CAPÍTULO SEGUNDO #4
En ese punto de la confesión, Issur intervino sin que nadie se lo pidiese.
—Y entonces se apoderó de ti un impulso irrefrenable, ¿verdad, Samir?
Eleazar lo fulminó con la mirada.
—¡Silencio! Deja que sea él quien cuente la historia.
Issur murmuró una disculpa y se cuadró junto a su compañero.
—Sí . Un impulso irrefrenable se apoderó de mí —corroboró Samir, que jamás habría utilizado aquella expresión de no habérsela escuchado al guardia.
—¿Qué hiciste exactamente? —preguntó el escriba.
—La violé —afirmó Samir con escasa convicción.
—¿Y cómo reaccionó Miriam? ¿Se resistió?
—Un poco, pero yo soy mucho más fuerte que ella.
Eleazar observó unas ligeras marcas de arañazos en el cuello de Samir, que venían a corroborar su propio testimonio.
—¿Y qué ocurrió después?
Samir guardó silencio durante un largo minuto.
—Cuando me di cuenta de lo que había hecho, me asusté.
—¿Y por eso la mataste?
—Sí. Me juró que no se lo diría a nadie, pero no la creí. Así que cogí una piedra y la golpeé varias veces en la cabeza hasta que dejó de respirar.
—Entonces, ¿lo hiciste casi sin pensarlo?
—Seguramente —repuso Samir—. En realidad, yo no quería hacerle daño.
El escriba se puso en pie y dejó escapar un suspiro, consciente de la tragedia que encerraba aquel asunto. Lo sentía mucho tanto por Gamaliel, el padre de Miriam, del que era un buen amigo, como por Elías, al que también conocía, aunque de forma mucho más superficial.
—Está bien, todo ha quedado perfectamente explicado. —Y, dirigiéndose a los alguaciles, añadió—: Buen trabajo, muchachos. Pronto haré oficial mi sentencia. Mientras tanto, encerrad a Samir en una celda y dejad que lo visite su padre. Elías lleva horas esperando afuera.
7
Elías entró en los calabozos, ansioso por reencontrarse con su hijo. En cuanto el guardia abrió la puerta de la celda, Samir se abalanzó sobre él y lo estrujó entre sus brazos, llorando y riendo a la vez.
—¡Papá!
—¿Estás bien, hijo? —preguntó Elías al tiempo que lo separaba de sí para comprobar su estado.
—Sí, aunque estoy muy angustiado. ¿Podemos irnos ya a casa?
—Lo siento, pero me temo que de momento no será posible. Dicen que has confesado el crimen de Miriam.
La expresión de Samir se contrajo, dejando traslucir la impotencia que sentía.
—Me confundieron. Tuve que hacerlo porque solo así me dejarían verte. Pero no es verdad. Yo no tengo nada que ver con eso.
—Claro que no. ¿Te han pegado? No me fío de esos alguaciles.
—No, pero sí me hicieron pasar mucho miedo.
—Bien, bien. ¿Y no les dijiste que eras inocente? —inquirió Elías.
—Lo repetí mil veces, pero no quisieron creerme.
Elías se palpó la barbilla mientras pensaba a toda velocidad.
—¿Y por qué sospechan de ti?
—Yo vi a Miriam la tarde que la mataron, cuando volvía a casa con Aarón. Él sabe que soy inocente porque no nos separamos en todo el camino. Sin embargo, ahora dice que lo dejé solo y me fui tras ella. No lo comprendo, pensaba que Aarón era un buen cristiano.
—Pero ¿qué dices? Aarón hace días que se marchó.
—Los guardias dicen que ha vuelto y que han hablado con él.
Elías masculló una maldición.
—Esos malnacidos te han engañado, hijo. Pero no es culpa tuya, así que no te tortures.
—Bueno, ahora podemos contárselo al juez y aclarar las cosas. Quiero irme a casa con mamá, por favor.
Elías tomó a Samir por los hombros.
—No será tan sencillo. Aunque ahora te retractes, lo que cuenta para ellos es tu confesión anterior. —Samir lo miró confundido—. Pero escúchame bien: de un modo u otro voy a sacarte de aquí. No sé cuánto tiempo me va a llevar, así que tendrás que ser muy valiente. ¿Me lo prometes?
—Lo prometo. Oye, papá… ¿podrías traerme a Sansón?
—De acuerdo, lo haré en cuanto pueda. Pero pase lo pase, no vuelvas a inculparte del asesinato de Miriam.
—No lo haré.
Elías abrazó a su hijo y le acarició la mejilla con la palma de la mano.
—Tu madre también vendrá pronto a verte. —Y, a continuación, le citó un versículo de los Salmos a modo de consuelo—: «Muchas son las aflicciones del justo, mas de todas ellas le libra Jehová».
Elías abordó a Eleazar en el exterior, cuando el escriba ya se marchaba tras haberse ocupado de algunos trámites. La noche, regada tan solo por un puñado de estrellas lejanas, hacía mucho tiempo que se había cerrado sobre Cafarnaúm.
—Rabí, por favor, le ruego que no tome una decisión sin haberme escuchado primero. ¡Samir es inocente!
—Entiendo que como padre le defiendas, pero todas las pruebas indican lo contrario. Además, yo mismo he oído su confesión.
—¡Los alguaciles le han obligado a hacerlo! —exclamó Elías.
—Me consta que no le han tocado ni un pelo de la cabeza.
—No, pero lo han engañado y manipulado. Han jugado sucio con él.
—¿Qué esperabas? Para sonsacarle la verdad a un sospechoso, a veces se utilizan artimañas. Así son los interrogatorios. En todo caso, Samir ha contado un relato consistente y preciso. Y nadie confesaría un hecho así de no haberlo cometido.
Elías sacudió la cabeza en ademán de negación.
—Pero usted sabe que mi hijo es un poco retrasado —arguyó—. Debería tenerlo en cuenta.
—Soy consciente de ello, pero eso no cambia las cosas —rebatió Eleazar—. Al contrario, su particular condición explica cómo pudo hacer algo tan horrible. A Samir le cuesta diferenciar el bien del mal, y al ser tan inmaduro, no sabe controlar sus impulsos.
—Mi hijo es un chico dulce e inofensivo. ¡Sería incapaz de hacerle daño a nadie! ¡Se lo aseguro!
La noche se había enfriado y el escriba se abrigó con su grueso manto de lana.
—Basta, Elías, no quiero discutir contigo.
El crimen no ofrece la menor duda, más aún cuando el propio acusado admite su autoría abierta y voluntariamente.
En tales circunstancias ni siquiera resulta necesario llevar a cabo un juicio.
Samir se ha confesado culpable de asesinato y, en consecuencia, voy a sentenciarlo a muerte.
—¡No, por favor! ¡Rabí, se lo suplico!
—Lo siento, la Ley es muy clara en cuanto al castigo. Tan solo me limito a cumplir con mi deber de magistrado.
Pese al revés, el almazarero se obligó a mantener la calma. Perdiendo los nervios no ayudaría a su hijo.
—¿Cuándo será ejecutado?
—En cuanto reciba la autorización del gobernador.
En las provincias del Imperio romano, las autoridades locales carecían de potestad suficiente para imponer la pena capital. Así pues, hasta que Eleazar no recibiese por escrito el permiso del gobernador Albino, no podría llevarse a cabo la ejecución de Samir.
—¿Y cuánto tiempo suele demorarse la autorización?
—En torno a los diez o quince días, a veces más. Depende de la carga de trabajo de los funcionarios y de lo ocupado que se encuentre el gobernador.
Elías dedicó al escriba una mirada decidida.
—Entonces, ese es el tiempo del que dispongo para demostrar la inocencia de mi hijo .