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THIAGO
Se acercan las navidades y vuelvo a mi ciudad natal: Santiago de Compostela.
Todo el mundo la conoce por su catedral, con una fachada tan grande como la plaza del Obradoiro; tienen casi los mismos metros cuadrados.
El casco antiguo, caminar por el parque de la Alameda…
es lo que suele hacer todo el mundo. Yo también lo hago cada vez que vengo, pero en vez de fijarme en la arquitectura de la catedral —si es de una época u otra—, en el empedrado de las calles o en hacerme una foto en la estatua de Rosalía de Castro, cuando camino por mi ciudad pienso en todo lo que viví de pequeño y durante los veranos y las navidades.
Y siempre me pregunto si irnos fue la mejor decisión.
Llegué a Barcelona con doce años, al empezar la ESO. Hasta entonces, había vivido con mi abuela. A mis padres apenas los veía: trabajaban mucho y solo venían los fines de semana, siempre por separado.
—Qué pena que papá y mamá nunca coincidan; cuando no trabaja uno, trabaja el otro —le dije un día a mi abuela.
—Thiago, tu padre ha conocido a una mujer en Oporto y tu madre ha conocido a un hombre en A Coruña; por eso, nunca coinciden aquí. Ya va siendo hora de que lo sepas.
En una frase descubrí que mis padres ya no estaban juntos, que habían conocido a otra persona cada uno y que, además, me lo habían estado ocultando durante años. Ese fue mi primer engaño, mi primer golpe de realidad. Me cabreé mucho con mi abuela, pero, al final, era la única que me había
dicho la verdad, lo que me hizo confiar en ella para siempre y desconfiar de mis padres.
Mi abuela me esperaba siempre a la salida del cole con un bocadillo de jamón, queso, chorizo o salchichón. Me lo comía en el rato que llegábamos a casa o íbamos al parque. Una vez al mes, me traía un cruasán de chocolate. Esos eran los mejores días.
Fui creciendo y avancé a pasos agigantados hacia la adolescencia, incluso más rápido que mis compañeros.
Me cambió la voz antes que a nadie. Con once años escuchaba mucha música y me tragaba todos los videoclips de Youtube, hablaba a mi abuela de cantantes, le hablaba de los actores que veía en series y anuncios…
Pronto, me di cuenta de que aquello de lo que en mi casa hablaba con naturalidad, en la escuela empezaba a ser motivo de comentarios, burlas, coacción y hasta de amenazas por parte de los que se suponía que eran mis amigos. Yo no entendía nada.
Me entraban muchas ganas de llorar, pero no quería. Y, cada vez que me ocurría, cerraba los ojos y me repetía: «Thiago, no llores».
Recuerdo una tarde en la que le expliqué a mi abuela que el colegio me producía terror. Estaba llorando en casa, enfrente de una taza de leche con colacao y galletas, totalmente desubicado. No quería ir, no quería volver.
«Thiago, no llores».
—Tú no te preocupes —me dijo—, que ahí no vas a volver.
Algo vi en su mirada; sus palabras iban más allá de un comentario para consolarme. Y me fui a dormir. Ella solía acostarse temprano; sin embargo, aquella noche se quedó viendo la tele hasta tarde. Cuando creía que yo estaba durmiendo y que no la escuchaba, la oí hablar por teléfono:
—Thiago no pasará por lo que pasó mi hermano. Nos vamos de aquí.
Así fue como entré en un instituto de Barcelona para hacer primero de ESO. Pasar de una ciudad pequeña a una tan grande fue un cambio muy duro. También lo fue el hecho de ver
menos a mis padres. Durante mucho tiempo estuve triste por haber abandonado mi ciudad y maldije a mi abuela. Pero todo fue mejorando, hice amigos nuevos y dejó de darme miedo ir a clase.
—¿Qué tal con tus compañeros? —me preguntaba mi abuela al llegar a casa.
—¡Muy bien! —Ella sonreía aliviada.
Un día le pregunté por qué tenía tanto miedo de que yo hubiera pasado mi adolescencia en Galicia.
—Cuando mi hermano se quitó la vida —me contó—, para toda la gente había muerto el «maricón del pueblo» y poca gente asistió al funeral para que no lo tacharan de amigo.
Incluso mis padres se avergonzaban y hasta me atrevería a decir que se sintieron aliviados con su muerte.
Pero yo había perdido a un hermano; un hermano que había dejado de jugar al baloncesto porque no le querían en ningún equipo, que había dejado de estudiar porque en el colegio le pegaban y que había perdido la oportunidad de querer a nadie, porque nadie se lo había permitido…
Tal vez los tiempos habían cambiado, pero mi abuela no había querido arriesgarse y por eso nos mudamos inmediatamente. Su hermano siempre le decía que se hubiera querido ir a Madrid o Barcelona, donde todo era más fácil para las personas «como él».
Con los años, ella había vuelto a Santiago.
—Pasa, que hace frío —me dice, con la bata puesta.
Creo que soy de las pocas personas a las que sí les gustan las navidades.
De pequeño no era así, porque me parecía que había que ser extremadamente feliz, estar con la familia feliz y disfrutar de la felicidad plena en unas fechas de máxima felicidad, cuando yo era incapaz de serlo.
En casa había discusiones y los amigos se iban alejando.
Pero cuando llegaban las fiestas, al menos, había luces en la calle, siempre había alguien que te regalaba alguna chocolatina y hasta la persona más desconocida te dedicaba un «Feliz Navidad».
Entonces entendí que no había nada de malo en sonreír un poco durante esas fechas.
Siempre que vengo es lo mismo: ver a mi abuela y explicarle que todo sigue igual.
Le hablo de que tarde o temprano me gustaría volver a Santiago, pero nunca veo el momento de dar el paso, a pesar de que nada ni nadie me ata a Barcelona.
Además, noto que esta vez hay algo que no estoy diciendo, algo que me callo.
Por primera vez, estoy pensando en alguien.
Algo pasó aquella noche que no me lo quito de la cabeza. No sé si es por sus besos —que aún siento—, por su mirada —que aún recuerdo a pesar de que fuera a oscuras—, por la mamada que le pegué o por su nombre, pero no logro quitármelo de la cabeza.
Me he follado a tíos en baños, tanto de discotecas como de bares, gimnasios o del trabajo; he estado con hombres en duchas, piscinas, saunas y en la playa; he hecho cruising
, en montaña, parques y en medio de la ciudad; he tenido sexo en la cama, en el sofá o encima de la mesa… pero todos, absolutamente todos, han sido solo eso: sexo.
Unai debería ser uno más. Uno de tantos con los que nos hemos comido la polla, nos hemos corrido y fin. Pero no. Algo pasó. Al terminar quise pedirle el número, pero aquella noche no llevaba el móvil encima. Él se guardó el mío.
Han pasado varias semanas y no me ha escrito
.