46 UNAI
UNAI
Me olvido de los invitados; hace rato que no pienso en ellos. Me olvido de la fiesta, la fiesta ahora mismo está en mi cuarto. Es así como quiero terminar el año.
Nos besamos y nos tocamos cada vez con más ganas, pasando de cero a cien en segundos.
Cierro los ojos y sonrío. Me encanta sentirme deseado o querido…
Thiago baja inmediatamente a la altura de mi cintura, me desabrocha el cinturón y me empieza a lamer.
Lo hace igual que cuando lo conocí, más pausado, no tan acelerado, pero igual de entregado.
—Tenía tantas ganas… —le oigo decir.
Ya no hay vuelta atrás. Tiro al suelo la montaña de abrigos que hay en la cama y nos lanzamos ahí. Se oye música de lejos, se oye el barullo de la gente.
—Espera —le digo.
Me levanto y cierro el pestillo de mi habitación. No tengo que buscar sus caricias. Thiago me besa por todo el cuerpo, me encuentra con sus manos, su cuerpo choca con el mío…
Nos desnudamos y no tardamos en quedarnos en ropa interior. A pesar del frío que hace fuera, dentro la calefacción está al máximo; no distingo entre el agua de la lluvia y el sudor.
A ratos, nos detengo un par de segundos para mirarle a los ojos, mientras le cojo la cara y le acaricio la mejilla. Es como si nos conociéramos a la perfección. La última vez, le dejé hacer. Esta noche, me apetece que disfrute.
Poco a poco bajo con besos por su cuerpo; por el pecho, el abdomen… hasta llegar a su bóxer empapado que ha
adoptado la forma de su erección, que le sube a la cintura.
Le acaricio, notando el grosor. Bajo la goma y se la saco.
Apenas se mueve de lo rígida que está. Le masturbo.
Tiene una polla ancha, tanto que casi no me cierra la mano.
Mis dedos pulgar y medio apenas logran rozar sus yemas. Le acaricio el glande con suavidad.
Él hace lo mismo con la mía. Thiago empieza a acariciarme el culo y siento cómo sus dedos se van abriendo hueco entre mis muslos.
Intuyo, por sus movimientos, que va a querer penetrarme: me humedece el ano con los dedos y me incita a girarme, pero no quiero.
Jamás me han follado y hoy no va a ser la primera vez.
Hoy mando yo.
—Date la vuelta —le ordeno.
—Nunca me ha gustado demasiado —me dice.
Una extraña seguridad en mí mismo me invade y me entra un instinto de posesión que no conocía.
—Quiero follarte yo a ti. Y voy a hacerlo.
Thiago no dice nada más. Está dubitativo y, a la vez, obediente.
Sé que lo haré bien; sé que le va a gustar y que lo va a disfrutar.
Cojo lubricante y le masajeo el culo. Necesito que se relaje. Para eso, le sigo besando con cariño y le pido que cierre los ojos. Le introduzco la yema de un primer dedo. Después son dos…
—No sé si voy a poder —me dice—, hace mucho que no…
—Shhh… Claro que podrás.
Le sigo acariciando, cada vez con más fuerza —como si quisiera derretir un bloque de hielo—, hasta que le escucho gemir.
—¿Te gusta? —le susurro al oído.
Me responde con una sonrisa y entrecerrando los ojos. Noto que ha relajado el músculo, cada vez le introduzco los dedos con más facilidad. Que no esté acostumbrado me excita más todavía.
—Lo haces muy bien —dice.
Por cómo gime noto que es verdad.
Me pongo de rodillas detrás de él y acerco mi pelvis a la suya, apoyando mi erección sobre su culo, para que la vaya sintiendo. Le inclino la espalda hacia abajo.
—Cuidado, ¿eh? —me dice.
Le tapo la boca con dos dedos, prohibiéndole hablar.
Me lubrico para poder introducírsela de la forma más suave. Estoy muy excitado; de hecho, dudo en si podré aguantar mucho rato sin correrme.
Acerco la punta y hago un poco de presión. No lo tiene muy abierto; se nota que no está acostumbrado.
—Relájate —le digo mientras le acaricio las piernas.
Tiene un culo con un poco de vello. El último culo que había visto era el de Álvaro, más blando, más suave. Este es más duro, al principio costará más.
Con pequeños vaivenes voy entrando poco a poco. Al principio, pone cara de dolor, pero poco a poco le cambia a una cara de placer; de sorpresa, pero de placer. A la vez, gime.
—Unai… —me dice como si me suplicara.
Caigo en la cuenta de que no le conozco de nada, y la saco suavemente.
—Espera. —Me levanto y voy al armario—. Mierda, no tengo condones…
—Yo he traído, si quieres —me dice sonriente.
De su mochila coge uno y lo abre como si nada. Se acerca a mí y, mientras me besa, me lo pone casi sin que me dé cuenta.
—¿Y esta agilidad? —le pregunto entre risas.
—Muchos años —me responde, cómplice—. ¿Por dónde íbamos?
Volvemos a la cama como si no hubiéramos parado. Se pone boca abajo, con las piernas abiertas y las rodillas apoyadas, levantando un poco su culo. Me coloco detrás de él y le echo un poco más de lubricante. Cada vez está más blando.
Consigo entrar en él con facilidad. Intento ser suave, no quiero hacerle daño; que disfrute mientras allano el camino. Lo abrazo y le masturbo a la vez que le penetro.
—¿No decías que no te gustaba? —le pregunto—, porque parece que sí.
No necesito que me responda. Se le ve en la cara, en cómo se mueve y en cómo respira, jadeando, que le gusta.
—Para —me dice—. O me voy a correr.
Las primeras veces que alguien es penetrado, puede llegar a correrse bastante rápido. Y eso quiero que le pase a Thiago.
—Para.
Pero cuanto más me pide que pare, más rápido me muevo. Quiero que no lo olvide jamás. Respira con mucha fuerza y gime como, juraría, jamás ha gemido.
—¡Me encanta! —se deja llevar.
Se corre entre gritos. La música de fuera hace que no me dé miedo que se oiga nada. Me río al ver llegar semen hasta el cabezal de mi cama.
—Joder —suspira.
Me vuelve a mirar, como si se le hubiera aparecido un dios divino, como si me diera las gracias. Despacio, intento sacarla con cuidado. No me he corrido. Tal vez más tarde podamos repetir.
—¡Unai, las uvas! —Es Daniel, desde el otro lado de la puerta.
Nos damos un beso y salimos rápido de la cama.
—¡Voy!
Ahora sí, es el momento de dar la bienvenida al nuevo año
.