Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO TERCERO
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CAPÍTULO TERCERO

« Todos los creyentes eran de un solo sentir y pensar.

Nadie consideraba suya ninguna de sus posesiones, sino que las compartían.

Los apóstoles, a su vez, con gran poder seguían dando testimonio de la resurrección del Señor Jesús.

La gracia de Dios se derramaba abundantemente sobre todos ellos, pues no había ningún necesitado en la comunidad.

Quienes poseían casas o terrenos los vendían, llevaban el dinero de las ventas y lo entregaban a los apóstoles para que se distribuyera según la necesidad de cada uno ».

Elías partió al amanecer, con el objetivo de llegar a Cesarea lo antes posible.

Por supuesto, sabía que muy probablemente Aarón ya hubiese abandonado la ciudad, pero estaba dispuesto a seguirle el rastro hasta donde fuese necesario.

El testimonio del predicador itinerante resultaba trascendental para demostrar la inocencia de Samir.

Confiando en la buena fortuna, saltó sobre la grupa de su caballo y enfiló la calzada romana que marcaba el camino, enlosada con enormes y gastadas placas de basalto, principalmente cuadrangulares, entre cuyos resquicios asomaban briznas de hierba.

Marcando un galope corto pero constante, bastaría para llegar a su destino a media mañana.

Elías atravesó una sucesión de suaves colinas que rizaban el paisaje, coronado por el nevado Hermón, que asomaba en el horizonte.

En las estribaciones de los valles se extendían interminables campos de trigo y de cebada que los campesinos cultivaban desde el alba.

Los rayos de sol doraban el manto de vegetación que se derramaba a ambos lados de la calzada, conformado por bosques de encinas y terebintos y moteado por palmeras datileras.

Todo lo cual daba buena cuenta de la exuberante fertilidad propia de la región de Galilea.

Durante el camino circundó Nazaret, Séforis, Tiberíades y otras poblaciones más pequeñas, y vadeó varios ríos cuyas aguas discurrían mansas y cristalinas.

Los miliarios de piedra dispuestos al borde del camino lo informaban acerca de las distancias y los destinos.

Elías tan solo se vio entorpecido una vez, tras quedar atrapado en un atasco provocado por dos caravanas que se cruzaron en direcciones opuestas.

También pasó junto a un puesto de vigilancia romano, que servía de estación de avituallamiento y descanso para las tropas que patrullaban aquel sector de la región.

Elías ya había visitado Cesarea otras veces, por lo que no se sorprendió ante la deslumbrante ciudad que se apareció ante sus ojos.

Fundada junto al mar por Herodes el Grande, y denominada así en honor a César Augusto, Cesarea era la capital de Judea y constituía la residencia oficial del gobernador.

Elías se secó el sudor de la frente con la manga de su túnica y, bajo la atenta mirada de media docena de centinelas armados con picas, cruzó bajo el arco de la enorme puerta de entrada, flanqueada por una larga muralla salpicada de torres de vigilancia construidas de piedra caliza.

Levantada siguiendo el modelo urbanístico grecorromano, la ciudad destilaba blancura debido al mármol con que se habían levantado templos, fachadas, fuentes, estatuas y anfiteatros.

Tan pronto como puso un pie en la principal avenida, Elías se vio rodeado de gentes de todas las nacionalidades y orígenes imaginables, que hacían de Cesarea la población más pagana de toda la Judea.

En cualquier caso, el productor de aceite no se sintió intimidado ni por la grandiosidad de la urbe ni por su abrumador número de habitantes —al menos cincuenta mil—, y acudió a la sinagoga más cercana en busca de información.

Necesitaba ponerse en contacto con algún representante de la comunidad cristiana local, sin tiempo que perder.

***

Al conocer la terrible noticia de la condena de Samir, Esther pasó de la incredulidad a la consternación.

Durante la noche se abandonó a un largo y angustioso llanto, que solo cesó bien entrada la madrugada.

Y cuando se levantó, se juró no derramar una sola lágrima más.

Como madre, debía mostrarse fuerte para transmitirle a su hijo la máxima confianza, mientras Elías trataba de arreglar la situación.

A primera hora de la mañana fue a ver a Samir, cuya primera noche en la celda le había supuesto un suplicio. Sumido en la más aterradora oscuridad, muerto de hambre y de frío, e incapaz de parar de llorar, apenas había pegado ojo.

El muchacho sintió una inmensa alegría al ver a su madre, que apenas le duró unos instantes en cuanto supo que no venía a sacarlo de allí. Esther le pidió paciencia y le conminó a ser valiente mientras durase su encierro.

—No será por mucho tiempo —le aseguró, pese a no estar en posición de afirmar tal cosa—. Mira lo que te he traído.

Para ayudarle a sobrellevar la situación, Esther se había llevado a Sansón con ella. Samir respiró más aliviado y se abrazó el muñeco como si se tratase de un salvavidas. También le dejó algo de comida y, cuando concluyó el tiempo estipulado, se despidió de su hijo con un sonoro beso.

Esther sabía que, para no caer en la desesperación, lo mejor que podía hacer era mantenerse ocupada. Así que una mañana más se dedicó a hacer su ronda habitual de caridad entre los más necesitados.

A imitación de Cristo, sus primeros seguidores se caracterizaron por ocuparse de los más desfavorecidos.

En una época donde la sociedad acostumbraba a tratarlos con indiferencia, los cristianos solían compartir con ellos generosamente lo que tenían, convirtiendo dicha cualidad en un rasgo distintivo del naciente culto religioso.

Según había predicado el Señor con reiteración, el exceso de riquezas constituía un obstáculo para la entrada en el reino de los cielos.

Mediante colectas regulares se obtenían los fondos necesarios para dar soporte a pobres, viudas y huérfanos, siendo los responsables de cada comunidad quienes se ocupaban de su justo reparto. Por eso Elías y Esther habían asumido aquella labor, que llevaban a cabo con la máxima diligencia.

A Esther la acompañaba una sirvienta, que cargaba con un canasto lleno de paquetes de comida que habían preparado durante los días previos. El contenido de cada petate incluía lentejas, garbanzos, pan de centeno y nueces, entre otras viandas.

A la altura de la sinagoga, se detuvieron frente a un mendigo que ocupaba siempre el mismo sitio bajo el pórtico de entrada, y que se pasaba allí la mayor parte del día.

Varios defectos congénitos —había nacido sin el brazo derecho y tenía un pie zambo—, le habían llevado a practicar la mendicidad como modo de vida.

Jacob, que así era como se llamaba, se había convertido al cristianismo tras conocer a Esther y acudir a las reuniones dominicales que solían tener lugar en su casa.

Aquella mañana, sin embargo, Jacob no la recibió con su sonrisa acostumbrada, pues ya estaba al corriente de lo ocurrido.

La noticia de que habían detenido al asesino de Miriam se había propagado a gran velocidad, y en la ciudad no se hablaba de otra cosa.

Y pese a que la identidad del condenado había sorprendido a todos, casi nadie dudaba de la culpabilidad de Samir, pues a fin de cuentas, el propio muchacho había confesado el crimen.

—Ya he escuchado lo que se dice —comentó Jacob nada más verla—. Pero yo no me lo creo. Estoy seguro de que Samir no lo hizo.

—Gracias, Jacob. Se ha cometido una gran injusticia.

—Todo el que acuda a la sinagoga me escuchará proclamar la inocencia de su hijo. Se lo prometo.

—Te lo agradezco —manifestó Esther dejando a la vista su perfecta hilera de dientes perlados.

—¿Hay algo que pueda hacer por usted? —preguntó el mendigo.

—Reza por mi hijo, por favor.

—Por supuesto que lo haré —contestó Jacob, apretando instintivamente en su mano un pequeño pez [5] tallado en madera que la propia Esther le había regalado.

Antes de marcharse, Esther depositó el fardo con los alimentos a los pies del mendigo, para reanudar acto seguido su recorrido junto a la sirvienta. Su siguiente parada sería la casa de Betsabé.

Exceptuando a las de clase alta, la condición de viuda en aquel tiempo suponía descender al infierno de la pobreza y una condena al aislamiento social.

Sin los ingresos económicos que proporcionaba el marido, las mujeres se quedaban en una posición muy vulnerable y, sin nadie que las protegiese, en algunos casos se veían abocadas a prostituirse o a aceptar situaciones cercanas a la esclavitud.

Al menos, la viuda Betsabé había conservado su hogar y realizaba pequeños trabajos de costura con los que se ganaba algunos denarios.

Con todo, sin la solidaridad de la comunidad cristiana lo habría tenido muy difícil para salir adelante, sobre todo teniendo en cuenta que además se hacía cargo de su suegro.

Esther golpeó la puerta con los nudillos para anunciar su llegada.

—Pase, señora —dijo Betsabé nada más verla—. Se lo ruego.

Esther y la sirvienta aceptaron la invitación y accedieron a la modesta vivienda. Silas descansaba en su rincón favorito, con la cabeza reclinada sobre el respaldo de la mecedora. Un solitario haz de luz que penetraba por la ventana dejaba ver el polvo en suspensión que flotaba en la estancia.

Silas ni siquiera pareció ser consciente de la llegada de las visitantes.

—¿Cómo se encuentra tu suegro? —preguntó Esther.

—Hoy ni siquiera a mí me reconoce —contestó Betsabé—. Maldita enfermedad esta que te roba los recuerdos.

—¿Y tú cómo estás?

—No me quejo, aunque durante los últimos días vuelvo a sentir agarrotados los dedos de las manos. Pero como va por rachas, ya estoy acostumbrada.

En ese momento, el anciano espetó un improperio como si le hubiese molestado algo. Sin embargo, era totalmente ajeno a cuanto sucedía a su alrededor. Mantenía la mirada perdida en el infinito y mascullaba frases sin sentido.

—Me da mucha pena verlo así —comentó Betsabé—. ¿Sabía que mi suegro poseía en sus tiempos un gran talento para los oficios manuales?