50 ÁLVARO
ÁLVARO
Nunca entenderé por qué enero tiene tantísimos días. No acaba nunca.
A estas alturas ya puedo decir que he vuelto a mi estado natural: soltero.
No he sido capaz de decirle a Unai que quería visitarle pero que me quedé en tierra, suena a excusa barata.
No sé si me creería. Siempre que pienso en llamarle y explicárselo me parece que no es el momento.
Él tampoco me habla mucho. Tal vez sea lo mejor para los dos.
De Thiago tampoco he vuelto a saber nada. Las veces que le he preguntado por su vuelta a Barcelona o si se quedaba en Galicia me ha respondido de forma muy ambigua, así que, poco a poco, también hemos ido perdiendo el contacto.
Como dijo un día una amiga: «Año nuevo, pollas nuevas».
Todavía no he estado con ningún chico. Tengo el contador a cero, y no por falta de ganas, pues no hago más que fijarme en todos los tíos que veo por la calle y fantasear con todo lo que haría con ellos.
Siento que entre Unai y Thiago han creado un monstruo y solo quiero seguir conociendo hombres y hacer de todo.
No me siento tan pánfilo ni inocente como hace un tiempo.
De todos modos, estas semanas he aprovechado el tener una vida aburrida para avanzar con mi TFG, en la futura guía LGTBIQ+ de Barcelona.
He entregado un borrador a mi tutora y en breve podré tener la versión definitiva.
Quiero pensar que el contenido es atractivo: hay rutas para hacer durante el día, como el itinerario por la historia de la Barcelona gay, el paseo por el
Eixample izquierdo o los museos y centros culturales; hay recomendaciones de bares y restaurantes, y, obviamente, un apartado con la vida nocturna.
También, un calendario anual, además de las fechas del Pride o las de ciclos de cine LGTBIQ+ y otras fiestas en los barrios y pueblos de los alrededores.
Al final, también recomiendo artistas LGTBIQ+ para que la gente eche un ojo a sus obras.
Estoy completamente inmerso cuando recibo una llamada de un número desconocido.
—¿Álvaro? —Es una voz femenina que me resulta familiar.
—Hola —respondo, intrigado—. Perdona, no tengo tu número. ¿Quién eres?
—Sí, disculpa —sigue—. Soy Lourdes, de la universidad. Te llamo desde mi móvil personal, espero que no te importe.
—¡Lourdes!
No entiendo qué hace mi tutora llamándome.
—Sí. Perdona que te llame ahora, pero es que hay algo importante que quiero comentarte.
—La semana que viene te entrego la versión definitiva, esta vez sí.
—No te preocupes por eso ahora y escúchame, Álvaro —se centra—. Tu propuesta…
Hace un silencio muy expectante. Demasiado para mí.
—Me ha encantado.
—¿En serio?
—De verdad, no te llamaría si no fuera así. Pero es que hay algo más.
—¿Qué pasa?
—Una amiga mía es editora. —Me sube un cosquilleo por el estómago—. Acabo de quedar con ella para tomar algo. Pero hablando de esto y de lo otro le he explicado tu idea.
—No me jodas —se me escapa.
—Y justo me ha comentado que están buscando este tipo de contenido. Guías turísticas, pero no tan genéricas; dirigidas a un público en concreto, vamos.
—¿Sí…? —Necesito que siga hablando.
—Es decir, algo que huya del circuito Sagrada Familia, Park Güell, etc.
—Claro, es que eso… ya está en todos lados.
—Le he mostrado el borrador de tu guía y le he hablado de ti. —Su voz solo vaticina buenas noticias—. Y es muy probable que les encaje tu propuesta.
—¡No me lo creo! —Necesito gritar.
—¡Síííí! —Se la ve entusiasmada—. Enhorabuena, Álvaro. Al final, te va a salir redondo.
—¡No me lo creo, Lourdes! ¡Esto es muy fuerte!
—¡Tenía que contártelo! ¡No podía esperar!
—¡¡¡Dios!!! Mil gracias. ¡Qué fuerte, qué fuerte, qué fuerte!
—¡Ahora se te viene trabajo, eso sí!
—¡Bienvenido sea! —le respondo, con una expresión más propia de mi madre que mía, para sonar algo formal.
—Te tengo que dejar, Álvaro. Seguimos hablando, ¡y enhorabuena!
Colgamos la llamada.
Necesito contárselo a alguien, pero… me doy cuenta de que no sé a quién llamar. Pienso en María, pero hace demasiado tiempo que no hablamos. Se lo quiero decir a Thiago, pero jamás se ha interesado por mi guía. De hecho, por nada mío.
Es entonces cuando me doy cuenta de quién es la persona que más se alegraría de escuchar esta noticia, la única que ha estado ahí desde el principio.
Me doy cuenta de quién me ha apoyado y quién ha insistido para que esto saliera adelante.
Si no hubiera sido tan imbécil, ahora lo podría celebrar con él.
Quiero llamarle. Necesito contárselo.
No sé si debo. No sé si es bueno hacerlo o no. Pero me da igual; necesito compartir este momento con él.
Llamar: Unai.
Pasan unos segundos.
—Bueno —responde un poco seco—, ¡cuánto tiempo!
—Hola —digo con cautela—, ¿cómo estás?
Suspira.
—En todas estas semanas, he tenido ratos mejores y ratos peores. —Se muestra completamente arisco.
Mierda. No es momento de darle la noticia.
—Te llamaba para contarte una cosa, pero tal vez no sea el momento…
Sus silencios me matan.
—No sé, Álvaro. Te invité a venir a Londres, me dijiste que no podías y no has vuelto a decir nada en todo este tiempo. Y ahora me llamas para… ¿para qué exactamente, Álvaro?
Podría habérselo contado en cualquier momento, pero no. Lo haré ahora.
—Unai, quería darte una sorpresa.
—¿Cómo?
—Me salió todo al revés. Pero sí que me compré el billete a Londres.
—¿Cuándo?
—¡En Nochevieja! —Me siento tan ridículo—. El 31 estaba yendo hacia allá y quería darte una sorpresa, por eso te pedí la dirección.
Hago captura de pantalla del billete y se lo envío; también una foto de la pantalla con la palabra cancelado
.
Unai no responde.
—¿En serio? —Se le ve muy sorprendido—. ¿Pero por qué no me dijiste nada?
—Porque me parecía ridículo. Quería llegar, darte la sorpresa, hacer las paces contigo… Pero cancelaron el vuelo y pensé que a lo mejor era porque tenía que quedarme en tierra. Tal vez fue el destino.
—¿Cómo va a ser el destino? Joder, Álvaro. No creas en esas cosas.
—¡Sí que creo!
—Pero me podrías haber dicho que… que venías.
—Siempre has sido tú el de las sorpresas, quería darte yo una por una vez. Pero salió mal.
Se le ve callado. No sé qué decirle. Parece bastante descolocado.
—Bueno —trato de seguir—, ¿y qué tal todo? ¿Cómo has empezado el año?
Sus ojos se van a un lado y a otro, como buscando por dónde empezar. Suspira.
—Pues la verdad es que todo bien. Los entrenos bien, adaptándome…, cada vez más integrado aquí. —Tiene un tono raro—. Te he de contar algo, Álvaro.
Lo dice de una forma que consigue que se me cierre el estómago de golpe.
—¿Qué pasa?
Vacila.
—Es que no quiero andarme ahora con medias verdades ni hacer como si nada…
Escucho atento.
—No es nada serio, pero… estas semanas… he estado conociendo a un chico.
—¿Cómo? —Intento mostrar naturalidad, como si no me molestara, aunque no puedo evitar rabiar por dentro.
—Eso… Quería contártelo. No quiero andarme con tonterías contigo. He estado conociendo a uno.
Me doy cuenta de que me jode más de lo que esperaba.
—Ah. —Me quedo mudo—. ¿Y qué tal? ¿Es inglés?
—No, qué va. Es español.
¿Un español? ¿En serio? Me jodería menos que estuviera con otro deportista de élite, italiano o griego, pero… ¿un español?
—De hecho, lo conocí la noche que estuvimos en el Apolo.
—¿Qué? —No entiendo nada—. Pensaba que te habías ido a casa.
—Me estaba yendo, pero al salir… me quedé un rato y…
—Ah —respondo—, entonces no estabas tan dolido como me dijiste.
Odio que la gente vaya de víctima.
—Sí que estaba dolido, y mucho.
—Sí, tanto que no tardaste nada en tirarte a otro.
—No me lo tiré.
—Entonces, ¿qué hicisteis?
—Eso es lo de menos.
—No es lo de menos.
—¿Perdona? ¿Me lo dices tú, que ni esperaste a dejarlo conmigo para liarte con otro?
—Te dije que tenía dudas. Te lo dije desde el primer día.
—No creo que tuvieras tantas dudas; de hecho, lo tenías todo muy claro.
—Al menos no voy de que estoy superenamorado y tardo un minuto en pasar página.
—¿Quién te dice que he pasado página?
—No sé. ¿No dices que estás conociendo a un tío? Eso es pasar página.
—Pero eso no significa que contigo haya pasado…
Se queda en silencio.
Nos quedamos callados unos segundos. Me doy cuenta de que no habíamos hablado sobre lo nuestro.
—Lo siento, Unai… —Quiero zanjar el tema—. Lo siento, te lo he dicho mil veces. Lo hice mal y me porté fatal contigo. Si estás conociendo a alguien…, en el fondo, me alegro por ti. —Mentira. No me alegro. En el fondo creía que iba a estar siempre ahí.
Oigo su respiración al otro lado del teléfono; es más fuerte de lo habitual.
—Joder, Álvaro —se le agudiza la voz—, lo he pasado muy mal. Lo pasé mal al irme de Barcelona, lo pasé mal estando lejos de ti y me derrumbé cuando vine y… me dijiste que estabas con otro.
—No estaba con otro —intento justificarme—, solamente estaba…
—Lo que sea. No querías estar conmigo.
—No es exactamente que no quisiera estar…
—Da igual, Álvaro. Déjalo.
Me duele tener esta conversación. No sé qué me pasa. Estoy triste y, a la vez, supercabreado.
—¿Y vive ahí o le has propuesto una relación a distancia y enseguida le ha parecido bien?
Me mira de una forma muy rara; está entre dolido y cabreado. Los dos estamos igual.
—Cuando te invité a pasar Fin de Año conmigo y me dijiste que no, me sentí muy idiota.
—Idiota, ¿por qué?
—Porque nunca has venido a verme y me sentí como un pesado que no hace más que insistir.
—Joder. Te lo tendría que haber dicho.
—Fue ahí cuando escribí al tío este. Nos pusimos a hablar… Una cosa llevó a la otra y no dudó en venir a pasar unos días conmigo y…
—…y ahora sois novios.
—No somos novios. No sé qué somos. Tampoco tengo claro que…
—Da igual —le corto—. Si no tienes que darme explicaciones.
Nos quedamos un rato en silencio. No queremos hablar, pero tampoco queremos colgar. No nos miramos a través de la pantalla.
Al cabo de un buen rato, toma él la palabra.
—¿Para qué me llamabas? —me pregunta.
—Da igual. Te lo cuento en otro momento.
—No, Álvaro. Dímelo.
Sigue siendo el mismo Unai. Atento, cariñoso. Me duele que esté conociendo a alguien; que otro tío vea en él lo que yo no fui capaz de ver en su momento.
Dicen que las cosas pasan por algo, y tal vez sea lo mejor para los dos.
—¿Me lo vas a contar o no?
Trago saliva. Se me hace raro, pero la noticia es demasiado buena como para no compartirla.
—¿Te acuerdas de mi guía gay de Barcelona? —le digo sin mucha euforia.
—Claro —sonríe a pesar de tener los ojos tristes.
—Al parecer, ha llegado a manos de una editora y podría ser que la publicaran.
—¿Cómo? —Noto que se alegra a pesar de la situación.
—Sí. Muy fuerte. —No me muestro demasiado entusiasmado.
—Álvaro, esto es muy bestia. ¡Enhorabuena!
—Lo sé —le digo, contenido—. Si estuvieras aquí, lo celebraríamos.
—Joder, Álvaro. Enhorabuena. Te lo mereces.
Le miro por la pantalla y le digo lo que realmente siento.
—Si lo he conseguido, ha sido gracias a ti
.