Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO QUINTO #2
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CAPÍTULO QUINTO #2

—¿Como cuáles?

—Pues… Seguramente tú conocías a Miriam mejor que sus propios padres. O, al menos, aspectos de su vida que constituían un secreto para ellos. Por ejemplo, ¿qué puedes decirme de las joyas que Miriam tenía? ¿Cómo las consiguió?

Yaira abrió los ojos como platos, sorprendida de que Lucio supiese tal cosa.

—Me lo ha contado Abigail. Descubrió que Miriam las escondía en el colchón de su cama —aclaró el romano.

—Lo siento… Yo… no sé nada de eso…

Su voz temblaba con cada palabra que brotaba de su boca, señal inequívoca de que estaba mintiendo. Lucio posó su mano en el hombro de la muchacha y la miró con severidad.

—Tu familia tiene el suficiente poder adquisitivo para conseguir unas joyas tan caras, y además tampoco desaprueba su uso. ¿Acaso eran tuyas? ¿Tú se las dejabas?

—¡No, no, no!… ¡No son mías, de verdad!

—Pues si no fuiste tú, ¿quién se las dio entonces?

Yaira agachó la cabeza, como si pretendiese desaparecer. Desde los acantilados más próximos, varias bandadas de aves sobrevolaron el lago formando una enorme mancha rosada. Centenares de garzas y pelícanos acechaban los bancos de peces que surcaban bajo las aguas.

—Miriam ya no está con nosotros, no tiene sentido proteger su confianza —arguyó Lucio para derribar así el muro que Yaira había levantado entre ellos.

Al final se dio por vencida y confesó:

—Se las regaló Efraím…

—¿Efraím? ¿El publicano?

—Sí.

Lucio conocía bien a Efraím. Se trataba del recaudador de impuestos que se hallaba al frente de la aduana.

—¿Y de qué lo conocía Miriam?

—Él estaba loco por ella, por eso le regalaba joyas —contestó Yaira.

—Pero ¿qué relación tenían?

—Ninguna… Bueno, eso creo, no lo sé seguro. Miriam no me lo contaba todo.

Lucio no la presionó más en lo que al asunto del publicano se refería.

A juzgar por sus gestos y expresión, le parecía que decía la verdad.

En ese mismo instante, comenzó a soplar un viento de cierta intensidad y las plumas que coronaban su casco se agitaron en una danza frenética.

La ráfaga se sintió con más fuerza en el lago, donde se levantaron pequeñas olas que hicieron cabecear algunas barcas de pesca.

—Según tengo entendido, tu amiga poseía una belleza cautivadora. Debía de llamar la atención de cualquier hombre que la conociera. Pues bien —razonó Lucio—, me pregunto si llegó a mantener algún tipo de relación íntima con alguien, pese a tenerlo prohibido.

Yaira volvió a abrir desmesuradamente los ojos y desvió la mirada. Lucio supo una vez más que había dado en el clavo.

—Cuéntame lo que sabes —ordenó el centurión—. Miriam merece que se le haga justicia.

En esta ocasión, Yaira ya no opuso resistencia. Hacía varios minutos que había sucumbido a la mirada acerada del romano, cuyos ojos azules desprendían también un atractivo innegable.

—Hubo un joven… —desveló—. Era muy guapo. A Miriam le gustaba… Y ella a él. Se estuvieron viendo a escondidas durante un tiempo. Unos seis meses.

—¿Un joven? ¿Quién?

—Caleb… el hermano de Samir.

Aquello dejó a Lucio estupefacto. Elías, en efecto, había mencionado la existencia de otro hijo. Aunque… ahora que se paraba a pensarlo, se daba cuenta de que apenas le había hablado de él. Lo cual no dejaba de ser extraño para un padre.

—¿Y cuánto hace de esa relación que mantuvieron Caleb y Miriam?

—Un año y medio más o menos.

—¿Y pasó algo destacado?

—Nada de particular —repuso—. Lo que sí puedo decirle es que Caleb estaba mucho más enamorado de Miriam que ella de él.

Lucio suspiró. Aunque no creía que Caleb tuviese nada que ver con el crimen, por ello no podía dejar de investigar aquella pista.

—Dime, ¿qué opinaba Miriam del matrimonio que su familia le había concertado?

—Ella se oponía, pero no le quedaba más remedio que acatarlo.

—¿Por qué se oponía?

—Su prometido, Yadiel, era un primo lejano al que apenas conocía. Solo sabía que había iniciado los estudios para convertirse en escriba, y eso no le gustaba. Miriam no quería a un marido demasiado religioso ni excesivamente celoso del cumplimiento de la Ley judía.

—Y supongo que Gamaliel no tuvo en cuenta los deseos de su hija, ¿verdad?

—No, claro.

—¿Y tú, Yaira? —se interesó Lucio—. ¿Aún no estás prometida pese a tu edad?

—Mi padre ya me ha propuesto a varios candidatos, pero no me gusta ninguno. Por suerte su mentalidad no es como la del archisinagogo, en mi caso yo tengo la última palabra.

Lucio asintió. Aunque sus hijas todavía eran pequeñas, imaginó que, cuando llegase el momento, debería tener en consideración lo que pensaban.

—¿Hay algo más que consideres importante?

—Solo una cosa. Cuando se formalizaron los esponsales, Miriam comprendió que su destino estaba sellado. Ahí fue cuando decidió poner fin a su relación secreta con Caleb.

Tras aquella última confidencia, Lucio se puso en pie, contagiándose de la vibrante energía que desprendían las aguas del lago.

—Gracias, Yaira. Lo que me has contado me será de gran utilidad —dijo a modo de despedida—. Siento mucho lo que le pasó a Miriam. No se lo merecía. Por mi parte, te prometo que intentaré descubrir quién le quitó la vida.

15

Caleb afilaba parsimoniosamente su espada, sentado en un taburete situado bajo la ventana. Un penetrante perfume a madera de sándalo colmaba la habitación, procedente de un cuenco del que se elevaba una sinuosa espiral de humo blanco.

Hacía ya tres días que se ocultaba en la vivienda de sus padres, sin apenas salir de sus aposentos.

Aunque se sentía como un animal enjaulado, sabía muy bien que se trataba de la postura más inteligente, al menos por el momento.

Hasta que las aguas volviesen a su cauce, le tocaba ser paciente.

Algo a lo que ya se había acostumbrado desde que se uniese al grupo de rebeldes.

Aun así, la tensión resultaba insoportable.

Cada vez que escuchaba voces procedentes del patio, pensaba que los soldados romanos habían irrumpido en la casa para apresarle.

A los nervios se le unía la injusta condena de Samir.

Conociendo a su hermano pequeño, sabía del miedo que debía de estar pasando y le dolía mucho no poder hacer nada.

Ni siquiera podía ir a visitarlo en la cárcel.

¡Dios! El asesinato de Miriam realmente le había supuesto un golpe muy duro, en más de un sentido.

Desde que llegara se había mostrado ausente, apesadumbrado y, en general, muy poco hablador.

Ver a su abuela Judit en tan mal estado le consternaba, así que apenas había pisado su habitación un par de veces.

En cuanto a sus padres, ya había admitido abiertamente haberse unido al movimiento zelote.

Y aunque le habían preguntado, no iba a darles más detalles de sus actividades ni explicar los motivos que le habían llevado a elegir ese camino.

Esther entró en la habitación portando una bandeja cargada de comida.

—Hola, hijo. ¿Tienes hambre?

Caleb miró a su madre, y siguió afilando su espada sin pronunciar palabra.

La sola visión del arma disgustó a la mujer, que temía por la vida de su hijo. No quería tener que enterrarlo, como muy pronto le tocaría hacer con su Samir si un milagro no lo evitaba.

—Te traigo tortas de trigo recién hechas, queso y guisantes —dijo Esther depositando la bandeja sobre una mesa baja.

—Gracias, ahora comeré algo.

Ella reparó en que el aspecto de Caleb había mejorado desde su llegada. Se había afeitado la hirsuta barba y ella misma le había cortado el pelo, deshaciéndose de aquellas sucias greñas que traía. El cambio de imagen también le ayudaría a no ser reconocido.

—Me gustaría leerte una epístola de…

—¡No insistas, madre! —exclamó Caleb—. Ya te he repetido cien veces que no comparto vuestras creencias.

Esther había intentado de nuevo cristianizar a su hijo en los últimos días, con el principal objetivo de que abandonase la violencia.

Desgraciadamente, no había logrado despertar su interés.

Caleb rechazaba la figura de Jesucristo pues, desde el punto de vista de los zelotes, el verdadero Mesías sería encarnado por un libertador político que derrocaría al invasor y se pondría al frente de la nación judía, ocupando el trono del rey David.

¿Y cómo iba Jesús a representar aquel papel, si había sido crucificado por los romanos como un vulgar delincuente?

Un incómodo silencio se adueñó de la estancia, tan solo interrumpido por el sibilante sonido que producía la piedra de afilar contra el metal.

—Está bien, ya volveré más tarde para recoger la bandeja.

Esther salió rápidamente para evitar llorar delante de su hijo. Pese a la inmensa fuerza que Cristo le proporcionaba, los últimos reveses de la vida estaban poniendo su fe verdaderamente a prueba.

Tan solo unos minutos después, Elías irrumpía en la habitación con evidentes signos de sentirse furioso.

—¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así? —inquirió Caleb a la defensiva.

—Ahora mismo te lo digo. Pero antes, debes saber que acabo de mantener un breve encuentro con Lucio Valerio Escauro, el centurión al mando de la guarnición romana apostada en Cafarnaúm.

—¿Cómo? ¿Es que me has delatado?

—No, aunque comienzo a plantearme si no debería hacerlo —replicó Elías—. Lucio nos está ayudando a intentar revocar la condena de tu hermano.

El joven lo miró con incredulidad.

—¿Un maldito romano? Vamos, padre, no seas ingenuo. Me apuesto lo que sea a que se está aprovechando de ti.

—Pues no me ha pedido ni un miserable sestercio. Lo creas o no. Lucio se ha dado cuenta de que Samir es inocente y de que el verdadero asesino aún anda suelto. Se ha involucrado en el tema por una simple razón de justicia.

Caleb pestañeó y se encogió de hombros.

—Yo no me fiaría de él.

—Hasta ahora no me ha dado ningún motivo para desconfiar —arguyó Elías—. Al contrario que tú. ¿Sabes de lo que me he enterado por boca de Lucio? De un reciente incidente que, tras atar cabos, enseguida deduje que tenía que ver contigo.

—¿Qué incidente? —inquirió Caleb súbitamente interesado.