CAPÍTULO CUARTO #2
En líneas generales, Lucio ya había sacado sus propias conclusiones acerca de la investigación que había llevado a cabo la policía judía.
Desde luego, Issur y Bartimeo creían genuinamente en la culpabilidad de Samir, y que hubiese ciertas dudas razonables no les suponía problema alguno.
Ellos tenían a su asesino y de ahí no se moverían.
—Por cierto, según vuestra propia versión de los hechos, el asesinato no fue premeditado.
Samir se topó casualmente con la víctima y decidió seguirla de forma espontánea.
Ahora bien, ¿alguno de vosotros sabría explicarme qué hacía Miriam sola en el bosque a aquella hora de la tarde? ¿Para qué y hacia dónde se dirigía?
Issur y Bartimeo se miraron sin poder ocultar su desconcierto, ofreciendo por toda respuesta un incómodo silencio.
Evidentemente lo ignoraban, lo cual les dejaba en una posición bastante embarazosa.
Las respuestas a aquellas cuestiones se antojaban, a todas luces, esenciales para resolver satisfactoriamente el misterio.
Para Lucio fue suficiente. Después de recabar toda la información por parte de acusadores y acusado, y evaluar los indicios del caso, apostaba por la inocencia del muchacho.
Sí, atendería la petición de Elías y emprendería su propia investigación para tratar de esclarecer los hechos.
Además, en lo personal, Samir se había ganado su simpatía.
Haría todo lo posible por salvarle la vida.
No obstante, no se marcharía sin antes abordar un último cabo suelto.
—No me quito de la cabeza una idea para la que no tengo explicación, y que solo vosotros podéis aclararme —comentó—.
Cuando fuisteis a buscar a Samir para interrogarle, no teníais nada contra él.
Solo queríais verle porque conocía a Miriam.
Nada más. —Los alguaciles asintieron—. Lo más razonable hubiese sido recabar su testimonio allí mismo, en su casa…
En cambio, lo trajisteis hasta aquí, impedisteis expresamente que lo acompañase su madre y lo sometisteis a un durísimo interrogatorio.
Nada de eso tiene sentido. Hay algo que no cuadra, y quiero saber qué es.
Bartimeo se giró hacia su compañero, sin poder ocultar un brillo de alarma en la mirada.
Issur miró al centurión y trató de disimular la imprudencia de su colega con una sonrisa de circunstancias.
Sin embargo, el daño ya estaba hecho: Lucio se había percatado de que esos dos no le habían contado todo.
—¿Qué ocurre? Decídmelo de inmediato.
Issur, plenamente consciente de que el instintivo gesto de Bartimeo los había delatado, decidió no perder el tiempo fingiendo lo contrario.
—Hemos omitido un dato importante… es cierto. Pero eso no cambia nada.
—¿De qué estás hablando? —inquirió el romano.
—Recibimos un soplo que apuntaba hacia la culpabilidad de Samir —desveló Issur.
Lucio sacudió la cabeza en un ademán de incredulidad.
—¡¿De quién?!
—No lo sabemos. Nos llegó un mensaje escrito, un anónimo.
—Y, antes de que Lucio pusiese el grito en el cielo, añadió—: De entrada, no le dimos ningún crédito.
No somos tan ingenuos como se piensa. Hasta que, durante el interrogatorio, las pruebas en contra de Samir comenzaron a emerger poco a poco a la superficie.
Entonces se hizo evidente que todas las piezas encajaban y que el chivatazo estaba en lo cierto.
—Quiero ver ahora mismo el mensaje en cuestión.
Issur se encogió de hombros y se dirigió hacia una pequeña estancia situada a su espalda. Mientras tanto, Bartimeo permaneció junto al romano, al que miraba con evidente desprecio.
—Aquí tiene —dijo Issur tras regresar al cabo de un minuto.
Lucio esperaba encontrarse con un pedazo de papiro o pergamino, que constituían los soportes de escritura más comunes de la época.
Sin embargo, lo que recibió de manos del agente judío fue un ostracón, es decir, un fragmento de cerámica, que se usaba como material de escritura cuando se trataba de plasmar textos breves y concisos.
—¿Y cómo llegó hasta vosotros?
—Lo dejaron en la misma puerta de los calabozos cuando nadie vigilaba.
El trozo de cerámica tenía forma irregular, como si perteneciese a un recipiente que se hubiese roto en pedazos. La superficie era de color parduzco y, sobre ella, alguien había escrito con tinta blanca un texto en arameo que decía:
«El hijo de Elías, el productor de aceite, no es tan inocente como parece. Si lo investigáis, muy pronto averiguaréis que se trata del asesino de Miriam»
—Dámelo —exigió el centurión.
—Todo suyo —repuso Issur invitándole con un gesto a que se lo quedase—. De todas maneras, ya no lo necesitamos.
Desde el punto de vista de Lucio, aquel mensaje anónimo tan solo servía para confirmar la pésima investigación que Issur y Bartimeo habían llevado a cabo. ¿Acaso no se daban cuenta de que el mensaje podía tener como fin desviar la atención sobre la identidad del verdadero asesino?
—Gracias por vuestra atención —dijo el oficial romano a modo de despedida.
—Me alegra haber podido aclarar todas sus dudas —repuso Issur en tono complaciente.
—Ah, por cierto —añadió Lucio cuando ya abandonaba las dependencias carcelarias—. Prohíbo expresamente que Samir vuelva a ser encadenado al cepo de la celda. ¿Está claro?
12
Esther se hallaba junto a su madre, sentada al borde de la cama tras haberse ocupado de asearla.
Un vaporoso chorro de luz entraba por la ventana y caldeaba ligeramente la estancia. Sobre una pequeña cómoda reposaba una jofaina, una jarra con agua y un paño pulcramente doblado. Un centro de flores frescas aportaba una nota de color al aséptico aposento.
La madre de Esther ya estaba próxima a su muerte.
Judit, que así era como se llamaba, no se podía comunicar ni tampoco caminar sin ayuda.
Prácticamente era un vegetal que dependía de cuidados continuos.
Cada día, Esther se reservaba siempre unos minutos para hacerle compañía.
Le tomaba la mano y le hablaba, aunque ya no recibiese respuesta.
Fue ella quien la inició en el cristianismo, y por ello le estaría eternamente agradecida.
Esther cogió un objeto y lo depositó en las manos de su madre.
Se trataba de una horquilla para el pelo, pero no una cualquiera.
Aquella en particular había sido bendecida por Jesucristo.
El episodio había tenido lugar durante uno de los sermones del maestro.
Judit pudo verlo cara a cara y aprovechó la oportunidad para pedirle que bendijese la única cosa que llevaba encima en ese momento, una sencilla horquilla de metal que usaba para sujetarse el cabello.
Toda la familia le concedía un valor extraordinario, y solían referirse a ella como la «lágrima de Cristo», porque la horquilla disponía en su extremo de una cuenta con forma de lágrima.
En ese momento, Elías se asomó discretamente a la puerta y alzó la mano para hacerse notar.
—Pasa —comentó Esther.
—¿Cómo está tu madre? —preguntó él mientras cogía un taburete y se sentaba junto a su esposa. Ella suspiró.
—Me temo que no le queda mucho, pero saber que le espera el reino de los cielos me sirve de consuelo.
—Desde luego, se lo ha ganado con creces.
A continuación, Elías carraspeó y se removió en el asiento. Esther supo al instante que tenía algo importante que decirle.
—¿Qué ocurre?
—Es sobre Samir…
Instintivamente, Esther se imaginó el peor de los escenarios.
—¡¿El rabí ya ha recibido la autorización del gobernador?! —inquirió cubriéndose la boca en un gesto de zozobra—. ¡No puede ser! ¡Aún es demasiado pronto!
—No, no. Cálmate, por favor. Todo lo contrario, se trata de una buena noticia. Lucio, el oficial romano del que te hablé, ha accedido a ayudarnos. Ha visto a Samir y está convencido de su inocencia.
—¿Y qué puede hacer? ¿Tiene autoridad para revocar la condena de Eleazar?
—No, eso no —contestó Elías.
—¿Y para detener al menos la ejecución de la sentencia?
—Me temo que eso tampoco está en su mano.
—¿Entonces?
—Se ha comprometido a llevar a cabo su propia investigación del crimen. —Ella le miró escéptica—. Mujer, es un gran paso. Si descubriese al verdadero asesino de Miriam, nuestro hijo quedaría automáticamente exculpado.
Esther inspiró y asintió. Una brizna de esperanza era menos que nada.
—Pero… no dispone de mucho tiempo, ¿verdad?
—Es cierto —admitió Elías—. Con todo, ya ha averiguado algo que ignorábamos.
Issur y Bartimeo recibieron un mensaje anónimo que señalaba a Samir como culpable del crimen.
Ese mensaje les daba algo a lo que agarrarse, no tenían más pistas y no habían hecho ningún avance.
Por eso fueron a por Samir con tanta saña.
—No me lo puedo creer… ¿Y han descubierto quién lo envió?
—Por desgracia, es imposible saberlo. Podría haber sido cualquiera.
De repente, el alarido de una sirvienta quebró el pacífico ambiente de la tarde. Elías y Esther se miraron alarmados y se pusieron en pie de un salto. Lo que habían oído era sin duda un grito de pánico.
—Iré a ver qué sucede —dijo Elías—. Tú quédate aquí.
Esther asintió, pero no obedeció por mucho tiempo. Un instante después, salió corriendo detrás de su marido hasta alcanzar el patio interior de la casa.
La sirvienta se hallaba bajo el umbral de la puerta que comunicaba con el vestíbulo de entrada, señalando temblorosa hacia el sicomoro que presidía el amplio jardín.
Allí, un hombre se apoyaba contra el tronco del árbol, jadeando denodadamente para recuperar el aliento.
Una larga melena desgreñada enmarcaba un rostro afilado, cubierto por una barba sucia y descuidada.
De su túnica, manchada de sangre, sobresalía la punta de una espada.
Aquel extraño había irrumpido en la casa provocando el pavor entre el servicio.
—¡No te muevas! —gritó Elías a modo de advertencia.
—¡Soy yo, padre!