Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO SEGUNDO #3
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CAPÍTULO SEGUNDO #3

Elías se encontró a Esther muy alterada cuando llegó a casa y, en cuanto supo lo que pasaba, fue de inmediato en busca de su hijo. El sol ya se estaba poniendo, y cuando se lo llevaron los alguaciles aún resplandecía en toda su plenitud.

Nada más llegar a los calabozos, Elías abordó con decisión al guardia apostado en la puerta.

—¿Dónde está Samir? Hace horas que lo trajeron y no hemos vuelto saber nada de él.

—Se encuentra bajo la custodia de Issur.

—Quiero ver a mi hijo ahora mismo —demandó Elías.

—Lo siento, pero eso no será posible hasta que concluya el interrogatorio.

Aunque Elías estaba furioso, procuró tranquilizarse. Un enfrentamiento con el centinela tan solo serviría para empeorar las cosas.

—Mi hijo no tiene nada que ver con el asunto que están investigando. ¿Cómo es que aún lo tienen retenido?

El guardia, impertérrito, sostuvo la mirada de Elías y se limitó a guardar silencio.

—Samir debe de estar muy asustado —insistió el productor de aceite cambiando de táctica.

—¿Y por qué habría de estarlo? A mí me parece que su hijo ya es bastante mayorcito.

—Usted no lo conoce. Yo sé lo que me digo.

El gesto de Elías era tan serio que, por fin, el guardia accedió a sus demandas y entró en el edificio, a ver si conseguía averiguar algo. Cuando salió, Elías supo que no traía buenas noticias.

—Lo único que puedo decirle es que tenga paciencia. Mis compañeros tienen un largo interrogatorio por delante.

***

Después de varias horas allí encerrado, Samir se sentía tan aturdido como apabullado. No le habían dado nada de comer ni de beber, ni una sola gota de agua. Ni siquiera le habían permitido salir para hacer sus necesidades.

Después de lo que le pareció una eternidad, los agentes reaparecieron en la sala. Samir se encogió instintivamente, como una liebre acorralada.

—¿Puedo irme ya, por favor? —murmuró con apenas un hilo de voz.

—Eso depende de lo sincero que seas con nosotros.

Esta vez fue Bartimeo quien tomó asiento frente a Samir, haciendo crujir sus nudillos como si pretendiese usar los puños.

El fornido policía lo acribilló a preguntas con una actitud especialmente agresiva: le gritaba a escasos centímetros de la cara y agitaba los brazos con grandes aspavientos.

Y sin llegar a ponerle la mano encima, logró su objetivo de aterrorizar aún más al chico.

—¡Vamos! ¡Admite que la mataste!

Samir temblaba y lloraba como un niño, pero seguía manteniendo su inocencia con obstinación.

A continuación, los alguaciles judíos intercambiaron sus papeles e Issur asumió de nuevo las riendas del interrogatorio.

Sin embargo, aguardó unos minutos a que Samir se calmase un poco antes de proseguir con la estrategia que habían previsto.

En contraposición a las maneras de Bartimeo, Issur se mostraría mucho más amable, con el fin de ganarse la confianza del muchacho.

—Samir, yo puedo ayudarte para que el juez no sea tan duro contigo. Pero a cambio tienes que poner algo de tu parte. Hablar te hará bien, ya lo verás. Te quitarás un peso de encima y sentirás un gran alivio.

—Yo… juro que he dicho todo lo que sé…

Issur se giró en dirección a su compañero.

—Vete, Bartimeo. Creo que pones nervioso al muchacho.

Y una vez solos, Issur prosiguió con la misma cantinela sin descanso. El tono de su voz era suave y sus palabras sonaban tranquilizadoras, como si se tratase de un amigo que realmente pretendiese ayudarle.

—Lo más probable es que hayas borrado de tu mente lo ocurrido, por eso no lo recuerdas. No sería la primera vez que veo algo parecido.

—Pero yo nunca le haría daño a Miriam.

—Claro que no, pero… ¿Y si durante unos minutos perdiste la cabeza, como si un demonio se hubiese apoderado de ti?

—Tendría que recordarlo, ¿no? —adujo Samir.

—No necesariamente.

La conversación prosiguió por esos mismos derroteros, hasta que Bartimeo entró de nuevo en la sala.

—Tengo noticias importantes —anunció—. He hecho algunas indagaciones y he comprobado que Aarón está aquí, en Cafarnaúm. Regresó ayer de su viaje y ha accedido a hablar conmigo.

Samir lo miró esperanzado. ¡El predicador! ¡Seguro que él lo aclaraba todo!

—Ah, qué interesante —intervino Issur—. ¿Y qué te ha dicho?

—Ha confirmado que Samir y él fueron desde la almazara hasta la entrada del pueblo. Sin embargo…

—¿Sí?

—Puntualiza que, poco antes de llegar, Samir le pidió que lo esperase porque debía ocuparse de algo.

Entonces lo vio tomar el mismo sendero que una chica con la que se habían cruzado antes.

Concluye diciendo que el chico no regresó hasta media hora después, momento en que reanudaron juntos el camino.

Samir se quedó absolutamente perplejo al escuchar aquello. Por supuesto, todo se trataba de una patraña que Issur y Bartimeo habían orquestado previamente. Sin embargo, el muchacho se sentía demasiado aturdido como para darse cuenta del engaño.

—Pero no puede ser… —murmuró derrotado.

—Pues lo es —afirmó Issur contundente—. Por eso debes colaborar, ahora mismo es lo que más te interesa.

Samir se cubrió el rostro con las manos y lloró desconsolado mientras su cuerpo experimentaba espasmos involuntarios. Después de todo, cabía la posibilidad de que Issur tuviese razón. ¿Y si había hecho algo tan horrible que su mente se negaba a recordarlo?

—Vamos, Samir. Si confiesas, te prometo que podrás irte a tu casa ahora mismo.

Samir estaba ansioso por marcharse. Al agotamiento físico y mental, se le acumulaba el hambre y unas terribles ganas de vaciar la vejiga.

Aterrado y confundido a partes iguales, sentía una presión insoportable.

Sus pensamientos se enredaban como hilos sueltos que le impedían mantenerse alerta y concentrado.

En ese momento, lo único que deseaba era que todo aquello acabase cuanto antes.

Al final llegó a la conclusión de que sus interrogadores no lo dejarían en paz hasta que no les dijese lo que querían oír. No veía otra salida. Solo así lograría acabar con aquella pesadilla y podría reunirse de nuevo con sus padres, con la convicción de que después todo se aclararía.

Y eso fue lo que hizo.

***

Bien entrada la noche, un nuevo personaje apareció en escena tras haber sido informado acerca de las últimas novedades. Se trataba de Eleazar, un escriba fariseo que gozaba de un prestigio extraordinario.

Los escribas, como doctores de la Ley, constituían una de las figuras más importantes e influyentes de la vida social y religiosa de la época, ocupando los puestos claves del derecho, la administración y la enseñanza.

Se formaban en el estudio de la Torá [4] y las tradiciones, y su correspondiente aplicación jurídica en la vida diaria.

Aunque se iniciaban muy jóvenes, hasta los cuarenta años no se ordenaban como miembros de pleno derecho, momento a partir del cual podían zanjar por sí mismos las cuestiones de legislación religiosa y ritual, así como ser jueces en procesos criminales, bien como miembros de una corte de justicia, bien individualmente.

El escriba ordenado tenía derecho a ser llamado «rabí», como signo de reconocimiento y respeto.

Eleazar había acudido hasta allí en calidad de magistrado, después de recibir un mensaje urgente cuando ya estaba en el lecho: al parecer, Issur y Bartimeo habían atrapado por fin al asesino de Miriam.

Las pistas que habían recabado durante la investigación les habían llevado hasta Samir, quien tras ser sometido a un exhaustivo interrogatorio lo había confesado todo.

Eleazar echó una ojeada en torno a la estancia, que apestaba al combustible de las teas. Sentado al otro lado de una mesa, un muchacho lo miraba con expresión asustada. Aunque no tenía buen aspecto, tampoco presentaba signos de haber sido maltratado durante el interrogatorio.

Samir alzó la vista y observó al recién llegado. El escriba exhibía una mueca ligeramente altiva, en consonancia con la dignidad de su cargo. Poseía un rostro, sin embargo, muy poco agraciado, enjuto y alargado, cubierto en buena parte por una poblada barba muy cuidada, salpicada de vetas grises .

—Así que tú eres Samir, el hijo de Elías ben Joel, ¿verdad? —dijo al tiempo que tomaba asiento frente al muchacho.

—Sí, señor.

—Pues yo soy el juez que tiene que decidir sobre este caso.

Samir no dijo nada. Pese a tener los ojos hinchados de haber llorado sin descanso, ofrecía un semblante algo más sereno.

Antes de que llegara el escriba, los guardias le habían dejado salir a orinar y le habían dado algo de pan negro para calmar el apetito.

Además, Issur le había prometido que, si colaboraba, podría volver a casa con sus padres.

Y eso era todo cuanto tenía en la cabeza.

—Tengo entendido que has reconocido haber matado a Miriam —señaló Eleazar—. ¿Es cierto eso?

Samir asintió con la vista clavada en la mesa.

El muchacho, completamente rendido ante la situación, había dejado de oponer resistencia.

Issur y Bartimeo se habían situado a su espalda, lo que le provocaba una gran incomodidad.

Sentía sus miradas como si fuesen cuchillos afilados que le pinchaban en la nuca.

—Cuéntame lo que pasó. Necesito oírlo de tu boca.

El muchacho inició el consabido relato contando la llegada de Aarón a la almazara, y su ofrecimiento a acompañarlo hasta su casa. A medio camino, sin embargo, admitió haber cambiado de planes sobre la marcha al cruzarse con Miriam.

—Le pedí al predicador que me esperase en la entrada de la ciudad y le prometí que no tardaría en volver.

—¿Por qué decidiste ir detrás de Miriam? —inquirió el escriba.

—Porque la vi adentrarse en una zona del bosque donde habitualmente no suele haber nadie —contestó Samir, bien aleccionado previamente por Issur y Bartimeo.

—Miriam te gustaba como mujer, ¿verdad?

—Sí.

—Continúa —pidió Eleazar.

Samir mantenía la cabeza gacha y evitaba mirar al juez a los ojos.

—Encontré a Miriam en el claro que hay junto a los manantiales.

—¿Se sorprendió al verte allí?

—Sí, un poco. Pero apenas cruzamos unas palabras.