CAPÍTULO QUINTO
« Y si tu ojo te hace pecar, sácatelo. Más te vale entrar tuerto en el reino de Dios que ser arrojado con los dos ojos al infierno ».
Al principio, cuando Elías le pidió ayuda por primera vez, Lucio no había querido saber nada de un asunto que ni le concernía ni en el que tampoco le convenía implicarse.
El productor de aceite lo había convencido apelando a su condición de padre, con la que él mismo podía sentirse identificado, arrancándole el compromiso de revisar un caso que a priori estaba resuelto.
Su percepción del mismo, sin embargo, cambió al conocer a Samir, y, sobre todo, al hablar después con los alguaciles judíos que le habían atribuido el asesinato de Miriam.
Las conclusiones de Lucio eran muy distintas: desde su punto de vista, las sospechas de Elías estaban más que justificadas, y todo apuntaba a que se había cometido una enorme injusticia.
Su conversación con Abigail le convenció aún más de que las cosas eran mucho más complicadas de lo que parecían.
La víctima ocultaba a su propia familia una parte de su vida, circunstancia que abría todo un abanico de posibilidades que merecía la pena ser investigado.
Por todo ello, Lucio acabó asumiendo el caso como un desafío personal, un estímulo mediante el que recuperar la estima que había perdido tras el hundimiento de su carrera militar, y con el que demostrarse a sí mismo su valía.
Su siguiente paso consistía ahora en hablar con Yaira, la mejor amiga de Miriam.
El padre de Yaira era un judío de la diáspora que, como tantos otros en su misma situación, se había helenizado.
Es decir, había absorbido numerosos elementos de la cultura griega en detrimento de sus raíces judaicas.
Además, se trataba de un hombre tremendamente rico.
Ejercía la profesión de comerciante al por mayor, importando y exportando todo tipo de materias primas y cereales.
Había vivido y hecho su fortuna en Alejandría, pero durante la última etapa de su vida se había trasladado con su familia a la tierra de sus ancestros, buscando la paz que podía ofrecerle Cafarnaúm.
Yaira residía en la majestuosa vivienda que se había hecho construir su padre en el deslumbrante barrio de las villas. Sin embargo, cuando Lucio acudió en su busca, la muchacha no se encontraba allí. Seguramente, le informaron, la hallaría paseando a orillas del lago de Genesaret.
Lucio se desplazó hasta el puerto, donde la actividad no se detenía en ningún momento de la jornada.
Las embarcaciones atracadas en el muelle procedían de todos los puntos del litoral que rodeaba el llamado mar de Galilea.
Las bodegas venían repletas de una amplia variedad de mercancías: carnes saladas, pescados en salmuera, frutas y verduras, así como toda suerte de productos manufacturados.
Los sudorosos porteadores apenas descansaban, cargando con pesados fardos, toneles o cajas, que se echaban a la espalda y les hacían doblarse por la mitad.
Después, la mercadería se cargaba en carretas tiradas por bueyes o caballos, y se distribuía por todos los mercados de la región.
Varios barcos, destinados tanto al transporte de carga como de pasajeros, flotaban en las inmediaciones del muelle esperando su turno para atracar con las velas recogidas. Y, en la lejanía, sobre las calmadas aguas del lago, multitud de barcas de pescadores faenaban desde bien entrada la mañana.
Lucio se internó entre el gentío, atestado de comerciantes y marinos pertenecientes a un sinfín de nacionalidades distintas.
A sus oídos llegaban discusiones en lenguas extrañas, que se mezclaban con los quejidos de los estibadores y las órdenes de los capataces.
La presencia del centurión no pasaba inadvertida, y cuantos se cruzaban con él se apartaban y desviaban la mirada hacia otro lado.
La pequeña unidad de caballería que se ocupaba de garantizar la seguridad del puerto patrullaba el encharcado empedrado haciendo gala de su autoridad.
Lucio intercambió unas breves palabras con sus soldados, aunque sin desvelarles el motivo que le había llevado hasta allí.
Tras hacerse una rápida composición del lugar, Lucio pronto se dio cuenta de que, en aquel turbulento caos, no podía hallarse la muchacha que buscaba.
Como tampoco en el extremo oriental del puerto, donde radicaban los astilleros, formados por una sucesión de varaderos en los que se construían y reparaban embarcaciones que no solían exceder los quince metros de eslora.
El centurión enfiló entonces sus pasos en la dirección opuesta, hacia una playa de diminutos guijarros, en la que algunas cuadrillas de pescadores remendaban sus redes y arreglaban sus aparejos con parsimonia.
Tras caminar medio centenar de metros, divisó al fin una figura solitaria sentada cerca de la orilla: una joven que, abrazada a sus piernas, contemplaba el lago con la mirada perdida. Lucio se acercó hasta situarse a escasos pasos de ella, sin que la chica diese muestras de advertir su presencia.
—Tú debes de ser Yaira, ¿verdad?
La muchacha reaccionó como si saliese de un profundo trance, y observó al visitante de arriba abajo con las cejas enarcadas.
—¿Es usted un centurión? —inquirió impresionada.
—En efecto. Me llamo Lucio Valerio Escauro y he venido a hablar contigo. Si es que eres Yaira, claro.
—Sí, soy yo. Pero ¿qué quiere saber?
—Quiero que me hables de tu amiga Miriam.
Ante la mueca de extrañeza en el rostro de Yaira, Lucio le explicó que había emprendido una nueva investigación del crimen ante las dudas que le ofrecía la versión oficial. A su juicio, el verdadero asesino de Miriam aún andaba suelto.
—¿Sabe qué? Yo lo de Samir tampoco lo veo claro.
—Me alegra que así sea. Casi nadie se cuestiona el veredicto del juez.
Lucio estaba de pie y la muchacha permanecía sentada sobre la alfombra de guijarros, postura que no parecía la más apropiada para mantener una conversación.
—¿Me acompañas hasta esas rocas? —sugirió el centurión—. Allí estaremos algo más cómodos.
Yaira se levantó y se dirigió hacia el lugar indicado.
Vestía una estola de seda de color morado, con mangas cortas y amplias, ceñida al talle por un estrecho cinturón de cuero.
Lucía una gargantilla de plata y una cadenita de brillantes en el tobillo.
Su elegante indumentaria y las alhajas que portaba hablaban del elevado estatus de su familia, así como de la fuerte influencia helenística que Yaira había recibido, y que hacían de ella casi una rara avis en Cafarnaúm.
Paradójicamente, se cubría la cabeza y parte del rostro con un velo, pese a que muy pocas mujeres judías de las poblaciones rurales observaban aquella práctica de forma tan estricta.
Se sentaron uno frente al otro en sendos peñascos de basalto. De aspecto frágil y piel muy blanca, Yaira se caracterizaba por su largo cuello, sus finas pestañas y la constelación de pecas que orbitaban en torno a su nariz respingona.
—Abigail me dijo que estabas muy unida a su hija.
—Miriam era mi mejor amiga. Siempre que podíamos estábamos juntas.
La mirada de la joven reflejaba una profunda tristeza.
—¿Desde cuándo os conocíais? —preguntó Lucio.
—Mi familia se trasladó a Cafarnaúm hace tres años. Yo no quería, pero fue decisión de mi padre. Para mí significaba perder a todas mis amistades, para vivir en un lugar que no puede considerarse ni un triste reflejo de la magnífica ciudad donde crecí.
—Alejandría, ¿verdad?
—Exacto. Además, enseguida me di cuenta de que aquí se acata la Ley mosaica de forma mucho más estricta, lo que hizo aún más difícil mi adaptación.
—Una imperceptible y evocadora sonrisa asomó a la comisura de sus labios—.
Pero conocer a Miriam lo puso todo del revés.
Ella era encantadora, sociable… y reía a todas horas.
Desde el primer momento nos hicimos inseparables.
Miriam envidiaba la educación que yo había recibido y de la que ella había sido privada por ser mujer, así que constantemente me pedía que le enseñase pasajes de la Torá, a leer o a realizar operaciones matemáticas sencillas.
Nunca se cansaba de aprender. Irónicamente, pese a tratarse de la hija del archisinagogo, ella compartía conmigo el mismo espíritu libre que yo había conocido en Alejandría.
—¿Qué edad tienes? —preguntó Lucio.
—Dieciséis años, los mismos que Miriam cuando la mataron.
Expresar en voz alta el trágico suceso provocó que Yaira comenzase a sollozar de forma incontrolada. Lucio no supo cómo reaccionar, y simplemente la dejó desahogarse.
—Sé lo mal que lo estás pasando, pero necesito que te recompongas —intervino cuando la joven se sosegó un poco—. ¿Tienes alguna idea de lo que podía estar haciendo Miriam sola en el bosque aquella tarde?
—En realidad, nosotras nos movíamos por todas partes. En teoría no podíamos abandonar los límites de la ciudad, pero nos escabullíamos siempre que nos daba la gana. ¡Nos encantaba explorar por los alrededores!
—Entonces Miriam conocía bien toda aquella zona, ¿no?
—Sí, aunque no debió alejarse tanto yendo sola. Si hubiésemos estado juntas, no le habría pasado nada malo.
—Samir la vio tomar un sendero cuando venía por el camino del sur. ¿Tú conocías al hijo de Elías?
—Miriam lo apreciaba mucho, pero yo apenas tenía trato con él. Para mí era como un niño grande. No me lo imagino haciendo daño a nadie, y mucho menos a Miriam.
En el cielo, unas densas nubes ocultaron momentáneamente el sol durante su lento recorrido, tiñendo la superficie del lago de un tono verde apagado.
—Samir es inocente, de eso no me cabe duda. Si lo han condenado es porque ha confesado el crimen, ese ha sido su único error. Y ni siquiera sería del todo justo culparle por ello —explicó Lucio—. Pero para salvarlo necesito que me ayudes, Yaira.
—¿Yo?, ¿qué puedo hacer yo?
—Responder a mis preguntas con la máxima sinceridad posible.
—Eso es lo que estoy haciendo —replicó la muchacha.
—Sí, pero a partir de ahora te plantearé cuestiones mucho más delicadas.