CAPÍTULO PRIMERO #3
Sentados sobre gruesas esterillas de junco, Elías, Esther y Samir acompañaban al invitado en una espléndida comida, cuyo plato principal era cordero asado con hierbas. Varias lámparas de barro dispuestas en las esquinas centelleaban en la oscuridad.
—¿Y qué nos puedes contar sobre la propagación de la fe cristiana más allá de la región de Galilea? —inquirió Elías, que apenas sabía nada, pues rara vez los predicadores itinerantes hacían parada en Cafarnaúm.
—Actualmente no para de extenderse, a pesar de las dificultades iniciales.
—¿Dificultades? ¿Por qué? —preguntó Esther.
—Al principio, los apóstoles se dedicaron a predicar la buena nueva en las sinagogas, entre los judíos de la diáspora [3] . Sin embargo, el discurso de un mesías crucificado no era por lo general bien recibido.
—Comprendo.
—Pero los apóstoles no cejaron en su empeño y, para su sorpresa, ocurrió algo que no se esperaban: los gentiles se mostraban mucho más receptivos a abrazar el mensaje de Jesucristo, pese a que la idea mesiánica es un concepto propiamente judío.
—¿Entonces es cierto? Habíamos oído rumores, pero nada concreto —apuntó Elías—. Espera, ¿significa eso que los gentiles también pueden ser cristianos?
—Así es —confirmó el predicador.
—Pero ellos no cumplen la Ley mosaica —objetó Esther.
—La cuestión no está exenta de polémica, desde luego. Pablo de Tarso sostiene que Dios envió a su Hijo para salvar a todos los hombres, no solo a los judíos. Sin embargo, en el seno de la Iglesia no todos lo ven de la misma manera.
Elías y Esther se miraron sin poder salir de su asombro. Para ellos, como habitantes de la Judea, la idea de que un cristiano no fuese judío les sonaba muy extraña a sus oídos. Pero, según parecía, más allá de las fronteras palestinas era un hecho que se daba cada vez con más frecuencia.
El productor de aceite se dio cuenta de que Aarón estaba tan entregado a la conversación que apenas había probado bocado, así que decidió guardarse el sinfín de preguntas que hubiese querido hacerle a su invitado y tomó la palabra para darle un respiro.
—Nuestra comunidad no ha dejado de crecer durante los últimos años —afirmó orgulloso de su labor .
—Sois afortunados —comentó el predicador—. Tal cosa no siempre sucede.
—Jesucristo vivió un tiempo en Cafarnaúm, desde donde se desplazó por toda la Galilea para predicar su doctrina —aclaró Elías—. ¿Sabías que aquí reclutó a algunos de sus apóstoles y realizó varios milagros? Creo que por eso su figura goza en este lugar de tanta notoriedad.
En ese momento, un gato negro de ojos brillantes aterrizó en una esquina de la terraza, atraído sin duda por el suculento olor de la cena.
—¿Puedo darle algo de comer? —preguntó Samir con la boca llena.
—¡Ni se te ocurra! —contestó Esther—. Tienes que dejar de tratar a ese gato callejero como si fuese nuestro.
—Pero si viene por aquí casi todos los días —se quejó el chico.
—Claro, porque está acostumbrado a que le des comida. Y por eso precisamente tienes que dejar de hacerlo.
—Además, el otro día te arañó cuando intestaste acariciarlo —intervino Elías—. Ese gato tiene muy poco de doméstico.
Samir protestó débilmente, pero terminó obedeciendo sin causar mayores problemas, y el gato, como nadie le hacía caso, acabó por marcharse después de un rato.
—¿Llegasteis a conocer a Jesús? —inquirió Aarón retomando la charla—. Yo no tuve ocasión. No supe de él hasta años después de su muerte.
—Yo no —repuso el productor de aceite—. Y puedes imaginarte cuánto lo lamento. En aquella época mi padre me estaba enseñando los entresijos del negocio y casi no prestaba atención a lo que sucedía a mi alrededor.
—Yo sí que lo vi una vez —desveló Esther, que se inclinó ligeramente hacia adelante y entrecerró los ojos con gesto evocador—.
Era muy joven, aún no me había casado con Elías.
Jesucristo estaba predicando en un monte cercano y mi madre me llevó con ella para que lo escuchara.
Por aquel entonces ya había adquirido una gran fama y miles de personas asistían a sus discursos.
La verdad es que yo todavía no estaba preparada para comprender su mensaje, pero su personalidad era tan arrolladora como se decía.
—¿Y le viste hacer algún milagro? —preguntó Samir.
—No, aquel día no ocurrió nada extraordinario. Pero conozco bien a la hermana del paralítico al que Jesús curó con tan solo pronunciar unas palabras. Por eso me consta que los prodigios que realizaba eran auténticos.
Samir se quedó pensativo unos instantes, con los carrillos repletos de comida.
—Entonces… ¿Jesucristo podría curar a la abuela si estuviese hoy entre nosotros? —preguntó.
La madre de Esther también residía en la vivienda, pero su salud estaba tan deteriorada que prácticamente no se movía de la cama.
—Claro que sí, hijo —contestó Elías—. En todo caso, lo que a nosotros nos corresponde hacer es cuidar de la abuela y rezar mucho por ella.
Esther advirtió entonces que Samir seguía engullendo un bocado tras otro, empujado únicamente por la glotonería.
—Creo que ya has comido suficiente —le regañó—. Tienes que aprender a controlarte.
—¡Pero todavía tengo hambre! —protestó el muchacho.
—Te has zampado tú solo casi medio cordero —añadió Elías—. Últimamente has engordado demasiado, así que obedece a tu madre.
Los sirvientes comenzaron a retirar los platos, momento que Aarón aprovechó para decir algo importante.
—Elías, en los últimos años se ha propagado una ceremonia de gran trascendencia entre numerosas comunidades cristianas. La llaman «la fracción del pan». ¿La conocéis?
—¿Te refieres al banquete? ¿La comida que compartimos todos los hermanos cada domingo?
—No. Suele tener lugar después, únicamente entre los cristianos bautizados —aclaró el predicador—. Te enseñaré cómo se realiza. Necesitaré pan, y también algo de vino.
Elías ordenó al servicio que trajera lo necesario. Aarón partió el pan y lo repartió entre los presentes. Y, del mismo modo, sirvió un poco de vino en cada copa.
—Mediante este rito recordamos la última cena del Señor con los apóstoles, antes de su detención y muerte —explicó—.
El pan es su cuerpo y el vino, su sangre, que hemos de comer y beber en su memoria.
Se trata de una ceremonia sencilla, pero de un profundo significado.
Cuando comemos el pan y bebemos el vino, proclamamos la muerte y resurrección de Cristo hasta el día de su pronta venida gloriosa.
3
Aarón pasó la noche en casa del almazarero, donde durmió hasta bien entrada la mañana.
Cuando se levantó, Elías trató de convencerlo para que se quedase el resto de la semana y presidiese así el banquete del domingo siguiente.
Aarón se lo agradeció, pero insistió en que debía reanudar su viaje cuanto antes.
Tenía un barco que tomar y nuevos lugares a los que ir donde su presencia se antojaba necesaria.
De lo contrario, con gusto habría predicado durante unos días en aquella localidad donde tan bien lo habían acogido.
Esther le entregó un zurrón con algunas vituallas para el camino, entre las que destacaba una pasta de higos secos prensados.
La familia al completo se reunió para despedirlo en la puerta principal.
Una cálida ráfaga de viento trajo consigo el lejano llanto de un bebé y los rebuznos de una reata de asnos.
—Elías, no te olvides de la misión que la comunidad cristiana de Jerusalén te ha encomendado —señaló Aarón.
—Descuida, ayudaremos a Lucas de Antioquía en todo lo que necesite.
Aarón le dedicó también unas palabras al bueno de Samir antes de marcharse:
—Eres un muchacho extraordinario, ¿lo sabías? Obedece a tus padres y siempre te irá bien. Eso sí, debes intentar que la gula no te domine —añadió guiñándole un ojo—. ¿De acuerdo?
Samir asintió con una sonrisa y se apenó al ver marchar al predicador. Pese al escaso tiempo que había pasado con ellos, le había cogido cierto cariño.
—¡Adiós, Aarón! —exclamó el muchacho agitando la mano mientras se alejaba.
Poco después, Elías y su hijo partieron hacia la almazara con el fin de retomar su rutina diaria. Sin embargo, apenas pudieron avanzar unos pasos. Un gran revuelo se había formado en la calle, y en las caras de los vecinos, reunidos en corrillos, se adivinaba una mueca de espanto.
Elías se acercó para averiguar lo que pasaba.
—¡Han asesinado a la hija de Gamaliel! —exclamó una mujer llevándose la mano al pecho—. Anoche no regresó a casa y desde entonces su familia la andaba buscando.
—¡La han encontrado muerta en el bosque esta mañana, muy cerca de tus olivares! —añadió otro vecino.
La víctima era ni más ni menos que Miriam, la muchacha con la que Samir y Aarón se habían cruzado la tarde anterior, poco antes de que se perdiese por un sendero poco transitado.
Lo que nadie sabía, y menos aún el propio Samir, era que él había sido la última persona en verla con vida…