes que hace un momento he tenido que volver a mentir para protegerte?
Lucio quería hablar contigo tras averiguar lo de tu relación con Miriam.
Y, como a todo el mundo, le he dicho que llevas un año ausente, desde que te enviamos a Jerusalén para aprender los entresijos del negocio del aceite con los mejores expertos.
Cuando desapareciste de repente, esa fue la excusa que tuve que inventarme para frenar los rumores que te relacionaban con los rebeldes.
Caleb, abatido, se dejó caer en el filo del camastro y, cubriéndose el rostro con las manos, comenzó a sollozar como un niño que se hubiese perdido en lo más profundo de un bosque sombrío y tenebroso.
16
Lucio tuvo una mañana particularmente ocupada: pasó revista a la tropa del cuartel, hizo recuento de las provisiones disponibles y después se reunió con el Consejo local de Cafarnaúm para debatir ciertos asuntos.
Solo cuando terminó, se dedicó de pleno a la investigación que tenía entre manos. ¿Su siguiente paso? Visitar a Efraím. Después de hablar con Yaira, la mejor amiga de Miriam, estaba convencido de que el publicano debía estar involucrado de un modo u otro en el asunto.
La aduana era un edificio de una sola planta, situado a un costado de la calzada que conectaba con la puerta norte. A lomos de su corcel, Lucio cruzó al paso bajo la triple arcada de dicha entrada y avanzó un centenar de metros hasta llegar a su destino.
Una larga fila de comerciantes, formada por caravanas de carros, dromedarios y reatas de onagros, aguardaba su turno para la inspección de la carga y el pago de los correspondientes aranceles.
Un tráfico constante de productos procedentes de los cuatro puntos cardinales se daba cita en aquella encrucijada: el delicado vidrio fenicio, la madera de enebro tan valorada por los egipcios para fabricar sus embarcaciones, la valiosa púrpura de Tiro, el exótico marfil africano, la seda china, las especias hindúes, o la amplia gama de minerales extraídos de las minas europeas.
Bajo la sombra de unas robustas higueras, tres hombres se ocupaban de revisar minuciosamente las mercancías.
Dichos aduaneros lucían un distintivo de cobre sobre sus túnicas de lino blanco, que los identificaba como trabajadores de la aduana .
Un poco más allá, varios soldados romanos charlaban distraídamente recostados contra la fachada del caserón.
Encaramado en su cenit, el sol resultaba abrasador, por lo que se habían desprendido de sus corazas de malla y sus cascos de cuero, mientras sus armas reposaban a escasa distancia.
La inesperada aparición del oficial alteró de repente la calma de la que disfrutaban. Los infantes se uniformaron de forma apresurada, alarmados ante la posibilidad de recibir una sanción disciplinaria.
Lucio descabalgó de un salto y uno de sus subordinados se hizo cargo de la montura.
Los demás centinelas se cuadraron y lo saludaron extendiendo el brazo, con el temor reflejado en sus miradas.
Al pasar junto a ellos, el centurión se detuvo y se limitó a amonestarlos verbalmente, para no desviarse del motivo de su presencia allí.
Lucio abrió la puerta y accedió al interior del inmueble, agradeciendo de inmediato el cambio de temperatura.
Las paredes estaban cubiertas de estanterías repletas de rollos de papiros, que constituían los registros de los impuestos que se recaudaban a diario.
Los múltiples pliegos, meticulosamente ordenados, desprendían un olor aromático, derivado de la planta acuática con que se fabricaban.
Un enorme escritorio de madera presidía la estancia, hábilmente iluminada por los potentes haces de luz que penetraban a través de las troneras dispuestas en las paredes.