Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO SEGUNDO
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CAPÍTULO SEGUNDO

« No juzguéis, para que no seáis juzgados.

Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido.

¿Por qué te fijas en la astilla que tiene tu hermano en el ojo y no le das importancia a la viga que está en el tuyo?

¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Déjame sacarte la astilla del ojo”, cuando ahí tienes una viga en el tuyo?

¡Hipócrita!, saca primero la viga de tu propio ojo, entonces verás con claridad para sacar la astilla del ojo de tu hermano » .

La muerte de Miriam había causado una enorme conmoción en Cafarnaúm, donde prácticamente todo el mundo se conocía.

La muchacha tan solo tenía dieciséis años, lo que acentuaba aún más el dolor y la indignación por el horrendo crimen.

Por si fuera poco, se trataba de la hija de uno de los hombres más poderosos de la ciudad: el archisinagogo.

Gamaliel presidía la sinagoga y administraba todos sus bienes, además de asumir la responsabilidad del culto.

La importancia de su cargo comportaba que fuese muy respetado, pero también temido por la misma razón.

Con todo, la intimidación que provocaba no había sido suficiente para evitar que asesinaran a su hija.

El cuerpo sin vida de Miriam fue hallado en el claro de un bosque situado en las inmediaciones de Cafarnaúm, lindante con los olivares y la almazara de Elías.

La habían matado de varios golpes en la cabeza, con una piedra del tamaño de un puño.

Estaba parcialmente desnuda y tenía ligeros desgarros en torno a la vagina.

Todo sugería, por consiguiente, que también había sido sexualmente agredida.

Aunque Mirian había desaparecido la tarde del lunes, no fue hallada hasta la mañana del martes.

En cualquier caso, los signos que mostraba el cadáver no dejaban lugar a duda de que llevaba muerta desde el día anterior.

La policía judía local, dependiente del Consejo de notables que gobernaba la ciudad, se hallaba a cargo de la investigación.

Gamaliel, que también presidía el órgano colegiado, había prescindido de las autoridades romanas, a las que detestaba y en las que confiaba aún menos.

De ahí que la responsabilidad de atrapar al culpable o culpables del crimen hubiese recaído sobre los alguaciles judíos.

El miedo se había instalado en Cafarnaúm.

El ambiente se había tornado irrespirable y las muchachas no iban solas a ningún sitio. Nadie sabía si el asesino actuaría de nuevo. Con casi toda probabilidad, el criminal era alguien del pueblo que hacía su vida entre ellos sin que nadie sospechase de él.

Alguien que, literalmente, podía ser cualquiera.

5

El hogar de Betsabé, situado en un barrio periférico de la ciudad, tan solo comprendía dos estancias de suelo enlosado con piedras de basalto exiguamente amuebladas.

La mujer, viuda, vivía con su suegro Silas en una situación relativamente precaria.

Sin embargo, debido a su condición de cristiana, recibía ayuda económica por parte de la pequeña comunidad que Elías lideraba.

Aquella tarde, Samir se había desplazado hasta allí para llevarle una cesta de comida y para cuidar del viejo Silas mientras Betsabé aprovechaba para hacer algunos recados.

El estado mental del pobre anciano era muy malo, apenas recordaba nada y casi no reconocía voces ni caras.

Por eso dejarlo solo era demasiado arriesgado.

Más de una vez se había marchado para acabar deambulando desorientado por la ciudad.

Silas se pasaba las horas recostado en una mecedora, en su especial rincón de la casa situado bajo una ventana cuya celosía tamizaba la luz de la estancia.

Aquella tarde en particular , parecía estar algo más lúcido de lo habitual, pues al menos había reconocido a Samir y era capaz de expresarse con claridad.

—Samir, tienes que moldear la arcilla con decisión.

—Eso hago, pero no se me da bien.

—Lo que pasa es que pones demasiado cuidado, como si por equivocarte fuese a pasar algo malo.

El muchacho se hallaba en el suelo, con una tabla de madera a sus pies sobre la que reposaba la arcilla que manipulaba. En sus mejores tiempos, Silas había sido un experto en el oficio y por eso ahora le ofrecía sus consejos.

—Esta arcilla no parece muy buena —alegó Samir a modo de excusa.

—No es verdad, desde aquí puedo apreciar que prácticamente carece de impurezas.

—Pues yo la noto demasiado rígida.

—Entonces deberías mezclarla con un poco de agua y amasarla durante un rato. No es difícil, Zadik.

Samir se dio cuenta enseguida de que Silas lo había llamado por el nombre de su nieto, Zadik.

Tales confusiones lo habían desconcertado al principio, pero ya se había acostumbrado, y además sabía que no serviría de nada intentar sacarlo de su error.

Otras veces Silas le contaba historias sin sentido, en las que mezclaba hechos reales y ficticios y el presente con el pasado.

En tales casos, mantener una conversación coherente con él resultaba imposible.

—Yo quería hacer una vasija —comentó Samir—, pero mejor hago un plato.

—Entonces ayúdate del rodillo para aplanar la arcilla. Ahora bien, ten en cuenta que darle una redondez perfecta no será sencillo —advirtió Silas.

Samir soltó el rodillo y emitió un resoplido de frustración.

—Me temo que esto no es lo mío —admitió.

Silas se rio, dejando a la vista sus encías retraídas y los cuatro dientes que le quedaban.

—No te preocupes, Samir. Tienes un corazón grande y generoso… Algo de lo que por desgracia la mayoría de la gente carece, pero que, en el fondo, es lo que de verdad importa. Así que solo por eso voy a darte algo… ¡Un tesoro de valor incalculable!

Silas se levantó trabajosamente y, con la inestimable ayuda de su bastón, se desplazó unos pasos arrastrando los pies, hasta el arcón donde guardaba sus escasas pertenencias.

A decir verdad, Samir ya había recibido otros «tesoros» antes, como una jarra de cerámica o un simple pincel, por lo que no esperaba que le diese nada verdaderamente valioso, que estuviese hecho de oro o de plata.

Tras rebuscar un poco en el fondo, el anciano sacó un objeto esbozando una mueca de satisfacción y se lo tendió al joven muchacho.

—A partir de ahora te pertenece —afirmó en tono solemne—. Y es tu deber conservarlo hasta que llegue el momento de desprenderte de él.

Samir tomó el objeto y comprobó que, en efecto, no tenía nada de especial: no era más que un cilindro de cuero de aspecto gastado y olor ligeramente desagradable.

—Gracias —repuso Samir para no contrariarle.

—La voz de Dios alcanzará su destino por la vía de los más inocentes —sentenció el anciano.

Unos minutos después, la puerta se abrió y Betsabé accedió a la vivienda con la respiración ligeramente entrecortada.

Aunque la viuda tenía una edad muy similar a la de Esther, su aspecto marchito denotaba que el paso de los años no había sido tan benevolente con ella.

Un velo marrón le cubría el cabello, que compartía el mismo tono castaño de sus ojos.

—Hola, Samir. Ya estoy aquí. Y perdona si he tardado demasiado. ¿Ha ido todo bien?

—Muy bien, señora.

—¿Tienes hambre? ¿Puedo ofrecerte algo?

El muchacho negó con la cabeza y, en su lugar, le mostró a Betsabé un muñeco de trapo del que nunca se separaba.

Durante su infancia, Samir había poseído multitud de juguetes.

Su hermano Caleb había preferido espadas y escudos de madera con los que recrear grandes batallas, pero él había disfrutado mucho más con pequeños carros de los que poder tirar con una cuerda.

Con todo, su juguete favorito había sido un muñeco hecho de tela de lino y relleno de algodón, que Elías le había traído de uno de sus viajes a Jerusalén.

—Oh, ya veo que has traído a Sansón —terció la viuda—. ¿Qué le ha pasado esta vez?

—Es el ojo derecho —explicó Samir.

El pobre muñeco tenía tantos remiendos que ya casi había perdido su aspecto original, pero el nombre de Sansón —uno de los personajes bíblicos más populares entre los jóvenes— había permanecido.

—Es cierto, se le ha desprendido. Pero no te preocupes, que esto lo arreglo yo ahora mismo.

Betsabé, que poseía una gran habilidad para la costura, echó mano de aguja e hilo para recoser a Sansón.

A lo largo de los años había reparado el muñeco de todas las formas posibles.

Le había cambiado el relleno, le había añadido parches de tela para cubrir desgarros, le había reemplazado brazos y piernas, e incluso le había sustituido las tiras originales de tela que hacían las veces de pelo.

Samir sabía que por mucho que se estropease el muñeco, podía confiar en Betsabé para que le pusiese remedio.

—Pues ya está —comentó la mujer con una sonrisa—. ¿Has visto? No he tardado nada.

—Gracias.

Samir cogió a Sansón y lo abrazó brevemente antes de guardarlo bajo la túnica. Lo había conservado desde la infancia y rara vez salía de casa sin el muñeco. Pero ¿por qué significaba tanto para él?

La historia se remontaba a su niñez. Debido a su retraso, los demás críos se burlaban de él y le pegaban con frecuencia.

Y, Caleb, por desgracia, no podía estar siempre presente para defenderlo.

En tales ocasiones, Samir se encogía y se abrazaba a su muñeco mientras le golpeaban.

Los años pasaron y las palizas cesaron, pero Sansón siguió siendo su ancla, pues lo asociaba al sentimiento de seguridad y protección que le había proporcionado en los peores momentos.

Llevarlo siempre consigo, por tanto, le suponía una fuente de consuelo.

—Bueno, pues ya puedes irte si quieres. Como siempre, me has ayudado mucho.

—Adiós —dijo el muchacho en el umbral de la puerta. Samir se despidió de Silas agitando la mano, aunque el viejo ni siquiera se dio cuenta.

—Solo una cosa —intervino Betsabé antes de que se marchase—. ¿Podrías decirle a tu madre que la próxima vez que me envíe comida, sustituya las nueces por pasas? Admito que son un capricho, pero es que a Silas y a mí nos encantan.