CAPÍTULO TERCERO #2
Silas había nacido y se había criado en Betsaida, en la región de Galilea, pero en un momento avanzado de su vida se había marchado a Jerusalén, donde había vivido durante veinticinco años dedicándose profesionalmente a la escultura, la orfebrería y la confección de mosaicos.
Solo cuando supo que su hijo había enfermado de gravedad regresó a Galilea y se instaló en Cafarnaúm para estar a su lado.
Finalmente, tras duros meses de lucha contra la enfermedad, el marido de Betsabé sucumbió a una muerte inevitable.
Silas decidió entonces quedarse por el bien de Zadik, su nieto, necesitado en aquel momento de una figura paterna que lo enderezase.
Zadik se había descarriado y los trabajos en los que era empleado le duraban muy poco tiempo, situación que empeoró aún más tras el fallecimiento de su padre.
Pese a todo, los esfuerzos de Silas fueron en vano y Zadik acabó desapareciendo de un día para otro, sin que nunca más volviesen a saber de él.
¿Se había marchado voluntariamente o le había ocurrido algo malo?
No lo sabían, y habían transcurrido ya varios años desde entonces.
Además, por si eso no fuese suficiente, por aquellas mismas fechas el mal de Silas comenzó a manifestarse y a mostrar sus primeras señales.
—Tengo entendido que trabajó durante muchos años en la restauración del Templo de Jerusalén —señaló Esther.
—Así es, lo que supone un gran honor. Su trabajo era muy valorado y siempre encadenó un encargo tras otro.
Betsabé notó de pronto que algo no iba bien. Aunque Esther se había mostrado tan cordial como de costumbre, tenía el ánimo muy decaído y los ojos enrojecidos pese a tratar de disimularlo.
—¿Le ocurre algo? —inquirió la viuda genuinamente interesada.
La expresión de Esther se nubló y sus labios temblaron.
—¿No te has enterado?
—¿De qué? No me he movido de aquí en toda la mañana.
Haciendo un esfuerzo para evitar que se le quebrara la voz, Esther le comunicó la terrible noticia.
—¡¿Que a Samir lo han condenado a muerte por el asesinato de Miriam?! ¡Eso es un disparate! —exclamó Betsabé cubriéndose la boca con la mano—. ¡Samir es un ángel! Todos los que le conocemos sabemos que sería incapaz de hacer daño a nadie.
—Se trata de un error imperdonable, pero aún no es demasiado tarde para arreglarlo. Solo espero que Elías logre demostrar su inocencia y nos lo devuelvan sano y salvo.
—Rezo por que así sea.
Esther le hizo una señal a su sirvienta, y esta le tendió un paquete a la viuda que contenía una selección de alimentos especialmente escogidos para ella.
—He incluido un buen puñado de pasas, como pediste.
—Gracias por acordarse.
***
Elías regresó a última hora de la tarde, tan fatigado por el largo viaje como decepcionado por el resultado de la gestión. Esther salió a la calle a recibirlo, ansiosa por conocer las nuevas que traía. Sin embargo, sus esperanzas se desmoronaron al instante al ver que su marido llegaba solo.
—¿Qué ha pasado? —inquirió Esther temiéndose lo peor.
—No me costó mucho dar con los líderes de la comunidad cristiana de Cesarea.
—¿Y?
—Me temo que la suerte nos ha dado la espalda. —Esther le miró con ansiedad—. Aarón ha estado allí, pero solo de paso. Embarcó al poco de su llegada, tal y como él mismo nos dijo.
—¿Y no intentaste ir tras él?
—No habría servido de nada. Iba con destino a Filipos [6] . La travesía requiere diez días de navegación, incluso quince si los vientos no son favorables. Aarón me llevaba varios días de ventaja y ni siquiera tenía la garantía de que aún siguiese allí tras mi llegada.
—Eso no lo sabes.
—¿Y qué habría ganado con ello? Primero habría tenido que encontrarlo, luego haberlo traído de vuelta a Cesarea, y por último a Cafarnaúm. Para entonces la ejecución de Samir ya se habría consumado .
—Pero, entonces… —murmuró Esther todavía sin poder creerlo.
—He dejado aviso a nuestros hermanos de Cesarea de que, si Aarón apareciese de forma inesperada, acuda de inmediato aquí.
—¿Y qué probabilidades hay de que eso ocurra?
—Si te soy sincero, creo que ninguna.
La realidad cayó sobre Esther con todo su peso, al comprender que la mejor opción que tenían de salvar a su hijo acababa de evaporarse. Desconsolada, se refugió en el pecho de su marido y se deshizo en un mar de lágrimas. Elías la abrazó y guardó un silencio contenido.
—¿Cómo está Samir? —preguntó cuando Esther se recompuso.
—Fui a verlo esta mañana. Lo está pasando mal, pero aguanta como puede.
—Yo iré ahora. Pero antes voy a asearme un poco.
—Elías… —Esther contuvo el llanto que pujaba por rebrotar—. Samir está convencido de que lo vamos a sacar de allí. No concibe que lo vayan a ejecutar por un crimen que no ha cometido. ¿Qué le vas a decir?
La mirada de Elías se perdió en un cielo salpicado de nubes grises.
—No lo sé —admitió destrozado.
***
A la mañana siguiente —sábado—, Elías acudió a la sinagoga, como estaba reglamentado, con un claro objetivo en mente.
Su asistencia al servicio religioso no fue bien acogida debido a los recientes acontecimientos.
Los fieles cuchicheaban a sus espaldas y lo reprobaban con la mirada, condicionados en gran medida por la presencia de Gamaliel, el archisinagogo.
Lo cual, hasta cierto punto, resultaba comprensible.
¿Quién querría solidarizarse con el padre del asesino delante del padre de la víctima?
Con todo, le dolió comprobar que incluso sus amigos le daban la espalda.
Nadie parecía cuestionarse la versión oficial que señalaba a Samir como culpable del crimen, y si alguien lo hacía, prefería guardárselo para sí mismo.
Cuando concluyó el culto, Elías acometió la tarea que le había llevado hasta allí y abordó a Gamaliel para intentar convencerlo de la inocencia de su hijo.
Si el propio padre de la víctima cuestionaba la sentencia dictada, quizá Eleazar, el escriba que lo había juzgado y condenado, reconsiderase su postura.
Para su decepción, Gamaliel no solo se negó a escucharle, sino que le reprochó su atrevimiento con malas palabras.
—¡¿No podrías al menos respetar mi duelo?!
—Pero Samir es inocente —insistió el productor de aceite—. ¿Es que no le preocupa que el verdadero asesino de Miriam se salga con la suya?
—¡Fuera de mi vista! —tronó el archisinagogo—. ¡Tus patrañas solo sirven para aumentar mi indignación y mi dolor aún más!
Más tarde, Elías y Esther visitaron a Samir en los calabozos, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no evidenciar la angustia que los embargaba.
Desde su fatídica confesión, el muchacho no había dejado de proclamar su inocencia.
¿Por qué entonces no lo liberaban? Samir percibía que sus padres no estaban siendo totalmente francos con él acerca de la realidad de su situación.
Pero, ¿cómo iban estos a decirle que no podían ayudarle y que iban a ejecutarlo en cuestión de una semana?
Como último recurso, el productor de aceite fue a ver Yoseph, un escriba de cuya amistad presumía y al que siempre recurría cuando tenía dudas acerca de la interminable legislación judía que todo lo impregnaba, y que regulaba hasta el más mínimo detalle de la vida religiosa, social y económica de la población.
—Soy consciente de mis escasas posibilidades pero, ¿podríamos apelar ante el sanedrín de Jerusalén?
—Me temo que no tenemos base legal para hacerlo —explicó Yoseph tras estudiar la sentencia—. Basándose en las pruebas, Eleazar ha estimado una serie de hechos como probados. No hay la menor fisura en sus fundamentos jurídicos a la que poder agarrarnos.
—¿Estás seguro?
—Si hubiese invocado alguna norma poco clara o controvertida, tal vez habríamos encontrado algún resquicio legal… Por desgracia, Eleazar sabe hacer muy bien su trabajo y lo ha dejado todo perfectamente atado.
Elías confiaba plenamente en el criterio de su amigo, que, pese a dedicarse sobre todo a la enseñanza, se conocía al dedillo la legislación.
Yoseph no se había casado ni había tenido hijos, y había dedicado toda su vida a su condición de escriba, muchas veces ofreciendo consejo sin pedir nada a cambio.
Al contrario que Eleazar, afín a los fariseos, Yoseph era un judío moderado que se había mantenido ajeno a las cuestiones políticas.
—¿Y en cuanto a la condena? —insistió el productor de aceite.
Yoseph negó con la cabeza.
—Para un caso de violación y asesinato, no cabe otra alternativa que la ejecución. Lo siento mucho, Elías.
Cuando volvió a casa, Elías se pasó el resto de la jornada observando el sagrado sabbat [7] junto a su esposa. De momento, no era mucho más lo que podía hacer.
9
Como consecuencia de la difícil situación en la que se encontraban, Elías y Esther estuvieron considerando si acoger o no en su casa el encuentro dominical que reunía a los cristianos de Cafarnaúm.
Finalmente, y pese a las circunstancias, decidieron seguir adelante y celebrar el día del Señor junto a sus hermanos en la fe.
Recluirse en la soledad de su hogar no habría servido de nada, salvo para multiplicar aún más su sufrimiento.
Los fieles fueron llegando de forma escalonada.
Los había de todas las clases y oficios: campesinos, pescadores, herreros, ceramistas e incluso ricos comerciantes, como Elías.
La mayoría, no obstante, pertenecían a los estratos más bajos de la sociedad.
Entre los más pobres, de hecho, abundaban las viudas y los indigentes.
A diferencia de las culturas judía y romana, donde las divisiones según el estatus social o la pureza de sangre eran lo habitual, el cristianismo primitivo eliminó las barreras sociales, difuminando así de forma notable la fractura entre ricos y pobres o amos y esclavos.
En todo caso, el nuevo culto atraía sobre todo a los más desposeídos, seducidos ante la promesa de ser recompensados en la vida siguiente, pues a ellos estaba destinado el reino de los cielos.
La pobreza, identificada con la del propio Cristo, se ensalzaba más como un valor que como un rasgo del que sentirse avergonzad o .