33 UNAI
UNAI
—He venido con un amigo y…
Sé que no es solo un amigo. «Cuéntame la verdad, Álvaro».
—¿Y qué? —intento que me lo cuente.
—Que… —pone cara de circunstancias— que estamos medio…
—O sea, que estás con otro —se me escapa.
Soy gilipollas; soy totalmente gilipollas.
Me quedo mudo.
—Lo siento, Unai —me dice.
Pienso en todas las señales que no he visto desde que nos conocimos; pienso en todo lo que debería haber visto y no vi. Es como si se confirmara todo lo que llevo pensando desde que le conozco: que no me quiere ni lo ha hecho nunca.
—¿Por qué no me has dicho nada antes? No estaría aquí haciendo el ridículo.
Álvaro no sabe qué responder. Normal, ¿qué va a decir?
Es un cobarde; jamás ha sido capaz de sincerarse frente a mí, de decirme lo que sentía o dejaba de sentir por mí.
—Te dije que no funcionaría… —intenta disculparse.
Me guardo todo lo que le diría en ese momento, porque le mandaría a la mierda.
¿Tal vez era esto lo que buscaba presentándome por sorpresa?
Es como si sintiera que lo nuestro está acabando, aunque tal vez hace tiempo que terminó. Ahora cobra sentido todo: que no pudiera hablar, que siempre estuviera con amigos, que
no tuviera tiempo… Le miro, entre la oscuridad de la discoteca, la luz roja de un cartel de neón, el parpadeo de los focos de la discoteca, y no puedo evitar pensar en lo guapo que está.
Siento incluso que se ha hecho más hombre, tiene la espalda más ancha y su cara es menos infantil.
No quiero perderle. Pero tampoco quiero decir nada más. Estoy cabreado.
—¿Quedamos mañana y hablamos? —me dice.
—Perdona —le respondo—, que ahora tienes prisa por irte, ¿verdad?
—No es eso.
—Vete con tu nuevo novio —le digo—, te estará esperando.
—No somos novios.
—¿Entonces?
—Solo nos hemos liado.
—Pero ¿quieres estar conmigo o no?
Hay preguntas cuya respuesta está en el tiempo que se tarda en responder. Álvaro no responde, y eso ya es un no.
—Pasadlo bien.
Antes de que me vea derrumbado, me doy la vuelta y me pierdo entre la gente; no sé bien en qué dirección. Intento avanzar a la máxima velocidad, sin mirar a nadie. Entre toda esta muchedumbre está el nuevo novio —o lo que sea— de Álvaro y no quiero ni verlo.
En mi cabeza no puedo evitar pensar que en un rato se van a reencontrar, se van a besar y van a continuar la fiesta como si nada.
Busco la salida, necesito irme.
Bajo por unas escaleras, estoy totalmente desubicado.
—¿La salida? —le pregunto a un tipo de seguridad que anda por ahí.
Me indica una puerta que está en la otra punta y me da unas indicaciones que no logro entender.
Me entra pánico al pensar que me los puedo cruzar; es lo último que quiero.
Me quedo en esa esquina, como si fuera un punto seguro. Al lado, hay otra sala con otra música. Me meto ahí dentro.
No tengo adónde ir. Mis padres no saben que estoy aquí porque pensaba quedarme con Álvaro. Tengo la sensación de que lo pierdo todo. En una semana se me ha ido todo a la mierda.
Pido un ron con cola. Beber es lo peor que puedo hacer ahora mismo, pero es lo único que se me ocurre. Quiero olvidar, quiero dejar mi mente en blanco.
El camarero me pone la copa con los hielos y me sirve el ron.
Veo cómo abre una nevera en busca de la cola.
Abre otra nevera. Por sus movimientos, intuyo que se le ha acabado.
Veo cómo desaparece por una puerta. No puedo esperar más, cojo el ron y me lo bebo de un trago.
Salgo hacia la multitud deseando que esa copa me suba lo más rápido posible.
Cruzo toda la pista mirando al suelo.
La gente se convierte en mi mayor refugio. No se me quita de la cabeza la imagen de Álvaro liándose con otro; no quiero verlo. Me escurro entre los que quieren bailar conmigo y los que me cogen del cuello con ganas de más.
La música no es la pachanguera y comercial de la sala de arriba: es música electrónica, más dura.
Las luces son otras; aquí hay láseres verdes que recorren toda la sala.
También los chicos son diferentes: la mayoría va sin camiseta y tiene la mirada bastante más perdida; están más serios.
Si lo de antes era un tardeo, aquí parece que sean las cinco de la mañana.
De repente, me siento a gusto en este ambiente donde la gente parece no mirarte, donde todos somos invisibles.
La música me ayuda a evadirme.
Al cabo de un rato, ya no me apetece pasar desapercibido: después de perder un contrato y de dejarlo con quién hasta hoy era mi chico, necesito sentirme deseado.
Al principio dudo, pero me acabo quitando la camiseta.
Me la cuelgo en la cintura del pantalón y me dejo llevar por la música y el alcohol.
Siento cómo mi cuerpo choca con el de otros, cómo alguna mano se escapa hacia mi torso; eso es lo que quiero. Tal vez este no sea el Unai que soñaba, pero es el Unai que ahora mismo necesito ser.
Me beso con un chico, luego con otro, y me siento como en una orgía de olvido en la que todo vale. Se acerca un tío directo hacia mí, también sin camiseta, y me empieza a besar y acariciar el cuerpo como si no hubiera nadie alrededor.
Besa bien. Tiene una piel dura y me rasca con la barba. No sé si es mi tipo, pero besa bien. Me coge de la mano y con la mirada me indica que le acompañe. Me dejo llevar.
Me lleva a los baños, atestados de gente, y nos encerramos en uno. Nos seguimos besando y acariciando. Enseguida, me desabrocha el pantalón y me empieza a masturbar.
—¿Te gusta? —me dice.
No quiero hablar, no quiero mirarle.
Se agacha y me la empieza a chupar.
Estoy extrañamente excitado. Jamás me han gustado los rollos de una noche y jamás había hecho algo parecido, pero esta noche lo necesito.
El tío me la empieza a comer cada vez con más ganas, como si buscara mi orgasmo. Siento que me podría correr. Me sigue masturbando a la vez que chupa y a la vez que me acaricia el cuerpo.
Pongo mi mano en su cabeza. Me apoyo a la pared dejándome llevar.
Lo hace muy bien.
Le aparto la cabeza, noto que me voy a correr.
Él echa la espalda hacia atrás para que me corra encima suyo.
Me corro empapándole el pecho, y un último hilo cae sobre su mejilla. Me mira, sonriente. Él ni siquiera se la ha sacado, como si solo se hubiera dedicado a mí.
—Estás muy bueno —me dice—. Y tienes una polla preciosa.
No puedo evitar sonreír; este tío me acaba de salvar esta noche de mierda.
—Gracias —le respondo—. Tú tampoco estás mal.
Sonríe mientras se limpia la cara con su camiseta.
Le indico un par de gotas que tiene en la comisura del labio. Me hace caso y se limpia hasta que no le quedan restos.
—Me tengo que ir —le digo mientras me abrocho el pantalón a pesar de que la erección no me deja cerrar con facilidad.
Tiene las pupilas dilatadas y una sonrisa que no se le va de la cara.
—¿Cómo te llamas? —me pregunta.
—Unai, ¿y tú?
—Soy Thiago, encantado
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