Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO CUARTO #5
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CAPÍTULO CUARTO #5

—Tengo mis razones para pensar que quizá lleve usted razón en lo que dice. Pero vayamos al grano, no dispongo de mucho tiempo para justificar mi ausencia.

—De acuerdo. Dígame, por favor, cómo era Miriam. ¿Puede hablarme de ella?

Una punzada de melancolía congestionó el rostro de la mujer. El dolor de la pérdida aún estaba muy reciente.

—Miriam era una joven alegre, afectuosa y llena de vitalidad. Un poco alocada tal vez, pero a cambio de una sonrisa resultaba imposible no perdonarla. También era verdaderamente hermosa. Quizás demasiado…

—¿Demasiado hermosa? ¿Por qué lo dice?

—Porque atraía miradas demasiado… lujuriosas.

Lucio no necesitó más para comprender. Aquella parecía haber sido la causa que había conducido a la muerte de Miriam.

—¿Y cómo era su vida?

—La estaba preparando para el matrimonio, tal y como corresponde hacer con una hija. Coser, lavar, cocinar… Miriam se desenvolvía bien realizando casi todas las tareas domésticas.

Lucio no se sorprendió. En la sociedad judía de la época, solo los niños iban a la escuela.

También sabía que las mujeres carecían prácticamente de vida pública, salvo para ir al mercado, a la fuente o a la sinagoga.

Con todo, en el medio rural existía un mayor grado de libertad, por lo que resultaba común ver a las mujeres ayudar a sus maridos en los comercios o en los trabajos agrícolas.

—¿Y qué hacía Miriam cuando no estaba atendiendo sus responsabilidades?

—Con frecuencia, salía para ver a sus amigas.

Por regla general, Miriam pasaba más tiempo fuera que dentro de casa.

Y eso a Gamaliel no le gustaba… Aunque normalmente se salía con la suya porque yo siempre me ponía de su parte.

A fin de cuentas, muy pronto perdería cualquier atisbo de autonomía. Miriam ya estaba prometida.

—Entonces, ¿iba a casarse pronto?

—Sí, los esponsales se acordaron hace más o menos un año.

Lucio sabía que mediante los esponsales se estipulaban las condiciones del contrato matrimonial, que abarcaban desde la dote hasta los gastos de la boda.

—¿Quién era su prometido?

—Un pariente por parte de la familia de Gamaliel. Un joven llamado Yadiel, que vive en Séforis y que está iniciando su carrera como escriba.

—¿Y qué pensaba Miriam de su futuro matrimonio?

—Bueno, ella no tenía mucho que decir. Los hombres son quienes deciden sobre estas cosas. Miriam y Yadiel se habían visto un par de veces durante la infancia, pero más allá de eso, no se conocerían de verdad hasta el día de la boda.

Mientras pensaba, Lucio miró a su alrededor de forma distraída. En el cobertizo se almacenaban tinajas, herramientas de carpintería y aperos de labranza.

—¿Y sabe de alguien que quisiese hacerle daño?

—No, pero hay algo que me gustaría enseñarle en confianza…

—Y, a continuación, Abigail sacó un objeto que guardaba bajo los pliegues de su túnica: un cofre de cobre de escasas dimensiones—.

Lo encontré hace dos días en la habitación de mi hija cuando ordenaba sus cosas.

Estaba escondido en el interior de su colchón de plumas.

—¿Y qué tiene de particular? —preguntó Lucio.

—El cofrecito en sí, nada. Lo inexplicable es lo que contiene.

Abigail abrió la tapa, dejando a la vista un puñado de joyas de oro y plata —anillos, collares y brazaletes—, con incrustaciones de perlas y esmeraldas, entre otras piedras preciosas.

Pese a no ser ningún experto, Lucio se dio cuenta enseguida de que aquella colección de alhajas podía valer una fortuna.

—Nosotros no le hemos dado a nuestra hija nada de esto. Al contrario, Gamaliel no aprueba que las mujeres llevemos adornos superfluos. Como mucho, algo de bisutería sencilla, nada más.

—¿Y cómo consiguió Miriam estas joyas?

—No lo sé. Lo más probable es que alguien se las regalara. Por descontado, no tenía dinero para comprarlas, y tampoco creo que las robara.

—Y si fuera así, ¿quién podría habérselas regalado?

—Me temo que para eso no tengo respuesta.

—Comprendo. Desde luego, no parece que fuese Samir.

—Por eso se lo cuento, para que lo investigue. Aunque haya confesado, quizá ese muchacho no sea verdaderamente culpable.

—Agradezco su valentía, Abigail. Muy pocas mujeres habrían actuado de la misma manera estando en su lugar.

—Pero debe ser discreto. Mi marido no sabe lo de las joyas. Si se lo contara, se formaría una opinión negativa de Miriam. Está claro que había una parte de su vida que no conocíamos, y Gamaliel no entendería que nos la hubiese ocultado.

—Seré prudente, no se preocupe por eso.

Lucio bajó la mirada en actitud reflexiva. El suelo estaba alfombrado de virutas de serrín.

—Por cierto, Abigail. En la tarde de los hechos, ¿sabría decirme qué hacía Miriam sola en el bosque, tan lejos de la ciudad?

—No, lo siento. Mi hija únicamente tenía permiso para salir a pasear con sus amigas por el centro de Cafarnaúm. —La mujer emitió un gemido angustioso—. Sinceramente, la creía mucho más responsable.

En ese instante, la sirvienta reapareció en la puerta con gesto preocupado.

—Señora, su marido pregunta por usted. ¿Qué le digo?

—Está bien. Voy ahora mismo —y dirigiéndose a Lucio, comentó—: Espero haber podido ayudarle.

—Mucho más de lo que piensa. Gracias de nuevo.

—Me alegro. Ahora le ruego que permanezca aquí unos minutos, hasta que mi sirvienta compruebe que es seguro acompañarle afuera.

—Solo una cosa más —terció cuando Abigail se marchaba—. ¿Con quién podría hablar que pudiese proporcionarme más información?

—Con Yaira, la mejor amiga de Miriam. Eran uña y carne. No me extrañaría que mi hija le hubiese confiado sus secretos más íntimos .