32 ÁLVARO
ÁLVARO
—Thiago.
—Dime.
Cada vez que hablamos, tenemos que acercarnos a la oreja del otro. El sonido de la música, la gente, el ambiente…, todo hace que sea completamente imposible oír algo.
Miro a Unai, deseando que no me haya visto.
—Voy a saludar a un amigo.
—Claro —me dice—, sin prisa.
Camino hacia donde está Unai, pero no se puede avanzar; está demasiado lleno de gente. Cada paso que doy, vigilo de no tirarle la copa a nadie, de no pisar a nadie…
Unai está en un lateral de la sala, que está medio metro elevado, haciendo como una pequeña balconada desde donde se puede ver a todo el mundo. Se le ve buscando a alguien.
Llego por un lado suyo. No me ve y le toco el lateral del torso.
Se gira y al verme le cambia la cara.
—¡Álvaro! —Me abraza con fuerza y me da un beso en los labios. Lo primero que pienso es si al besarme sentirá el sabor de haber besado a Thiago…
—¿Qué haces aquí? —le digo, intentando simular más alegría de la que realmente me da.
—¡Sorpresa! —me responde.
—Pero ¿por qué no me has avisado?
—Me dijiste que te gustaban las sorpresas…
La música hace que nos tengamos que dar el mínimo de explicaciones.
—¿Y la obra? —me pregunta.
¡Mierda! Se me ha pasado completamente. Mierda, mierda, mierda. Cojo el móvil y le abro a María. No me ha dicho nada. Luego me inventaré algo.
—¿Se te ha olvidado?
No sé qué responder.
—Es que… —no sé ni qué decir— he bebido un poco y… no sé.
Aunque se me ha bajado todo de golpe.
De reojo, miro a mi alrededor; no quiero que Thiago nos vea.
—¿Con quién estás? —me pregunta.
Tampoco sé qué contestarle a eso. El alcohol no me deja pensar con claridad y, menos, inventar algo que no sea la verdad. Miro hacia el centro del local unos segundos, evitando mirarle a los ojos.
—¡¿Con quién has venido?! —me repite, gritando.
—¡Ah! —respondo—. ¡No te había oído!
Me mira extrañado.
—¡Con un amigo! —intento disimular.
Me sonríe.
—Genial —me dice—. ¿Tomamos algo?
El camino a la barra, también abarrotado de gente, se hace incómodo. Hacemos cola, intentando ser avistados por los camareros, que no paran de atender a la gente ni un solo segundo.
—¿Te pasa algo? —me pregunta—. Estás rarísimo.
—Unai… —No quiero soltar la verdad.
El camarero me da unos segundos de tregua al atenderle. Pide por los dos. Solo deseo que se pare el tiempo, que no aparezca Thiago.
—¿Vamos? —me dice Unai, con las dos cervezas en la mano. Avanza unos pasos, pero soy incapaz de seguirle. Él se acerca, decidido—. Álvaro, ¿qué te pasa?
No puedo presentarle a Thiago como si nada; ninguno sabe del otro. Tampoco quiero que Thiago vea que le he engañado.
—Te tengo que decir una cosa. —Le cojo y le aparto hacia unas escaleras donde parece que hay un poco menos de ruido. La expresión de su cara cambia completamente—. No sé cómo decirte esto, pero…
—¿Estás con alguien? —se avanza Unai.
Pestañeo lentamente y miro hacia un lado.
—No estoy con nadie…
—¿Entonces?
—He venido con un amigo y…
—¿Y qué? —Se le ve dolido.
—Que… —no sé cómo decírselo— que estamos medio…
—O sea, que estás con otro
.