Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO TERCERO #5
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CAPÍTULO TERCERO #5

Por otra parte, la imagen que se estaba formando del centurión no era tan mala como se había imaginado.

El solo hecho de que hubiese aceptado escucharle decía mucho de su talante.

Antes de abordar la entrevista, Elías había realizado algunas averiguaciones que confirmaban su fama de oficial honrado.

Desde su llegada, al menos, se había relacionado a Lucio con ningún caso de corrupción, tan frecuente entre los romanos.

Después de todo, parecía que Saúl no se había equivocado a la hora de juzgarlo.

Lucio regresó al fin tras haber evacuado, intentando conservar cierta dignidad de presencia pese al rastro de rubor que aún asomaba en su cara.

—Lo siento. Últimamente padezco de ciertos problemas digestivos que son un verdadero suplicio —admitió con resignación y, reanudando la conversación en el punto donde la habían dejado, añadió—: Entiendo sus motivos para desconfiar de cómo obtuvieron su declaración, pero también había bastantes pruebas en contra de su hijo.

—Pruebas, ninguna —replicó Elías contundente—. Tan solo algunos indicios, que ni siquiera puestos en conjunto demuestran absolutamente nada. De ahí que necesitasen desesperadamente una confesión.

El productor de aceite detalló los indicios que había contra Samir, para luego mencionar el papel clave del predicador itinerante en el asunto.

—Si Aarón no se hubiese marchado, habría podido testificar y mi hijo estaría fuera de toda sospecha.

—Admito que si todo lo que dice es cierto, existe la posibilidad de que la policía judía haya cometido un error.

—No se trata de una posibilidad. Es una certeza.

—En tal caso, el verdadero asesino podría actuar de nuevo…

—Puede que sí, o puede que no —señaló Elías—. Pero si volviese a matar después de la ejecución de Samir, ya no me serviría de nada.

El centurión romano apuró su cerveza y alzó la mano para pedirse otra ronda.

—¿Y por qué me cuenta todo esto? El caso ya ha sido juzgado y se ha dictado sentencia.

—Solo le pido que lleve a cabo su propia investigación. Solo usted podría salvar a mi hijo…

Lucio vaciló. Al inicio de la conversación, aquel asunto no podía haberle importado menos. Sin embargo, su percepción del mismo había ido cambiando hasta despertar en él un genuino interés. Podía incluso ayudarle a distraer la mente de su caída en desgracia.

La impecable trayectoria de Lucio en el ejército había quedado marcada por el infortunio .

Durante su ascenso en el escalafón militar, había llegado a alcanzar el rango de pilus prior [8] de la séptima cohorte de la legión xii Fulminata .

Sin embargo, la reciente guerra contra los partos había truncado repentinamente su carrera.

La contundente derrota que sufrieron en la batalla de Rhandeia obligó a Roma a abandonar Armenia tras la firma de un tratado humillante.

Las consecuencias para los oficiales de mayor rango no se hicieron esperar y todos fueron severamente castigados.

Lucio fue degradado y enviado a una provincia lejana, al mando de un puesto intrascendente en una población de la que jamás había oído hablar: Cafarnaúm.

Desde entonces, comandaba una centuria conformada por tropas auxiliares de origen sirio y germánico, realizando un trabajo que no le exigía demasiado: vigilar los caminos y dar caza a ciertos grupos de rebeldes judíos.

—Se lo ruego, por favor —insistió Elías.

—¿Y cómo pretende que le salve? Con esa confesión de por medio, veo muy difícil demostrar la inocencia de su hijo.

—Encuentre al verdadero asesino. Es el único camino.

Lucio era un experto estratega en el campo de batalla, no un detective, pero se consideraba inteligente y lo suficientemente preparado como para asumir aquel singular desafío. Aun así, sabía que no le convenía mezclarse en aquel asunto. Los judíos no lo verían con buenos ojos.

—Lo lamento, pero nada de esto me concierne.

—¿Tiene usted hijos? Si estuviese en mi lugar, estoy seguro de que me comprendería.

Lucio se removió incómodo. El centurión, de hecho, los tenía.

Tres hijas, en realidad, que residían en Roma.

Haberlas arrastrado con él a Galilea habría supuesto ampliar el castigo también a su familia.

El recuerdo de sus niñas, y la sola idea de que alguna de ellas hubiese podido correr la misma suerte que la muchacha judía, le sirvió de acicate y, por primera vez desde el inicio de la conversación, consideró seriamente la posibilidad de implicarse en el caso.

Elías lo advirtió y redobló sus esfuerzos para convencerlo.

—Puedo recompensarle —repuso—. El dinero no será un problema para alcanzar un acuerdo.

Lucio, sin embargo, rechazó cualquier tipo de contraprestación económica. Si aceptaba el encargo, no quería hacerlo por las razones equivocadas.

—Necesito unos días para pensarlo antes de tomar una decisión —contestó, más con la intención de quitarse al judío de encima que otra cosa.

—No hay tiempo —objetó Elías—. La ejecución de Samir tendrá lugar dentro de aproximadamente una semana.

El romano suspiró, dándose por vencido.

—Está bien, esto es lo que vamos a hacer. Mañana iré a ver a su hijo para formarme una mejor idea del caso y comprobar de primera mano si de verdad es tan inocente como dice.

—Gracias, gracias. Se lo agradezco muchísimo —manifestó Elías con gran alivio.

—Pero no le prometo nada… ¿Está claro?

—Sí, sí, por supuesto.

—Bien. Ahora póngame al corriente de todo lo que sabe .