CAPÍTULO CUARTO #3
Esther fue la primera en reconocer a Caleb en aquel intruso. De su pelo corto y faz limpia y afeitada ya no quedaba ni rastro. Lo había identificado por los rasgos que hacían de su hijo un muchacho increíblemente guapo: grandes ojos de color miel, labios gruesos y una espléndida nariz griega.
—¡Caleb! —exclamó Esther corriendo a su encuentro—. ¡¿Estás herido?!
—No, calmaos. La sangre no es mía.
Resuelto el misterio, la sirvienta se retiró para respetar la intimidad de la familia.
—¡¿Qué significa esto?! —Aunque aliviado, Elías también se sentía profundamente enojado con su hijo. Al poco de cumplir los diecinueve, Caleb había desaparecido de sus vidas… y de eso hacía ya casi un año—. ¿Qué forma es esta de reaparecer después de tanto tiempo sin saber nada de ti?
—Necesito que me escondáis aquí por unos días —explicó Caleb angustiado—. No quería implicaros, pero se trata de una emergencia.
—¿En qué lío te has metido? —balbuceó Esther sin poder ocultar su preocupación.
—No debería decir nada.
—No hace falta que lo hagas —le reprochó Elías—. ¡Sabemos que estás con los malditos zelotes!
—¡Calla! No es prudente referirte a ellos en voz alta —le previno Caleb—. Algún sirviente podría escucharte, ¿no te das cuenta?
El movimiento zelote constituía una corriente de carácter nacionalista que se caracterizaba por emplear la fuerza para conseguir sus objetivos.
Imbuidos de un ardiente fervor religioso, no aceptaban al César de Roma como soberano porque entendían que Yahvé era el único rey sobre el pueblo de Israel.
En consecuencia, llamaban a la lucha armada contra los invasores romanos para conseguir la independencia política y religiosa.
Los zelotes estaban convencidos de que, mediante el uso de la violencia, acelerarían la llegada del Mesías.
En los últimos años, el movimiento había logrado extenderse con notable éxito a lo largo de toda la Judea, incluida la región de Galilea.
Muchos campesinos, arruinados por los abusivos impuestos de los romanos, habían formado bandas de salteadores o se habían unido a los zelotes a consecuencia de la precaria situación económica.
Del mismo modo, la corrupción de los gobernadores romanos había contribuido a aumentar aún más el odio hacia el invasor.
Los zelotes recibían ayuda de aquella parte de la población que se identificaba con sus aspiraciones políticas, ocultando a sus integrantes cuando era necesario, o proporcionándoles fondos económicos, armas y alimentos para financiar su levantamiento contra el ejército de ocupación.
—Pero hijo, ¿cómo has podido acabar mezclado con esos fanáticos violentos? —inquirió Esther entre sollozos.
Caleb fue un niño vigoroso e inteligente que, si bien no recibió el mismo grado de atención que su hermano, debido a la especial condición de este, no por ello fue desatendido ni significó que lo hubiesen querido menos.
Durante su adolescencia, Elías lo había preparado para que, en un futuro no demasiado lejano, lo sucediese al frente del negocio del aceite.
Caleb demostró ser un muchacho aplicado y, pese a que el oficio no le seducía demasiado, se avino dócilmente a complacer los deseos de su padre.
En el apartado religioso, ambos hermanos fueron instruidos en la vertiente cristiana del judaísmo.
Sin embargo, cuando Caleb comenzó a acudir a la sinagoga por su cuenta, los sacerdotes judíos más persuasivos lograron introducirle en la doctrina farisea, a la que se terminó adhiriendo para decepción de su familia.
Cuando estuvo en edad casadera, Elías comenzó a proponerle candidatas, que él fue rechazando sistemáticamente.
Y, de pronto, de ser un joven feliz y entusiasmado con la vida, pasó sin razón aparente a caer en un pozo sin fondo de tristeza e indiferencia, del que sus padres no supieron cómo sacarle.
En aquella etapa tan sombría, Caleb se radicalizó muy deprisa y se acabó uniendo al movimiento de resistencia que encarnaban los zelotes.
Para cuando Elías y Esther sospecharon lo que ocurría, ya fue demasiado tarde: un día, simplemente, su primogénito se marchó de casa con la intención de no volver nunca… hasta ahora.
—Madre, en este momento no quiero discutir.
—¿Y qué has hecho para que los romanos te persigan? —inquirió Elías.
—Cuanto menos sepáis, mejor para vosotros. ¿Vais a ayudarme o no?
Esther buscó con la mirada la conformidad de su marido, que dejó escapar un suspiro de resignación. ¿Qué otra cosa podían hacer? Esther llamó entonces a la sirvienta y le indicó que preparase una tina de agua y una muda limpia para su hijo.
—Gracias —murmuró Caleb.
—De cualquier manera, si vas a quedarte aquí será bajo nuestras condiciones —advirtió Elías—. Mientras te demos cobijo, a nosotros también nos estás poniendo en peligro.
—Me parece justo. —Caleb miró a su alrededor—: ¿Dónde está Samir? Tengo muchas ganas de verlo.
Sus padres intercambiaron una mirada de aprensión.
—Hijo… ¿es que no te has enterado? —preguntó ella.
Pero Elías no se sorprendió. Los zelotes solían ocultarse en toda suerte de guaridas y escondrijos en las montañas y el desierto, lejos del control de los invasores y aislados de la sociedad.
—¿Enterarme de qué? —inquirió Caleb, intuyendo rápidamente que algo no iba bien.
—Samir ha sido condenado por asesinato. Ahora mismo está encarcelado, a la espera de su ejecución.
Caleb precisó de varios segundos para procesar la noticia, a la que no lograba encontrarle sentido.
—¿Cómo? ¿Que Samir ha matado a alguien? Eso es… es imposible.
Elías le explicó todo lo ocurrido, desde que la policía judía se llevó a Samir hasta que el escriba emitió su veredicto. Caleb se indignó al conocer los detalles del interrogatorio, pues imaginó con qué facilidad habrían engañado a su hermano menor.
—Malnacidos —musitó apretando los puños.
Caleb sintió el impulso urgente de visitar a Samir en la cárcel. Sin embargo, enseguida se dio cuenta de que habría sido una temeridad. Lo estaban buscando por todas partes, podrían arrestarle a la vuelta de cualquier esquina.
—¿Y a quién dicen que ha matado? —preguntó.
—A Miriam, la hija de Gamaliel —contestó Elías—. Seguro que la conocías.
—¡¿Cómo?! ¿Miriam está muerta?
A sus ojos asomó el atisbo de una lágrima, que enjugó a toda prisa, pero que no pasó inadvertida a Esther. Por un instante, pareció que la identidad de la víctima le había causado a Caleb un impacto mayor que la condena de su propio hermano.
En ese momento, la sirvienta reapareció para anunciar que la tina de agua ya estaba preparada.
—Vamos, hijo —lo instó Esther—. Te hace falta un buen baño.
—Ya seguiremos hablando más tarde —espetó Elías para concluir.
13
A pesar del plazo tan escaso del que disponía para investigar el asesinato de Miriam, los dos primeros días Lucio no pudo dedicarle ni un minuto de su tiempo, ya que un inesperado suceso había requerido de toda su atención.
Una caravana de mercaderes procedente del delta del Nilo había sido asaltada por una banda de rebeldes zelotes.
Los asaltos ocasionales resultaban inevitables, incluso con la presencia de la guarnición romana.
No obstante, la gravedad de este caso radicaba en el extraordinario valor de las riquezas sustraídas y, sobre todo, en la muerte del comerciante egipcio que se hallaba al frente de la caravana.
Siempre que podían, los zelotes evitaban causar daño físico a los caravaneros, pues ellos no constituían sus verdaderos enemigos.
Pero esta vez, según habían contado los testigos, el comerciante opuso más resistencia de lo habitual, y los asaltantes respondieron haciendo uso de una violencia desmedida.
Desde que Lucio llevaba destinado en Cafarnaúm, las bandas de delincuentes comunes no solían constituir un problema, pues su centuria acababa dando buena cuenta de ellas tarde o temprano.
Sin embargo, había una banda de zelotes que constituía un desafío mucho mayor: además de numerosa, actuaba de forma profesionalizada.
Se había atrevido a atacar patrullas romanas en su particular cruzada contra el ejército ocupante.
Solía ocultarse en las montañas, en una maraña de cuevas laberínticas que imposibilitaban su localización.
De su líder no sabían nada, salvo que se le conocía por el apelativo del «Revolucionario».
Pues bien, al parecer, ellos habían sido los responsables del asalto a la caravana en la que había muerto el comerciante egipcio.
Por todo ello, la banda del «Revolucionario» se había convertido en la obsesión del romano. La captura de aquellos zelotes podría valerle el reconocimiento de Roma, su perdón definitivo y, con suerte, la restauración de su anterior grado y un nuevo destino mucho más cercano al corazón del Imperio.
Al fin, la mañana del miércoles pudo dedicar parte de su tiempo a la investigación. Lucio se había propuesto hablar con Gamaliel acerca de su hija: necesitaba trazar un perfil de la víctima para tener una visión más completa del asunto.
La sinagoga se hallaba en la parte alta de Cafarnaúm.
Se trataba de un edificio construido en piedra caliza, de planta rectangular y tejado de madera.
Varias ventanas, simétricamente distribuidas a lo largo de la amplia fachada, observaban en silencio el ir y venir de los fieles.
Las sinagogas constituían el lugar de reunión de los judíos, donde llevaban a cabo la oración y el estudio, mantenían la fe en Yahvé y reafirmaban su conciencia de ser el pueblo elegido.
También servían de escuela para adolescentes y niños.
—Una limosna para un pobre tullido, por favor —rogó Jacob.
El centurión, que apenas prestó atención al mendigo apostado en la entrada, tuvo que rodear el pórtico que se abría a ambos lados de la fachada del templo.
Solo los judíos podían hacer uso de la puerta principal, los gentiles como él tenían que acceder por uno de los laterales, mientras que las mujeres debían hacerlo por la parte posterior.