CAPÍTULO CUARTO
« Si alguno dice: “Yo amo a Dios”, pero odia a su hermano, es mentiroso; pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? ».
A mediodía, tras ocuparse de sus principales obligaciones al mando de la guarnición romana, Lucio acudió a los calabozos para ver a Samir.
El centurión se había comprometido a realizar aquella visita y no faltaría a su palabra, pero si comprobaba que las alegaciones del almazarero carecían de base suficiente, de ningún modo se mezclaría en aquel delicado asunto.
Aunque su inesperada visita sorprendió a la policía judía, ningún alguacil se atrevió a poner objeciones a la solicitud del centurión.
Lucio vestía su uniforme de gala: túnica corta de color blanco, cota de malla, grebas de cuero y sandalias claveteadas.
De su costado derecho pendía una espada, envainada en una funda rematada con refuerzos de bronce.
Un penacho de plumas rojas coronaba su reluciente casco de metal.
En cuanto se presentó, uno de los guardias se escabulló para avisar a Issur y Bartimeo, que en ese momento patrullaban por las inmediaciones de la sinagoga.
De la media docena de celdas con que contaban las instalaciones, la mitad estaban vacías. Las estancias allí solían ser muy breves, pues se destinaban a los presos preventivos, mientras duraba el proceso, o a los condenados a muerte en espera de su ejecución.
Un guardia guio al romano hasta la celda de Samir, preservada por una puerta de metal carcomida por el óxido y la herrumbre.
Al entrar, un espantoso tufo a orines y humedad golpeó a Lucio en el rostro, al tiempo que escuchaba un largo quejido brotar de la penumbra.
No entendió lo que pasaba hasta que el guardia le tendió una tea y su resplandor iluminó aquel miserable agujero: Samir tenía los pies inmovilizados en un cepo, con las manos atadas frente a su cuerpo, soportando el terrible dolor que los continuos calambres le provocaban.
—¿A qué viene esto? —inquirió Lucio incrédulo.
—Órdenes de Gamaliel —repuso el guardia—. A partir de hoy, el condenado deberá pasar en el cepo dos horas al día.
El centurión sacudió la cabeza.
—Sácalo de ahí para que pueda hablar con él —ordenó sin admitir réplica.
El guardia obedeció y se retiró dejándole a solas con el prisionero. Samir sintió un alivio inmediato y, mientras estiraba las extremidades, contempló al oficial romano con perplejidad.
—No te asustes. He venido de parte de tu padre, puedes confiar en mí.
Aunque a Lucio le llevó un tiempo ganarse su confianza, haberlo librado del instrumento de tortura le sirvió de gran ayuda.
El romano escuchó de boca de Samir el relato de los hechos que habían conducido a su condena, desde lo que ocurrió la tarde del asesinato hasta el interrogatorio donde los alguaciles lograron arrancarle una confesión inculpatoria.
Lucio percibió enseguida la tara intelectual de la que adolecía el muchacho, que a su juicio le pareció bastante ligera: Samir se expresaba bien, con un discurso coherente y argumentado.
En su opinión, su testimonio era sincero y le parecía muy poco probable que hubiese violado y matado a nadie.
No obstante, tampoco podía descartarlo con la escasa información que hasta el momento manejaba.
Cuando Lucio se despidió de Samir, todavía no había decidido si emprendería o no la investigación independiente que Elías le había encargado.
Si se inmiscuía en el asunto, despertaría el recelo de las autoridades judías, a las que no les haría ninguna gracia que un oficial romano anduviese fisgoneando en un caso ya dilucidado.
Por eso Lucio se mostraba tan reacio a dar el paso sin estar convencido de la inocencia del muchacho.
Al salir del ala de las celdas, el centurión se topó de frente con Issur y Bartimeo en la sala principal del edificio.
Una mesa ocupaba el centro de la estancia, rodeada de sillas y estanterías atestadas de legajos que conservaban un registro detallado de los presos, incluyendo el nombre, delito cometido y fechas de entrada y salida.
A través de una ventana se colaba un haz de luz polvorienta, que no lograba enmascarar el sórdido ambiente de aquel sitio.
Issur y Bartimeo habían acudido de inmediato tras ser advertidos de la insólita presencia del oficial romano en las dependencias carcelarias. Ambos exhibían idénticas muecas de recelo y mantenían los brazos cruzados en señal de rechazo.
—¿A qué debemos el «honor» de su visita? —preguntó Bartimeo con evidente ironía.
—Acabo de ver al hijo de Elías, el productor de aceite.
—Parece muy cándido a primera vista, ¿verdad? Pero no se deje engañar por las apariencias —apuntó Issur con su desagradable tono de voz—. De cualquier manera… ¿Acaso ocurre algo con el condenado?
—Aún no lo sé. Hay ciertos interrogantes que no termino de ver claros —repuso Lucio—. De hecho, justamente ahora me disponía a hablar con vosotros.
—Ignoro a qué tipo de interrogantes se refiere, pero debería saber que Samir ya ha sido juzgado y sentenciado por un magistrado judío.
—Sí, estoy al corriente. Sin embargo, no es menos cierto que la sentencia a muerte no podrá llevarse a cabo sin haber obtenido antes la autorización del gobernador.
—Se trata tan solo de un mero trámite formal —alegó Bartimeo.
—En efecto. A menos que yo sugiera lo contrario…
Issur entrecerró los ojos y arrugó ligeramente la nariz, acentuando aún más su aspecto de cuervo negro.
—¿Y qué problema hay, si es que hay alguno? —inquirió.
—Toda vuestra acusación se sustenta en la confesión del muchacho, cuya obtención, sinceramente, me genera muchas dudas.
—El rabí no observó nada irregular —rebatió Issur—. Además, los indicios que apuntan hacia la culpabilidad de Samir son abrumadores.
—¿De verdad? Me encantaría escucharlos.
Aunque visiblemente molesto, Issur no perdió la calma y procedió a complacer los deseos del centurión.
—Para empezar, el propio Samir admitió haber visto a la víctima internarse por un sendero del bosque, donde fue hallado el cadáver. Fue, por tanto, la última persona en ver a Miriam con vida. Lo cual le convierte en un sospechoso muy claro, ¿no le parece?
—En circunstancias normales sí, pero en este caso lo encuentro muy poco probable. Si de verdad fuese culpable, ¿por qué Samir habría revelado ese dato? Desde mi punto de vista, su sinceridad habla más bien en favor de su inocencia.
—Es una forma de verlo, pero yo tengo otra. El muchacho, ya se habrá dado cuenta, no es muy listo de mollera… Por eso ni siquiera fue consciente del perjuicio que podría suponerle su propia declaración.
Lucio se rascó la barbilla con aire pensativo mientras, a lo lejos, se oían los lamentos de un preso.
—Además, el asesinato se cometió en un claro del bosque muy cercano a la almazara de Elías —terció Bartimeo—. Samir trabaja allí y conoce aquella zona como la palma de su mano.
—Todo eso es cierto —admitió el centurión—. Pero si apareciese un cadáver en el callejón que hay detrás de este edificio, eso no os convertiría automáticamente en sospechosos del crimen solo porque trabajáis aquí, ¿me equivoco?
Bartimeo no encajó bien la crítica y apretó la mano derecha con fuerza, dominando las ganas de darle un puñetazo a ese entrometido. Aunque Lucio era fuerte, no habría podido en un combate cuerpo a cuerpo con el judío. Tanto en altura como en complexión física, Bartimeo le superaba por mucho.
—Hay más —intervino Issur en apoyo de su compañero—. ¿Sabía que Samir y Miriam eran amigos? En la mayoría de los casos, el responsable suele ser alguien cercano a la víctima, especialmente cuando la causa del crimen es de naturaleza sexual.
—Por lo que tengo entendido, Samir y Miriam fueron amigos únicamente de niños. Durante los últimos años, el contacto entre ambos se limitaba a un amable saludo cuando se encontraban por casualidad. Pretender incluir a Samir en el entorno más cercano de Miriam es forzar demasiado las cosas.
—¡Lo importante era que la conocía, y que le gustaba! Nos dijo que le parecía guapa. Y ese muchacho está ahora mismo en la edad de tener… una sola cosa en la cabeza, usted ya me entiende. Su intención nunca fue matarla, pero su lascivia fue más fuerte que él. Al final una cosa llevó a la otra y…
—Elías está bastante seguro de que su hijo es virgen —le interrumpió el centurión—, por lo que me cuesta mucho aceptar su repentina transformación en un despiadado violador.
Harto de las objeciones del romano, Bartimeo dio un paso adelante apretando la mandíbula con fuerza. La cicatriz que tatuaba su frente se contrajo hasta formar un surco retorcido.
—El rabí escuchó la confesión del condenado y los indicios que nosotros le aportamos, y encontró a Samir culpable del crimen. ¡Hable con él si tiene alguna queja!
Issur sujetó a su compañero por el antebrazo y procuró tranquilizarlo. Lucio ni siquiera se inmutó, pese a tener al coloso a escasos centímetros de su cara.
—Le ruego que entienda la frustración de mi compañero.
A mí también me disgusta comprobar con qué ligereza se cuestiona nuestro trabajo —arguyó Issur en tono diplomático—.
Por cierto, ¿ha visto las marcas que tiene en el cuello?
Son como las que la víctima debió de infligir a su atacante cuando se defendía.
—Sí. Esos arañazos se los hizo un gato. Elías también me confirmó ese punto.
—Ya… ¿Qué otra cosa iba a decir su padre?
Lucio pasó por alto el sarcasmo de Issur, destinado a minar su postura.
—¿Y qué hay del predicador itinerante que acompañó a Samir hasta la ciudad? Su testimonio habría resultado clave para la investigación.
—Si alguna vez regresa, no tendré inconveniente en escucharlo —contestó Issur con el mismo deje mordaz.