Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO TERCERO #3
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CAPÍTULO TERCERO #3

Pese a lo heterogéneo de su composición, los cristianos constituían un grupo muy hermanado.

No obstante, aquel día no se respiraba la camaradería habitual, debido a la desgracia que se abatía sobre sus anfitriones.

Todos conocían a Samir y la mayoría creía en su inocencia; y si alguien no lo hacía, igualmente se mostraba solidario con sus progenitores.

Unas cuantas viudas se dedicaron a preparar un guiso de carnero con lentejas y hojas de hierbabuena, condimentado con puerros, ajo y cebolla.

Un enorme caldero humeante colgaba de una viga de madera, que cruzaba el patio de un extremo a otro.

Cada uno traía sus propios alimentos en función de sus posibilidades, que después se ponían en común y se comían entre todos.

Betsabé solía cocinar junto a las otras mujeres, encantada de jugar un papel protagonista en dichos encuentros. Aquel día, sin embargo, la viuda no había podido acudir porque se había quedado a cargo de su suegro, que cada vez requería de mayores cuidados.

—También hay alcaparras —comentó una de las asistentes—. Podemos echarlas al guiso para darle sabor.

Por su parte, Esther solía encargarse de hacer una gran cantidad de tortas de pan, con la ayuda de algunos voluntarios.

Jacob fue el primero en ofrecerse a colaborar.

El indigente de la sinagoga exhibía una enorme sonrisa mientras departía con unos y otros.

Allí no se sentía señalado ni percibía las miradas degradantes que recibía cuando mendigaba en la calle.

—Jacob, todavía hay mucho grano que moler —indicó Esther—. ¿Puedes ponerte con eso, por favor?

—Pues claro, enseguida.

Con la harina obtenida de la molienda, se elaboraba la masa, a la que se le añadía agua, sal y levadura, momento en que las tortas se colocaban sobre una plancha de hierro dispuesta en un horno improvisado al aire libre.

Justo entonces apareció un nuevo invitado.

—Siento llegar tarde. Tenía trabajo pendiente.

—¡Jonás! Ya pensaba que hoy no vendrías —comentó Elías.

Jonás era curtidor, oficio que la tradición judía incluía en la lista de los más deshonrosos, además de considerarlo repugnante debido al mal olor que generaba. Esto hacía que recayera sobre él un estigma que lo rebajaba socialmente a ojos de sus vecinos.

Los cristianos, en cambio, habían aceptado a Jonás sin prejuicios.

—Siento mucho lo de Samir, Elías —dijo dándole un largo abrazo—. Pero no perdáis la esperanza. Confiad en el Señor.

—Gracias por tus palabras de consuelo.

—¿En qué puedo ayudar? —preguntó cambiando de tema para no apenar más a su amigo.

—Dentro están preparando pescado, mira a ver si necesitan que les eches una mano —señaló el almazarero recomponiéndose.

Jonás se dirigió a la cocina saludando a unos y a otros con la dicha reflejada en la mirada. En aquella comunidad había hallado el respeto que tanto echaba de menos en su vida diaria.

Tras preparar los alimentos, dispusieron varias mesas alargadas en el patio y las llenaron de bandejas y fuentes.

Los primeros cristianos habían hallado en aquellas comidas comunitarias su particular rito de pertenencia, donde se cultivaba la adhesión al grupo y se creaban vínculos especiales entre ellos.

Durante y después del banquete, los participantes expresaban los valores fundamentales del nuevo culto y reafirmaban su identidad como creyentes en Cristo.

Una vez que concluyó el almuerzo, los asistentes pasaron al ala de la casa especialmente acondicionada para llevar a cabo los servicios religiosos: una amplia sala diáfana servía de lugar de reunión, cuyo suelo se hallaba cubierto de esteras.

Habitualmente, Elías o Esther dirigían la asamblea litúrgica, pero dado el difícil momento por el que atravesaban, agradecieron que se ocupase un tercero.

Quien se ofreció voluntario fue Saúl, un veterano pescador que poseía una pequeña flota de botes pesqueros con la que obtenía sus buenas ganancias, y que desde el principio había destacado por ser uno de los principales líderes cristianos de Cafarnaúm.

Numerosos pescadores locales se habían convertido gracias a él.

La liturgia cristiana aún no estaba establecida, y resultaba bastante simple en comparación con los distintos cultos que, desde hacía siglos, poblaban el mundo grecorromano.

Las religiones mistéricas, por ejemplo, se caracterizaban por la teatralidad de sus rituales y por la fuerte carga emocional que los impregnaba.

Adorar a Mitra, Isis o Dionisos solo estaba al alcance de los iniciados, quienes debían mantener sus prácticas en secreto y efectuar un pago por asistir a sus actos ceremoniales.

Saúl comenzó leyendo a modo de homilía una carta del apóstol Pablo que fijaba ciertos criterios doctrinales y de organización.

Las epístolas de reconocida autoría se copiaban y difundían entre las diferentes comunidades, y se les atribuía un gran valor.

Luego, se procedió a la lectura de algunos pasajes de las Escrituras, pues la tradición escrita judía daba sentido a los relatos orales que conectaban con el Mesías, encarnado en la figura de Cristo.

Se encargó de ello un vidriero —en realidad cualquiera podía hacerlo, pero eran tan pocos los que sabían leer que al final siempre lo hacían los mismos—.

Por último, cantaron algunos salmos que todos se sabían de memoria, al tratarse de adaptaciones de himnos judíos.

En ese punto solía darse la ceremonia por finalizada.

Sin embargo, Elías y Esther tomaron la palabra para transmitir algo importante antes de que todos se marchasen.

Por dura que fuese su actual situación, no olvidaban su responsabilidad al frente de la comunidad cristiana, y entre ambos procedieron a enseñar a los presentes el nuevo rito de carácter solemne que Aarón les había transmitido.

A su señal, algunos fieles trajeron unas cuantas hogazas de pan que habían reservado, así como varias copas de vino cuyo contenido debían compartir los casi cincuenta asistentes que atestaban la estancia.

Acto seguido, Esther ofició por primera vez la ceremonia de la fracción del pan entre sus hermanos en la fe y explicó su significado lo mejor que supo.

—Este es el cáliz de mi sangre, símbolo de la nueva alianza —recitó la mujer alzando su copa—. Cada vez que bebáis de ella, hacedlo en memoria mía.

***

Cuando los asistentes se hubieron marchado, Saúl se quedó departiendo a solas con Elías. Les unía una vieja y sólida amistad que se remontaba hasta la infancia.

—Me gustaría visitar a Samir en los calabozos —comentó, pues estimaba al muchacho como si fuese su tío.

—No creo que te dejen. Solo podemos hacerlo sus familiares más directos.

El pescador chasqueó la lengua, contrariado.

—Aún no me creo que algo así le haya podido pasar al bueno de Samir. Lo siento mucho por él, pero también por ti y por Esther.

—Todo esto es culpa de ese par de desgraciados.

—¿Quiénes? ¿Issur y Bartimeo?

—En efecto —confirmó Elías.

—Tengo entendido que les estaban presionando mucho para obtener resultados. Sobre todo Gamaliel, pero también la población en general estaba aterrorizada. Un peligroso asesino y violador andaba suelto, y podía volver a actuar en cualquier momento.

—No me fío de esos dos.

—Ni yo —convino Saúl—. Probablemente vieron en tu hijo la solución a todos sus problemas. Y en cuanto lograron una confesión, cerraron rápidamente el caso.

—Yo creo que cuando vinieron a buscarlo ya tenían decidido que era culpable. Solo tenían que buscar las «pruebas» que corroborasen su teoría.

—Son las pruebas las que deberían conducir al culpable, y no al revés, que es lo que parecen haber hecho en este caso.

—Exacto.

Elías hundió los hombros, al tiempo que se le humedecían los ojos. Saúl se sintió tan mal por su amigo, que lo estrechó entre sus abultados brazos, moldeados por los años de trabajo en el bote de pesca. Su piel estaba bronceada por el sol y curtida por los vientos del lago.

—Por más que lo he intentado, no he sido capaz de ayudar a mi hijo. Y eso me está matando por dentro.

Elías no estaba acostumbrado al fracaso.

Al contrario, su vida había discurrido siempre por la senda del éxito: su feliz matrimonio, su próspero negocio, el elevado estatus social del que gozaba, e incluso el haber levantado una sólida comunidad cristiana en Cafarnaúm.

La combinación de sus extraordinarias cualidades —inteligencia, tesón, eficacia y capacidad de liderazgo— lo habían habituado a conseguir todo cuanto se proponía.

Por eso, su incapacidad para solventar aquel dichoso problema multiplicaba su sentimiento de impotencia.

—No te tortures. Has hecho todo lo que estaba en tu mano.

—Pero no ha sido suficiente.

—Quizás ha llegado el momento de pensar más en lo que está por venir… —Elías lo miró sin comprender—: Me refiero a la ejecución de Samir… —aclaró Saúl—. Ni tú ni Esther deberíais estar presentes cuando se produzca.

—No sé lo que hará Esther, pero yo no dejaré solo a mi hijo en la hora de su muerte.

—La muerte por lapidación no puede ser más cruel, lo sabes muy bien. Yo estaré allí con Samir para que no tengas que presenciar semejante tormento. De lo contrario, jamás podrás borrar esa imagen de tu mente.

Finalmente, Elías se derrumbó y rompió a llorar entre fuertes sacudidas. Saúl lo dejó vaciarse, consciente de que en un momento así sobraban las palabras. Fue entonces, mientras le sostenía entre los brazos, cuando se le ocurrió una idea que a priori podía sonar descabellada.

—¿Sabes? Acabo de darme cuenta de que hay una posibilidad que aún no has agotado —anunció cuando Elías se recompuso.

—¿Cuál?

—Te va a sonar extraño…

—Estoy dispuesto a intentar lo que sea.

—¿Y si le propones al oficial a cargo de la guarnición romana en Cafarnaúm que intervenga? —aventuró Saúl—. Hasta donde yo sé, parece un tipo bastante decente. Y, desde luego, goza de la autoridad suficiente como para meter las narices donde le plazca.

—¿Y qué podría hacer él?

—No lo sé. Quizás llevar a cabo sus propias pesquisas.