Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO PRIMERO #2
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CAPÍTULO PRIMERO #2

Aarón y Samir se internaron en un laberinto de callejuelas, salpicadas de fuentes y plazas que bullían de actividad.

La población contaba con diversas edificaciones de cierta importancia: una sinagoga, un teatro al aire libre, baños públicos y la aduana.

A dichas construcciones se le añadían otras de carácter mucho más prosaico, entre las que se contaban tabernas, posadas, mercados y prostíbulos.

Las casas eran de una sola planta y seguían una disposición caótica, sin que la división entre unas y otras quedase muy clara.

De los hogares brotaban delgadas columnas de humo que el viento mecía y se mezclaban con el polvo de las calles.

El muchacho condujo al predicador hasta la arteria principal de la ciudad, que discurría de norte a sur y de la que partían numerosas vías secundarias de trazado irregular.

Las carretas y los cascos de asnos y caballos ponían a prueba el sucio adoquinado, sobre el que jugaban multitud de niños sin nadie que los vigilase.

Hombres y bestias compartían la ruidosa calzada, alborotada por los ladridos de los perros callejeros y los gritos de los aguadores.

Al fin, Samir se detuvo ante un muro elevado que rodeaba una vivienda de tamaño considerable, la cual hablaba de la posición privilegiada de su familia.

Elías, su padre, cultivaba olivares en un terreno de su propiedad, y producía aceite en sus propias almazaras que exportaba por buena parte del Imperio romano.

Además de para la cocina, el aceite también se usaba para el alumbrado, la fabricación de cosméticos y las unciones religiosas.

—¡Papá! ¡Papá! —llamó Samir nada más cruzar el portalón de entrada.

—¿Qué ocurre, hijo? ¿A qué vienen esos gritos? —inquirió Elías saliendo de una estancia interior.

Tan pronto como apareció el cabeza de familia, Aarón se presentó y se identificó como predicador itinerante.

—Pasa, por favor. Sé bienvenido en mi casa. Puedes quedarte aquí tanto tiempo como necesites.

Los predicadores eran acogidos y alimentados por sus hermanos en la fe mientras durase su estancia. Aarón sabía que allá donde hubiese una comunidad cristiana, por pequeña que esta fuese, tendría donde alojarse.

—Tú eres el responsable de la comunidad cristiana de Cafarnaúm, ¿no es así?

—En efecto —corroboró Elías—. ¿En qué puedo ayudarte?

Aarón le tendió la carta que traía para él, y este la leyó con interés.

La misiva, firmada por Simeón de Jerusalén, que en aquel momento lideraba la iglesia cristiana de la Ciudad Santa, acreditaba la condición de misionero de Aarón.

Se habían dado casos de falsos predicadores que trataban de aprovecharse de las ventajas que ofrecía la hospitalidad de los fieles cristianos.

Instantes después apareció una mujer de mediana edad, vestida con una túnica de lino que le caía hasta los tobillos.

—Aarón, esta es Esther, mi esposa.

Aarón inclinó la cabeza a modo de saludo.

La mujer poseía un rostro ovalado y unos dientes diminutos y compactos que asomaban a través de una acogedora sonrisa.

En cuanto supo de quién se trataba el visitante, se ofreció a traerle agua y algo de comida.

Después se llevó a Samir con ella para que los hombres discutiesen en privado de sus asuntos.

Elías condujo a Aarón hasta el jardín interior de la morada.

Se trataba de un patio a cielo abierto pulcramente adoquinado, y adornado con parterres que discurrían a lo largo de los muros y de los que brotaban amapolas, lirios y adelfas.

En el centro se erigía un sicomoro que proporcionaba una agradable sombra durante las horas de más calor.

El patio interior comunicaba con los cuatro bloques que conformaban la vivienda: las dependencias de la familia, las del servicio —que incluían la cocina—, un almacén y despensa, y, por último, una estancia de grandes dimensiones que se destinaba exclusivamente para fines de culto.

Ambos se acomodaron bajo el árbol, envueltos en la refrescante brisa que precedía a la llegada del ocaso.

—Samir parece un buen muchacho —comentó el predicador—. Ha sido muy amable acompañándome hasta aquí.

—Estoy orgulloso de él, pese a que… Bueno, a que es algo corto de entendederas…

—Sí, me he dado cuenta.

En aquel tiempo, hasta el más mínimo retraso o trastorno mental podía condenar a los afectados a vivir al margen de la sociedad, pues a ojos de la Ley mosaica eran considerados «impuros», e inmediatamente estigmatizados.

Elías, sin embargo, luchó desde el primer momento por derribar aquellos prejuicios, logrando, al menos en parte, salvaguardar la dignidad de Samir como ser humano para que no se viese obligado a vivir escondido.

—Aunque físicamente ya es todo un hombre, su mente aún es la de un niño de nueve o diez años. —Elías esbozó una mueca cargada de ternura—. Pero es fuerte y voluntarioso, me ayuda mucho en el trabajo. Y también es cariñoso.

—Parece muy feliz.

—Lo es, aunque no pueda llevar una vida normal, ni tampoco tenga verdaderos amigos.

Si no fuese por su condición, ya le habría concertado un matrimonio con alguna mujer.

Lamentablemente, soy consciente de que no está preparado para asumir semejante grado de responsabilidad.

Con todo, Esther y yo lo consideramos una bendición del cielo.

En ese momento apareció una criada y les sirvió unas aceitunas. Esther quería asegurarse de que el invitado estuviese bien atendido.

—¿Y tienes más hijos? —se interesó Aarón—. Samir mencionó algo de un hermano…

—Sí, su hermano mayor, Caleb. Por desgracia, con él ocurre todo lo contrario.

—¿A qué te refieres?

—Hace como un año perdió por completo el rumbo. —Elías agachó cabeza y dejó escapar un largo suspiro—. Me temo que mezclarse con ciertas compañías le ha llevado a meterse en asuntos… muy poco recomendables. Se ha distanciado mucho de nosotros.

El predicador dejó correr el tema porque no deseaba inmiscuirse demasiado ni incomodar a su anfitrión.

Elías le pareció tan empático como rebosante de carisma.

Tras su mirada se adivinaba un hombre inteligente, con buena mano para los negocios.

Tenía la frente ancha y el cabello peinado hacia delante, si bien su rasgo más característico era la ausencia de barba, algo bastante inusual en la sociedad de la época.

—Y cuéntame, ¿cómo de numerosa es vuestra comunidad? Aunque conozco casi todas las poblaciones de Judea, así como de buena parte de Galilea, esta es la primera vez que visito Cafarnaúm.

—Bastante, diría yo —contestó Elías—. A los encuentros que solemos celebrar aquí acuden una media de cincuenta fieles, pero el número total de cristianos supera con creces el triple de esa cifra.

El cristianismo primitivo carecía de templos y estatuas de culto, y los primeros conversos se reunían en el ámbito doméstico, pues las viviendas particulares ofrecían privacidad y estabilidad a partes iguales.

El cabeza de familia, por el papel que tradicionalmente le atribuía la sociedad, ejercía la autoridad y asumía la dirección sobre el grupo.

Todavía no existía una estructura organizada de ningún tipo.

Por eso Elías, en su papel de anfitrión, se había convertido en el líder natural de la comunidad cristiana de Cafarnaúm, responsabilidad que compartía junto a su mujer.

—¿Y habéis tenido algún problema de convivencia como consecuencia de vuestras creencias?

—No, hasta ahora, nada significativo.

En la vida cotidiana, nada distinguía a los cristianos de sus vecinos.

A todos los efectos, los primeros cristianos eran judíos de su tiempo, que compartían la misma lengua, las costumbres e incluso su forma de vestir, y que acudían a la sinagoga y cumplían con la Ley mosaica.

No en vano, Jesucristo fue judío, lo mismo que los apóstoles y sus discípulos.

Así pues, el cristianismo no fue visto en un principio como una nueva religión, sino como una rama más del judaísmo, como la representada por los fariseos, los saduceos o los esenios.

Lo que la diferenciaba de las demás era su creencia en Jesucristo como el Mesías anunciado por los profetas en la Biblia, que había resucitado tras su crucifixión.

—Bien, bien. Me alegra mucho saberlo.

—El próximo domingo podrás conocer al resto de los hermanos en la fe. Si lo deseas, puedo convocar un encuentro especial a orillas del lago para que haya espacio para todos. Sería un honor que asistieras.

—Lo siento, Elías. Desgraciadamente no podrá ser.

Mañana mismo he de partir rumbo a Cesarea, donde tomaré un barco para cruzar el Mediterráneo.

Solo he pasado por Cafarnaúm para cumplir con un encargo.

—El predicador extrajo entonces un papiro del interior de su túnica y se lo tendió a Elías con gesto solemne—. Es una carta de Simeón de Jerusalén.

El almazarero enarcó las cejas con extrañeza, sin entender qué interés podían tener en él personajes tan destacados dentro del naciente movimiento cristiano.

Leyó la carta con avidez y su confusión aumentó aún más si cabía.

La misiva le anunciaba la próxima llegada a la ciudad de Lucas de Antioquía, una figura muy conocida por haber acompañado a Pablo de Tarso [2] como discípulo a lo largo de sus viajes.

—¿Y para qué viene Lucas a Cafarnaúm? —inquirió Elías sin ocultar su asombro.

—Le ha sido confiada una misión importante. Tú solo tienes que acogerle durante su estancia y ayudarle en todo lo que necesite.

—¿Una misión? ¿Qué misión?

—Lo ignoro —admitió Aarón con franqueza—. Ni siquiera a mí me lo han dicho.

***

La cena con el visitante tuvo lugar en la azotea, a la que se subía por una escalera de piedra que partía del patio interior.

Buena parte de la vida doméstica se llevaba a cabo en los terrados de las viviendas, donde la gente solía hilar, tender la ropa, reunirse para comer y conversar, e incluso dormir durante las noches más calurosas.