CAPÍTULO TERCERO #4
Elías lo meditó durante unos instantes. Involucrar a un romano no ayudaría precisamente a mejorar la negativa imagen que ahora mismo se tenía de él. Si bien, dadas las circunstancias, aquello era lo último que le importaba.
—De acuerdo, pero dudo mucho que quiera implicarse en este asunto.
—Propónselo al menos, ¿no? —dijo el pescador encogiéndose de hombros—. No tienes nada que perder.
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Tras discutirlo brevemente con Esther, Elías decidió aceptar la sugerencia de Saúl, y, sin tiempo que perder, acudió aquella misma tarde en busca del oficial romano a cargo del destacamento militar apostado en Cafarnaúm.
La presencia de una guarnición romana en una población relativamente modesta respondía a una buena razón: por aquella zona pasaba una de las mayores rutas comerciales —la vía Maris—, que conectaba Egipto y Oriente Próximo con Anatolia y Mesopotamia, y en concreto las capitales romanizadas de Damasco y Cesarea.
Así pues, los soldados asumían una doble función: velar por la seguridad de los caminos, y proteger a los recaudadores de impuestos encargados de exigir el correspondiente peaje por el tránsito de mercancías.
Después de preguntar a varias personas, Elías averiguó que el oficial romano se encontraba en la principal taberna de la ciudad.
El antro se encontraba bastante concurrido y decenas de conversaciones simultáneas se fundían en el ambiente.
El tabernero se refugiaba detrás de un mostrador de piedra, mientras un par de mozas iban de mesa en mesa sirviendo cerveza de mijo y otras bebidas fermentadas.
Una hilera de tinajas de vino languidecía al fondo del local.
Para fortuna de Elías, el romano se hallaba sentado en la mesa más apartada y sin compañía.
Lo reconoció enseguida entre la multitud, pues le había visto con anterioridad.
Vestía una túnica corta de lino granate oscuro en lugar del uniforme, por lo que dedujo que no estaba de servicio.
Aun así, no prescindía de su letal espada de doble filo.
Elías cruzó la sala en su dirección y se presentó de forma cortés. Era la primera vez que hablaba con él.
—Tengo entendido que es usted el oficial al mando de la guarnición, ¿verdad?
—Así es. Soy Lucio Valerio Escauro. ¿Puedo saber qué quiere?
—¿Puedo sentarme? Me gustaría hablar con usted.
Lucio frunció el ceño. No estaba acostumbrado a que los judíos departiesen con él de forma tan abierta, y menos aún en un lugar público.
—Adelante —contestó extendiendo un brazo—. Por mí no hay inconveniente.
Elías tomó un taburete cercano, mientras dedicaba al centurión romano un repaso visual.
Aunque no había llegado a los cuarenta, ya debía andar cerca.
Era de constitución fuerte y físicamente se conservaba bastante bien para su edad.
Tenía el pelo corto y rizado, ojos azules y largas patillas entre las que asomaban algunas canas.
—Supongo que habrá oído lo del reciente asesinato de una muchacha…
—Claro que sí. No se trataba de una joven cualquiera, sino de la hija del archisinagogo.
Puse todos mis recursos a disposición del Consejo local, pero no quisieron nuestra ayuda.
—Lucio agitó la mano en el aire—. De cualquier manera, parece que no les hizo falta. Ya han cogido al malnacido que la mató.
—Esa es la cuestión: Samir, el chico al que han condenado es mi hijo, y puedo asegurarle que no ha tenido nada que ver. ¡Han culpado a la persona equivocada!
El romano asió la jarra de cerveza que degustaba y, extrañado, le dio un largo trago. Jamás se hubiese imaginado que la conversación discurriría por semejantes derroteros.
—Pues me dijeron que había confesado el crimen.
Contrariado, Elías negó con la cabeza. Sabía muy bien que aquella sería la objeción a la que más veces tendría que enfrentarse.
—A Samir se lo llevaron por la tarde y lo mantuvieron retenido hasta bien entrada la madrugada. Lo sometieron a un durísimo interrogatorio que se prolongó durante horas, hasta dejarlo física y mentalmente exhausto. Ni siquiera le dieron un vaso de agua.
—¿Le maltrataron?
—No, no llegaron a agredirle. Pero lo manipularon con artimañas para que se autoinculpara.
Lucio torció el gesto y le dio otro trago a su cerveza.
—Sea como fuere, confesó ante el rabí por voluntad propia, ¿no es cierto? ¿Quién haría semejante cosa siendo inocente?
En ese punto, Elías le puso al corriente acerca de las limitaciones intelectuales de su hijo.
—¿Quiere decir que es retrasado? —preguntó Lucio.
—Solo un poco, pero lo suficiente como para carecer del nivel de madurez e inteligencia que se le supondría a un hombre adulto.
De repente, el rostro del oficial romano se contrajo en una mueca de urgencia, al tiempo que se llevaba las manos al vientre.
—Tendrá que disculparme —anunció. Y, dicho esto, se perdió a toda prisa tras un recoveco oscuro situado en la parte posterior de la taberna.
Mientras aguardaba, Elías echó un vistazo a su alrededor.
Numerosas miradas hostiles se cernían sobre él.
Los judíos no parecían aprobar su amistoso acercamiento al máximo representante de las fuerzas romanas de ocupación.
El almazarero se dio cuenta de que iba camino de convertirse en el hombre más odiado de Cafarnaúm: no solo se le consideraba el padre de un asesino, sino que ahora también confraternizaba con el enemigo.