Triángulo 36 THIAGO
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36 THIAGO

THIAGO

Me fui de Santiago por culpa de unos pocos que me hicieron la infancia imposible, pero conservé un amigo, Antón. Cada verano me ha invitado a su casa para fiestas y en su familia me acogen como a uno más. En navidades, además de a mi abuela, es al único al que me apetece ver.

Jamás olvidaré cuando nos despedimos. Era a principios de septiembre, teníamos el coche cargado hasta arriba y tan solo quedaban libres los dos asientos delanteros.

Desde la puerta de casa se despidieron mis padres, separados a unos dos metros el uno del otro.

Les di un abrazo a cada uno y mi abuela puso el coche en marcha; nos esperaban más de diez horas de carretera.

Yo me abroché el cinturón y arrancamos. De repente, a lo lejos, lo escuché venir corriendo.

—¡Thiagoo! ¡Thiagoo! —venía gritando desde lo alto de la calle.

Paramos el coche de golpe y se acercó hasta mi ventana.

—Pensé que saldríais más tarde —me dijo sorprendido y ahogado de tanto correr—. ¿No me dijiste a las once? Quería despedirme.

—Al final lo tuvimos todo listo y mi abuela quiso salir antes.

Él me miró desde fuera del coche. A medida que iba recuperando la respiración se le empezaron a enrojecer los ojos.

Salí del coche y me puse enfrente de él; le sacaba una cabeza por aquel entonces. Nos miramos fijamente sin decirnos nada, y luego nos abrazamos. Recuerdo sus delgados brazos

apretándome con fuerza, sus lágrimas humedeciéndome el cuello y sus ojos hinchados de tanto llorar.

—Prométeme que me vas a escribir —me decía.

—Lo prometo.

—Y que no vas a tener a otro mejor amigo.

En ese momento me reí, pero, con el tiempo, me he dado cuenta de que realmente no he encontrado nunca a nadie que me quisiera tanto como él. Y todavía lo hace. «¿Y tú cuándo piensas volver?» es su pregunta de cada año.

Las calles de Santiago son realmente enigmáticas.

Antón y yo siempre paseamos y acabamos en el mirador del parque de la Alameda, desde el que se ve nuestra catedral.

Hay un banco que rodea lo que se conoce como el Árbol de los Enamorados, un eucalipto con un tronco de unos ocho metros de circunferencia.

—Nunca pudimos cumplir nuestra promesa —me dice.

—¿Cuál?

—La de venir aquí con nuestras chicas; por aquel entonces, no sabías que te gustaban los chicos. Pero estaríamos aquí los cuatro.

—Tú tienes a Helena, a mí me faltaría alguien.

—¡Y lo encontrarás!

Nos sentamos y nos quedamos hipnotizados contemplando las vistas y cómo va oscureciendo.

—Tu sitio es este. Siempre lo fue. —Existe gente que, sencillamente, dice lo que siente, y ese es Antón—. Joder, Thiago. Quince años hará que te fuiste. Hubiéramos tenido una juventud de puta madre. Lo pasamos bien en verano, pero hubiese sido mejor todo el año.

—Mi abuela hizo bien. Hubiera acabado odiando Santiago y mi adolescencia como han hecho todos los maricones de aquí. O me hubiera acabado yendo.

—Jamás te hubiera pasado nada. Y una hostia le hubiera pegado a quien se hubiera metido contigo. —Antón piensa en voz alta—. Pero es que me jodiste a mí. Yo jamás te he visto como a un maricón. Entiéndeme. Para mí siempre fuiste

Thiago, mi amigo; mi amigo de la guardería y del colegio, el que se venía a comer a casa y a dormir los viernes. Si luego te gusta comer pollas, pues come pollas. ¿A que no te da asco que yo coma coños? ¿A que no?

Lo que tiene de corazón, lo tiene de basto.

—No es eso.

—Lo sé —se da cuenta de lo que dice—, y perdona. Pero es que…

—Tú sabes que es mucho más que eso. Nos tenemos que ir a las grandes ciudades, donde nadie se ríe de ti porque nadie te conoce. Es más soportable ser anónimo en una gran ciudad que ser conocido en un sitio pequeño.

—Pero ahora ya puedes volver. —Y todo lo que tiene de basto, también de cabezón—. Es que no hace falta que todos los maricones os vayáis a las ciudades; vuestro lugar también es aquí. ¿O es que acaso un maricón no puede pasear por Galicia como cualquier otra persona?

—Pues no puede. O sí. Pero siempre mirando de reojo a ver quién hay alrededor.

—¿Esto es vuestro gay radar

o como se llame?

Necesitamos relajar la conversación.

—Seguramente nazca de ahí.

En ese banco, hemos arreglado el mundo millones de tardes y creado las mayores teorías conspirativas del mundo.

—De pequeños, los maricones desarrollamos una especie de sexto sentido en el que siempre estamos atentos a nuestro alrededor, a ver qué personas hay y si suponen una amenaza.

—¡Exagerado!

—¡No exagero! En ese momento, controlamos lo que podemos decir o lo que no. Si hay chicas, no suelen decir nada, no hay problema. Si hay hombres heterosexuales, es probable que haya que soportar algún chiste; son muy pesados.

—No lo dirás por mí.

—Claro que no. —Le cojo del cuello.

—Es como el GPS —dice Antón—, que se desarrolló para uso militar y después ya se extendió para la gente.

—Pues nosotros igual, ese detector de heteros lo usamos después para detectar gais e identificarnos entre nosotros.

Seguimos unos segundos en silencio; cada uno creando teorías y sacando sus propias conclusiones.

Como nos vemos poco, al principio siempre hablamos de cosas profundas.

Y hay que repasar nuestros sueños por cumplir.

—¿Y qué pasa con nuestro bar?

—A saber…

—Todavía estamos a tiempo

Miro al cielo y recuerdo el nombre.

—¡El Bar de Anthiago!

Se ríe.

—¡Es que el nombre es buenísimo! Suena a guerrero romano, o griego, pero nosotros le explicaríamos a la clientela que es la mezcla de Antón y de Thiago; tú a los chicos y yo a las chicas, así nos lo repartimos, recuérdalo.

Cada verano decimos lo mismo: tenemos que montar nuestro bar, pero pasan los años y no se cumple.

—Yo en la barra y tú en la cocina.

Está todo planeado…

—Algún día lo montaremos —le digo.

—Algún día, algún día… ¿Qué día es ese? Nunca llega…

Soñar es muy fácil, soñar es infinito. Soñando, se puede todo.

Pero la gente sueña más de lo que vive. A mí no me gusta soñar cualquier cosa.

Me gusta cumplir lo que sueño y, si algún día veo que no seré capaz de cumplirlo, prefiero dejar de soñarlo.

Montar un bar es un sueño que hemos tenido siempre Antón y yo; tal vez sea momento de dejar de imaginarlo: Antón tiene un buen trabajo y está ennoviado, le faltará poco para casarse y, en nada, seguramente, vendrán los niños.

—¿Qué tal con Helena? —le pregunto.

—Bah, si te explico una cosa, ¿me prometes que no se lo contarás?

—Jurado.

—Hace un mes —me dice bajando la voz y mirando a su alrededor—, nos fuimos Helena y yo de fin de semana con Erea y Roi.

—¿Siguen juntos? —me sorprende—. Roi está tremendo.

—Déjame explicar. Estuvimos todo el sábado de excursiones, deportes de riesgo y demás. Y, por la noche, estábamos en el hotel y compramos alcohol. Claro, ahí en la montaña, no hay nada más que hacer.

Me imagino lo mejor.

—Entonces… Como le digas a Helena que te he contado esto… —dice cambiando de tono—, te rompo los huevos, ¿eh?

—¡Que no le voy a decir nada!

—Se vinieron a nuestra habitación y un juego llevó a otro. Al principio jugamos a las prendas. Poco a poco, la cosa se fue calentando y acabamos los cuatro completamente desnudos y… pues te puedes imaginar.

—¿Qué? —Necesito detalles.

—Fue una de las mejores noches de mi vida. Y, al día siguiente, tan tranquilos; nos reímos y tan amigos.

Sigo sin creérmelo.

—Pero entonces… ¿te liaste con los tres? ¿Con Roi también?

—Con Roi no, pero con Erea y con Helena, sí. Fue como si aquella noche no hubiera reglas.

—Pero algo harías con Roi. —Yo solo puedo pensar en él.

—Qué pesado con Roi. Pues algo me rozaría, ¿pero te crees que le hice caso teniendo a las otras ahí?

—Y… —Soy muy básico y Antón lo sabe.

—Ya sé lo que te estás preguntando, y sí: grande, un poco más que yo, no te voy a engañar. Pero no mucho, ¿eh?

Suelto una carcajada.

—¡Eh! Deja de pensar en la polla de Roi.

—¡Ahora no puedo!

—Además, pensé en ti.

—¿Por qué?

—Porque, con los tíos, seguro que siempre os comparáis el uno con el otro, ¿o no?

—Las pollas no hay que compararlas.

Seguimos hablando durante mucho rato. Podemos, si queremos, estar horas. Pero esta vez hay algo diferente. Hablando

con él me doy cuenta de que el tiempo está pasando, de que no tenemos los quince años de cuando no te planteas nada, ni los veinte de cuando tienes toda la vida por delante; pronto cumpliremos treinta y a esa edad toca haber hecho realidad algún sueño

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