Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa
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PREFACIO
La acción de la presente novela se sitúa unos treinta y cinco años después de la muerte de Jesús de Nazaret.
Un clima de gran tensión política y social se respiraba en dicho territorio en aquellos días. Hartos de las corruptelas y los constantes abusos protagonizados por los invasores, muchos judíos parecían dispuestos a secundar una revuelta en caso de producirse.
En el pasado, Jesús de Nazaret había sido condenado por blasfemo en juicio celebrado ante el sanedrín, y posteriormente crucificado con la aprobación de Poncio Pilato.
Pero, según la tradición, encontraron su sepulcro vacío al cabo de tres días, y luego se apareció a sus discípulos, a quienes encargó predicar sus enseñanzas por todo el mundo.
A partir de ese momento, los apóstoles recibieron al Espíritu Santo y afirmaron que Jesús era realmente el Mesías anunciado en las Escrituras, resucitado por obra de Dios tras morir en la cruz y sacrificarse por los pecados del hombre.
Tomando Jerusalén como punto de partida, la propagación inicial del cristianismo, encabezada por Pedro, Santiago y Juan, tuvo lugar exclusivamente entre los judíos de Palestina.
Después, sin embargo, y sobre todo tras la conversión de Pablo de Tarso, el nuevo mensaje se extendió más allá de las fronteras israelitas, entre los judíos de la diáspora, a través de las poblaciones esparcidas por Asia Menor, Grecia, Chipre y Roma.
En los siguientes años se fundaron numerosas comunidades cristianas en torno a la cuenca del Mediterráneo, sobre todo a raíz de un cambio esencial en la configuración de la incipiente doctrina, cuando Pablo de Tarso decidió difundirla también entre los gentiles —es decir, los no judíos—, favoreciendo así su rápida expansión.
Durante los inicios, las autoridades romanas se mostraron condescendientes con el cristianismo, ya que a sus ojos apenas se diferenciaba del judaísmo, una religión que era considerada lícita y gozaba de un estatus privilegiado debido a su carácter nacional y gran antigüedad.
El origen del judaísmo se remontaba a los tiempos del patriarca Abraham —que habría vivido hacia el siglo xx a.
C.—, con el que Dios habría establecido una alianza que distinguía específicamente a los israelitas como el pueblo elegido.
Dicha alianza se renovaría siglos más tarde en el monte Sinaí, cuando Moisés recibió del Señor Yahvé los diez mandamientos.
El judaísmo se fundamentaba en su carácter monoteísta, la observancia de la Torá, la práctica del culto en el Templo de Jerusalén, y la esperanza en la llegada de un Mesías que los liberaría y establecería un reino de justicia.
La fe que practicaban las primeras comunidades judeocristianas carecía de homogeneidad doctrinal o de una liturgia establecida.
Sus creencias se basaban en las Escrituras del Antiguo Testamento, algunas cartas de los apóstoles y las enseñanzas de Jesucristo, que se transmitían de forma oral.
Por aquellas fechas, los Evangelios aún no habían sido escritos.
La ausencia de una estructura organizada, así como de una doctrina teológica establecida, hacían del cristianismo primitivo un movimiento más puro, más elemental, centrado principalmente en seguir el ejemplo de Jesús y vivir de acuerdo con sus enseñanzas de amor, perdón y justicia.
Los primeros conflictos teológicos, sin embargo, pronto comenzarían a surgir en el seno de la naciente Iglesia…