Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO SEGUNDO #2
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CAPÍTULO SEGUNDO #2

Samir regresó a paso ligero, recorriendo estrechos callejones mediante los cuales acortaba notablemente el trayecto.

A medio camino, se levantó un viento sucio que arrastraba tierra y ceniza volcánica, que obligó a las mujeres a cerrar las contraventanas de las casas.

Los comerciantes de los puestos situados bajo los portales extendieron amplios tapetes para proteger la mercancía.

Entre los vecinos aún se percibía bastante desasosiego, pues ya habían transcurrido tres días desde el asesinato de Miriam y las autoridades todavía no habían hecho ningún progreso.

No habían aparecido testigos, la exploración de la escena del crimen no había arrojado pistas y los interrogatorios al entorno de la víctima tampoco habían servido para esclarecer el misterio.

Aunque durante el curso de la investigación habían surgido algunos sospechosos, no había la menor prueba contra ninguno de ellos.

El archisinagogo estaba furioso, y había reprendido severamente a los alguaciles judíos por su incompetencia.

Samir no había encajado nada bien la muerte de Miriam.

A su especial carácter sensible se le unía el cariño que le tenía, pues la consideraba su amiga.

Sin embargo, cuando su padre le dio la noticia, no se le ocurrió mencionar que la había visto la tarde del lunes, porque ignoraba que había desaparecido ese día.

Además, como solía encontrarse con ella a menudo, tampoco le había dado mayor importancia.

Sus limitaciones le impedían comprender la relevancia que aquella información podía tener para el caso.

Cuando llegó a su casa, guardó el «tesoro» de Silas entre sus cosas y después fue a ver a su madre.

—Hola, cariño. ¿Cómo está Betsabé? —preguntó Esther.

—Bien, pero dice que prefiere que le llevemos pasas en lugar de nueces.

Esther sonrió.

—De acuerdo, lo tendré en cuenta para la próxima vez. ¿Y Silas qué tal?

—Bien también. Hoy me ha reconocido durante un buen rato.

En ese momento, una sirvienta se presentó ante ellos con el entrecejo fruncido.

—Hay unos señores en la puerta de entrada que están buscando a su hijo —anunció.

—¿A Samir? ¿Estás segura? —inquirió Esther sorprendida.

—Sí, señora.

Extrañados, ambos salieron al encuentro de los visitantes. Cuando los vio, Esther los reconoció enseguida por su característico uniforme: largas túnicas verdes, cotas de malla que les protegían el torso y cascos refulgentes. Dos policías locales aguardaban en la entrada con gesto inexpresivo.

—Soy la madre de Samir. ¿En qué puedo ayudarles?

—Tenemos que hablar con su hijo en relación al reciente crimen —contestó el que parecía llevar la voz cantante.

—¿Y qué tiene que ver él con ese asunto?

—Estamos interrogando a todos los amigos de la víctima, y tenemos entendido que su hijo lo era, o al menos que la conocía. Cualquier información podría servirnos de ayuda.

—Está bien, pasen.

—No, señora, no me ha entendido. El chico debe acompañarnos.

Instintivamente, Esther rodeó a su hijo con el brazo en actitud protectora. Samir asistía atónito a la conversación, observando con desconfianza a los guardias judíos.

—En tal caso, lo acompañaré. Aunque tiene diecisiete años, no es un muchacho corriente… ¿Comprende?

—¿A qué se refiere?

Esther se inclinó hacia delante y, en un susurro, informó al alguacil del ligero retraso de su hijo.

—Con que pueda entender y contestar a nuestras preguntas, será más que suficiente. Eso puede hacerlo, ¿verdad?

—Sí, pero…

—Entonces se viene con nosotros —la interrumpió el alguacil. Y, como para reforzar sus palabras, agarró a Samir del brazo y lo atrajo hacia sí de un tirón—. Usted no se mueva de aquí. Es importante que hablemos con él a solas.

Esther comprendió enseguida que los guardias iban muy en serio y que, siendo ella una mujer, no tendría la menor oportunidad de hacerles cambiar de opinión. De haber estado su marido en casa, quizá hubiese podido hacer algo, pero Elías se hallaba en la almazara y no regresaría hasta más tarde.

—Samir, no te preocupes —dijo sujetando el rostro de su hijo entre las manos—. Estos hombres solo están haciendo su trabajo. Ve con ellos y contesta a sus preguntas. Y después vuelve inmediatamente a casa.

—Sí, mamá —respondió asustado.

Y ya no dio tiempo a más. Los alguaciles echaron a andar llevándose con ellos al muchacho.

6

Los guardias condujeron a Samir hasta los calabozos, donde lo sentaron en una sala contigua que servía como armería, mínimamente acondicionada para llevar a cabo los interrogatorios a testigos y sospechosos.

En el centro había una pequeña mesa rectangular y dos taburetes, y sobre las paredes reposaban lanzas, arcos de doble curvatura y garrotes con clavos.

Los rincones rezumaban humedad y el techo estaba envuelto en tinieblas, que las antorchas ancladas en las esquinas ahuyentaban en parte.

Issur y Bartimeo eran los dos alguaciles principales a cargo de la investigación.

El primero era particularmente astuto y el segundo una mole de músculos, lo que hacía de ellos un tándem casi perfecto.

A Samir no le gustaban porque durante el trayecto hasta allí habían sido bruscos con él.

Y eso, unido al opresivo ambiente de la estancia, lo hacían sentirse cada vez más agobiado.

Issur se sentó frente al muchacho y le dedicó una sonrisa impostada. Tenía los ojos negros, igual que su cabello, y la nariz curvada hacia abajo, rasgos que en conjunto le conferían el aspecto de un cuervo. Incluso sonaba como tal debido a su desagradable voz atiplada.

A su espalda, Bartimeo permanecía en pie con los brazos cruzados, lo que realzaba aún más su poderosa musculatura. Producto de una trifulca de juventud, presumía de una cicatriz en la frente que acentuaba su aspecto intimidante.

Ambos lucían sendas barbitas pulcramente recortadas.

—Tranquilo, Samir. Estamos recabando toda la información posible para encontrar al asesino de Miriam —explicó Issur.

—Pero yo no sé nada…

—Eso lo decidiremos nosotros.

Issur comenzó a hacerle preguntas sencillas relacionadas con la víctima.

«¿Desde cuándo la conocías? ¿Qué relación mantenías con ella?

¿La veías de forma esporádica o más bien a menudo?

». Samir las respondía lo mejor que podía, aunque por culpa de los nervios se mostraba a veces demasiado impreciso.

—¿Y cuándo fue la última vez que la viste? ¿Lo recuerdas?

—Hace unos días, en el camino a Cafarnaúm que viene del sur.

—¿Qué día exactamente, Samir?

—Mmmm… el lunes.

—¿Estás seguro?

—Sí. Esa tarde fue cuando acompañé a Aarón a ver a mi padre.

—¿Puedes ser más específico?

Samir relató con bastante detalle la secuencia de los hechos: la aparición del predicador en la almazara de su padre, su ofrecimiento a acompañarlo hasta su casa, y la fugaz visión de Miriam internándose en el bosque a medio camino.

Al oír esto último, Issur se giró e intercambió con su compañero una mueca de satisfacción, como si hubiesen confirmado las sospechas que ya tenían de antemano y que los había llevado a interrogarlo.

Al principio, Samir pensó que por fin lo dejarían marchar tras haberles proporcionado una pista tan valiosa.

Sin embargo, ocurrió todo lo contrario. El tono del interrogatorio se endureció y las preguntas se volvieron mucho más directas e intimidatorias.

«¿Te parecía que Miriam era guapa? ¿Te gustaba? ¿Te masturbas habitualmente, Samir?».

Aquel tipo de cuestiones le hicieron sentirse incómodo y, desbordado por la situación, Samir comenzó a titubear y a contestar con monosílabos casi inaudibles, sin darse cuenta de que su timorata actitud solo servía para hacerle parecer culpable.

Si no le satisfacían las respuestas, Issur reformulaba las preguntas de forma distinta, volviendo a la carga una y otra vez. Con todo, seguía sin obtener el resultado que buscaba.

—¿Y qué es eso que tienes en el lado derecho del cuello? ¿Son arañazos?

Los investigadores habían hallado restos de piel bajo las uñas de la víctima, señal de que había intentado defenderse.

—Me los hizo un gato —aclaró Samir.

Issur estalló en carcajadas.

—¿Sabes? Para ser tan bobo, tienes mucha imaginación.

De repente, Bartimeo dio un paso adelante y estampó el puño contra la mesa. Samir dio un respingo en la silla.

—¡Basta ya de estupideces! —exclamó—. ¡Sabemos que mataste a la chica, así que no nos hagas perder más el tiempo y confiesa de una vez!

Samir lo miró con los ojos desorbitados, muerto de miedo.

—No, no, no… Yo no he matado a nadie. ¡Lo juro! —gritó desesperado.

Issur retomó la palabra y lo señaló acusadoramente con el dedo.

—¡Fuiste la última persona en ver a Miriam con vida!

Su cadáver apareció en un claro del bosque, cerca de la almazara donde trabajas.

Tienes sospechosas marcas en el cuello. Y aunque seas medio tonto, sientes los mismos impulsos sexuales que todos los hombres.

Además, eres grande, puede que incluso más fuerte que yo.

—¡Pero yo no hice nada! —repuso Samir entre lágrimas.

—Estoy seguro de que no pretendías matarla —adujo Issur fingiéndose comprensivo—. Tu única intención era violarla, no pudiste contenerte. Pero cuando fuiste consciente de lo que habías hecho, acabaste con ella para evitar que lo contara.

—No es verdad. ¡Nada de eso pasó!

—A nosotros no nos engañas —intervino Bartimeo.

—Yo no la maté. ¡Estuve todo el tiempo con Aarón!

Issur le miró con los ojos entrecerrados e inquirió:

—Ya. ¿Y ese tal Aarón corroboraría tu testimonio?

—Sí, pero se fue…

—¿Adónde?

—No lo sé… Creo que muy lejos…

—Está bien, lo comprobaremos.

—Quiero irme a casa, por favor —lloriqueó Samir.

—¡Tú no te mueves de aquí hasta que nos cuentes la verdad! —sentenció Issur de forma tajante—. Ahora te dejaremos solo para que puedas reflexionar. No tardaremos en volver.

Cuando abandonaron la estancia, Samir se derrumbó sobre la mesa y rompió a llorar desconsolado. ¿Cómo podían acusarlo de algo tan horrible?

***