Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO PRIMERO
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CAPÍTULO PRIMERO

« Yo soy la resurrección y la vida. El que crea en mí, aunque muera, vivirá. Y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás ».

Aunque se había perdido, el predicador sabía que iba por buen camino porque había divisado el lago de Genesaret desde un promontorio aledaño, por lo que la población de Cafarnaúm debía de quedar muy cerca.

Aarón contemplaba extasiado el frondoso valle por el que transitaba.

Atrás había dejado un bosquecillo de palmeras y nogales y, ahora, a ambos lados del camino, alfombrando llanuras y laderas hasta donde alcanzaba la vista, se extendían fértiles campos de higueras, viñas y olivos.

Flores silvestres de todo tipo brotaban entre el musgo y los arbustos, impregnando la atmósfera de una fragancia embriagadora.

Los trinos de gorriones y tórtolas coronaban el bucólico paisaje en aquella soleada tarde.

Los bajos de su túnica estaban deshilachados y las suelas de sus sandalias desgastadas casi por completo.

Tan solo portaba un pellejo de agua y un pequeño hato que cargaba sobre la espalda.

Una barba gris y desaliñada cubría buena parte de su cara, que pese a los rigores del viaje no perdía su habitual expresión de dicha y serenidad.

Pronunciadas arrugas se marcaban alrededor de los ojos y la boca, más como resultado de su intensa vida que por los años que acumulaba.

Aarón era lo que se conocía como un predicador itinerante.

Un portador de la tradición que, a imitación de los apóstoles, iba de ciudad en ciudad para difundir la palabra de Jesús, establecer las bases de la nueva fe y ofrecer sus bendiciones, haciendo de enlace entre las primeras comunidades cristianas.

Al poco unas voces llamaron su atención, y Aarón distinguió el tejado de una edificación asomar entre los olivos. Como hacía tiempo que no se cruzaba con nadie, decidió acercarse para asegurarse de que iba en la buena dirección.

El lugar resultó ser una almazara, en torno a la que se desarrollaba una gran actividad.

El trabajo parecía perfectamente organizado: una cuadrilla sacudía los árboles con largas varas, otra se encargaba de recoger las aceitunas y meterlas en grandes capazos de esparto, y una tercera los cargaba a lomos de mulos y asnos, y los trasladaba hasta el edificio donde se acometía la extracción del aceite.

Aarón alzó la mano a modo de saludo, mientras invadía su olfato el intenso aroma afrutado que se respiraba en el ambiente.

—¿Es este el camino que lleva a Cafarnaúm? —Un hombre de aspecto árabe que no paraba de dar órdenes lo escrutó con la mirada. No cabía duda de que debía tratarse del capataz—. Estoy buscando a Elías ben Joel, un productor de aceite que reside allí, según tengo entendido —explicó.

—¿Quién lo pregunta? —inquirió el otro con tono desabrido.

—Me llamo Aarón, traigo una carta importante para él.

El capataz asintió y, señalando a un muchacho que manejaba una prensa de piedra en la que se exprimían las aceitunas para elaborar el aceite, indicó:

—Aquel es Samir, su hijo.

Al oír su nombre, el joven levantó la cabeza y le dedicó al predicador una mirada curiosa.

—La paz sea contigo, Samir —dijo Aarón acercándose a él, y aclaró—: Tengo que ver a tu padre para entregarle la carta en mano.

Samir se giró hacia el capataz, que enseguida terció:

—Anda, ve con él y acompáñalo hasta tu casa. Ya nos veremos mañana.

El muchacho obedeció y, tras despedirse del resto de los trabajadores, guio al predicador de vuelta al camino principal.

Aarón aprovechó que no parecía muy hablador para observar al joven, que debía de rondar los diecisiete años.

Era barbilampiño y tenía los mofletes sonrosados.

Y aunque alto y corpulento, también estaba rollizo como un osezno recién alimentado.

En todo caso, no le faltaba fuerza, o de lo contrario no habría podido manejar con tanta soltura la prensa de piedra.

—¿Falta mucho para llegar a Cafarnaúm? —preguntó por entablar conversación.

—No, qué va, estamos muy cerca —repuso Samir. Luego frunció el ceño como si hubiese reparado en algo—. ¿Está cansado? ¿Quiere pararse a descansar un momento? No me importa, si quiere puedo esperarle.

—Te lo agradezco, pero ya estoy acostumbrado a las largas caminatas. Por cierto, yo soy Aarón.

—Yo, Samir —contestó con aire risueño.

—Tengo entendido que tu padre es un devoto seguidor de las enseñanzas de Jesús de Nazaret.

—Sí, y yo también. Y mi madre. Todos en mi familia lo somos. Bueno… todos menos mi hermano mayor…

—Quizás tu hermano necesite más tiempo para sentir la llamada de la fe.

Aarón advirtió que la expresión del muchacho se ensombrecía, por lo que prefirió dejar correr el tema.

—¿De dónde viene? —inquirió Samir pasado un rato.

—De ningún sitio y de muchos a la vez. Cada día reposo en una población distinta.

—Entonces ¿no tiene casa? —preguntó extrañado.

El predicador rio.

—No me hace falta.

Aarón llevaba diez años en los caminos, tras haberse desprendido de todo su patrimonio en el momento de su conversión.

En aquel tiempo existía el convencimiento de que la anunciada segunda venida [1] de Cristo a la Tierra se produciría de forma inmediata.

Por tanto, desde ese punto de vista, la posesión de bienes materiales carecía de sentido.

De repente, el muchacho se detuvo. Había un pájaro malherido al borde del camino y, aunque todavía estaba vivo, apenas se movía.

—Pobrecito. ¿Te han hecho daño? —dijo Samir visiblemente apenado cogiéndolo entre sus manos. Tenía una herida abierta, posiblemente provocada por algún depredador.

—Lo siento, per o mucho me temo que ya nada se puede hacer por él —contestó Aarón.

—Si me lo llevo a casa, quizá pueda salvarlo —replicó el chico acariciándole el plumaje con delicadeza.

—Los pájaros tienen muy poca sangre y este ya ha perdido demasiada. Lo mejor sería sacrificarlo.

—¿Sacrificarlo? ¿Qué es eso?

—Hay que matarlo.

Samir lo miró horrorizado.

—¿Matarlo? ¿Por qué?

Aarón se sorprendió por el comportamiento excesivamente ingenuo del que hacía gala el muchacho. No parecía concordar con la edad que aparentaba.

—Por compasión. Así le ahorraríamos un sufrimiento innecesario. —Samir apretó al pajarillo contra su pecho—. ¿Prefieres que lo haga yo por ti? —se ofreció el predicador.

Samir miró con tristeza al pajarillo una vez más, pero finalmente se lo tendió. Aarón tomó el pájaro entre las manos y mediante una sencilla maniobra le partió el cuello de forma rápida. Después lo volvió a dejar en el suelo.

—¿Podemos enterrarlo? —pidió Samir con la mirada acuosa.

La inesperada petición volvió a coger desprevenido al predicador, que no entendía lo mucho que parecía haber afectado al muchacho un incidente tan insignificante.

—Claro, si es lo que quieres… Adelante.

Samir se adentró unos pasos en la maleza y se valió de una piedra para cavar un pequeño hoyo. Acto seguido, depositó cuidadosamente al animal en su interior y luego le echó tierra encima.

Cuando reanudaron la marcha, Aarón retomó de nuevo la conversación.

—¿Hay muchos cristianos en Cafarnaúm? —preguntó.

—Mmmm, muchos. O algunos.

—¿No sabes si son muchos o algunos?

—Bueno… Más de cincuenta, eso seguro. Pero no sé contar más allá —explicó con una gran sonrisa mostrando los dedos de sus manos.

Aarón por fin comprendió lo que pasaba. La simpleza de sus respuestas y aquella conducta infantil solo podían significar que Samir padecía algún tipo de retraso.

Poco después se cruzaron con algunas ovejas, pues se trataba de un camino habitualmente transitado por pastores.

Un cordero más inquieto que el resto se separó del rebaño y Samir fue tras él sin pensárselo dos veces.

Antes de devolverlo al grueso del grupo, se entretuvo jugando con el animal durante varios minutos entre risas y saltos.

Aarón, sin embargo, dio una vez más muestras de su infinita paciencia y evitó reprenderle por su tardanza.

En ese momento, ambos vieron a una muchacha internarse en un sendero cercano.

—¡Adiós, Miriam! —exclamó Samir agitando el brazo.

La joven se giró y le devolvió el saludo antes de perderse en el campo.

—Es mi amiga, ¿sabe? —aclaró con gesto orgulloso.

—¿Adónde va sola a esta hora de la tarde? —inquirió Aarón bastante extrañado.

—No lo sé, pero es de aquí y conoce bien la zona —respondió el muchacho sin mostrar signos de preocupación.

No transcurrió mucho tiempo hasta que finalmente divisaron Cafarnaúm en la distancia: una población modesta, de unos diez mil habitantes, situada en un cruce de caminos, y de aspecto ennegrecido debido al basalto con que se habían levantado sus edificios y casas.

Al encontrarse a orillas del lago de Genesaret —también llamado mar de Galilea—, resultaba muy propicia para la pesca, sin que la agricultura y la artesanía quedasen por ello relegadas.

La ciudad era eminentemente judía, aunque su condición de villa fronteriza favorecía la presencia de numerosos extranjeros que convivían de forma pacífica con los naturales del lugar.

—¿Y qué dice la carta que le lleva a mi padre? —inquirió Samir sin ocultar su curiosidad.

—Si te lo dijese, no estaría haciendo bien mi labor. ¿Verdad? —replicó el predicador guiñándole un ojo.

2

En las inmediaciones de la ciudad abundaban huertos y plantaciones, delimitados por muretes bajos tras los cuales descollaban granados y almendros de hojas muy verdes. Algunos campesinos aún doblaban el lomo pese a que el sol ya declinaba en el horizonte.