51 THIAGO
THIAGO
«Empiezas mañana». Jamás una frase me había puesto tan contento. Acabo de recibir una llamada del Signorelli
, el primer restaurante en el que dejé mi currículum, lo conocía de haber ido a hacer el brunch
con Unai para pasar la resaca de Año Nuevo. La encargada era italiana y nos llevamos muy bien. Nunca he creído en las señales, pero por primera vez las estoy recibiendo y me están pasando cosas buenas. Todo encaja .
Llego a casa y abro a toda prisa el cerrojo; parece una caja fuerte de las vueltas que hay que dar y el ruido que hace, retumbando por toda la madera.
Voy directo a la habitación de Unai. Tiene la puerta cerrada. Acerco la oreja para saber si está hablando con alguien, o en una reunión o haciendo algo importante. Por el tono, parece que hable con un amigo.
Abro la puerta lentamente.
—Unai —le susurro en alto—, ¡buenas noticias!
Lleva los airpods
y me indica que está hablando con alguien; parece que tiene los ojos llorosos.
—Hablamos en otro momento, ¿te parece? —dice en la llamada y cuelga.
—¿Qué te pasa? —me acerco, preocupado.
—Nada —me responde, con la voz entrecortada.
—¿Con quién hablabas?
—Nada con… con un amigo. —Desvía el tema—. ¿Qué me tienes que contar?
Miro la pantalla del ordenador, tiene el WhatsApp abierto en la pantalla. Le miro a él. No está muy animado.
—¡He conseguido trabajo! —No sé si esperaba que saltara de alegría o qué, pero lo que no hubiera pensado en ningún momento era que se quedara callado. Indiferente.
—¿Cómo? —Me mira con una expresión que no sé descifrar.
—Pues… —Está siendo incómodo—. Ha coincidido que se ha ido un ayudante de cocina y… ¡Pero no sabes lo mejor! ¿Sabes dónde me han cogido?
—¿Dónde? —Ni siquiera finge emoción.
—¡En el Signorelli
!
—Ah —dice, seco—. Ahí van todos los de la residencia.
—Y fue el primer sitio al que fuimos tú y yo, ¿te acuerdas?
—Es verdad. —Sin ánimo, se sienta en la cama.
Actúa como si hubiera visto un fantasma.
Me acerco y me siento a su lado.
—¿Te pasa algo?
—No, no —dice—, para nada. Pero es que…
—Es que, ¿qué?
—Es que… no sé, a lo mejor tendríamos que haber hablado antes, pero… no sabía que tu idea era quedarte aquí. Pensaba que volvías a Santiago.
Trago saliva. Cada frase que dice es peor que la anterior.
—Lo sé —respondo. Pienso en cómo han ido las cosas—. Pero ha surgido… Pasar un tiempo aquí me puede venir bien. Puedo aprender inglés… No sé. —El único motivo por el que me quiero quedar es por él—. Y contigo… no sé. Estamos muy a gusto, ¿no crees? Yo, al menos, estoy… bien…
—Sí, sí —rectifica—. Si ha estado bien, pero… pensaba que venías para unos días y, ahora, de repente, tienes trabajo aquí. O sea, ¿te quedas a vivir aquí?
—Te dije que no tenía nada claro, que tal vez buscaba algo aquí.
—¿Pero —insiste— no ibas a montar un bar? ¿Qué ha pasado con eso?
Pienso en si contarle la verdad…
—Eh… Pues… es que… al final… creo que no nos lo dan —le miento—. Hablé ayer con Antón y… no pinta que vayamos a conseguir nada por ahora. Va para muy largo. Mejor estar aquí, aprendiendo otro idioma y seguro que de cocina puedo sacar ideas…
Le noto más frío que nunca.
—Unai, si es por quedarme en esta casa, ahora que tengo trabajo buscaré una habitación o un sitio donde quedarme. Te lo juro.
—No, no… No es eso.
—¿Entonces?
Suspira de un modo que me inquieta.
—Thiago —me mira a los ojos—, es que creo que te estás haciendo una idea de lo nuestro que no sé si es la misma que tengo yo…
Era lo último que quería escuchar.
—Eh… A ver… Yo tampoco tengo una idea clara de «lo nuestro».
—Thiago, verás… —Desvía la mirada—. La noche que nos conocimos… en realidad yo estaba muy cabreado y dolido por otra persona.
—Sí, lo sé. —Odio este tema—. Que te había dejado tu novio.
—Exacto…
—¿Y qué problema hay? —No soporto que la gente se encalle con los tíos. Se me acelera el pulso—. ¿Qué me quieres decir? No tengas miedo. No me va a pasar nada.
—Pues que mentiría si dijera que ya no siento nada por él.
El muy hijo de puta ha estado jugando conmigo. Me ha utilizado.
—Ahora estábamos hablando y… me doy cuenta de que no lo he olvidado.
—Pero si pasaba de ti —se me escapa—, nunca te ha hecho caso.
—No es que pasara de mí.
—Es lo que me has dicho siempre.
—Lo que pasa es que necesita aclararse.
Me doy cuenta de que no sé nada del otro tío. Nunca le he preguntado, nunca he querido saber nada; quería enterrar ese tema por miedo a que pasara justo lo que está pasando.
Estoy cabreado, estoy triste, siento rabia y, lo peor, celos por una persona que ni siquiera conozco.
—¿Y quiere volver contigo? O… ¿qué pasa?
Unai duda con la mirada.
—No lo sé… Pero quiera o no volver, lo que tengo claro es que ahora mismo yo no puedo ni quiero empezar nada con nadie.
Necesito irme. No aguanto ni un segundo más aquí; es como si se estuviera derrumbando todo y necesitara huir. Voy al armario a por mis cosas.
—¿Qué haces? —me pregunta.
—Irme. Me lo has dejado claro.
—No, Thiago. Quédate el tiempo que necesites.
—Que no, que no hace falta. Me sé buscar la vida. Vete con tu novio. No necesito quedarme porque te doy lástima.
—Joder, Thiago, no es por lástima. Joder, lo siento.
—No lo sientas. Pero podrías haberme avisado antes.
—¿Avisarte de qué?
—De que no sentías nada por mí.
—No es que no sienta nada por ti.
—¿Cómo?
—Quiero decir que… Nos acabamos de conocer; ni siquiera me ha dado tiempo a plantearme nada. Estoy bien. Hemos estado bien. Pero de ahí a… sentir algo…
—Tú lo dijiste: no vives con alguien y te lías con esa persona como si fuese lo más normal del mundo. Algo hay, por pequeño que sea. —Esa frase se me quedó grabada y noto que piensa en lo que él mismo dijo.
—Es que tal vez sí haya algo, pero… de ahí a sentir realmente algo fuerte por ti…
—Pues yo sí —me sincero—. En estas semanas me he dado cuenta de que sí que puedo llegar a sentir algo por ti…
No sé si he guardado todas mis cosas, tampoco tengo nada importante.
—De verdad que lo siento, Thiago.
—No lo sientas. Si el gilipollas he sido yo.
—¿Adónde te vas? —me pregunta.
—Ya me espabilaré.
—En serio, Thiago, quédate hasta que encuentres algo o lo que necesites. Aquí es todo carísimo.
—Eh —le freno—, tranquilo, que soy mayorcito. Sé cuidar perfectamente de mí.
Me dedica una última mirada. Me cuesta pensar que esta misma noche la hemos pasado durmiendo juntos, desnudos, y que ahora me esté echando. ¿Cómo puede ser?
Sobre su escritorio, sigue el ordenador encendido.
Esta vez sí miro las conversaciones que tiene abiertas y no puedo evitar fijarme en la que tiene más arriba; su última conversación.
Veo la foto de perfil y me resulta familiar.
No solo eso: reconozco perfectamente a esa persona y solo tengo que leer su nombre para confirmar quién es.
—¿Se llama Álvaro? Tu novio, o ex, o lo que sea… ¿Es él?
—Sí. ¿Por qué
***