Triángulo 48 UNAI
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Las primeras semanas del año están siendo curiosas.

No falto al entrenamiento ni un solo día y me siento más focalizado que nunca.

El primer campeonato está al caer. Entre los compañeros, ya nos conocemos.

Se han creado los primeros vínculos y también las primeras rivalidades.

A pesar de ser todos deportistas de élite, es inevitable crear un nuevo ranking

de quiénes son los mejores, los medios y los no tan buenos como los demás. Algunos incluso han abandonado.

Con Daniel, seguimos estando al mismo nivel y entrenamos como pareja de salto.

Somos cómplices ante cualquier situación, para lo bueno y para lo malo.

Aunque a veces temo que el vivir y entrenar juntos haga que acabemos hartos el uno del otro.

Además, ahora mismo no estamos solos en casa. Thiago sigue ahí.

Entre nosotros no sabría decir qué está pasando.

Después de Fin de Año, le ofrecí quedarse unos días más, para que pasara las vacaciones, y esos días se han convertido en semanas.

Se ha comprado algo de ropa y también me roba algunas prendas.

Al estar en casa, suele preparar cenas y se encarga de comprar o de hacer cosas que a mí no me da tiempo.

Cuando llego del entreno, está siempre en casa y rara es la vez que no acabamos teniendo sexo.

Acabo el día completamente muerto… La situación es rara.

No sabría decir si me gusta o no, pero un propósito de Año Nuevo era no darle muchas vueltas a las cosas y lo estoy cumpliendo. Con él diría que… estoy bien. Sin más.

Thiago se despierta todas las mañanas conmigo a las cinco y me acompaña al centro.

—Es muy fuerte que madrugues cada mañana para entrenar; yo no podría —me dice.

Está amaneciendo. Es de los pocos días que no está nublado y se ve cómo el sol está a punto de salir. Hace un frío que hiela. Vamos completamente abrigados, con gorro, bufanda y guantes. Al hablar, nos sale vaho de la boca.

—Al final te acabas acostumbrando —le explico—, si es lo que te gusta…

—Ya. Aun así, tienes mucho mérito.

Lleva un rato buscando algo en el abrigo.

—¿Qué te pasa?

—Creo que me he dejado el móvil —dice—. Quería hacer una foto. Mira el cielo, está precioso.

No es la primera vez que se lo deja en casa. Saco yo mi móvil y tomo un par de fotos del cielo. También, un selfi de los dos.

A pesar de que ha pasado casi un mes, no puedo evitar comparar a Thiago con Álvaro.

En todo: en el día a día, en la forma de ser, en la cama e incluso en la forma de dormir; pero, sobre todo, en las conversaciones.

Tengo la sensación de que Thiago se interesa por mis cosas, me admira cuando hablo, le impresiona lo que hago… A Álvaro le parecía todo más… ¿ normal

? Yo me interesaba por todo lo que hacía y él, en cambio, parecía no enterarse demasiado.

Thiago siempre está pendiente de mí. Incluso echo en falta que me hable de él mismo.

—¿Te puedo hacer una pregunta? —le digo.

—Las que quieras.

—Nos conocimos en Barcelona…

—Correcto.

—Estabas en Galicia.

—Correcto.

—Y ahora estás en Londres.

—¡Premio! —bromea—. Y quieres saber qué plan de vida tengo, ¿verdad?

También suele facilitarme las preguntas incómodas, cosa que con Álvaro no pasaba jamás. Cualquier tema era picar piedra y solo a veces obtenía una respuesta.

—Si te soy sincero, no tengo muchos planes para este año. Está lo que te conté del bar que queríamos montar con mi amigo, pero es todo mucho más lento de lo que pensábamos. Préstamos, licencias… No sé si al final saldrá.

—¿Y en Barcelona no te quieres quedar?

—No sé… Creo que ahí no acabo de encontrar mi sitio.

—¿A qué te refieres? ¿Trabajo? ¿Chicos?

—Todo, en general. Trabajo hay, pero mal pagado. Y chicos… tampoco nada. Bueno, cosas, ya sabes… sin importancia.

—¿Y no ha habido ninguno que haya sido algo más? Algo más que una noche, me refiero…

Thiago duda unos segundos.

—Antes de Navidad estuve medio liado con uno. De hecho, estuve viviendo en su piso porque tuve que dejar el mío. Nos liábamos, pero creo que él quería algo más conmigo.

—¿Y tú no querías nada? —sigo con el interrogatorio.

Con un gesto dice que no.

—No me gustaba lo suficiente. No despertaba nada en mí.

—Pero si estuviste con él… algo habría, ¿no? No vives con alguien y te lías con esa persona como si fuese lo más normal. Algo habría, por pequeño que fuera.

Veo que se queda pensando unos segundos.

—Estaba bien —le noto un pequeño cambio en su forma de hablar, como si hubiera reflexionado—. La verdad es que sí, ahora que lo dices, era majo.

De repente, se ríe.

—Hubo un día que se cabreó conmigo porque me inventé el final de una película que él quería ver. Empezó a gritarme: ¡ Spoilers

no! Y yo no paraba de inventar más y más cosas.

—Qué cabrón…

—Estuvo sin hablarme hasta que vio la puta película y se dio cuenta de que le había tomado el pelo. —Sonríe hasta que se vuelve a poner serio—. Lo que me pareció bastante inmaduro, la verdad. Aunque también era más joven…

—¿Mucho más?

—No sé qué edad tenía. Veintipocos…

Parece que me describa a Álvaro.

—Pobre chaval, le romperías el corazón —bromeo, solidarizándome con ese chico que seguramente aún esté pensando en Thiago—. ¿Cómo se llamaba?

—¡Unai! —Daniel aparece detrás de nosotros, a unos diez metros.

Por las mañanas, no nos vemos en casa, suelo salir antes que él, que apura más el tiempo. Va rápido y nos alcanza.

—¡Chicos!

—Daniel, ¿qué tal?

Me saluda a mí, con un abrazo, y a Thiago le dedica una mirada un poco más reservada.

—Llegas un poco justo, ¿no?

—Es que no encontraba ningún bañador mío. Al final me he metido en tu habitación y allí estaban. —Parece molesto.

—Qué raro —le digo—. Yo no te los he cogido.

Thiago nos mira con cara de circunstancias.

—Perdonad —dice—, a lo mejor he sido yo. Al recoger la ropa limpia, habré cogido los tuyos sin querer.

Me fijo en Daniel.

—Puede ser —intento justificarlo—, es que son prácticamente iguales. Pero fíjate que yo uso la talla L y Daniel la XL. Lo siento, Daniel.

—No pasa nada —responde—. Pero es que no es la primera vez, y casi llego tarde por esto. No toquéis mi ropa.

—Lo siento —se disculpa Thiago.

Thiago se despide. A mí, me da un beso en los labios; a Daniel, le estrecha la mano. Se va, deshaciendo el camino para volver a casa.

Daniel me frena, antes de entrar al centro, y se me queda mirando.

No hace falta que diga nada, entiendo perfectamente lo que me quiere decir.

—Lo sé —respondo directamente—. Tienes toda la razón.

—Ayer estuvisteis una hora follando —me dice. No puedo evitar reírme—. En serio, se oía todo.

—Lo siento, lo siento —me disculpo.

—No, no. Si eso, en el fondo, me da envidia —sonríe.

Pasamos el control de seguridad. Vamos directos a los vestuarios, saludamos a algunos compañeros y nos colocamos en la misma zona de siempre para cambiarnos.

—Dijimos de ir a vivir los dos, para estar más tranquilos, y estamos viviendo tres en esa casa —dice, mientras nos quitamos los abrigos.

—Ya. Tienes razón. Es que ni me he dado cuenta. Han ido pasando los días y…

—En casa no se puede quedar, lo siento.

—Lo sé. Si yo tampoco pensaba que se fuera a quedar tanto tiempo. Me dijo que volvería a Galicia en cuanto hiciera no sé qué un amigo suyo, pero… no sé. Nunca llega el día y tampoco quiero echarlo.

—Pues…

—Sí —le corto—, hablaré con él.

Nos quitamos la ropa para ponernos el bañador. Podemos tener una conversación seria a la vez que nos desnudamos el uno frente al otro, nos hemos acostumbrado.

—¡Eh! —Cambia de tema—. ¿Tienes la polla roja?

—¿Qué dices? —Me tapo rápido con la mano.

—En serio, ¿habéis follado esta mañana?

Miro alrededor. Por suerte, no todo el mundo nos entiende.

—Cuando me he despertado, he notado algo raro y… era él, que me la estaba comiendo —le explico.

Cada vez que le cuento mis prácticas sexuales, reacciona como si estuviera ante una película de ciencia ficción.

—Sois muy fuertes.

—Al principio era como un sueño, pero después era él que estaba ahí… Y, sí, después hemos follado.

No puedo evitar sonreír. Me subo el bañador y me lo ato. Daniel también se ha cambiado y nos dirigimos a la piscina. Subimos a la plataforma de diez metros haciendo algo de

broma. Una vez arriba, avanzamos unos pasos y nos preparamos para el salto.

—Daniel, espera un par de días, ¿vale?

—Se lo tienes que decir ya.

—A ver qué pasa con el bar de su amigo. Si se lo dan, se vuelve a Galicia. Se lo dirán esta semana.

Daniel me sonríe.

—Está bien.

—Y, si quieres, le digo que por las mañanas vaya a tu cuarto y te la coma a ti también, así no pasas tanta envidia.

—¡Vete a la mierda! —se ríe.

Tras pelearnos y casi perder el equilibrio, nos colocamos al borde de la plataforma. Nos damos media vuelta para ponernos de espaldas. Hacemos una cuenta atrás.

—Tres, dos y…

Saltamos

.