Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO CUARTO #4
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CAPÍTULO CUARTO #4

Tras ascender por una escalera de piedra, atravesó una estrecha puerta y se situó en la galería superior, destinada a los gentiles. Desde allí podía asistir al servicio, aunque solo como oyente.

Del techo de la nave pendían lámparas de aceite desde una altura considerable, que bañaban el recinto con una luz parpadeante y ambarina.

Una fragancia resinosa y agradable flotaba en el ambiente.

Tres hileras de bancos se extendían a lo largo de las paredes, el más cercano de los cuales se reservaba a los notables de la ciudad.

Al tratarse de un día ordinario, muchos asientos se hallaban vacíos, pero aun así Lucio calculó que habría un centenar de asistentes.

Para que el servicio pudiese llevarse a cabo, la Ley exigía un mínimo de diez hombres adultos.

Las mujeres presentes se agrupaban al fondo, separadas por una reja de madera.

Debido a la destacada posición que Gamaliel ostentaba a nivel local —además de las funciones propias de su cargo, Gamaliel era un sacerdote fariseo—, Lucio lo conocía bien.

Solía reunirse con él de vez en cuando, y ambos mantenían una relación relativamente cordial, teniendo en cuenta los intereses contrapuestos que cada uno de ellos representaba.

El centurión localizó al archisinagogo en un estrado situado en el centro del recinto, que hacía las veces de tribuna oratoria y estaba custodiado por dos candiles y un candelabro de siete brazos.

Se trataba de un tipo voluminoso, más bien obeso, de barba abundante y párpados caídos, que pese a tener fama de muy recto, pecaba de poseer un ego excesivo y bastante mal genio.

El servicio se hallaba bastante avanzado.

Gamaliel leía en hebreo un texto de la Torá, que a continuación un ayudante traducía al arameo para que todos los presentes pudiesen entenderlo.

Dicha lengua era la más hablada en la Palestina de la época.

El hebreo, en cambio, apenas se empleaba, pues su uso se reservaba fundamentalmente para los oficios religiosos, constituyendo así patrimonio exclusivo de los más cultos.

Cuando acabó su intervención, un anciano venerable ocupó su lugar en el estrado y abordó la predicación del pasaje tratado.

Aunque cualquier judío mayor de doce años podía participar en la liturgia, en la práctica lo hacían casi siempre sacerdotes y escribas.

El anciano aprovechó su sermón para realizar una exaltación y glorificación del Altísimo, a la que algunos miembros de la congregación respondieron golpeándose el pecho y balanceándose hacia delante y atrás.

A continuación fue Eleazar quien subió a la tribuna, el afamado rabí que había juzgado y condenado al hijo de Elías.

Aunque Lucio había considerado al principio la opción de hablar con él, luego la había desechado.

Quería evitar un enfrentamiento directo con el juez para evitar así dar a entender que cuestionaba su decisión.

Y, de cualquier modo, tampoco creía que pudiese ofrecerle ningún dato de provecho.

Eleazar extendió un rollo de la Ley sobre el atril y procedió a la lectura de un pasaje de los profetas, que constituía la recitación de despedida. Con esto concluyó el oficio y los asistentes comenzaron a abandonar la sinagoga de forma ordenada.

Lucio hizo lo propio y aguardó a Gamaliel en el exterior, apostado frente a la puerta principal.

El archisinagogo fue de los últimos en salir, rodeado por un cortejo de aduladores que no se separaban de su lado.

Cuando al fin lo dejaron solo, se le unió su esposa, que también había asistido al servicio.

El oficial romano también la conocía, pues en un par de ocasiones Gamaliel lo había invitado a su casa junto a otras figuras notables.

Abigail, que así se llamaba, iba ataviada con una túnica holgada que no lograba disimular su gruesa silueta, y un pañolón oscuro con el que se cubría la cabeza.

Lucio la consideraba una mujer afable y sumisa, acostumbrada a vivir a la sombra de su marido sin expresar la menor queja.

El oficial romano se plantó ante la pareja con el casco bajo el brazo como muestra de respeto.

—Mis condolencias por el fallecimiento de su hija —manifestó.

—Gracias, su trágica pérdida nos ha supuesto un golpe muy duro —respondió Gamaliel.

Abigail no dijo nada, pero inclinó levemente la cabeza en señal de agradecimiento.

—Gamaliel, me gustaría hablar contigo acerca de Miriam —dijo Lucio—. Estoy tratando de…

—¡O sea, que lo que me han dicho es cierto! —le interrumpió el archisinagogo—. Me lo habían advertido, pero no quise creerlo. ¡¿Por qué iba un oficial romano a meter las narices en asuntos que no son de su incumbencia?!

—Tan solo deseo estar seguro de lo que pasó.

—¡Ya sabemos lo que pasó! Samir lo confesó todo. ¿Qué más pruebas necesitas?

—Pero luego se retractó.

—¡Por supuesto! ¿Qué esperabas? Diría cualquier cosa con tal de evitar su ejecución.

Lucio tomó aire y lo expulsó muy despacio para conservar la calma.

Aunque no esperaba que Gamaliel se lo fuese a poner fácil, tampoco imaginaba que iba a toparse con una oposición tan fiera.

Abigail, por su parte, asistía en silencio a la conversación con el gesto tenso, muy atenta a cada palabra que se pronunciaba.

—He hablado con Issur y Bartimeo, y la versión oficial me ofrece dudas más que razonables.

En el rostro de Gamaliel se dibujó una evidente mueca de animadversión.

—Elías ha debido pagarte muy generosamente para que te hayas metido en esto… —espetó.

—Te equivocas, no hago esto por dinero. Mi postura es imparcial, creo que me conoces lo suficiente como para saberlo.

—Desde luego, me has decepcionado. Te tenía por un hombre recto, que se regía por el estricto cumplimiento de las leyes.

—¿Podrías contestar algunas preguntas acerca de tu hija? Es todo cuanto pido.

—No, de ningún modo. —Y rodeando a su esposa con el brazo, añadió—: Lo único que conseguirás removiendo esta tragedia será infligir más dolor a la familia.

La discusión frente a la sinagoga había provocado que algunos curiosos observasen la escena con interés. Lucio intentó suavizar las cosas.

—Verás, todavía no sé mucho acerca del suceso. Aun así, mi impresión inicial es que Samir es inocente.

—¡Basta! ¡Ya estoy cansado de escuchar tonterías! —Gamaliel se puso rojo de ira y comenzó a resoplar como una ballena varada en la arena—. Te lo advierto, como sigas adelante con esto, elevaré una queja al gobernador Albino.

—Hazlo si quieres. Se trata de una investigación informal que estoy realizando a título personal. No interfiere para nada en mis obligaciones.

Harto de la actitud del centurión, Gamaliel se dio media vuelta y, sin despedirse siquiera, se marchó de allí tirando bruscamente de su esposa.

Lucio los vio alejarse, sin entender del todo aquella reacción tan adversa.

Por un lado, su negativa a remover una herida que aún estaba fresca resultaba comprensible, pero por otro, no podía concebir que, ante la mínima posibilidad de que hubiesen podido condenar a la persona equivocada, no quisiese saber nada del asunto.

Cuando ya se perdían en la distancia, de repente Abigail se zafó de su marido y volvió sobre sus pasos en dirección a la sinagoga. Extrañado, Lucio la siguió con la mirada hasta verla alcanzar el pórtico frontal del templo, donde se detuvo ante el mendigo para entregarle unas pocas leptas.

—Gracias —murmuró Jacob al recibir la calderilla.

Abigail reemprendió el camino de vuelta para reunirse con su esposo, que la esperaba con cierto ademán de impaciencia. Fue entonces cuando la mujer desvió ligeramente el curso natural de su marcha para pasar junto a Lucio y, con disimulo, susurrarle unas palabras al oído.

El centurión se quedó de piedra: Abigail acababa de citarlo frente a su casa dentro de una hora.

***

Lucio acudió al encuentro repleto de dudas. Desde luego, el osado movimiento de la esposa del archisinagogo lo había sorprendido por completo. Pero ¿qué se proponía? Sus intenciones constituían una incógnita absoluta.

La vivienda de Gamaliel se hallaba en el último trecho de la arteria principal de la ciudad, a no demasiada distancia de la casa de Elías, con la que guardaba un notable parecido.

El archisinagogo, del mismo modo que el almazarero, también gozaba de una posición económica privilegiada, aunque no tanto como para residir en el barrio de las villas, en la parte alta de la ciudad.

Poco antes de llegar, una joven lo abordó en la calle y rogó a Lucio que la siguiese. La muchacha, que se identificó como sirvienta de Abigail, tenía instrucciones de llevarle ante su señora sin entrar en más detalles.

El centurión se dejó guiar por una calle lateral, pensando que quizá se alejarían bastante de la casa.

En realidad, lo que hicieron fue rodearla hasta alcanzar la parte posterior, que daba a una intrincada maraña de huertos amurallados.

La sirvienta abrió entonces una puerta de uso exclusivo para el servicio , e invitó a Lucio a entrar en la propiedad.

Al otro lado de la recia hoja de madera se abría un amplio corral con el suelo de tierra sucia y batida, en cuyo centro se levantaba un pozo, y donde algunas cabras deambulaban en libertad junto a una prole de gallinas.

La sirvienta espantó a los pollos de un puntapié y se dirigió hacia un cobertizo de tablas y techumbre de paja situado junto a un muro de piedra.

—La señora le espera en el interior —dijo.

Evidentemente, Abigail había tomado todas las precauciones posibles para evitar que la viesen con el romano. Pero si estaba dispuesta a correr ese riesgo, solo podía significar que debía tener un buen motivo para hacerlo.

La sirvienta se retiró y Lucio accedió al cobertizo. La esposa de Gamaliel aguardaba impaciente caminando en círculos junto a un ventanuco por el que entraba algo de luz.

—Gracias por acceder a hablar conmigo —dijo el centurión.